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lunes, 25 de enero de 2010




José de Acosta




Predicación del Evangelio en las Indias

Preliminares
Dedicatoria

Al M. R. P. Everardo Mercuriano, Prepósito General de la Compañía de Jesús: Salud en el Señor.

El opúsculo De Procuranda Indorum Salute, que el año pasado escribí
comenzaba a trabajar, lo tengo ya terminado, y con la oportunidad que
ofrece la ida del Procurador de esta Provincia no quiero diferir por más
tiempo el enviártelo, Padre, cualquiera que sea su valor.

La causa principal que me movió a componerlo fué ver que muchos
tenían varias y opuestas opiniones sobre las cosas de Indias y que los más
desconfiaban de la salvación de los indios, además de que ocurrían muchas
cosas nuevas y difíciles, y contrarias a la verdad del evangelio, o que al
menos lo parecían. Lo cual me hizo retraerme a pensar con gran diligencia
en toda esta materia, e investigar ardientemente lo que hubiese de verdad,
quitada toda parcialidad y afición a ninguno de los dos bandos.

Nunca pude venir conmigo en persuadirme que todas estas gentes
innumerables de las Indias hubiesen sido en vano llamadas al evangelio, y
que de balde hubiesen sido enviados a esta empresa otros muchos siervos de
Dios, y ahora los de la Compañía, revolviendo en mi pensamiento la
grandeza de la caridad divina, y las promesas de las sagradas Escrituras,
y advirtiendo en mi, debo confesarlo, una singular confianza de su
salvación, concebida muy de antiguo y superior a todas las dificultades,
que nunca me abandonaba. Al fin llegué a la persuasión firme y cierta, de
que nosotros por nuestra parte debíamos con todo esfuerzo, procurar la
salvación de los indios, y que Dios no faltaría por la suya en llevar
adelante y cumplir la obra comenzada.

Queriendo, pues, confiar a las letras esta mi opinión, he repartido
toda la materia en seis libros que declaran el modo completo y universal
de ayudar al bien espiritual de los indios. El Libro I explica de modo
común y general la esperanza que hay de la salvación de los indios, las
dificultades de ella y cómo hay que superarlas, y cuán grande sea el fruto
del trabajo apostólico. Luego en el Libro II se trata de la entrada del
evangelio a los bárbaros, y aquí del derecho o injusticia de la guerra, y
del oficio del predicador evangélico. Una vez que los bárbaros han cedido
al evangelio, se sigue que los Gobernadores, así temporales como
espirituales, conserven y promuevan su salvación y bien espiritual. Por lo
cual el Libro III contiene lo que se refiere a la administración civil,
qué derechos tienen sobre los indios los príncipes cristianos y los
magistrados, qué pueden exigirles en cuanto a tributos y otros trabajos y
servicios, y al contrario, qué deben prestarles respecto a la tutela y
defensa, y al arreglo de su vida y costumbres. El Libro IV trata en
especial de los ministros y superiores espirituales, quiénes deban ser y
cuáles, y de qué maneras puedan y tengan obligación de mirar por la
salvación de los indios. Y exponiendo aquí todo lo demás, se reservan dos
auxilios principales, la doctrina y los sacramentos, para los dos últimos
libros. El Libro V se ocupa del catecismo y modo de la catequesis. El
Libro VI, de la administración de los sacramentos a los indios conforme a
la disciplina eclesiástica, dejando aparte la costumbre poco conforme a
ella, introducida en algunas partes del Nuevo Mundo.

Este es el orden manera con que de claro mi propósito. No sé sí será
de alguna utilidad para los otros, sobre todo los de la Compañía. Para mí,
ciertamente, no ha sido inútil, porque despertó y espoleó mi atención y
estudio a meditar las divinas Escrituras, y los dichos de los Santos
Padres, aplicándolos con especial cuidado a las cosas de este Nuevo Mundo,
y habiendo tenido que recorrer esta región peruana en su mayor parte, por
mandato de la obediencia, lo mismo que otras diversas tierras, me hizo
consultar en varios lugares a varones muy doctos y experimentados en cosas
de Indias, y leer ávidamente algunos escritos compuestos por ellos sobre
esta materia con toda diligencia. Con estas ayudas, y con invocar
frecuentemente el auxilio y luz de la divina sabiduría, veo haberse
aumentado en mí de modo no común el conocimiento del asunto de las Indias,
y juntamente la confianza como de cosa ya experimentada. Y doy gracias a
la suavisima providencia de Dios, que con los mismos sucesos ha declarado
copiosamente ser por su misericordia muy inferiores a la realidad, mis
esperanzas acerca de la salvación de los indios. Porque ha acontecido tan
grande mudanza de las cosas en estos dos años, y los indios peruanos se
han comenzado a entregar tan a porfía al evangelio, favoreciendo Dios el
trabajo de la Compañía, que hasta los mismos que antes miraban con malos
ojos la causa de los indios, ahora le son grandemente favorables, y
admiran el fervor de su fe, y no se recatan de proclamar en público que
son superiores a nosotros en la piedad. A mí, en verdad, se me vienen a
los labios aquellas palabras: «Mirad los que menospreciáis y admiraos,
porque he aquí que yo hago en vuestros días una obra, que no la creeréis
si alguno os la cuenta».(1) Sea la gloria para siempre al que obra
sobreabundantemente más de lo que pedimos ni entendemos. Amén» (2)

Aquí tienes, reverendo Padre, lo que he pretendido en este libro, A
ti toca ahora enmendar lo que hallares dicho con menos esmero, y
encomendarnos a nosotros, siervos inútiles, al Padre celestial en tus
sacrificios y oraciones, y en los de la Compañía,que creo le son tan
agradables.

Lima, 24 de febrero de 1577.

De tu Paternidad reverenda, hijo y siervo indigno,
JOSÉ DE ACOSTA.



Proemio

Cosa harto difícil es tratar con acierto del modo de procurar la
salvación de las indios. Porque, en primer lugar, son muy varias las
naciones en que están divididos, y muy diferentes entre sí, tanto en el
clima, habitación y vestidos, como en el ingenio y las costumbres; y
establecer una norma común para someter al evangelio y juntamente educar y
regir a gentes tan diversas, requiere un arte tan elevado y recóndito, que
nosotros confesamos ingenuamente no haberlo, podido alcanzar. Además que
las cosas de las Indias no duran mucho tiempo en un mismo ser, y cada día
cambian de estado, de donde resulta que con frecuencia hay que reprobar en
un punto como nocivo lo que poco antes era admitido como conveniente. Por
lo cual es asunto arduo, y poco menos que imposible, establecer en esta
materia normas fijas y durables; porque como es uno el vestido que
conviene a la niñez, y otro el que requiere la juventud, así no es
maravilla que, variando tanto la república de los indios en
instituciones., religión y variedad d de gentes, los predicadores del
evangelio apliquen muy diversos, modos y procedimientos de enseñar y
convertir. Y ésta es la razón de que los escritores que antes de ahora han
escrito de cosas de Indias con piedad y sabiduría, en nuestra edad apenas
son leídos, porque se les juzga poco acomodados al tiempo presente; y no
será mucho presumir, que los que ahora escriben de modo conveniente, no
pase mucho tiempo sin que sean también relegados al olvido.

Bien entendemos que a los desconocedores de las cosas de Indias
parecerá muchas veces que decimos cosas falsas y contradictorias, en los
varios lugares en que tratamos de la condición de los indios, de sus
costumbres y del progreso de la religión cristiana entre ellos; y por el
contrario, los experimentados nos achacarán que no tratamos los asuntos
con la debida amplitud y dignidad, y creerán que pueden ellos decir más y
mejores cosas. Pero a nosotros no nos preocupa demasiado lo que los doctos
echen de menos, o los indoctos hallen reprensible en nuestro escrito.
Porque quien sea prudente, fácilmente comprenderá que un mismo asunto se
puede tratar de manera no en absoluto idéntica, y esto no a impulsos de la
pasión o el capricho, antes siguiendo el dictado de la verdad, de cuyas
normas no se aparta el que en un argumento vario, para materias diversas
dice cosas diversas, y que un mismo hombre difiere de sí mismo al alabar
unas veces y otras vituperar sin mentira a una misma. ciudad y a una misma
casa o familia. Porque pudo con verdad el apóstol San Pablo en una misma
carta colmar de alabanzas a los de Corinto, llamándolos espirituales,
sabios y acabados en toda gracia y don celestial (3), y juntamente
reprenderlos notándolos de carnales, inflados e ineptos en las cosas del
espíritu (4), si contradecirse a sí mismo o ser olvidadizo; sino que, como
dice el Crisóstomo, aplicó al común de todos lo que era verdad sólo en los
particulares.(5) Y muchas veces un mismo profeta condena a Israel, y Judá,
llamándolos mala simiente, hijos de crimen, pueblo, de Gomorra y otras
semejantes afrentas (6), y a veces en la misma página los llena de
alabanzas, llamándolos pueblo, justo, hijos de Dios, heredad amada, gente
santa y otros nombres de mucho honor.(7) Mas aún, en la misma frase llama
San Pablo a los romanos enemigos por sí conforme al Evangelio, y muy
queridos por la elección de los padres(8). Pues ¿con cuánta mayor razón se
ha de creer que podemos nosotros decir de las naciones de indios, tan
varias y diversas, unas veces que son sumamente aptas para recibir el
Evangelio, como en realidad lo son en su mayoría, otras que son
refractarias a él, como sucede en algunas por los pecados de los hombres y
la mala educación?

Es un error vulgar tomar las Indias por un campo o aldea, y como
todas se llaman con un nombre, así creer que son también de una condición.
Los que lean estas páginas verán que nosotros, con ánimo imparcial,
decimos de igual manera lo bueno que lo malo, lo dulce que lo amargo.
Porque Dios nos es testigo que no deseamos ni procuramos otra cosa que
transmitir a los demás lo que tenemos bien averiguado, persuadidos que
Dios no necesita de nuestros engaños(9). Y no tenemos por buena
disposición para ir a estas gentes y trabajar por su eterna salvación,
formarse en la mente ilusiones o vanas imaginaciones, antes, entonces
creemos, estar bien dispuesto el ánimo, cuando no movido por falsos
rumores, sino apoyado en una firme vocación divina, recapacita
prudentemente dentro de sí la grandeza de la obra de Dios que toma entre
manos.

Y por ser las naciones de indios innumerables, y cada una con sus
ritos propios, y necesitar ser instruída de modo distinto, y no sentirme
yo con disposición para tanto, por serme desconocidas muchas de ellas, y
aunque las conociera todas, sería trabajo interminable; por todo eso he
preferido ceñirme principalmente a los indios del Perú, pensando así ser
más útil a todos los demás. Y esto por dos razones: la una, por serme a mí
más conocidas las gentes del Perú; la otra, porque siempre he creído que
estos indios ocupan como un lugar intermedio, entre los otros, por donde
con más facilidad se puede por ello hacer juicio de los demás. Pues aunque
llamamos indios todos los bárbaros que en nuestra edad han sido
descubiertos por los españoles y portugueses, los cuales todos están
privados de la luz del evangelio y desconocen la policía humana; sin
embargo, no todos son iguales, sino que va mucho de indios a indios, y hay
unos que se aventajan mucho a los otros.

Los autores(10) entienden comúnmente por bárbaros los que rechazan la
recta razón y el modo común de vida de los hombres, y así tratan de la
rudeza bárbara, salvajismo bárbaro, y aun de las riquezas bárbaras,
queriendo dar a entender la condición de los hombres, que se apartan del
uso común de los demás, y apenas tienen conocimiento de la sabiduría ni
participan de la luz de la razón. Y a estos del Nuevo Mundo, a todos se
les ha llamado indios, según puede conjeturarse, porque los antiguos
creyeron que la última y remotísima región que limitaba la tierra era la
India, adonde llegaron Alejandro de Macedonia(11), y el César Trajano, y
es muy celebrada de escritores sacros y profanos como el límite de la
tierra; y a imitación suya los nuestros llamaron indios las gentes
nuevamente por ellos descubiertas, si bien es cierto que al principio no
llamaron indios, sino isleños o antillanos, a los bárbaros que hallaron en
Occidente.

Siendo, pues, muchas las provincias, naciones y cualidades de estas
gentes, sin embargo me ha parecido, después de larga y diligente
consideración, que pueden reducirse a tres clases o categorías, entre sí
muy diversas, y en las que pueden comprenderse todas las naciones
bárbaras. La primera es la de aquellos que no se apartan demasiado de la
recta razón y del uso común del género humano; y a ella pertenecen los que
tienen república estable, leyes públicas, ciudades fortificadas,
magistrados obedecidos y lo que más importa, uso y conocimiento de las
letras, porque dondequiera que hay libros y monumentos escritos, la gente
es más humana y política. A esta clase pertenecen, en primer lugar, los
chinos, que tienen carecteres de escritura parecidos a los siríacos, los
cuales yo he visto, y se dice que han llegado a un gran florecimiento en
abundancia de libros, esplendor de academias, autoridad de leyes y
magistrados, y magnificencia de edificios y monumentos públicos. A ellos
siguen los japoneses y otras muchas provincias de la India oriental, de
los cuales no dudo que recibieron en tiempos antiguos la cultura europea y
asiática. Todas estas naciones, aunque en realidad son bárbaras y se
apartan en muchas cosas de la recta razón, deben ser llamadas al evangelio
de modo análogo a como los apóstoles predicaron a los griegos y a los
romanos y a los demás pueblos de Europa y Asia. Porque son poderosas y no
carecen de humana sabiduría, y por eso han de ser vencidas y sujetas al
Evangelio por su misma razón, obrando Dios internamente con su gracia; y
si se quiere someterlas a Cristo por la fuerza y con las armas, no se
logrará otra cosa sino volverlas enemicísimas del nombre cristiano.

En la segunda clase incluyo los bárbaros, que aunque no llegaron a
alcanzar el uso de la escritura, ni los conocibientos filosóficos o
civiles, sin embargo tienen su república y magistrados ciertos, y asientos
o poblaciones estables, donde guardan manera de policía, y orden de
ejércitos y capitanes, y finalmente alguna forma solemne de culto
religioso. De este género eran nuestros mejicanos y peruanos cuyos
imperios y repúblicas, leyes e instituciones son verdaderamente dignos de
admiración. Y en cuanto a la escritura, suplieron su falta con tanto
ingenio y habilidad, que conservan la memoria de sus historias, leyes,
vidas, y lo que más es, el cómputo de los tiempos, y las cuentas y
números, con unos signos y monumentos inventados por ellos, a los que
llaman quipos, con los que no van en zaga a los nuestros con las
escrituras. No harán con más seguridad nuestros contadores con números
aritméticos sus cómputos, cuando hay algo que contar o dividir, que estos
indios lo hacen con sus cordones y nudos; y es admirable. cómo conservan
la memoria de cosas muy menudas por largo tiempo con la ayuda de los
quipos. Sin embargo, descaecen mucho de la recta razón y del modo civil de
los demás hombres. Ocupan esta clase de bárbaros grande extensión, porque
primeramente forman imperios, como fué el de los Ingas, y después otros
reinos y principados menores, cuales son comúnmente los de los caciques; y
tienen públicos magistrados creados por la república, como son los de
Araúco, Tucapel y los demás del reino de Chile. Todos tienen de común
vivir en pueblos y aldeas, y no vagando al modo de fieras, y están
sometidos a una cabeza y juez determinado que los mantiene en justicia.
Mas porque guardan tanta monstruosidad de ritos, costumbres y leyes, y hay
entre los súbditos tanta licencia de desmandarse, que si no son
constreñidos por un poder superior, con dificultad recibirán la luz del
evangelio, y tomarán costumbres dignas de hombres, y si lo hicieren, no se
juzga que perseverarán en ellas; por eso la misma razón, y la autoridad de
la Iglesia establecen, que los que entre ellos abracen el Evangelio, pasen
a poder de príncipes y magistrados cristianos, pero con tal que no sean
privados del libre uso de su fortuna y bienes, y se les mantengan las
leyes y usos que no sean contrarios a la razón o al Evangelio.

Finalmente, a la tercera clase de bárbaros no es fácil decir las
muchas gentes y naciones del Nuevo Mundo que pertenecen. En ella entran
los salvajes semejantes a fieras, que apenas tienen sentimiento humano;
sin ley, sin rey, sin pactos, sin magistrados ni república, que mudan la
habitación, o si la tienen fija, más se asemeja a cuevas de fieras o
cercas de animales. Tales son primeramente los que los nuestros llaman
Caribes, siempre sedientos de sangre, crueles con los extrañlos, que
devoran carne humana, andan desnudos o cubren apenas sus vergüenzas. De
este género de bárbaros trató Aristóteles, cuando dijo que podían ser
cazados como bestias y domados por la fuerza(12). Y en el Nuevo Mundo hay
de ellos infinitas manadas: así son los Chunchos, los Chiriguanás, los
Mojos, los Yscaycingas, que hemos conocido por vivir próximos a nuestras
fronteras; así también la mayor parte de los del Brasil y la casi
totalidad de las parcialidades de la Florida. Pertenecen también a esta
clase otros bárbaros, que, aunque no son sanguinarios como tigres o
panteras, sin embargo, se diferencian poco de los animales: andan también
desnudos, son tímidos y están entregados a los más vergonzosos delitos de
lujuria y sodomía. Tales se dicen ser los que los nuestros llaman Moscas
en el Nuevo Reino, los de la campiña de Cartagena y toda su costa, los que
habitan en las costas del río Paraguay y los que pueblan las dilatadísimas
regiones comprendidas entre los dos mares del Norte y del Sur todavía poco
exploradas. En la India oriental se dice también que son semejantes a
éstos los que viven en muchas de las islas, como los de las Molucas. A la
misma clase se reduce, finalmente, otros bárbaros mansos, de muy corto
entendimiento, aunque parecen superar algo a los anteriores, y tienen
alguna sombra de república, pero son sus leyes o instituciones pueriles y
como de burlas. Tales se refiere que son los innumerables que pueblan las
islas de Salamón y el continente próximo. A todos éstos que apenas son
hombres, o son hombres a medias, conviene enseñarles que aprendan a ser
hombres e instruirles como a niños. Y si atrayéndolos con halagos se dejan
voluntariamente enseñar, mejor sería; mas si resisten, no por eso hay que
abandonarlos, sino que si se rebelan contra su bien y salvación, y se
enfurecen contra los médicos y maestros, hay que contenerlos con fuerza y
poder convenientes, y obligarles a que dejen la selva y se reúnan en
poblaciones y, aun contra su voluntad en cierto modo, hacerles fuerza(13)
para que entren en el reino de los cielos.

No se deben señalar unas mismas normas para todas las naciones de
indios, si no queremos errar gravemente. No hagamos, es verdad, a la
codicia y tiranía maestra de la introducción del evangelio; o, lo que es
menos dañoso, no antepongamos las ociosas cavilaciones de algunos
inexpertos a la experiencia y verdad que enseñan. los hechos. Cuando
vuelvo mis ojos a estas gentes de la vasta superficie de la tierra que han
permanecido ocultas por tantos siglos, se me vienen a los labios aquellas
palabras: «Según tu grandeza, multiplicaste los hijos de los hombres»(14).
Porque fué altísimo designio de Dios, y a nosotros por completo
inescrutables, que se multiplicasen tantas gentes, y tuviesen por tan
largos siglos cerrado el camino de su salvación. Y, sin embargo, en
nuestra edad se ha dignado Dios llamarlas al evangelio, bien no concedido
-a sus padres, e incorporarlos(15) y hacerlos participantes del misterio
de Cristo, y con tal arte y manera, y procediendo nuestros hombres de modo
tan distinto que los antiguos, que con razón la mente humana se llena de
espanto ante la alteza de los designios de Dios. Creemos, pues, con toda
certeza y afirmamos que hay que procurar la salvación de todas estas
gentes con la ayuda de Cristo, e intentamos, según nuestra pobreza,
proponer cosas que puedan ayudar a los ministros del evangelio. El asunto
es ciertamente en sí difícil, por lo nuevo y por lo vario, y nuestra
capacidad, exigua. El que puede enseñar con lucidez y persuadir al alma lo
que enseña, es solamente aquél que es maestro de todos(16), autor de la
sabiduría y corrector de los sabios(17), en cuyas manos estamos nosotros y
nuestros discursos, a quien sea dada la gloria ahora y para siempre. Amén.







Libro primero
Capítulo primero
Que no hay que desesperar de la salvación de los indios

Acerca de la salvación de los indios y propagación de la fe, creen
los que están lejos y juzgan las cosas a medida de su deseo, que es asunto
fácil y honroso, y de oír que en tan breve tiempo han entrado al redil de
Cristo pueblos innumerables difundidos por todo el Nuevo Mundo, se
prometen a sí mismos una mies copiosa y abundante, y sin mucho trabajo en
este nuevo campo. Y así sucede que los que vienen a él a trabajar ya están
pensando en las espigas y los graneros, cuando habían de preocuparse del
arado y de la siembra. Al contrario, los que por experiencia ven y tratan
las cosas de cerca encuentran tantas y tales dificultades que la mayor
parte, por la rudeza del trabajo, llegan a punto de desesperación, y
sostienen sin vacilar que los sudores son muchos y prolongados y el fruto
ninguno o muy corto. A mí, si es que me es dado sentir algo mejor y más
provechoso, me parece que ambas opiniones necesitan ser corregidas y
moderadas.

Porque del modo que nadie tiene siempre al alcance, de su mano las
cosas grandes y de reputación, así quien desconfía en las que Dios hizo
necesarias al hombre, hace injuria a su providencia. No hay linaje de
hombres que haya sido excluído de la participación de la fe y del
evangelio, habiendo dicho Cristo a los apóstoles: «Id por todo el mundo y
predicad el evangelio a toda criatura»(18); y también: «Que se predicase
en su nombre la penitencia a todas las gentes, comenzando por
Jerusalén»(19); y más claramente: «Me seréis testigos en Jerusalén y en
toda Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra»(20); y en otro
lugar: «Enseñad a todas las gentes»(21). ¿Quién, pues, menospreciará la
autoridad de un precepto tan insigne y tantas veces repetido?, o ¿quién
creerá excluída a alguna nación, por fiera y ajena que sea a todo
sentimiento humano, del beneficio de la fe y la penitencia, oyendo al
Señor que manda a sus apóstoles esparcirse por todo el mundo y enseñar a
todas las gentes? Y si bien es cierto que enseña San Pablo que la fe no es
de todos(22), esto no lo atribuye a la condición o nacimiento de los
hombres, sino a perversidad y a una importuna obcecación. Ciertamente San
Juan en el Apocalipsis(23), para que no solamente pensáramos en la
predicación del evangelio a todo el mundo, sino en el fruto insigne que en
todas partes había de obtener, nos representó en aquella muchedumbre
grande y bienaventurada que sigue al cordero, a todos los pueblos, todas
las tribus, todas las lenguas que hay debajo del cielo.

Más aún; a quien con atención escrutare las Sagradas Letras, quedará
sin duda patente que no sin gran razón y profundo misterio el más alejado
y abyecto linaje de los hombres es llamado de modo especial al bien del
evangelio. «Etiopía, dicen, apresurará sus manos a Dios»(24) ¿Qué gente
más despreciable que los que por su misma negrura y fealdad infunden
horror? De ellos dice también Sofonías: «Enervará a todos los dioses de la
tierra, y cada uno desde su lugar se inclinará a él, todas las islas de
las gentes. Vosotros también los de Etiopía seréis muertos con mi
espada(25); es, a saber, con aquella espada que Dios vino a traer a la
tierra(26), que es la palabra de Dios, la cual penetra hasta la división
del alma y del espíritu»(27). Y el mismo profeta: «Entonces purificaré los
labios de las naciones, a fin de que todas ella invoquen el nombre del
Señor y le sirvan debajo de un mismo yugo. Desde más allá de los ríos de
Etiopía vendrán mis adoradores, los hijos del dispersado pueblo mío, a
presentarme sus dones(28). ¿A quiénes llama Dios sus dispersos, sino a los
que en otra parte nombra hijos de los heridos?(29). Porque sacudidos con
virtud celestial, como saetas elegidas y esparcidas por todo el mundo,
hieren saludablemente a innumerables pueblos, a los cuales atados y
suplicantes llevan en pos de sí, como despojos, a Dios en glorioso
triunfo. Y quien buscare cuáles son las gentes que están puestas detrás de
los ríos de Etiopía, hallará en los antiguos escritores(30) que más allá
de las fuentes desconocidas del Nilo han llegado en sus peregrinaciones
los hombres cristianos; y no es improbable que en las Sagradas Letras se
designen con el nombre de islas las tierras que rodea el mar Océano,
aunque en su mayor parte son continentes; tal vez porque fué opinión de
los antiguos que fuera de los confines de Europa, Asia y África a ellos
conocidos no había tierras habitadas, y si las había, eran sólo islas.
Conforme a lo cual cantó el poeta Píndaro que más allá de Cádiz el mar era
impenetrable para los hombres, lo cual en forma de proverbio trae muchas
el Nacianceno(31). Así pues, cuando Sofonías dice que todas las islas de
las gentes han de adorar a Dios, o Isaías anuncia(32) que los que hayan
sido salvos irán lejos a las islas, más allá de África y de Lidia, y de
Italia y Grecia, y anunciarán la gloria de Dios a las gentes(33), y que de
todos ellos traerán sus hermanos don a Dios, o exhorta él mismo a cantar
alabanza a Dios a los que habitan en los confines del mundo, moradores de
las islas y del mar; no es fuera de razón(34) entender que los hombres de
todo este Nuevo Mundo postreramente descubierto han de ser convocados y
lle vados al conocimiento del nombre y gloria de Cristo. Porque, ¿quién
podrá pensar que hayan sido menospreciados y puestos en eterno olvido
estos hombres por el piadosísimo Señor, que los crió y redimió? ¿No es por
ventura El padre de todos?(35), o ¿con una sangre redimió a los griegos y
a los romanos y con otra a los indios y los bárbaros?

Sabemos que los sagrados apóstoles entraron a remotísimas y
ferocísimas naciones, y sin temor de su crueldad ni hastío de su bestial
condición les predicaron el evangelio, y los bautizaron, y llevaron a Dios
ofrenda de ellos, conforme al profético vaticinio. Se reconocían deudores
a los griegos y a los bárbaros(36), a los sabios ya los ignorantes, por el
talento que habían recibido; comprendían que en Cristo Jesús no hay indio
ni griego, bárbaro ni escita, sino solamente la nueva criatura que por el
conocimiento de Dios se renueva conforme a la imagen de aquel que la
crió(37). Porque a los que el Padre de familia, aunque cojos, débiles,
andrajosos y sucios se dignó según su grandeza invitarlos a la mesa del
celestial banquete(38), ¿con qué osadía y temeridad se atreverían los
siervos a rechazarlos del convite, o a menospreciarlos y hacer asco de
ellos? ¿O es que pensamos que conocen mejor la excelencia del festín y la
cuenta de los convidados los siervos que el que es criador y dador de
todos los bienes? A la verdad en aquel lienzo que fué mostrado a Pedro
hambriento(39), había no solamente aves y animales de toda especie sino
también serpientes y reptiles, mostrándonos la divina historia que también
los astrosos y abyectos y como que andan arrastrados por el suelo han sido
santificados por Dios. Pues bien: de lo que Dios santificó no es lícito
que nosotros hagamos asco, y lo rechacemos. Por tanto, desistamos de sacar
a relucir la dureza y tardo ingenio de los indios ante tantas promesas de
la caridad de Dios; y, confiados en la fidelidad del que lo prometió, no
osemos afirmar que algún linaje de hombres está excluído de la común
salvación de todos.



Capítulo II
Razón porque parece a muchos difícil y poco útil la predicación a los
indios

De estas y otras semejantes palabras de la divina Escritura se
muestra bien a las claras que el Padre de las misericordias no quiere que
perezca nadie, sino que todos hagan penitencia(40), que todos se salven y
vengan al conocimiento de su santo nombre(41). Los que consideran la
universalidad de estas palabras echan firmes raíces en la esperanza, y se
encienden en deseo de procurar la salvación, de las almas, habiendo dicho
El a los suyos: «Yo os he puesto para que vayáis y hagáis mucho
fruto»(42). Mas cuando se viene a la obra, parece a la humana flaqueza la
realidad tan contraria a las promesas, se ven tan cerrados a los hombres
miserables los caminos de salvación, que se enfría el primer ardor, y
viene sin sentir a la mente el pensamiento de la ira divina, que no se
complace en la muchedumbre de sus hijos infieles e incapaces de
salvación(43). Porque justo castigo es, dicen, de la infidelidad pasada su
presente ceguedad, y que los que menospreciaron la voz de Dios cuando les
hablaba en la naturaleza, ahora que suena en el evangelio, cerradas las
orejas, no sean dejados oirla; y pues fué oculto juicio divino que pueblos
tan innumerables careciesen de la noticia de Dios por tantos millares de
años, de la misma manera acontezca en nuestra edad, que llegue a ellos una
noticia de Dios muy tenue y apagada, o que se les proponga de manera que
la rechacen, o que si llegan a recibirla, la abandonen poco después con
más grave daño. Porque, ¿quién conoció el sentido del Señor?(44). Y en
verdad son sus juicios un abismo muy profundo.

De manera que la misma experiencia parece demostrar que esta infinita
muchedumbre de indios bárbaros, por exigencia de su misma maldad, han
estado por mil y cuatrocientos años lejos de la luz del Evangelio, y
creciendo aún más el furor de la ira divina, después que, como dice el
Salmo, brillaron sus rayos al orbe de la tierra(45), al resplandecer en
estas regiones la luz de la verdad, se cegaron las mentes de los infieles,
para no ser alumbrados por el Evangelio de la paz. Pues lo que creen
algunos que en tiempos lejanos sonó en estas regiones la trompeta del
Evangelio, aduciendo el testimonio del profeta, que trae San Pablo: «Por
toda la tierra se extendió el sonido de ellos, y hasta los confines del
orbe sus palabras»(46), no me parece convincente, puesto que San Agustín
afirma de su tiempo que en algunas partes de África era desconocido el
nombre de Cristo, y ni siquiera la fama del imperio romano había llegado
a, ellas(47). A mí me mueve más para opinar los contrario la autoridad de
Cristo, que claramente enseñó que el fin de los tiempos no vendría hasta
después que el Evangelio hubiese sido predicado en todo el mundo(48) Por
lo. cual el testimonio del Salmo hay que entenderlo de los apóstoles, más
de manera que juntamente incluyamos a los varones apostólicos(49) cuyo
sonido se extiende, sí, por todo el orbe de la tierra, mas poco a poco y a
sus tiempos, conforme a los decretos de la preordinación divina. Común es
a los profetas ver reunidos, como en un punto, tiempos entre sí muy
distantes, y de todos ellos anunciar lo que se ha de ir cumpliendo por sus
partes; regla muy necesaria para la recta inteligencia de las escrituras,
como no lo duda quien está en ellas medianamente ejercitado. Pues bien:
los vestigios que dicen haber hallado en algunas partes de la fe recibida
en pasados tiempos, como cruces erigidas, y algunas otras señales, no
hacen argumento convincente. En las provincias altas del Perú dura hasta
hoy la fama conservada por tradición antigua de los indios, que vino en
otros tiempos cierto varón insigne, semejante a nuestros castellanos, a
quien en su idioma llaman Tiesiviracocha, el cual les enseñó muchas cosas
útiles, pero no aprovechando nada con sus palabras, ilustre en virtudes y
obras extraordinarias, fué coronado del martirio. Algunos afirman haber
visto una estatua suya en hábito muy diferente del de los indios y
parecida a nuestros santos. Mas, aun concediendo que sea esto verdad, que
no hay por qué negar que pudo suceder, ¿qué diremos de otras gentes
infinitas, a las que no conocemos, pero sabemos por razón certísima que
existen? Para mí tengo por cierto que la mayor parte de la tierra está aún
por descubrir, lo cual afirman los más peritos de la náutica y la
cosmografía, y que la que ahora poseemos ha sido hasta el presente
desconocida para ningún hombre cristiano.

No faltan, volviendo a nuestro propósito, los que creen que estos
pueblos, y gentes y barbarie innumerable, como antes han estado
destituídos de la luz evangélica, así ahora qué ha llegado a ellos no
tienen la necesaria inteligencia y capacidad para percibir la doctrina
saludable; porque ambas cosas pertenecen a los consejos inescrutables de
Dios, los cuales, como no los podemos penetrar, así tampoco debemos
condenarlos ni culparlos. Cuanto en el libro de la Sabiduría se dice de
los cananeos, quien conozca el ingenio y costumbres de nuestros indios,
concederá fácilmente que les conviene a maravilla. No ignorando, dice, que
es perversa su nación, y natural su malicia, y que no era posible que se
mudase su pensamiento para siempre, porque era simiente desde el principio
maldita(50). Hay, pues, gentes imbuídas en una malicia ingénita y como
hereditaria, cuyo pensamiento es tan rebelde, y está tan hundido en la
maldad, que será muy dificultoso arrancarlo de ella. Como no puede el
etíope cambiar el color de su piel, o el leopardo sus manchas
multicolores, así tampoco podéis vosotros hacer el bien, estando enseñados
a hacer el mal(51). De tal manera se hunde a veces la mente humana en el
abismo de la maldad, que será cosa de milagro si alguno puede sacarla de
ella. Y para que no se atreva el barro vil a acusar a su criador, previene
al punto la divina palabra, diciendo: «¿Quién te podrá decir por qué lo
hiciste así, o quién podrá estar en pie contra tu juicio? ¿Quién se
presentará ante ti como vengador de los inicuos, o quién podrá culparte si
perecen las naciones que tú hiciste?»(52). Esta es, pues, la primera causa
y la principal que puede traerse de que en estas regiones con mucho
trabajo no se pueda esperar gran fruto, porque son simiente maldita,
destituída del divino auxilio y destinada a la perdición.

Mas dejando aparte los altísimos designios de Dios, la doctrina
cristiana es en sí sublime, y la vida que muestra el evangelio, más que
humana. Pide la palabra de la fe hombres íntegros y de elevados
pensamientos, que sepan juzgar según la ley de la perfecta libertad(53). Y
todo lo contrario es la nación de los indios, porque aunque hay sus más y
sus menos, son todos ruines y torpes y ajenos de toda nobleza, todos de
condición baja y servil, de corto ingenio y juicio escaso y vacilante,
todos de natural inconstante y caedizo; en sus costumbres, desleales e
ingratos, hechos a ceder sólo al miedo y a la fuerza, sin sentimiento
apenas de honra, y sin ninguno de pudor. Se diría haberlos tenido
presentes el Crisóstomo, cuando describe las costumbres de los esclavos:
En todo el mundo, dice(54), se tiene por averiguado que los esclavos son
comúnmente desvergonzados y difíciles de educar, lascivos, lúbricos y poco
acomodados para recibir cualquier doctrina y menos la de la virtud; su
condición no solamente es servil, sino de algún modo bestial, que más
fácil será domar a las fieras que refrenar su temeridad o despertar su
desidia y estupidez; tan rudos son para aprender, y tan duros y osados
para enfurecerse y herir. Finalmente, como bestias irracionales(55),
destinadas por su naturaleza al lazo y a la presa, viven en perpetua
corrupción, no respetan las leyes del matrimonio ni de la naturaleza, y se
guían por su apetito proscribiendo la razón. ¿Para qué, pues, cansarse en
echar las margaritas a los puercos o dar lo santo a los perros(56), que
fácilmente vuelven al vómito o hallan su delicia en revolcarse por el
fango?(57). ¿Creemos que los que viven como niños, sin usar de la razón,
los que tienen alma privada de sentimientos, los que en su barbarie llegan
a devorar las entrañas humanas(58), han de ser regidos por la ley y razón,
y no más bien sujetados con cuerdas y cadenas?(59).

Pues vengamos a la lengua, que es necesaria para evangelizar,
conforme al apóstol, que dice: «La fe por el oído, y el oído por la
palabra de Dios»(60). En este punto, los que toman sobre sí la carga de
instruir a los bárbaros padecen tales dificultades que querrían más herir
las piedras o quebrantar los mármoles, que haber de declarar misterios
difíciles y elevados, sin tener lengua y hablando a sordos. Dicen que en
otras tiempos con setenta y dos lenguas entró la confusión en el género
humano; mas estos bárbaros tienen más de setecientas, hasta el punto que
no hay valle algo crecido que no tenga la suya propia. Porque, aunque en
todo el gran imperio de los Ingas, que se extiende desde Quito en la línea
equinoccial hasta la dilatada provincia de Chile por casi cuarenta grados,
se usa una lengua general, introducida por el rey Guainacapa, sin embargo
hay naciones innumerables de indios fuera de este imperio, v aun las
mismas que están dentro de él no la tienen por tan familiar que sea usada
indiferentemente por el vulgo. Añádase a esto que para expresar los
misterios más altos de la fe faltan palabras en estas lenguas bárbaras,
como experimentan los que las usan. Y declarar cosas tan profundas por
intérpretes, confiando los misterios de la salvación a la fidelidad y al
lenguaje tosco de cualquier hombre bajo y vulgar, aunque con frecuencia,
urgiendo la necesidad, se hace; sin embargo, cualquiera ve, y la
experiencia enseña largamente, cuán inconveniente es y aun pernicioso, y
ocasionado a mala interpretación, y a tomar una cosa por otra, ya sea
porque el intérprete no alcanza más en su rudeza, ya porque se descuida en
atender al que enseña. ¿Qué hará, pues, el que no tiene el don de lenguas
ni de interpretación de palabras al verse necesitado a hablar bárbaro con
los bárbaros, no sabiendo él hablar y no pudiendo callar?

A la dificultad de la lengua hay que añadir la de los lugares, que no
es menor. Porque pasando por alto la larguísima navegación llena de
molestias y peligros, los mismos parajes donde habitan los indios, casi
inaccesible, parecen excluirlos del camino de salvación. La mayor parte de
ellos viven como fieras, no en ciudades o pueblos, sino en rocas o
cavernas, no reunidos en común, sino esparcidos y cambiando a cada paso de
morada; sus caminos, propios de ciervos o gamos; casas, ninguna, sin techo
y sin paredes sacadas do cimiento; manadas de animales o abrevaderos
habría que llamarlos, más bien que reunión de hombres. ¿Quién, pues, irá a
tales gentes? ¿Quién los tratará?;Quién los reunirá? Quién los enseñará.?
¿Quién los exhortará? «Con un dormido habla, dice el Sabio(61), quien
cuenta al necio la sabiduría». Pues habiendo entre los domésticos ole la
fe tantos a quienes se puede repartir con fruto el pan de la doctrina,
¿por qué se ha de quitar a los hijos para darlo, o mejor arrojarlo, a los
perros?(62). ¿Qué buen consejo es posponer lo cierto a lo incierto y
arrostrar los mayores trabajos con utilidad ninguna o muy escasa?

A estas causas creo que reducirán su opinión, si quieren razonar
seriamente, los que reputan difícil el negocio le la salvación de los
indios o lo miran con malos ojos.



Capítulo III
La dificultad de la predicación no debe atemorizar a los siervos de
Cristo, y con qué razones se pueden animar

La representación de las dificultades que ocurren en la predicación
de la palabra de Dios es útil, si se trae con prudencia, para templar el
ardor juvenil y refrenar la audacia de algunos que, como dijo Aristóteles,
acometen con prontitud los peligros desconocidos, y con mayor ligereza los
abandonan cuando los experimentan(63). Porque las lides del Señor de. los
ejércitos quieren varones fuertes y valerosos, no soldados bisoños,
audaces y temerarios, que a imitación de los de Efraín templan y disparan
sus arcos en el ocio de los suyos, y en el día de la batalla vuelven las
espaldas(64). Y es, por cl contrario, propio del varón fuerte y prudente
parar mientes en todos los riesgos y dificultades y en los sucesos
dudosos, no para desesperar de la victoria, atemorizado por la dificultad
del trabajo, sino para acometer la empresa con más aparejo y disposición,
y para llevar menos a mal el ruin suceso, si por ventura sobreviniere. Así
vemos que Moisés, mirando sus fuerzas, rehusó parecer ante Faraón(65), y
Jeremías procuró apartar de sí el oficio de profeta(66), y Saúl, cuando
todavía era llevado del espíritu de Dios, al ofrecerle el reino, se
ocultó(67); todos los cuales y los demás siervos de Dios, aunque la
magnitud de las empresas bien conocida les atemorizaba, sin embargo, más
los alentó y robusteció la palabra y promesa de Dios omnipotente. Gran
verdad es lo que oí a un varón insigne de la Compañía, ejercitado por
muchos años en el ministerio de los indios, y creo haberlo por mí mismo
comprobado, que entre todas las virtudes necesarias para ese oficio la
principal es la humildad. Ella no aspira a lo grande, ni se promete cosas
ilustres, ni se quebranta por el trabajo, ni desprecia el fruto aunque sea
corto; antes, lo que Dios quiere obrar, tiene por grande, con ánimo
agradecido. Da Dios, en verdad, su gracia a los humildes(68), y por el
ministerio de ellos confunde lo fuerte e ilustre de este siglo. Cierto, me
parece, que la falta de humildad es la causa principal del poco fruto que
vemos, y que después de sembrar mucho cojamos poco, porque, como dice el
profeta, nos damos prisa en reparar nuestra casa, y no cuidamos de la de
Dios(69), es a saber, buscamos nuestra propia gloria con más solicitud que
divina.

Pero conviene pensar con atención que siempre la predicación de la fe
fué muy difícil, y la fructificación del evangelio laboriosa. Pues
callando los impedimentos antecedentes y consiguientes a la palabra de
Dios, que hacían que no fuese recibida, o que una vez recibida no
fructificase, la misma doctrina cristiana en sí encierra un monte de
dificultad(70). Porque contiene enseñanzas que superan la humana
comprensión, y no las demuestra; exige costumbres por completo ajenas de
codicia, y vanagloria, y manda cortar de raíz los vicios que son
congénitos a la naturaleza, y con el uso están profundamente arraigados;
promete premios que no se ven, y manda menospreciar y hollar los bienes
que se ven; transporta el sentido humano a lo que es sobre todo sentido, y
manda que los hombres hagan vida de ángeles. Pues ¿quién juzgará cosa
fácil transformar las bestias irracionales en espíritus celestiales, y eso
colaborando la misma voluntad a quien se hace violencia? En verdad que de
Dios sólo es esta obra, no de hombres o cualquiera otra criatura; El
quiere su propia obra, y: «ésta es la obra de Dios, dice San Juan, que
creáis en El»(71), y en otra parte: «Nadie viene a Mí sino aquel a quien
trae mi Padre»(72), y el apóstol: «Don es de Dios, no esfuerzo vuestro,
para que nadie se gloríe»(73).

Pues si volvemos los ojos al autor y consumador de nuestra salvación,
Cristo Jesús, una cosa nos llenará de consuelo y enseñanza, a fin de que
toda lengua calle y se someta a Dios todo espíritu. Porque quien considera
la alteza de la eterna sabiduría, el poder de los milagros, las entrañas
de la divina misericordia, al verla inclinarse a enseñar y reducir a los
hombres, ¿no se persuadiría que con un solo sermón de Cristo había de
convertirlos a todos, y que a tan alto predicador. habría de seguir a
porfía el género humano en incontable muchedumbre? Pues bien; de otra
manera sucedió. Predicó por mucho tiempo, con gran esfuerzo, con suma
diligencia, haciendo milagros portentosos que nadie antes había hecho,
juntando una vida inocensítima, una conversación suavísima, una autoridad
divina. Y ¿qué consiguió? ¿Qué fruto logró? Si alzas tus ojos a los
eternos consejos, más de lo que puede creer, pero si atiendes a la
gratitud y sumisión de los hombres, triste es pensarlo: en un pueblo
reducido, al que instruyó por más de mil años con los oráculos de la Ley y
los Profetas, apenas conquistó unos pocos discípulos, y eso no de los más
principales, ni todos constantes; y, al contrarío, se le suscitaron muchos
adversarios e innumerables detractores, que de malos que eran se
convirtieron en pésimos. Y ¿se ofenderá el hombrecillo de que las mieses
puestas a su cuidado no se yergan a la primera vez que arroja la semilla?
¿Se llamará a engaño si a su predicación no ve postrarse millares de
hombres rendidos?

Conmovido Juan Bautista de los pocos que seguían a Jesucristo, dijo a
sus discípulos: «El que viene del cielo, sobre todo es, y lo que vió y
oyó, eso testifica, y nadie recibe su testimonio»(74); porque para la
dignidad de tal maestro, tan pocos discípulos no le parecían al Bautista
ninguno. Mas oigamos al mismo capitán y apóstol de nuestra confesión,
elevando su oración y queja al Eterno Padre: «Por demás he trabajado, en
vano y sin provecho he consumido mi fortaleza»(75). ¿Por ventura, tantos y
tan grandes trabajos de predicar, de pernoctar, de recorrer lugares y
castillos, de clamar, de navegar, de sanar enfermos, de obrar maravillas,
no los llamarás vanos y casi infructuosos si consideras el pequeño número
de los discípulos de Cristo y la muchedumbre y dureza de sus enemigos?
¿.Por ventura, no dirás que en vano se gastó tanta fuerza y se consumió
tanta fortaleza, si lo contemplas crucificado en la casa de los que le
amaban, abandonado en parte de los suyos y en parte traicionado, y
atormentado con insaciable crueldad por sus enemigos, herido y puesto en
la cruz? Mas;¿cómo razona el sapientísimo maestro? ¿Cómo se alienta y
consuela? «Mi juicio, dice, está delante del Señor, y mi recompensa con mi
Dios»(76), como si dijera: no me cuido más de los hombres, no atiendo a su
gratitud, sino sólo miro a Dios; sé la rectitud de su juicio; mí obra a él
la consagro, mi esperanza en él la coloco, por su gracia todo lo hago y
padezco gustoso, juzgando los gastos por ahorro. Este era el ánimo, ésta
la mente del Salvador. En esto, deberíamos parar mientes todos los que
hacemos la obra de Dios y deseamos ser tenidos por operarios fieles y
verdaderos. No hacemos nuestro negocio, sino el de Dios; tomemos nosotros
con prontitud todo el cuidado de la obra, y dejemos a Dios el fruto.

Quien trabaja con esta humildad verdadera y trata la obra de Dios con
sincera caridad, aunque parezca a veces que no obtiene fruto, oye, sin
embargo, en su interior la divina respuesta: «Ahora, pues, dice el Señor,
el que me formó desde el vientre por su siervo, para que se convierta a él
Jacob; bien que Israel no se juntará; con todo seré estimado en los ojos
del señor, y el Dios mío será mi fortaleza». Y dijo: «Poco es que tú me
seas siervo para levantar las tribus de Jacob y para que restaures los
asolamientos de Israel; también te di por luz de las gentes, para que seas
mi salud hasta lo postrero de la tierra»(77). Bastante es lo dicho, con
ejemplo tan claro e insigne de Cristo Nuestro Señor, para aliviar
cualquier molestia y acallar cualquiera queja, a quien le quede un resto
de corazón y aun de entendimiento, porque no está el discípulo sobre su
maestro, ni es el siervo mayor que su señor (78).



Capítulo IV
Prosigue la misma materia

El ejemplo de Cristo nuestro Salvador debería bastarnos: pero
añadamos aún estímulo a nuestra pereza y acuciémosla con el ejemplo de los
santos. Contemplamos los trofeos que ganaron los apóstoles, admiramos a.
los que victoriosos del mundo llevaron el signo de la cruz más allá de las
águilas romanas, y si nos fuera dado, quisiéramos imitar hazañas tan
gloriosas. Mas detengamos nuestro pensamiento a considerar los sudores que
pasaron, los peligros, los combates, las dificultades de los tiempos y la
pujanza de los enemigos, y entenderemos, sin duda, que les costó más cara
la victoria de lo que fácilmente se puede creer. «Las armas de nuestra
milicia no son carnales, sino muy poderosas en Dios para derrocar
fortalezas, destruyendo los designios humanos y toda altanería que se
engríe contra la ciencia de Dios»(79), dice el apóstol; el cual, en otra
parte, conmemora que propagó el evangelio desde Jerusalén al mar Ilírico y
regiones que lo rodean, cuya extensión y grandeza quien las considere se
espantará de que pudiera un hombre conocerlas tan solo, cuánto más
henchirlas con la doctrina evangélica(80). Y en el mismo lugar anuncia su
propósito de ir a España(81), cuyo cumplimiento, después de su primera
prisión en Roma, lo atestiguan graves autores, entro ellos San Jerónimo y
el Crisóstomo(82). Mas con cuántos trabajos y peligros realizó obras tan
grandes, él mismo lo cuenta por extenso en la segunda Carta a los
Corintios(83), donde quien considere tanto cúmulo de padecimientos no
vacilará en persuadirse que sólo por la cruz pudieron vencer los
predicadores de la cruz, y sólo por ella vencerán, asimismo, sus
imitadores.

Y es digno de notarse que siendo la cruz una misma, trae ahora a los
ministros del evangelio dificultades distintas y aun contrarias que a los
apóstoles, para que admiremos los consejos de Dios. Porque a nosotros nos
combate la cortedad o insipiencia de los bárbaros, y a los apóstoles, al
contrario, la inflada y prepotente sabiduría de judíos, griegos y romanos,
por serles afrentoso presentarse indoctos ante la sinagoga, la academia o
el senado. «Nosotros, dice San Pablo, predicamos a Cristo crucificado, que
para los judíos es escándalo y para las gentiles locura»(84) (83 bis). Y
añade, sintiéndose honrado: «Porque no me avergüenzo del evangelio»(85); y
a Timoteo: «No te avergüences del testimonio del Señor» (86) A ellos les
perseguía el poder del siglo, cuando amenazaban los lictores; a nosotros
no nos dan temor los magistrados de los bárbaros, pues tienen la vara del
poder los cristianos; pero éstos sí nos ocasionan molestias y daños no
escasos, cuando por el mal ejemplo y la avaricia de algunos se echa por
tierra lo que otros edifican para la fe. Ellos tuvieron que luchar con
ingenios soberbios y contumaces, pues la prudencia del siglo rechazaba sin
remisión la simplicidad de la fe; nosotros, al contrario, padecemos la
inconstancia y la imbecilidad natural de los indios, viéndonos obligados a
arrojar la divina semilla a tierra fofa y arenosa, y no en peña viva como
ellos. A los apóstoles les cansaba el trabajo sin reposo, la pobreza, la
ignominia, los tormentos y el peligro cotidiano de muerte; a nosotros nos
fatiga el tedio, la falta de palabra, la bajeza de los naturales, la
soledad y el desaliento y desesperación.

Así que la predicación de la fe, por ser cosa tan alta y superior a
la estimación humana, nunca ha podido llevarse a cabo sin gran dispendio
de trabajo y perseverancia. ¿Quién ha creído lo que nos ha oído, y el
brazo del Señor a quién ha sido revelado?(87). En Dios hay que poner la
esperanza, que es el que da la palabra a los predicadores con grande
esfuerzo(88), para que vayan y arrojen con llanto la semilla, y a la
vuelta vengan alegres trayendo sus manojos(89). El mismo Señor dice: «He
aquí que yo os envío»(90); es el mismo que hace obrar la fe(91) y da el
incremento para que el evangelio crezca y fructifique en todo el mundo
(92). Mas a nosotros, bisoños, nos atemorizan y quebrantan los trabajos de
la lucha y decimos: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron
mejores que los presentes?(93). Necio pensamiento; porque si nos hubieran
cabido en suerte esos tiempos, no hubiéramos podido sobrellevar tan grande
aspereza; mas porque son pasados los creemos felices y gustosos. Si pues
nos atrae y cautiva el admirable adelantamiento de la fe en los tiempos
antiguos y nos hastía nuestra pobreza, pensemos que los trabajos de
aquellos predicadores fueron sin comparación muy superiores a los
nuestros, y demos gracias a la bondad y sabiduría de Dios, que conforme a
la magnitud de la obra envía los obreros necesarios.

Algunos llevan en paciencia que no se vean hoy día las maravillas de
los tiempos apostólicos; mas les pesa que en proporción a sus trabajos y
molestias no corresponda el fruto. Los cuales habrían de consolarse con
las palabras del apóstol: «Cada uno recibirá su propio salario a medida de
su trabajo, porque nosotros somos coadjutores de Dios y ellos el campo que
Dios cultiva, el edificio que Dios fabrica»(94). No hará cuenta el amo de
la viña en el pagar, tanto del fruto cuanto del trabajo; y más se agradará
tal vez el padre de familias del trabajo fiel, aunque estéril, que del
fácil y fecundo. Por lo cual vemos que aun los grandes predicadores de la
fe fueron muchas veces probados con la cortedad del fruto. Pues po hablar
de un Ezequiel a quien Dios anuncia: Si a muchos pueblos de profundo
lenguaje y de lengua desconocida, cuyas palabras no puedes entender,
fueres enviados, ellos te oirían; mas los de la casa de Israel no te
quieren oír(95);ni de Jeremías despreciado y tenido en ludibrio por
Hananías y otros falsos profetas(96), ni de Amós, censurado por
Amasías(97), y los demás profetas; los mismos apóstoles del Señor no
reportaron muchas veces de sus grandes trabajos, sino injurias. Por dos
años es tuyo Pablo preso en Cesarea, disputando casi todo, los días con
Félix, y nada consiguió(98); por el testimonio de Jesucristo se ve Juan
desterrado(99). Santiago, su hermano, solamente convirtió en España, según
cuentan, siete o nueve, después de venir desde Jerusalén con tan dilatada
peregrinación. Con razón dice el Señor: «No es, el dicípulo mayor que el
maestro, si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra»(100); y
otras veces exclamaba: «¿A, quién compararemos esta generación? Cantamos y
no bailasteis, nos lamentamos y no llorasteis»(101).

Aunque no sé quién puede tener justa queja si gane con su industria y
trabajo pocas almas, y aun con una sola que ganase, cuando el Señor de la
gloria por una sola alma no habría rehusado padecer cuanto padeció, como
elegantemente dice Crisóstomo(102). Cuyas palabras áureas a este mismo
propósito me pareció poner aquí(103):«Nada hay, dice que pueda compararse
con un alma, ni todo el universo mundo; y aunque distribuyas inmensas
riquezas a los pobres, más haces si conviertes un alma». Y más abajo: «Si
hoy no conviertes a nadie, lo convertirás mañana, y si nunca lo llegares a
convertir, recibirás, sin embargo íntegro el galardón. Y si no puedes
persuadir a todos, podrás a algunos. Porque los mismos apóstoles no
pudieron persuadir la fe a todo el mundo, a pesar de que con todos
disputaron, y de todos alcanzaron recompensa; puesto que Dios no suele
repartir las coronas por el suceso de los hechos, sino por la intención de
las buenas obras; y lo que hizo con la viuda que ofreció dos óbolos, lo
mismo lo hará con los que predican. No tengas a menos, pues, las cosas
pequeñas, porque no puedes convertir a todo el mundo, y por el deseo de
cosas mayores no abandones lo que es menos; si no puedes cuidar de ciento,
ten cuidado de diez, y si no puedes diez no desprecies a cinco, y si aun
cinco supera tus fuerzas, no desprecies a uno; y si ni a uno puedes, no
pierdas la esperanza, ni desistas del trabajo; porque si no despreciamos
las cosas pequeñas, conseguiremos también las mayores». Hasta aquí este
Padre. Cuya exhortación ella sola es bastante para alentar y conformar los
ánimos de los obreros del Señor, con tal que no cierren los oídos a la
razón.

Finalmente, ofrece la causa de los indios propios y peculiares
provechos, para. no citar sólo los comunes, y ventajas de sumo precio ante
Jesucristo. Ante todo de humildad, porque el trabajo que se emplea con
ellos es tanto más seguro, cuanto es más ajeno, de vanagloria. Después de
caridad, pues en testimonio de amor a Jesucristo se consagra la vida en
beneficio de la extrema indigencia, y del peligro de tantos millares de
almas que perecen. Además, ¿qué mayor argumento y prueba de constancia y
paciencia que afrontar lo que a tantos aterra, es a saber, que con el
corazón lleno de tedio por la gloria de Cristo, después de trabajar mucho,
parezca que se consigue poco fruto? Me atrevo a decir que, con sola la
alabanza de esta paciencia, podemos emular la gloria de los apóstoles.
Finalmente, tengo por cierto que el fruto, en atención al trabajo y al
mérito, es mucho mayor, y que gravemente se engañan los que, llevados de
su desidia o ambición, se quejan de que emplean su trabajo con poco
provecho en esta viña del Señor. Lo cual, más abajo, en su sitio propio
demostraremos. Quede ahora solamente asentado que, aunque hubiera poco
fruto en el negocio de las almas, no por eso deberían menos emplear su
diligencia y alientos los fieles operarios de Jesucristo, cuando en tanto
grado ejercitan la caridad con él, y nada se disminuye del propio
galardón.



Capítulo V
Las naciones de indios, por muy bárbaras que sean, no están destituídas
del auxilio de la gracia para su salvación

Respondemos ahora sobriamente y con verdad a las razones aducidas
arriba contra la salvación de los indios; las cuales se pueden reducir a
cuatro capítulos, que son: la sustracción de la gracia de Dios, la
depravación de la naturaleza y las costumbres, la dificultad del lenguaje
y la molestia de los lugares y habitación.

Y comenzando por la primera, no podemos negar que hay muchos hombres
que por ocultos juicios de Dios, están abandonados en las tinieblas, y qué
digo hombres particulares, familias y ciudades y aun provincias y naciones
enteras. Los cuales los hubo antiguamente y aún perduran sin la fe en
Jesucristo, separados de la conversación de Israel, y huéspedes de los
testamentos, sin esperanzas en las promesas y, en una palabra, sin Dios en
el mundo(104). Y por qué la gracia y elección divina haya dejado por tanto
tiempo parecer tantos miles de almas, es un misterio profundo, que fuera
impío quererlo rastrear. El apóstol San Pablo en este lugar detiene su
paso y alza el pensamiento a la inescrutable sabiduría de Dios; porque
habiendo referido que los gentiles fueron llamados al evangelio después de
la obstinación de Israel, y que el mismo. Israel será salvo al fin de los
tiempos, después que hubiere entrado al reino la multitud de los gentiles,
considerando el, abismo que se abría ante sus ojos al considerar por qué
Dios había querido que la incredulidad de Israel constituyese las riquezas
de los gentiles, y por qué dilató la salvación de éstos, y al ofrecérsela
dió repulsa Israel, como si a ambos pueblos no pudiese abarcarlos
juntamente la gracia de Dios, detiene su paso y lanza aquella exclamación
admirable(105), en la que prefiere que el hombre quede seguro en su
ignorancia, antes que precipitarse en el abismo de su pensamiento,
pasando, como dice Ambrosio (o quien sea el autor del libro De vocatione
gentium, pues el estilo parece más bien de Próspero de Aquitania), por
ser, ignorante en las cosas que no conviene, y no queriendo palpar a
oscuras las cosas que no es lícito saber. «Porque muchas cosas hay, dice
(106), en la dispensación de las obras de Dios, en las que se oculta la
causa, y solamente se muestran los efectos de arte que aparece lo que se
hace y no la causa por qué se hace, y ven los ojos la obra quedando oculta
la razón, para que la presunción se contenga ante lo insondable, y la
falsedad de lo que es patente se rehace». Y en el libro siguiente(107):
«¿Quién declarará a los murmuradores y curiosos por qué no sale ya el sol
de la justicia a muchos gentiles, y todavía no muestra sus rayos la verdad
de la revelación a muchos corazones que yacen en las tinieblas? Más
quisiera en negocio tan grave y tan profundo confesar la cortedad del
humano ingenio, poniéndolo en manos de Dios con recto y seguro juicio, que
no correr el peligro de quedar ciego con tan grande resplandor(108), si
intentare penetrar contra el divino precepto lo que está oculto a los ojos
de los hombres.» Hasta aquí el citado autor.

Mas porque acerca de los gentiles es más común la duda, y hiere más y
punza los corazones, añadiremos algunas razones, que, aunque no subyuguen
del todo el ánimo engreído, infunden no poco consuelo al sumiso y
obediente. Y nadie lo explica mejor que San Agustín, muy versado en esta
materia; el cual dice escribiendo a Optato(109): «Por qué fueron creados
aquellos que el criador previó que pertenecían o no a la gracia, sino a la
condenación, lo dice el bienaventurado apóstol, con tanta más sucinta
brevedad, cuanta mayor autoridad, porque Dios, dice, queriendo manifestar
su ira y demostrar su poder, sustentó con mucha paciencia los vasos de ira
que estaban reservados para la perdición, a fin de hacer patentes las
riquezas de su gloria en los vasos de misericordia.»(110). Y poco después:
«Con razón podría a alguno parecer injusto que se hagan vasos de ira para
la perdición, si no estuviese toda la masa condenada en Adán. El ser
hechos, pues, por el nacimiento vasos de ira, pertenece a la pena debida,
y el ser hechos por el nuevo nacimiento vasos de misericordia pertenece a
la gracia indebida(111). Demuestra, pues, Dios su ira, es a saber, su
justa y determinada venganza, en que de la estirpe desobediente se propaga
el germen del pecado y del suplicio, y muestra su poder, en que aun de los
malos usa bien, concediéndoles muchos bienes naturales y temporales, y
atemperando su malicia, para ejercitar a los buenos y amonestarlos con el
ejemplo, para que de ellos aprendan a dar gracias a Dios, que de entre
ellos los sacó por su sola misericordia, estando juntos en la misma masa.»
Y más abajo(112): «Hizo también patentes las riquezas de su bondad en los
vasos de misericordia, porque así, justificado gratis aprende lo que se le
da, pues no por sus méritos, sino por gloria de la abundantísima
misericordia de Dios, es separado de los condenados, junto a los cuales
con la misma justicia había de ser él también castigado. Y quiso que
nacieran tantos, que supo de antemano no habían de pertenecer a su gracia,
de suerte que en muchedumbre incomparable sean más que los hijos de
promisión que se ha dignado predestinar para la gloria de su reino, a fin
de que con la misma muchedumbre de los desechados se demostrase, cuán de
poco momento es ante Dios justo, el número, por grande que sea, de los que
son justísimamente condenados; y para que de aquí también entendiesen los
que son redimidos de la misma condenación, que ella era debida a toda la
masa, pues ven que en tan gran número se cumple.» Hasta aquí San Agustín;
donde toca, según lo que dan a entender las Sagradas Letras, las razones
de que tan innumerable muchedumbre de hombres y naciones sean abandonados
a su suerte y se les deje perecer.

Más por qué: haya llamado antes a este o aquel pueblo, y al otro y
otro haya dejado tanto tiempo en su ceguedad,¿quién se atreverá a
investigarlo, cuando leemos que estando los apóstoles preparando su ida al
Asia, para predicar el evangelio, fueron impedidos por el Espíritu Santo,
y otra vez navegando a Bitinia, no se lo permitió el espíritu de
Jesús?(113). Así, pues, el que a nadie debe la gracia es el que dispone
con eterna sabiduría a quién ha de llamar y en qué tiempo y por quiénes.

Y aunque lodo esto que, conforme a la doctrina de Agustín y aun del
mismo Pablo se ha declarado, es verdad; mas, sin embargo, se debe entender
que ningún linaje de hombres ha sido desamparado de Dios de tal manera,
que no tuviese a su modo testimonio de Dios y auxilio suficiente; de
suerte que son inexcusables, como corruptores de la ley divina escrita en
sus corazones, ingratos a los beneficios celestiales y despreciadores do
la paciencia y bondad tan grande de Dios(114). Pues, como Pablo y Bernabé
predicaron en Listras, aunque Dios dejase en las pasadas generaciones que
todas las gentes fuesen por sus caminos(115), lo cual vemos que aun hasta
ahora sucede en no pocas partes de la tierra; sin embargo no dejó de dar
testimonio de sí mismo, haciendo bien desde el cielo, dando las lluvias y
temporales; aptos para los frutos, llenando de comida y alegría los
corazones de los hombres, para que, amonestados por las mismas obras de la
naturaleza, de los bienes que perecen, pudiesen llegar al conocimiento del
que es en sí, y conocieran quién es el artífice, porque el autor de la
hermosura puso en su ser todas las cosas, y de la grandeza de las
criaturas puede ser alcanzado con el conocimiento el creador de
todas(116). Y siguiendo la doctrina del Sabio, dice Ambrosio: «A todos los
hombres se ha proporcionado siempre una medida de doctrina celeste que,
aunque procede de una gracia más moderada y oculta, es, sin embargo,
bastante, conforme al juicio de Dios, para remedio de unos y testimonio de
todos»(117). No que admita el santo que pueda venir alguno a la salud sin
la fe en Cristo, lo cual es imposible, sino, que la gracia resplandece en
la doctrina natural, y al que la sigue lo conduce al espíritu de fe y
caridad. Pero dirá. alguno en este punto: ¿Cómo creerán, si no oyen, y
cómo podrán oír, sin quien predique?(118). A lo cual respondo que no
faltará un Felipe que sea enviado a predicar al eunuco(119), o un Pedro al
Centurión(120), con tal que ellos hagan lo que está de su parte.

No faltará por la gracia el que invita por la naturaleza, si no se
opone y resiste el libre albedrío. «Y si por ventura, continúa el mismo
autor, en alguna extrema región del mundo hay algunas naciones a quienes
todavía no ha brillado la luz del evangelio, no dudamos que también para
ellas está preparada por oculta providencia de Dios la sazón y tiempo de
su vocación, a fin de que también ellas oigan el evangelio. A las cuales
no se niega la medida general de la gracia que a todos los hombres se da
siempre, sino que tiene la humana naturaleza una herida tan profunda, que
nunca puede la contemplación espontánea conducir al pleno conocimiento de
Dios, si la luz de la verdad no aclara las sombras que hay en el
corazón»(121). Con las cuales palabras nadie dudará cuán ilustre defensa
ha hecho Ambrosio de la causa de los indios. Y mientras tanto, todos los
crímenes y maldades de éstos, aunque no merezcan ni obtengan perdón, sin
embargo son castigados con más lenidad; porque de ellos se ha escrito:
«Mas juzgándolos por grados, dabas lugar a la penitencia, porque no
ignorabas que es malvada la casta de ellos»; y más abajo: «Les dabas
perdón de sus pecados, porque tu poder es el principio de la justicia, y
por lo mismo que eres el señor de todas las cosas, te haces clemente con
todos»(122). Finalmente, de la manera que los que pecaron sin la ley serán
juzgados sin la ley(123), los que pecaron sin el evangelio serán, también,
juzgados sin el evangelio. Estas cosas se han traído aquí para reprimir la
queja de muchos contra Dios, y para que asentemos firmemente en nuestro
pensamiento que, todos los juicios en la perdición de tantos y tan grandes
pueblos, están en sí justíficados.





Capítulo VI
Que dios llama ya a los indios al Evangelio

Viniendo ya a. nuestro asunto, aunque hay, como llevamos dicho,
hombres, pueblos y naciones que ha sido dejados largo tiempo en su
infidelidad, sin embargo no hay linaje de gente. tan incapaz y duro y tan
bestial, que no sea idóneo para recibir la doctrina del evangelio. Porque
es precepto del Señor que se predique su doctrina a todas las criaturas
que hay debajo del cielo (124), y en la descendencia de Abraham todas las
gentes han de ser bendecidas(125) y todas las familias de la tierra han do
venir a adorar al Señor(126). No podemos negar que, como hay terrenos más
fértiles que otros, así también hay naciones más prontas y acomodadas al
evangelio, que otras; pero el que las llama a todas demuestra que de
ninguna se ha de tener hastío. Son rudos, son inconstantes; pues bien, que
lo sean. Se les ha dado menos, menos se les exigirá. No entierre el siervo
perezoso su único talento; con él puede negociar. Había en el arca de
Noé(127) bodegas o cubiertas ínfimas, medias y superiores, y de todas las
especies de animales manda Dios que metan en ellas, para que se conserven
al parecer los demás. No excluye el cuervo por el águila, o al conejillo
por el león. Pedro también es obligado a matar y comer osadamente de todos
los animales, no sólo aves, sino reptiles, y no tener por inmundo y
extraño lo que Dios ha santificado(128). Tiene la celestial. ciudad muchas
mansiones(129), no menos maravillosas por su calidad que por su número. Y
en el tabernáculo se admiten no solamente el oro y las piedras preciosas,
sino también los pelos de cabras(130). Finalmente, los que creen ineptos
para el evangelio a estos pobres y miserables, los que los excluyen del
beneficio de la patria celeste, los que los menosprecian y los dejan
perecer, oigan al Señor suyo y de ellos que les amonesta severamente:
«Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeñuelos, porque os digo que
sus ángeles siempre ven en el cielo la cara de mi padre»(131). Quien es
digno del servicio de los ángeles, bien merece la protección y el
patrocinio de los hombres. Y los ángeles todos son espíritus servidores en
favor de los que han de ser herederos de la salud(132).

No hay género de hombres, por abyecto y animal que sea, ajeno a la
salud del evangelio, pues a nadie llama Dios que no le dé el entendimiento
y la gracia necesaria para obtener aquello a que lo llama. Y aunque es
cierto que son muchos los llamados y pocos los escogidos, sin embargo
ninguno es llamado y rechazado, sino el que tuvo en poco oír al que le
llamaba. Conocida es a Dios desde todos los siglos la obra de sus
manos(133); a nosotros nos toca, puesto que se nos manda ir a todos, no
pasar por alto a nadie, llamarlos a todos, atraerlos a todos, acudir a
todos. Cuáles hay que elegir entre todos lo sabe aquél que de todos
igualmente tiene cuidado(134), y, sin embargo, no a todos los predestinó
para la vida. Pero que toma de todo linaje y toda nación lo tenemos ya
declarado, y lo confirma el testimonio de Isaías: «Pondré, dice, una señal
en ellos, y de los que fueren salvados yo enviaré a las gentes, al mar, al
África, y a los de Libia, tiradores de flechas, a Italia y a Grecia, a las
islas de lejos, a aquellas que no oyeron de mí y no vieron mi gloria. Y
anunciarán mi nombre a las gentes; y traerán a todos vuestros hermanos de
todas las naciones como un presente al Señor, en caballos, en carrozas, en
literas, en mulos y en carretas, a mi santo monte de Jerusalén, dice el
Señor, como si los hijos de Israel llevasen ofrenda en un vaso puro a la
casa del Señor, y tomare de entre ellos para sacerdotes y levitas, dice el
Señor»(135). Con todo este rodeo de palabras muestra bien el Espíritu
Santo cuán firme consejo es de Dios que no haya ningún género de hombres
tan apartado al que no alcance la gracia del evangelio, y del cual no
lleve Dios para sí preciosos dones. Porque pone el signo saludable de la
cruz en la frente de los suyos, el cual había visto Ezequiel baja la
figura de tau(136), y armados con ella, los envía hacia la mar, a los
gentiles, ya sea, como leen los setenta y el hebreo, a Tarsis, en cuyo
nombre significa la Escritura los lugares remotísimos de la India, según
San Jerónimo(137) y Teodoreto(138), o al mar inmenso, como otros
entienden, es, a saber, al océano. Porque después que recorriesen Asia,
África y Europa, y se alargasen hasta las últimas islas, sin que fuese el
habla y lenguaje de las gentes tan bárbaro que no fuesen oídos, y llenasen
el aire con sus palabras, traerían a Dios un don insigne(139), es a saber,
a sus hermanos, conduciendo un grande y glorioso trofeo de victoria en
caballos, carros, cuadrigas, mulos y carrozas; lo cual, ¿qué otra cosa
significa sino que, conforme a la variedad de los que vienen a la fe,
están preparados diversos vehículos? Unos pueden venir veloces a caballo,
como dotados de ingenio ágil y pronto, otros gloriosos en cuadrigas, o
prepotentes en carros; pero los más tardos y de condición ruin tendrán
también quien los traiga. Si no les cae bien el caballo podrán venir en
mulos; si no hay cuadrigas, no faltarán carretas donde subir, a fin de que
no solamente los griegos sabios, sino también los bárbaros ignorantes, se
congreguen en la casa del Señor de Jerusalén, es a saber, en la Iglesia de
Cristo; y para que todos entiendan que también en ellos se complace Dios,
se elegirá para sí de entre ellos sacerdotes y levitas. Repartirá su
espíritu y sus carismas no solamente a los apóstoles y a Israel, sino
también a los gentiles, de suerte que Pedro, portero del cielo, al ver el
don de Dios repartido igualmente entre ellos no les impida recibir el
agua, entrada de la Iglesia(140); y los hermanos, aunque engreídos,
discutan, mas enseñados con el ejemplo y testimonio divino,
enmudezcan(141). Porque nada hay que confirme tanto a los predicadores
fieles de Cristo como el testimonio que da el Espíritu Santo con sus dones
y gracias, repartiéndolos como quiere.

Sería largo enumerar los dones del espíritu, los prodigios y milagros
que acompañaron la predicación de la fe, tanto en la India oriental como
en estas nuestras de Occidente, aun en estos tiempos en que tanto se ha
resfriado la caridad. Los sucesos del Japón son ya conocidos. A la China
por mucho tiempo se ha intentado entrar, y ya se ha abierto la puerta por
la doble navegación de portugueses y de castellanos partiendo de Nueva
España. De los mejicanos se refieren muchas cosas. De los de las islas yo
mismo he visto con mis ojos algunas. Las historias del Nuevo Mundo
refieren muchos sucesos maravillosos y verdaderos, de los que aún hoy
quedan testigos dignos de fe. Dos solamente referiré aquí como muestra.
Una mujer obstinada en su infidelidad, y apegada a sus hechicerías y
supersticiones, habiéndose bautizado todos en su familia, ella sola había
resistido; mas hallándose enferma y a punto de muerte, envió a llamar al
sacerdote, mandándole decir que se diese prisa, porque hasta que recibiese
el agua del bautismo no podía morir. Llamado una y otra vez, por fin vino,
y encontró a la anciana ya en las últimas y pidiendo con grande afecto el
bautismo. Le preguntó que por qué lo había diferido tanto. Ella respondió
que nunca en sus días había pensado hacerse cristiana, porque odiaba hasta
el nombre de Cristo, pero que al acercarse la hora de la muerte se le
había aparecido un joven vestido de blanco que le reprendió duramente su
vida pasada y la exhortaba a recibir cuanto antes la religión cristiana,
y, por el contrario, había visto también un negro etíope de otra parte,
que lo inculcaba permaneciese en su superstición; y habiendo ella estado
dudosa mucho tiempo, al fin había vencido el joven cristiano, y al punto
lo había entrado un deseo tan encendido de recibir el bautismo, que lo
único que ya le daba pena era no haber sido cristiana desdela primera
edad. Interrogada entonces de la fe, según costumbre, y manifestando gran
dolor de su vida pasada, fué bautizada, y al punto exhaló el alma,
llenando de admiración al sacerdote y los demás que estaban presentes. Me
refirió el hecho el mismo sacerdote, el cual cuidó de remitirlo, a su
obispo, comprobado con legítimo testimonio.

Hubo también entre nosotros un hombre, que aún es vivo, casado en el
valle de Humay, tiempo había bautizado y estimado de todos por su
simplicidad y sobriedad. Habiendo enfermado gravemente y creyéndole muerto
su mujer, que sola velaba el cadáver cubierto, esperando que alguien le
ayudase a darle sepultura, porque vivían solos en un lugar remoto, al cabo
de tres días que estuvo al parecer muerto, cubierto con el paño, de
repente comenzó a moverse, y estando su esposa admirada y despavorida, la
llamó y dijo que eran verdad las cosas que decían los padres de la vida
futura, porque él, llevado por un guía, había visto muchas y estupendas
cosas. Habiendo llegado el suceso a noticia del sacerdote, que conocía
bien la rudeza del indio, y por eso se admiraba de oírle decir maravillas
acerca de cosas espirituales y ocultas, después de convalecido de su
enfermedad lo llevó al arzobispo para que fuese examinado, por cuyo
mandato, habiéndole interrogado algunos de la Compañía y otros, dió bien a
entender por la claridad y orden de las respuestas, y por la firmeza del
rostro y las lágrimas y profundo afecto, que todas aquellas cosas no las
había podido él conocer, sino por revelación divina. Lo cual confirmó
después la inocencia de su vida, y hoy día Domingo, que así se llama,
cuentan que refiere muchas cosas acerca de la vida futura a los que cree
que sacarán provecho de oírle.

Un ejemplo semejante refiere San Agustín de un curial llamado
Curma(142), y otro el venerable Veda de uno llamado Steelrio(143). No hay
duda que Dios mira con predilección a los indios, y que de entre estos
numerosísimos pueblos ha adoptado muchos para el reino de Cristo, que
habrán de ser llevados a la patria celestial con el orden, y en el modo y
tiempo que El tiene determinado. «Porque el fundamento que Dios tiene
puesto, dice el apóstol (144), se mantiene firme, el cual está marcado con
el sello de estas palabras: El Señor conoce a los suyos, y no se perderá
ninguno de ellos.»



Capítulo VII
Cómo hay que tratar a los indios, a fin de ganarlos para Cristo

La segunda dificultad que propusimos es la condición de los indios y
sus costumbres bestiales, que ponen a prueba la paciencia de los ministros
del evangelio. Acerca de lo cual deben éstos pensar que no han de presumir
de sí mismos cosas altas, sino bajarse a las más humildes, como avisa el
apóstol(145) ; y parar mientes en que Cristo murió por todos, a fin de que
los que viven no vivan para sí, sino para Cristo, que murió por
ellos(146); porque si no aciertan a tener esto presente, luego mostrarán
por la obra que no les urge la caridad de Cristo. Pues si Cristo murió por
el bárbaro y el escita(147), no pueden ser tenidos por extraños a la
salvación los que en realidad son hombres, aunque parezcan irracionales.
Lo cual se ha de advertir mucho y grabarlo profundamente en el corazón;
porque a nadie exige Dios más de lo, que su naturaleza fortalecida con el
auxilio de la gracia puede alcanzar.

Despreciar a los bárbaros por los griegos, o a los indios por los de
nuestra nación, es ciertamente como tener en menos a los jumentos que a
los hombres. Pero a ambos prepara lugar la bondad de Dios, a ambos
congrega en su casa. «Sembraré, dice por Jeremías, la casa de Judá y la
casa de Israel con simiente de hombres y simiente de jumentos»(148). Una
es la Iglesia de Dios, que se propaga no solamente con germen de hombres,
sino, también de animales. Por lo que, admirando el profeta esta
magnificencia, exclama: «Según has multiplicado tu misericordia, oh Dios.»
Y ¿cómo? Porque había dicho «Salvarás, Señor, a los hombres y a los
jumentos»(149). Declarando estas palabras, Ambrosio dice: «¿Quiénes son
los hombres y los jumentos?» Son los racionales y los irracionales. A los
racionales los salva su justicia, a los irracionales su misericordia; los
unos son regidos, los otros son alimentados(150).La misma interpretación
siguen otros Padres, como Jerónimo(151) y Gregorio(152), el cual sobre
aquellas palabras: «Tus animales habitarán en ella»(153), dice:
«Verdaderamente en la Iglesia de Cristo hasta los jumentos se salvan,
porque la misericordia de Dios se ha multiplicado.» Ves un hombre de corto
entendimiento, tardo de ingenio, pobre de juicio; no lo menosprecies, no
lo tengas por inepto para el reino, de los cielos. Pero es que no
comprende las cosas de Dios(154), y cualquier punto espiritual que se le
toca le sabe a necedad y no es capaz de entenderlo; sin embargo, no lo
rechaces, también a éste quiere y puede salvar el que no quiere que
perezca nadie(155); mas pronuncia con los labios los misterios de, la fe,
y no los comprende, y aun apenas los sabe pronunciar; diciéndoselo muchas
veces e inculcándoselo mucho, apenas aprende nada, siempre mudo, siempre
estúpido, como si enseñases a hablar a un jumento. De nuevo te digo no te
desanimes; es un irracional, un jumento el indio o el negro. Escucha a
Ambrosio, que dice hay que traer a éstos a la fe con el cabestro de la
palabra. Pues aunque no comprendan bien lo que oyen, no por eso dejan de
aprender con la fe, lo que les basta para salvarse; porque de otra manera,
si no pueden creer lo que es necesario, ¿como será verdad que el que no
creyere se condenará?(156). A no ser que imagines que con la predicación
del evangelio se pueden condenar, y no se pueden salvar, lo cual es
impiedad que suena a blasfemia en boca de un cristiano. Es, pues,
necesario sostener certísimamente que no hay bárbaros sin sentido
suficiente para la fe. Y tanto más que los indios, como saben los que los
tratan, no son tan cortos de ingenio que, si se quieren aplicar, no den
muestras de bastante capacidad y entendimiento.

Mas se dirá que son viciosísimos y de perdidas costumbres, que no
obedecen más que al apetito de su vientre o su lujuria, y son grandes
observadores de sus hechicerías y superstición. Pues, aun así, hay para
ellos salvación, con tal que sean convenientemente guiados. Aprieta al
jumento las quijadas con el cabestro y el freno(157), imponle cargas
convenientes, echa mano si es preciso del látigo, y, si da coces, no por
eso te enfurezcas ni lo abandones. Hiérele con moderación, enfrénale poco
a poco, hasta que se acostumbre a la obediencia. Si tu caballo recalcitra
o arroja al jinete o saca el freno de la boca, no por eso le das muerte, o
lo echas de tu casa, porque es, tuyo, comprado con tu dinero, Y no quieres
perderlo. Y porque un hombre no tome luego la dotrina del cielo, o no se
acomode al gusto del maestro, ¿habrás de aborrecerle al punto y
desecharlo? ¿No vale nada el precio que Cristo pagó por él y la sangre que
derramó?

Es indudable, y lo confirma la experiencia, que la índole de los
bárbaros es servil, y si no se hace uso del miedo y se les obliga con
fuerza como a niños, rehusan obedecer. ¿Qué hacer, pues? ¿Solamente los
varones de noble ingenio han de tener esperanza de salvación? No habrá que
poner a los niños un ayo en Jesucristo? Cierto, hay que hacerlo; hay que
procurar para ellos un trato más cauto y vigilante, hay que usar del
azote, solamente en Cristo; hay que hacerles fuerza en el Señor para que
entren al banquete (158). Porque no se han de buscar sus cosas, sino a
ellos. Dice el sabio: «La vara y la corrección dan la sabiduría, y el niño
que es dejado a su capricho avergüenza a su madre»(159). Y más abajo: «Al
esclavo no lo puedes instruir con palabras, porque entiende lo que les
dices, pero tiene a menos responder»(160). Y en otro lugar: «Al asno la
cebada, la vara y la carga; el pan, la disciplina y el trabajo, al
esclavo; con la disciplina trabaja y está buscando el descanso; levanta la
mano de encima de él y buscará la libertad»(161). Es a saber: cuando le
oprime el trabajo, piensa en la ociosidad. ¿Qué hará si se ve suelto y
descansado? Pensará en huirse; y por eso añade: «El yugo y la correa
doblan la cerviz dura. y al esclavo lo doma el trabajo constante»(162). Y
poco después: «Mándalo a trabajar, que no esté ocioso, porque el ocio
enseña muchas malicias»(163). Y aunque estos preceptos se refieren al
gobierno de los esclavos, y cuán llenos están de sabiduría, lo vemos por
experiencia en estas regiones, llenas de esclavos negros, ocupados en los
servicios domésticos y en las demás obras y trabajos; sin embargo, no
menos conviene a los indios, que aunque por su condición son libres, pero
en sus costumbres y naturaleza son como siervos.

Doctrina es de San Agustín(164) ser necesaria la severidad con los
contumaces, y la sostiene, a pesar de que primero había tenido a
contraria, movido por la experiencia de los donatistas y circumceliones,
un género de hombres facinerosos. Dice así: «Como. en el antiguo
testamento hubo muchos que pertenecieron a la gracia del nuevo, porque no
se guiaban por espíritu servil de temor, sino por espíritu de amor, como
hijos de Dios, así también ahora en el evangelio hay muchos dentro de la
Iglesia a quienes más conviene el estado y condición de la vieja ley,
porque son hombres en parte animales y casi sin espíritu. Los cuales, sin
embargo, no hay que excluirlos luego de la salvación, sino instruirlos a
su manera convenientemente. Pues nos enseñó la celestial sabiduría que
aquel antiguo pueblo duro de cerviz se doblegó sobre todo con dos cosas:
el trabajo y el miedo, cosas ambas que son propias de esclavos. El trabajo
y la ocupación continua se puede ver en la muchedumbre de sacrificios,
lavatorios, unciones, ritos, observancias y ceremonias, de suerte que en
estas cosas estuviesen siempre ocupados y no les quedase tiempo de pensar
en idolatrías. Y el miedo, ¿qué página hay de la ley que no lo infunda?; a
fin de que con el temor de castigos ya otras veces experimentados
aplicarán el corazón a los preceptos saludables, y deponiendo la
resistencia, aprendiesen a obedecer a sus guías. Tal era su condición, que
no eran capaces de entender cosas mejores y más altas. Por lo cual el
mismo Señor dice por Ezequiel: «Porque no observaron mis juicios y
desecharon mis mandamientos, y profanaron mis sábados, y se fueron en pos
de los ídolos de sus padres; por esto, pues, les di yo preceptos no
buenos, y juicios en que no vivirán»(165).

Quede, pues, por conclusión que, de la manera que al pueblo carnal de
los hebreos, es necesario regir a estas naciones bárbaras, principalmente
a los negros y a los indios de este Nuevo Mundo, de suerte que con la
carga saludable de un trabajo asiduo estén apartados del ocio y de la
licencia de costumbres, y con el freno del temor se mantengan dentro de su
deber. Así lo declaran los ejemplos de la antigüedad y, sobre todo, la
experiencia cuotidiana de los más experimentados de nuestra edad lo enseña
abundantísimamente. Esta es la correa y el yugo que recomienda el
Sabio(166); éste el látigo y la carga. De esta manera se les fuerza a
entrar a la salvación aun contra su voluntad. Y sea dicho esto, no para
aprobar toda suerte de fuerza y de dureza contra los indios, que es ajena
de las entrañas de Cristo, sino para mostrar que, a pesar de su baja y
difícil condición, no se ha de desesperar de su salvación si se saben
sobrellevar pacientemente y regir con sabiduría. La caridad todo lo sufre,
todo lo resiste, todo lo espera; es paciente, es benigna(167). Así, pues,
la severidad, cualquiera que sea preciso usar, no debe ser ajena de la
caridad. Y nada hay tan propio de la caridad como no buscar el propio
interés. Quien la guarde en lo más íntimo de su corazón y la manifieste
con las obras, aunque se muestre a veces médico severo en curar a los
enfermos y furiosos, no tema ofenderlos de tal manera que los aleje de sí
o los retraiga de la sencillez del evangelio. Pronto gana la caridad a los
que apartó la disciplina; tanto más que por la fuerza del temor saludable
son llevados poco a poco los hombres por Dios a la libertad de los hijos.



Capítulo VIII
Que la dificultad de los bárbaros para el evangelio nace no tanto de la
naturaleza cuanto de la educación y la costumbre

A lo dicho hay que añadir una cosa muy importante, y es que la
incapacidad de ingenio y fiereza de costumbres de los indios no proviene
tanto del inflojo del nacimiento o la estirpe, o del aire nativo, cuanto
de la prolongada educación y del género de vida no muy desemejante al de
las bestias. Ya de antiguo estaba yo persuadido de esta opinión y,
asegurado ahora con la experiencia, me he confirmado más en ella. Es cosa
averiguada que más influye en la índole de los hombres la educación que el
nacimiento. Porque es cierto que hace no poco el linaje y la patria, como
ya el apóstol dice de los de Creta, refiriendo las palabras del poeta
Epiménides: «Los cretenses siempre son mentirosos, malas bestias, vientres
perezosos»(168), atribuyendo influjo a la patria en la perversidad de las
costumbres; y conocido es también el dicho de otro poeta: «Podrías jurar
que Beoto había nacido con aire denso»(169); sin embargo, mucha más fuerza
tiene la educación y el buen ejemplo, que entrando desde la misma infancia
por los sentidos, modela el alma aún tierna y sin pulimento; porque le
infunde
formas vivas en las que, imbuída la mente, es llevada como por natural
inclinación a apetecer, obrar y rehuir, del modo que cualquier naturaleza
obra según las formas que tiene en sí. Por lo cual es dicho aprobado de
todos los filósofos que no da dolor lo acostumbrado, sino placer, y que la
fuerza de la costumbre hace una segunda naturaleza(170); y ya dijo el
Sabio: «El adolescente no se apartará en su vejez del camino de su
juventud»(171) Y en verdad no hay nación, por bárbara y estúpida que sea,
que si fuese educada desde la niñez con arte y sentimientos generosos, no
depusiese su barbarie y tomase costumbres humanas y nobles. En nuestra
misma España vemos que hombres nacidos en aldeas, si permanecen entre los
suyos, quedan plebeyos e incultos; pero si son llevados a las escuelas, o
a la corte o grandes ciudades, se distinguen por su ingenio y habilidad, y
a nadie van en zaga. Más aún: los hijos de los negros etíopes, educados,
¡oh, caso extraño!, en palacio, salen de ingenio tan pronto y tan
dispuestos para todo que, quitado aparte el color, se les tomaría por uno
de los nuestros.

Mucho vale la costumbre para todo, para el bien y para el mal. Por lo
cual el Crisóstomo, al narrar las costumbres perdidas de los esclavos y
decir que son poco idóneos, para recibir la doctrina de la virtud, añade:
«No es de ello causa la naturaleza, sino el descuido de la conversación y
la vida en que los dejan sus amos, en lo tocante a las costumbres; porque
de nada más cuidan que de recibir sus servicios; y si alguna vez se
preocupan de sus costumbres, más lo hacen por sí mismos, por librarse del
cuidado y molestia que les pueden dar»(172). Parece profecía que hace
este, Santo de nuestros hombres de ahora. Los cuales reprenden la
condición y costumbres de los bárbaros, y ellos de nada se cuidan, sino de
servirse de ellos para su utilidad. Por qué alegáis que esos hombres
criados como, bestias no son idóneos para recibir la doctrina de la fe? Si
vosotros os hubierais criado como ellos, ¿en qué os diferenciaríais?
Oigamos otra vez al mismo Santo acerca de los esclavos: «Estando, dice,
tan abandonados que no tienen quien se cuide de instruirlos y formarlos,
con razón caen y se despeñan en los precipios de la maldad. Porque si
cuando apremian el padre, la madre, el pedagogo, el ayo, el maestro, los
compañeros, la buena opinión de noble y otras muchas cosas, todavía es tan
difícil evitar el trato y contaminación de, los malos, ¿qué sucederá a
quien todo esto falta, y cada día está mezclado con viciosos, y se junta
libremente con quien quiere, y no tiene a nadie que examine y vigile su
trato y amistades? ¿Por ventura dejará de caer en los más profundos
abismos de maldad? De todo lo cual se sigue lo difícil, que es que un
esclavo salga bueno»(173). Hasta aquí el Santo. No reprendemos, pues, la
naturaleza de los bárbaros, sino acusamos más bien nuestra pereza y
negligencia.

Muy difícil es dejar la naturaleza y las costumbres inveteradas, y
transformarse adquiriendo hábitos nuevos y no agradables al gusto y al
sentido(174). Toda la antiguedad. enseña que fué no pequeño trabajo de,
los maestros del evangelio acomodar a las reglas de la fe las costumbres
viejas de los hombres. En muchas cosas hubo de condescender la Iglesia
católica con los judíos convertidos hasta que se desnudasen de Moisés y se
vistiesen de Cristo. Y de la gentilidad hubo también de tolerar mucho en
los primeros cristiano, que, aunque llegaban a hacer milagros, no podían
dejar el vicio de participar en las víctimas inmoladas, por lo que instó
varias veces el apóstol a los corintios con sus avisos y amonestaciones.
Escribe Gregorio Papa a Agustín, primer obispo de los ingleses, que los
usos patrios gentílicos poco a poco debía enmendarlos, y tolerarlos entre
tanto con paciencia, porque no se pueden extirpar fácilmente(175).

La lectura de casi todos los concilios nacionales nos enseña la
particular diligencia que ponían los santos padres en ir lentamente
desarraigando los ritos de los antepasados. Muchos de ellos atestigua
Agustín que duraban aún en África en su tiempo(176). No hay, pues, que
desanimarse ni levantar el grito al cielo, porque todavía los indios
bautizados conservan muchos resabios de su antigua fiereza y superstición
y vida bestial, sobre todo siendo sus ingenios rudos y no siendo nuestra
diligencia comparable con el trabajo de los antiguos. Las costumbres poco
a poco se van cambiando en mejores. La fe cristiana lleva consigo una gran
abnegación de todo humano afecto y sentido. No hay que tener por pequeña
ganancia lo que se haya podido sacar de humanidad y cristianismo de tan
hórrida e inculta barbarie. Sírvanos de ejemplo y consuelo el Señor de
todos, que aguantó por cuarenta años y aun por mas de cuatrocientos a
aquel pueblo ingrato de durísima cerviz y de costumbres tan rebeldes al
cual, sin embargo, podía fácilmente borrar de la haz de la tierra; mas
quiso atraerlo con grandes beneficios para que la paciencia y misericordia
de Dios fuese más grande que la malicia de los hombres.



Capítulo IX
El temor de la dificultad de la lengua no debe retraer de la propagación
del Evangelio

La dificultad del lenguaje y de la habitación de los indios no es
ciertamente pequeña, pero debe ejercitar la caridad del varón de Dios, no
extinguirla. A los apóstoles sabemos les fué dado el don de lenguas,
porque siendo muy pocos los predicadores de Cristo habían de llevar en
breve tiempo la nueva de la salvación a todo el mundo. Por lo cual San
Pablo da gracias a Dios de que hablaba las lenguas de todos(177). Cuánto
tiempo duró en la Iglesia este don del espíritu, ni lo hallo determinado
en los antiguos ni lo sabría decir fácilmente. Mas la predicación del
evangelio siguió adelante en los siglos posteriores, cuando cesó el don de
lenguas, y la caridad, que es el mayor de los dones, obraba con eficacia
para que lo que faltaba del don se aumentase en el mérito. Y a la verdad,
los posteriores no fueron, aunque tal vez a otros parezca otra cosa, más
desafortunados que los primeros. Porque, como dijo Cristo a Tomás, que
quiso sacar la fe del tacto y de los ojos: «Bienaventurados los que no
vieron y creyeron»(178); así también podemos decir: bienaventurados los
que no recibieron el don de la palabra y, sin embargo, predicaron. Ambas
cosas son aquí causa de galardón, pelear y preparar las armas a su costa;
predicar y aprender la lengua necesaria para la predicación. Así, pues,
como en la primera creación dispuso el Sumo Hacedor las cosas de manera
que cada criatura saliese perfecta según su especie, sin ningún trabajo de
la tierra y sin ninguna vuelta de los cielos; mas después ordenó que
produjesen semillas con las que la tierra, mediante el trabajo, volviese a
producirlas; de la misma manera convino que en la regeneración del mundo,
a la misma palabra omnipotente, surgiesen las primeras estirpes
divinamente perfectas, y después con la semilla de ellas, juntándose el
trabajo del humano estudio, se propagase el linaje del evangelio, cuando
ya fuesen muchos en número y no urgiese la premura del tiempo.
Bienaventurados, sí, los ojos que vieron al Señor(179); mas
bienaventurados también los que no vieron y creyeron(180). Dichosos los
que recibieron del Espíritu Santo el don de lenguas y de interpretación de
palabras; pero no menos dichosos los que por caridad ponen de su cosecha
en la obra del Señor lo que no recibieron, aunque el mismo poner es aquí
recibir.

Un argumento debe mover nuestro celo, y es ver que los hombres de
este siglo penetran a las gentes de habla recóndita y lengua desconocida
por la esperanza del lucro, y no les atemoriza la barbarie más agreste,
sino que todo lo recorren por llevar sus tratos y mercancías. No les
amedrentan las lenguas innumerables de los negros etíopes, ni dejan de
navegar a las playas de la China, ni a Tartaria, ni al Brasil, ni a las
playas más escondidas del océano, y recorren con gran diligencia cuanto se
extiende entre el cabo Mendocino y el estrecho de Magallanes, por ambos
lados de la mar del Norte y la mar del Sur, en infinita extensión de
tierras y de mares; finalmente si, como dice el poeta, oculta la tierra en
su extremo alguna gente, echando por medio el océano, o si alguna otra la
consume la llama del sol ardiente, en medio de los cuatro climas(181), a
esa buscan y se acomodan balbuciendo, su lenguaje para sacarles el oro, la
plata, las maderas preciosas y otras mercancías de valor, y llevarlas
consigo y aumentar la ganancia; y emprenden tan largos y peligrosos
caminos con gran avidez, de suerte que es maravilloso que todos o la mayor
parte de los puertos de ambos océanos, y todos los golfos y ensenadas del
orbe de la tierra, están ocupados por naves españolas, y todos, los reyes
y señores de la Indias tienen comercio con nuestros mercaderes y nuestros
navegantes. No es razón, pues, que los que buscamos mercancías mucho más
preciosas, es, a saber, las almas que llevan la imagen de Dios, y
esperamos ganancia no incierta o corta, sino la eterna del cielo, nos
amedrentemos por la dificultad de la lengua o los lugares, y aparezca que
los hijos de este siglo son más prudentes en su generación que los hijos
de la luz(182). Por lo que hace a la lengua, la dificultad está en gran
parte aligerada en todo este espacioso reino del Perú, por ser la lengua
general del Inga, que llaman quichua, de uso universal en todas partes, y
no ser ella tan difícil de aprender, principalmente estando ya reducida a
arte por diligencia y estudio de un varón a quien debe mucho la nación de
los indios. Y aunque en las provincias altas del Perú está en uso otra
lengua llamada aymará, tampoco es muy difícil ni difiere mucho de la
general del Inga. En Méjico dicen que existe también una lengua, general
con que es más fácil la comunicación entre sí de tantos pueblos y
naciones. Y si el rey Católico hiciese por Cristo lo que el bárbaro
Gauinacapa hizo por su imperio, que todos tuviesen una misma lengua o al
menos todos la entendiesen, sin duda haría un gran servicio a la
predicación del evangelio. Pero si esto no se puede hacer, no resta sino
que un amor ardiente a Cristo supla con industria y trabajo lo que falta a
la naturaleza. De lo cual nos dió gran ejemplo el padre Francisco
[Javier],porque puso tanto empeño en aprender la lengua malabar y la
japonesa y otras muy diferentes entre sí, que no hubiese hecho más en la
glorificación del nombre de Cristo en tan gran parte del mundo si hubiese
tenido el don de lenguas. Ciertamente la caridad de Cristo lo puede
todo(183), y cuando faltan las lenguas, queda la caridad para todos.



Capítulo X
De la habitación entre los indios

La última dificultad arriba propuesta es de la habitación entre los
bárbaros, y de ella vamos ahora a tratar, dejando a un lado la importante
cuestión de si conviene establecerse de asiento entre los indios, tomando
lo que llaman doctrinas, o si es mejor discurrir entre ellos sembrando la
palabra de Dios, al modo de las misiones, porque de este punto trataremos
más adelante en su lugar, declarando el pro y el contra, y el modo cómo se
puede acudir mejor a las dificultades. Solamente decimos ahora que ni la
aspereza de los lugares, ni el impedimento de los caminos, ni la mala
habitación de los indios debe retraer al siervo de Jesucristo de su buen
propósito. Ciertamente los trabajos y sufrimientos de los que caminan por
mar y por tierra son muchos y graves. Mas ¿quién podía prometerse otra
cosa, si no está falto de juicio, cuando dejada la patria y los amigos y
conocidos, como otro Abraham(184), emprendió esta peregrinación? ¿O es que
salió sin saber a dónde iba?(185). «Yo, dice el Señor, seré tu galardón
grande sobre manera»(186). Este es el trabajo apostólico, ésta su gloria.
Y, sin embargo, el que envió a los suyos sin saco ni alforjas y sin
dinero(187), les pregunta si les había faltado algo(188). Nunca da la
Divina Providencia prueba más cierta ni dulce de sí que, cuando fiados en
ella, nos vamos a vivir en morada incierta y con medios de vida inseguros.

El apóstol San Pablo exclama: «Sean vuestras costumbres sin avaricia,
contentos con lo presente»(189); porque dijo el Señor: «No te dejaré ni
abandonaré»(190), de suerte que digamos llenos de confianza: «Dios es mi
ayuda, no temeré lo que hagan contra mí los hombres»(191). Pues lo que
muchos objetan de la habitación muy diseminada e incómoda de los bárbaros;
primeramente hay provincias bastante habitadas, y pueblos numerosos, donde
cómodamente se, puede enseñar la doctrina cristiana. Y lo que tanto se
deseaba, y ahora ha sido entablado, de reducir los indios a. pueblos para
que no vivan esparcidos como fieras, sino reunidos en común, no se puede
decir la gran utilidad. que ha de traer para la enseñanza y policía de los
bárbaros. Después, como amonestó el Señor a los suyos, «si no os reciben
en una ciudad, huíd a otra, en verdad os digo que no terminaréis las
ciudades de Israel hasta que venga el reino de Dios(192); de la misma
manera tengamos por dicho a nosotros, que busquemos a nuestros hermanos
dispersos, y si de alguna parte nos arroja la injuria de los lugares, o la
dificultad del lenguaje, o la necesidad, vayamos con Dios a otros. Porque
no hay que temer que a la palabra de Dios se le oculten los escogidos, o
que el obrero de Cristo, si trabaja útilmente no los encuentre. Dará Dios
palabra con gran eficacia a los que evangelizan(193), puesto que prometió
con divina autoridad: «Yo os he puesto para que vayáis y cosechéis mucho
fruto»(194).



Capítulo XI
Deben cuidar los ministros de Dios de no poner impedimento al Evangelio

Los que toman el oficio de anunciar el evangelio deben cuidar
sobremanera de no serle ellos impedimento. Porque sucede muchas veces que
los que más acusan la desidia y la perversidad de los indios, son los que
no cumplen bien con su ministerio; y si se examinasen con diligencia y se
juzgasen con sinceridad, hallarían que ellos y no los indios son los
culpables de que la cristiandad no prospere. «Hay algunos, dice San Pablo,
que no predican a Cristo sinceramente, mas algunos lo anuncian con buena
voluntad»(195); y añade: «Todos buscan su interés. no el de
Jesucristo».(196) ¿Qué maravilla será que también de nosotros se pueda
decir algo semejante? Y ojalá que no nos toque aquella amenaza del Señor:
« ¡ Ay de vosotros los que rodeáis el mar y la tierra para hacer un
prosélito, y cuando lo habéis hecho, lo convertís en hijo de condenación,
doble más que vosotros!»(197). Lo cual reprende gravemente San Agustín:
«No hagamos, dice, cristianos, come, los judíos prosélitos de los cuales
dice el Señor: ¡Ay de vosotros!, etc.; porque muchas veces los que habían
de ser pastores, por el cuidado de la beneficencia y de la fe, los siente
la desgraciada grey hechos lobos crueles»(198). Las divinas Letras nos
amenazan: «Los que por fuerza desolláis su piel, quitáis la carne de
encima de sus huesos»(199), y otro profeta: «Aborrecieron al que los
corregía en la puerta, y abominaron del que hablaba lo justo. Por tanto,
porque despojábais al justo, y le quitábais lo más escogido; edificaréis
casas de piedras cuadradas, mas no moraréis en ellas, plantaréis hermosas
viñas, mas no beberéis su vino»(200). El cual vaticinio mucho temo que no
lo estén experimentando las riquezas de las Indias, puesto que vemos
muchas fortunas que con rapidez de ensueño se hacen y se pierden; y lo que
se ha ganado como precio de meretriz se torne, cumpliéndose la amenaza del
Señor, en paga de meretrices(201); porque la riqueza hecha de prisa se
menoscabará(202), y se disipará como humo(203), y no prosperará la
posesión adquirida con crimen(204).Teman, pues, los señores temporales de
indios, no impidan con la codicia y violencia su salvación.

Y de nosotros, los ministros eclesiásticos, tal vez no es menor la
queja, y ojalá que no nos alcance la palabra del profeta: «Sus príncipes
en medio de ella como lobos que arrebatan la presa para derramar sangre, y
para destruir las almas, y para seguir sus usuras con avaricia. Y sus
profetas los cubrían sin medida, viendo cosas vanas, y adivinándoles
mentira. Los pueblos de la tierra inventaban calumnias y robaban por
fuerza; afligían al necesitado y al pobre, y apremiaban al extranjero con
calumnias sin justicia»(205) ¿Qué es cubrir sin medida sino buscar color y
excusa a todo, aunque no haya ninguna razón? Y loque añade la palabra
divina es temeroso y digno de dolor: «Y busqué entre ellos un hombre que
se interpusiese como vallado, y se pusiese contra mí a favor de la tierra,
para no destruirla, y no le hallé. Y derramé sobre ellos mi indignación,
los consumí con el fuego de mi ira; torné su camino sobre la cabeza de
ellos, dice el Señor Dios»(206). Y no es desemejante Miqueas: «Sus
príncipes juzgaban por cohechos, y sus sacerdotes enseñaban por salario, y
se apoyaban sobre el Señor, diciendo: pues qué, ¿no está el Señor en medio
de nosotros? Por tanto, por culpa vuestra será Sión arada como campo, y
será Jerusalén como montón de piedras, y el monte del templo como selva
alta»(207). Y Sofonías: «Están desoladas sus ciudades, hasta no quedar
hombre ni morador ninguno»(208)

Hemos referido todos estos oráculos proféticos, porque nos parece ver
algo semejante en nuestros tiempos. Ciertamente hemos conocido a muchos
del orden eclesiástico y seculares, que tratan pía y religiosamente a los
indios, y de tal manera llevan cuenta con su propio provecho, que no
descuidan la salvación y el bien temporal de los neófitos. Pero hay otros
que no proceden así, como lo expresa la palabra de los profetas. Ni debe
esto maravillar a nadie, estando tan arraigada en estas tierras la
avaricia; cosa natural por haber tanta materia de ella, a saber, tan gran
cantidad de oro y plata. Porque ¿cuál es la causa de venir a estas tan
apartadas regiones? ¿Por qué se arriesgan los hombres a tan grandes rodeos
y trabajos de la mar? Por decirlo en términos suaves, porque juzgan hacer
por su fortuna esperanzados de alejar de sí o de los suyos la pobreza con
la plata que junten en las Indias. Y no reprendo yo ahora este afán de
riqueza, sino que pretendo que no se haga recaer sobre los indios toda la
culpa de que no haya, obtenido el evangelio en esta tierra frutos tan
alegres y ricos. Los habrá ciertamente cuales los deseamos todos el día
que los operarios seamos como los quiere el Señor, que busquemos no
nuestras cosas, sino a Jesucristo. Porque ¿qué propagación de la fe o
arreglo de las costumbres se puede esperar, si conforme a la palabra del
profeta, no solamente enseñamos por el premio, sino que éste
principalmente buscamos?(209). Verdaderamente es de temor no piensen los
bárbaros que el evangelio se vende, y que los sacramentos se venden, y que
no nos cuidamos de las almas, sino del dinero.

Mas se dirá que es digno el operario de su recompensa. Lo es, cierto.
Pero se ha de comer para evangelizar, no evangelizar para comer. O ¿es que
se va a predicar el evangelio para enriquecer, para atesorar, para volver
a la patria cargado de riquezas? Pues bien, preguntémonos a nosotros
mismos cuán santa, cuán íntegra, cuán inocentemente vivimos los que
predicamos la ley de Cristo a los bárbaros. Ciertamente ellos juzgan de la
fe por nuestras obras; porque más fácil es creer lo que se ve que lo que
se oye contar, y rara vez persuade la palabra que es contraria a las
obras. Y tengan muy en cuenta los que están entre nuevos en la fe, no
hagan daño con sus pecados a la fama pública de la familia cristiana, y la
destruyan, no sea que por lo que ven en unos pocos juzguen en todos.
«Porque el vicio, como dice en causa semejante Gregorio el teólogo,
fácilmente inficiona a todos»(210), y por el pecado de muchos y aun de
pocos, es odiada y condenada toda la comunidad. Y lo que peor es, la
acusación no para en nosotros, antes pasa adelante y hace odiosos los
misterios venerandos de nuestra religión. Esto es de lo que Dios se queja
amargamente: «Por culpa de vosotros es blasfemado mi nombre entre las
gentes»(211). Dejemos, pues, tanto de acusar la infidelidad de, los
bárbaros y su perversidad de costumbres, y reconozcamos alguna vez nuestra
negligencia y que no conversamos dignamente en el evangelio, y más nos
afanamos en buscar dinero, que en ganar el pueblo de Dios.



Capítulo XII
De la castidad y mortificación necesaria para predicar el Evangelio

Tres cosas hay que estorban sobremanera la predicación y el
crecimiento de la fe: la avaricia, la deshonestidad y la violencia; y
otras tres promueven grandemente el evangelio: la continencia, la renuncia
de todas las cosas y la mansedumbre. Las cuales fueron encomendadas a los
apóstoles por el Señor, cuando los preparaba predicar el evangelio, y
fueron por ellos diligentemente observadas. Y comenzando por la.
deshonestidad, es una mancha que sin remedio engendra desprecio al
ministro del evangelio, y aun a todo hombre; porque nada hay tan
ignominioso al ser racional, como servir a la concupiscencia al modo de
los animales. Y por eso en todas las personas públicas y magistrados se
exige la honestidad; pero en el varón apostólico que emprende una vida
sobrenatural y divina no hay palabras para decir cuánto ofende semejante
afrenta, y cuán despreciable y abyecto le hace. Y así vemos que, aunque
hay crímenes mayores, sin embargo ninguno fué tan severamente castigado
como éste, en los eclesiásticos por los antiguos padres, porque al
convencido de un solo pecado de fornicación, mandaron arrojarle
irremisiblemente del orden sacerdotal y de todo ministerio de la Iglesia.

Por eso el apósto1 San Pablo amonesta tantas veres y con tanto
encarecimiento a sus discípulos Timoteo y Tito, y en ellos a todos los
maestros de la fe, que observen perfecta castidad. «En toda castidad»,
dice(212), y otra vez: «Consérvate casto»(213), y en otra ocasión
«Muéstrate a ti mismo como ejemplo de buenas obras, en la doctrina, en la
integridad, en la gravedad»(214). Porque, como nada hace tan despreciable
al maestro, como esta torpeza e inmundicia, así nada le capta tanto la
admiración, como la honestidad perfecta y libre de toda sospecha. «Se
admiran, dice San Pedro, de que no concurráis con ellos a los mismos
desórdenes de lujuria»(215). Creen los hombres que esto no puede venir
sino do virtud celestial; y nuestros indios, cuando lo ven, se espantan
tanto, que no lo quieren creer. Predicando en cierta ciudad un clérigo en
la plaza, le oía, entre otros, un curaca indio, y admirado de la fuerza y
fervor de sus palabras, volviéndose a los españoles preguntó qué hombre
era aquél y qué género de vida llevaba; y respondiéndole uno que aquél era
hombre santo y que sólo buscaba la salvación de ellos, siguió preguntando
si estaba entregado a los placeres y a las riquezas, y diciéndole que él
no buscaba esas cosas, repuso el bárbaro: «Pues, ¿por qué no usa otro
vestido y apariencia que declare su género de vida?» Para que se vea cuán
mal reputado estaba ante el indio el orden eclesiástico. Y ojalá que
solamente éste lo creyese así.

Como la deshonestidad hace despreciable al ministro del evangelio,
así la avaricia le hace odioso. No sé si hay cosa que más aparte y enajene
los ánimos de los oyentes de la palabra de Dios, que creer que bajo
apariencia de piedad se esconde la sed del lucro(216), y como está
escrito: La manera de vivir está arreglada para ganar»(217). Es una peste
de la profesión evangélica, que Cristo nuestro Señor procuró apartar con
gran cuidado de sus discípulos. «No queráis, dice, poseer oro, ni plata,
ni dinero en vuestras fajas, ni llevéis alforjas para el camino, ni dos
túnicas, ni calzado, porque digno es el operario de su recompensa. Dad
gratis lo que gratis habéis recibido»(218). ¡Cuán expresamente. con qué
diligencia, cuán por menudo lo inculca! Solamente la comida permite el
Señor tomar, y ésa no como causa, sino como galardón de su trabajo.
«Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará
por añadidura»(219). Más aún, ni la misma comida quiere recibir Pablo,
egregio predicador, sino que trabaja con sus manos, para no ser gravoso a
nadie(220), y siembra el evangelio sin ganancia(221), y tiene a gloria no
ocasionar carga a nadie(222), pudiendo hacerlo como apóstol de Jesucristo.
Sabía bien, como grande y entendido arquitecto, cuánto impide y retarda la
fabrica del evangelio, cualquier especie de provecho, aunque sea justo y
necesario, y prefería por eso morir antes que perder la que era su mayor
gloria, a saber, la abundancia del fruto evangélico(223). Y por eso,
trabajó más que todos los apóstoles(224), y cosechó más fruto que ellos.
Es que engendra esta desnudez evangélica una fuerza admirable de amor en
los corazones de los hombres, que cuando ven a uno que, olvidado de sí y
de su provecho, se cansa de procurar el de ellos, le aman con todas sus
entrañas, porque se persuaden que éste busca de verdad y como verdadero
padre su bien. Por eso los príncipes de los apóstoles, Pedro y Pablo,
detestan como mal gravísimo en los ministros de la Iglesia toda codicia y
torpe ganancia(225), porque si alguna calamidad hay que llorar en esta
materia es la codicia. Y ¿qué males no producirá la sed sagrada del oro?



Capítulo XIII
Daña mucho a la fe la violencia

Además de los inconvenientes dichos, ha recibido la fe en este reino
grave daño, de la mucha licencia de hacer mal que hubo en los principios.
Porque, como la planta que de tierna se cría mal y con vicio, no es fácil
enderezarla después que ha crecido, sino que se quiebra o hay que dejarla
torcida; así también la nación de los indios, habiendo al principio
recibido el evangelio más bien por la fuerza de las armas que por la
simple predicación, conserva el miedo contraído y la condición servil, aun
después que ha sido trasladada por el bautismo a la libertad de los hijos
de Dios, y da muestra de ello siempre que puede hacerlo, impunemente. Nada
hay que tanto se oponga a la fe como la fuerza y la violencia. Porque no
es la fe sino de los que voluntariamente quieren recibirla, de suerte que
ha pasado a proverbio el dicho de San Agustín, que todas las cosas puede
el hombre hacer contra su voluntad, mas creer no puede sino queriendo(226)

. Por lo cual las divinas Letras recomiendan principalmente la mansedumbre
y dulzura a los ministros evangélicos. «Mostrando, dice Pablo, mansedumbre
a todos los hombres»(227), y en otra parte: «Corrigiendo con dulzura a los
que contradicen la verdad por si quizá Dios les trae a penitencia y
vuelven en sí»(228). y Santiago exhorta a recibir con mansedumbre la
palabra que ha sido infundida en vosotros, y que puede salvar vuestras
almas(229).

Siendo, pues, voluntario y libre a cada uno obedecer al evangelio, y
no pudiendo ser violenta la fe en otro que en el diablo, claramente se ve
que a los infieles no hay que arrastrarlos por la fuerza, sino conducirlos
con dulzura y benevolencia. De aquí que el divino Maestro, al enviar los
suyos a predicar el evangelio, les dice: «Mirad que os envío como ovejas
en medio de lobos»(230). Donde es de considerar la magnificencia del
Señor; porque los corderos han vencido a los lobos, y los han metido en el
rebaño, despojados de su crueldad. ¿Cuándo se ha visto que la ferocidad de
los poderosos ceda a las amenazas, o que el mundo sea dominado por la
fuerza? Callando, sufriendo, haciendo bien a los enemigos, vencieron los
soldados de Cristo, no hiriendo, atemorizando o amenazando. Pues, oh
Señor, y si no reciben el evangelio, ¿qué hemos de hacer? ¿Mandaremos
bajar fuego del cielo o arruinar la ciudad? «No sabéis, dice el Señor, de
qué espíritu sois. El Hijo del hombre no vino para perder a los hombres,
sino para salvarlos»(231). Y si no os reciben en una ciudad, huíd a otra.
¡Qué benignidad! ¡Qué dulzura! De suerte que los que espontáneamente se
entregan al evangelio son los que de verdad entran en él, los que conciben
la fe en el corazón y la confiesan con la boca, y permanecen constantes, y
son todo de Dios, sin claudicar sirviendo en parte a Dios y en parte a
Baal, cristianos de nombre y apariencia; mas, en realidad, infieles.
Porque ésa es la consecuencia de arrancar la fe por la fuerza contra su
naturaleza y contra la voluntad de Dios.



Capítulo XIV
Cómo es el cristianismo de los indios

Me parece que procede la fe de los indios de manera semejante a como
refiere la Historia santa de los samaritanos(232), los cuales,
atemorizados por las incursiones de los leones, pidieron un sacerdote del
Señor, que les enseñara la ley divina. «Habiendo, pues, venido, se dice
allí, un sacerdote de los que habían sido tomados cautivos en Samaria, se
estableció en Betel, y les enseñaba cómo habían de adorar al Señor.» Y
después de enumerar sus varias supersticiones, continúa: «Dando culto a
Dios, adoraban juntamente a sus dioses, al modo de los gentiles, de entre
los que habían sido sacados, y hasta el día presente siguen de la misma
manera. No temen al Señor, ni guardan sus ceremonias, ni sus juicios, ni
su ley y mandamientos, ni lo demás.» Y concluye: «Fueron, pues, esas
gentes temerosas de Dios y juntamente adoradoras de los ídolos; y sus
hijos y nietos lo hacen como sus padres hasta el día de hoy.» No se podía
describir toda la manera de ser de nuestros indios y su religiosidad, de
una manera ni más completa ni más elegante. Adoran a. Cristo y dan culto a
sus dioses; temen a Dios y no lo temen. Ambas cosas dice la Escritura
sagrada. Le temen de palabra, mientras insta el juez o el sacerdote; le
temen mostrando una apariencia fingida de cristiandad; pero no le temen en
su corazón, no le adoran de verdad, ni creen con su entendimiento como es
necesario para la justicia. Y para mayor abandamiento, sus hijos y sus
nietos hacen lo que hicieron sus padres hasta el día presente.



Capítulo XV
Que hay grande esperanza de verdadera fe y salvación para los indios, y es
contrario al espíritu de Dios sentir lo contrario

He aquí la Samaria de nuestros tiempos; donde Cristo es adorado, al
mismo tiempo que Socot Benot babilónico y Nergel Cuteo y Asima y Nebahaz y
Tartac y Adramelec y Anamelec, y demás monstruos de dioses(233); o, por
mejor decir, no es adorado, sino injuriado y obligado a pasar la afrenta
de ser asociado con los demonios, y a aumentar con su compañía la honra de
ellos. Mas no por eso hay que desesperar luego de nuestros samaritanos y
darlos por desahuciados. También de Samaria tendrá misericordia el Señor,
y llegará a recibir la palabra de Dios, y, abandonando a Simón mago,
escuchará la palabra de Felipe, y merecerá a tales predicadores como Pedro
y Juan(234); y también ella exclamará: «Nosotros hemos creído que éste es
verdaderamente el Salvador del mundo»(235). También a los samaritanos se
da a sí mismo Jesucristo, y muestra a los suyos los campos ya dorados por
las espigas(236), y les anuncia éxito feliz en sus trabajos, y les promete
fruto copioso de vida eterna. ¿Por qué, pues, perderemos la esperanza?
¿Por qué miraremos a los samaritanos con los prejuicios de los judíos y
les haremos alejarse? ¿Por qué no imitaremos más bien al Señor y a sus
apóstoles y les anunciaremos el evangelio? ¿Por qué no creeremos que
habiendo fructificado y crecido en todo el mundo(237), también aquí
fructificará, en esta tierra árida e infecunda? Porque la que estaba
sedienta se mudará en fuente de aguas, pues fueron abiertas las rocas en
el desierto y brotaron fuentes de aguas(238). Llegará, llegará, sin duda,
su tiempo a Samaria, y los que primero habían oído que les mandaban: «No
vayáis camino de los gentiles, y no entréis en ciudades de
samaritanos»(239), oigan después el mandamiento del Señor: «Recibiréis la
virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y daréis testimonio
de mí, no solamente en Judea, sino también en toda Samaria, y hasta el fin
de la tierra»(240).

Yo, a la verdad, estoy firmemente convencido, y no me puedo persuadir
de otra cosa, de que llegará un tiempo, aunque algo más tarde, y con más
trabajo tal vez y escasez a los principios, en que por fin los indios, por
la bondad de Dios, se enriquecerán grandemente con las gracias del
evangelio, y llevarán delante del Señor de la gloria frutos abundantes. Ni
veo yo o temo otras dificultades que la mucha falta de operarios fieles y
prudentes en Cristo, y la mucha abundancia de mercenarios, que buscan sus
intereses más que los intereses de Dios. Si, pues, el Señor se dignare
enviar a su mies obreros incorruptibles, que traten dignamente la palabra
de la verdad, que los vean estos infieles buscarlos a ellos, no a sus
cosas(241); que atesoren con amor para sus hijos, y estén siempre prontos
para darse a sí mismos por la salvación de sus almas(242); que tengan
tanto amor a sus hijos espirituales, que no sólo les den la palabras de
Dios, sino sus mismas entrañas(243); que aprobados por Dios hablen de
manera que no busquen aplacer a los hombres, sino a Dios, que aprueba los
corazones; que sus palabras no tengan especie de adulación, ni den pie a
la avaricia; finalmente, que busquen muy de veras la gloria de Dios y no
la suya; entonces atarán abundantes gavillas en la era del Señor, entonces
se acabará la esterilidad y cosecharán mies abundantísima, y la
almacenarán para la vida eterna. Necesaria es, entre tanto, la paciencia,
y alzar a Dios nuestra oración para que envíe sus obreros.

Y nadie piense que se ha dicho esto a humo de pajas, porque la
experiencia lo confirma abundantemente. Hay, efectivamente, varones de
Dios, pocos ciertamente, pero hay algunos, que con su ejemplo han
comprobado que la malicia de los indios no proviene de ellos mismos,
puesto que, cuando encuentran guías y sacerdotes fieles, estrenuos y
prudentes, perciben bien toda la fuerza de la doctrina, y responden con el
arreglo de su vida, poco a poco, como en todas las cosas, pero acogen la
semilla(244), y fructifican al principio hierba, es a saber, el culto
externo de la religión, después espigas de inteligencia y afecto de todas
clases, y al fin buen trigo, esto es, una fe plena que por la caridad
produce obras dignas de Dios. No hay que pedir todo el crecimiento en un
día. Y si las resoluciones dictadas por el Rey Católico y su Consejo de
Indias, llenas de sabiduría y eficacia, conforme al celo que tienen de la
religión cristiana, y al cuidado de la salvación de los indios, para el
bien y adelanto de ellos, se pusiesen en ejecución con la misma diligencia
y fidelidad con que han sido elaboradas, no solamente sería fácil y
gustosa, sino también muy fructuosa y en breve tiempo, la predicación y
verdadera conversión de los naturales.

Y con todo, como quiera que hasta ahora se hayan administrado las
cosas, no van tal mal, que no se hayan ganado para Jesucristo muchos
millares de indios. Y donde algunos Elías y excesivos celadores de la
honra de Dios claman que todos los indios van detrás de Baal, que todos
retienen sus guacas y adoran a su Zupai, no faltan más de siete mil que se
ha reservado el Señor para sí, los cuales no doblan la rodilla ante
Baal(245), y aún no falta algún Abdías enriquecido por Dios con espíritu
de profecía. Conoce el Señor los que son suyos(246), y todas las gentes le
han de servir(247). Siendo, pues, esto así, no es de pecho cristiano, sino
sumamente ajeno al espíritu de Cristo, retraer a los hombres del
ministerio de los indios y exhortarlos a que lo abandonen, no pudiendo ser
las dificultades, por grandes que sean, más poderosas que el precepto de
Jesucristo y su gracia; ni el fruto, sino muy copioso en tan infinita
muchedumbre, y el premio ante Dios mucho mayor.



Capítulo XVI
Que al presente con el trabajo de los ministros del Evangelio es mucho
mayor el fruto de las almas

Solemos nosotros medir el fruto de la predicación evangélica por la
muchedumbre de las almas que se convierten, conforme a lo que está
escrito: «Yo recogeré en uno las reliquias de Israel, lo pondré junto como
rebaño en el aprisco, como ganado en medio de las majadas, harán grande
estruendo por la muchedumbre de los hombres»(248). Y, sin embargo, el
Señor dice que «son muchos los llamados y pocos los escogidos»(249),
muchos los invitados al evangelio como a aquel festín de bodas, y pocos
los dignos de entrar al convite(250). Lo cual, considerándolo Pablo, teme
por sí mismo(251), y, no contento con la gracia de su vocación
extraordinaria, todavía castiga su cuerpo y doma su carne, no sea que
predicando a otros sea él hecho réprobo. Y quiere que su propósito no nos
pase inadvertido, a fin de que viendo a los antiguos padres(252), que
fueron colmados de tantos beneficios y lavados con el bautismo
prefigurativo, y hechos participantes de la mesa espiritual del Señor, y,
sin embargo, entre tantos millares, apenas uno u otro fué del todo
agradable a los ojos de Dios, quien les juró airado que no entrarían en su
descanso(253); nosotros también temamos, y no nos aseguremos de la gracia
recibida, y entendiendo todo lo que está escrito para nuestra corrección,
aun el que de nosotros crea que está firme en la gracia del evangelio,
procure con toda diligencia no caer de ella. Porque de poco sirve recibir
la semilla y hacerla germinar, si después por el ardor del sol, o por el
vicio de las espinas, parece. Pocos son los que se salvan(254), y no
siempre creciendo la gente se acrecienta la alegría(255); y aunque fueren
los hijos de Israel tan numerosos como las estrellas del cielo, solamente
las reliquias serán salvas(256). Porque toda la ciudad de los elegidos es
ciertamente en sí grande; más comparada con la muchedumbre de los hijos de
este siglo es tan pequeña, que con razón es comparada por los profetas con
las reliquias que quedan en un gran montón o de un abundante festín(257).

Todo esto va enderezado a refutar la vana opinión de algunos que,
desconociendo la justicia de Dios y queriendo sustentar la suya, no se
someten a la voluntad divina. Porque los tales se imaginan que obtienen
mies abundante, cuando las cosas suceden a su gusto, y si convierten
millares de hombres, apenas creen que bastan para fruto de su trabajo, en
los cuales hay que alabar el deseo, mas corregir la presunción, no sea que
emulando las glorias apostólicas y las primicias del evangelio, todo lo
que es inferior o menos glorioso lo tengan por esterilidad y pobreza.
Conténtese el operario de que en el fruto de sus trabajos se cumpla la
voluntad de Dios. Mas si medimos las ganancias del evangelio por su misma
muchedumbre, no comprendo por qué, dado el trabajo y esfuerzo de los
ministros, no les parecen mayores los frutos de salvación de los indios.
Porque fijándonos en lo que todos conocen, y los más empedernidos
adversarios no niegan, la multitud de los niños bautizados que mueren en
el señor es grandísima. ¡Cuántos millares de criaturas no son arrancadas
todos los días de la muerte eterna por el santo bautismo! Rescatados muy
pronto de la tierra, son frutos tiernos de la sangre de Cristo que se
ofrecen inmaculados a Dios. Es cosa sabida en todas partes que muchos
niños mueren recién nacidos, por lo cual dice Aristóteles(258) que fué
costumbre de los gentiles no poner nombre a los niños antes del octavo
día, cuando ya se suponía que vivirían, como si en los primeros siete días
aún no mereciesen llevar nombre por la inseguridad de la vida. Mas en la
región de los trópicos, como muchos afirman, no se sabe por qué oculto
influjo del cielo o del aire, es mucho más frecuente que los recién
nacidos mueran a los pocos días, de suerte que no es fácil decir qué
porción es mayor, la de los que mueren o los que viven. Pues toda esa
muchedumbre adquiere Jesucristo, amador de los niños, purificados con las
aguas del bautismo, precio de su sangre. ¿Quién no dará por bien empleado
todo el trabajo de las Indias por solo este fruto?

Pero volvamos los ojos a los mayores. Sabemos que es la palabra firme
de Dios que en la última agonía se da la sentencia acerca de toda la vida,
de suerte que a quien la muerte coge justificado no le dañan las
anteriores maldades de su vida. Pues bien, es opinión común y
principalmente de los que más han vivido con indios, que cuando llega la
hora de la muerte la mayor parte de ellos llaman al sacerdote y piden
instantemente que les asista el padre, y confiesan seriamente y con dolor
sus pecados. y dan grandes señales de fe y verdadera penitencia, y esto
pudiendo pasarse a solas y a su gusto sin ningún testigo. Habiendo yo oído
referir esta disposición de los indios, y aun habiéndola experimentado en
parte por mí mismo, pregunté, sin embargo, a algunos que creía más
experimentados, y que no eran bien afectos a la causa de los indios. Y
aunque hay no pocos, principalmente entre los curacas e indios viejos, que
en la hora de la muerte manifiestan abiertamente su infidelidad, sin
embargo pude comprobar por testimonio de todos, que la mayor parte lo
hacían como hemos dicho. Lo cual sólo da gran esperanza de la salvación de
los indios, porque claro indicio es de verdadera fe interior desear y
pedir en esa hora la penitencia eclesiástica, pues con eso dan testimonio
de la religión que llevan en su ánimo, una vez que ya no hay razón de usar
de ficción o dejarse llevar del miedo. Y a este propósito contaba el
obispo de Popayán, varón que de muchos años atrás había estado en Méjico,
con otros de su orden de San Agustín, que se espantaba de la fe de
aquellos indios, que cuando les llegaba la última enfermedad y se hallaban
próximos a morir, se hacían llevar por sus parientes acostados en sus
hamacas, camino de seis y siete y aún más millas, al clérigo o fraile para
poderse confesar, de suerte que a veces se les encontraba así en los
caminos y morían antes de llegar. Y no hay duda que no pocos de ellos,
dada su fe y su piedad, conseguirían de Dios por la penitencia el perdón
de sus pecados e irían a la vida eterna. Porque quienes menos han recibido
de talento natural, de menos tendrán quedar cuenta, según la palabra del
Salvador(259), y es cierto que al pequeño se le concede misericordia
(260).

Además, los pecados de los indios no son de los que vuelven a Dios
inexorable y que en la misma hora de la muerte los venga, como se dice en
la Escritura de los pecados contra el Espíritu Santo, cometidos con
malicia especial(261); antes por lo común pecan por ignorancia o incitados
por la fragilidad de la carne, tanto que, quitadas aparte las borracheras
y deshonestidades, apenas tienen otros pecados; y, finalmente, no se ven
impedimentos por la dificultad de la restitución, o por injurias o
enemistades, ni por obstinación que los empuje al crimen, no habiendo
entre ellos por lo común sentimiento de avaricia o de violencia. Todo lo
cual con razón nos induce a tener gran confianza en la eterna salvación de
estos infelices, sobre todo alzando los ojos a la clemencia de aquel que
no rechaza la oblación, aunque corta, del pobre y miserable. Más aún, yo
me persuado que son mejores las confesiones y más verdadera la penitencia
de estos desgraciados que la de muchos poderosos y sabios de este mundo,
que mueren con grande pompa y aparato y rodeados de gran cantidad de
sacerdotes, y dejando legados a las iglesias de las riquezas mal
adquiridas. Sólo Dios que conoce los corazones de, todos sabe de dónde se
salvan más. Muchas veces lo que es grande a los ojos de los hombres, es
abominable a los ojos de Dios(262). Así que nadie juzgue a otro ni
desprecie a los que el mundo tiene por necios y viles.

Por tanto, cuando no vemos que los ministros del evangelio se hayan
fatigado demasiado por Cristo, no nos es lícito acusar de esterilidad a la
tierra, pues para ministros tan poco diligentes gozamos los frutos que se
ven, y mayores, sin duda, los tendríamos si la calidad de los ministros
respondiese a la dignidad del evangelio. Y no hay que tener en poco haber
expulsado al demonio y que reine Cristo, y que en vez de los nefarios e
inmundos sacrificios de los ídolos, se celebren los santos sacramentos de
la Iglesia, que cada día disminuyan las hechicerías, crímenes y
parricidios, y la maldad no pueda crecer libremente. Ruge Satanás de verse
expulsado, y con todas sus fuerzas procura volver a la antigua morada de
su posesión(263). Por eso la quiere libre de sacerdotes de Cristo, y con
dolor de verse despojado de heredad tan antigua, se vuelve a todas partes
y toma mil figuras él que tiene mil nombres y mil maneras de dañar, para
persuadir a los siervos de Dios que son vanos e inútiles sus trabajos, a
fin de que, vencidos de la indolencia o el desaliento, dejen desamparadas
las ovejas de Cristo para que sean al punto muertas por el lobo infernal.
Pero está Dios despierto en la defensa de su pueblo y clama: «El que no
recoge conmigo, desparrama, y el que no está conmigo, está contra
mí»(264). Aún nos exhorta, aún nos amonesta a levantar los ojos y ver los
campos dorados para la mies(265), para que el que siembra se alegre
juntamente con el que siega.



Capítulo XVII
Con paciencia y trabajo se consiguen frutos abundantes en este campo del
Señor

La palabra del Salvador que comprueba la verdad del adagio de que uno
es el que siembra y otro el que siega(266), nos debería confirmar y
consolar cuando no se ve al ojo el fruto de fe y caridad correspondiente a
la diligencia en sembrar la divina palabra. Porque puede muy bien suceder
que el tiempo presente sea de la siembra, y el de la siega esté reservado
para más tarde. De los apóstoles se dice que entraron en el trabajo de los
profetas, y, sin embargo, ni unos ni otros fructificaron para sí, sino
para Dios, que sabe dar a cada cosa su sazón, como dice el Sabio. Mas el
hombre se aflige porque no conoce el porvenir(267); y, sin embargo, el que
ara debe arar con esperanza del fruto(268),y aunque la esperanza dilatada
da dolor(269), debe con todo juntar con su esperanza la paciencia y
longanimidad.«Mirad al labrador, dice Santiago apóstol, cómo espera el
fruto precioso de la tierra, aguardando con paciencia la lluvia temprana y
tardía»(270). «Tened, pues, vosotros también paciencia, y confirmad
vuestros corazones. Abraham con la paciencia alcanzó las promesas»(271).Y
casi toda la historia y la palabra de Dios se endereza principalmente a
que por la paciencia y la consolación de las escrituras, mantengan su
esperanza(272)los que trabajan sin ver el fruto de su sudor. Nada grande
ni digno de gloria se ha hecho jamás sin la paciencia. A. los romanos, que
se apoderaron del mundo principalmente con la paciencia y la tolerancia,
los alaban no solamente las letras profanas, sino también las
sagradas(273); y no fué tan admirable su poder en la fortuna próspera,
cuanto su constancia en la adversa.

No nos damos cuenta de las dificultades de la naciente Iglesia,
nosotros nacidos de padres cristianos y educados entre cristianos.
Ciertamente la fe, donde más firmes raíces tiene ahora, más laboriosos
principios tuvo. Es, pues, insensato medir el fruto de la semilla
evangélica sólo por el estado presente. En la Ley está escrito: «Cuando
hubiéreis entrado en la tierra, y plantado en ella árboles frutales,
cortaréis sus prepucios; los frutos que produzcan serán inmundos para
vosotros y no comeréis de ellos; mas al cuarto año, todo el fruto de ellos
será consagrado en alabanza del Señor, y al quinto año comeréis libremente
los frutos que dieren»(274). Sucede, pues, que tal vez estemos recién
entrados en la tierra y todavía no cogemos de los árboles plantados frutos
maduros que se puedan comer; que la fe de los indios aún no da fruto digno
de la hambre, de los predicadores; todavía hay que despreciar los frutos
primerizos, todavía tienen excesivo sabor de la antigua gentilidad. Pues
bien: ¿qué haremos? ¿Siempre ha de ser así? ¿Quién puede dudar que en las
generaciones posteriores brotarán frutos dignos de ser presentados a Dios,
desterrado ya todo sabor antiguo? Serán los hijos mejores que sus padres,
como lo demuestra la experiencia; serán más idóneos para la fe, estarán
menos imbuídos en las supersticiones paternas, serán criados con más
cuidado en la religión. No llevan razón los que pronostican para siempre
cosas infaustas. No hay nación más dócil y sujeta que los indios; no son
de ingenio duro y cerrado, y tienen avidez por imitar lo que ven; con los
que tienen el poder y la autoridad, sumisos al extremo, hacen al punto lo
que les mandan. Cualquiera que tenga alguna experiencia de los indios,
aunque sea poca, no podrá negar que éstas son sus costumbres y cualidades.
El día que tengan maestros diligentes, que ardan en amor de Dios, que
apacienten las ovejas que les han sido confiadas con buen ejemplo y sana
doctrina, ¿cuánto no hemos de prometernos con la ayuda ante todo de la
divina gracia que nunca falta a los suyos?

Pero como todo aquí dicen ser áspero y adverso, o al menos así lo
piensan muchos, haremos ver cómo con el trabajo y la paciencia todo se
vence, y que de principios calamitosos y desesperados suelen seguirse
resultados alegres. Y lo mostraremos más que con razones con el ejemplo de
los Padres, que persuade más. Me place referir lo que escribe San Bernardo
de San Malaquías, cuando fué creado obispo de Connereth, ciudad de
Hibernia(275). «Cuando comenzó, dice, a hacer las cosas de su oficio, le
pareció al varón de Dios que no había sido enviado a hombres, sino a
bestias; nunca los había encontrado semejantes en toda suerte de barbarie,
tan insolentes en sus costumbres, tan salvajes en las ceremonias, tan
impíos para la fe, bárbaros para las leyes, rebeldes a la disciplina,
sucios en la vida: critianos en el nombre, de hecho paganos; no había
quien pagara los diezmos o primicias, quien contrajese matrimonio, quien
se confesase, quien pidiese penitencia ni la admitiese. Los ministros del
altar eran muy pocos, y ¿para qué más, si esos pocos vivían ociosos entre
los laicos? No había quien con su trabajo fructificase en un pueblo
malvado; no se oía en las iglesias voz que predicase o cantase las
alabanzas de Dios». Hasta aquí San Bernardo. No habrá ninguno tan enemigo
de la causa de los indios que no confiese que mejor que el de Hibernia, o
al menos no tan malo es el estado y las costumbres de nuestro Perú. Pero
sigamos escuchando lo que hizo el buen ministro de Jesucristo en un pueblo
tan perdido. «¿Qué había de hacer, dice, el atleta de Cristo? O retirarse
torpemente, a luchar peligrosamente. Pero él que se sentía pastor, no
mercenario, eligió antes quedarse que huir, preparado a dar la vida por
sus ovejas si era necesario. Y aunque todos eran lobos y ninguno oveja, se
puso intrépido en medio de los lobos, pensando de todas maneras cómo los
trocaría en ovejas. Les avisaba en común, los corregía en particular. por
todos lloraba, a cada uno trataba áspera o suavemente, según convenía; y
por los que ningún medio aprovechaba, ofrecía a Dios sacrificio con
corazón contrito y humillado. ¡Cuántas veces pasó las noches de claro en
claro en oración! Y cuando no querían venir a la iglesia salía él a las
calles y plazas, y daba la vuelta a la ciudad, buscando sin aliento a
quién ganar para Cristo». Y ¿cuál es el resultado de tantos esfuerzos?,
preguntará alguno. Después de haber referido Bernardo las muchas injurias
y dificultades que pasó por Cristo Malaquías, añade: «Perseveró llamando,
y conforme a la promesa(276), al fin le abrieron. Cesó la dureza, se
apaciguó la barbarie, y la casa exasperada poco a poco comenzó a amansarse
y admitir la corrección y a recibir la disciplina. Se suprimen las leyes
bárbaras, se introducen las romanas, se reciben por todas partes las
costumbres de la Iglesia, se extirpan las gentílicas, se reedifican las
basílicas, se ordenan del clero entre ellos, se celebran debidamente las
sagradas solemnidades, se oyen confesiones, acude, la plebe a la iglesia,
las bodas solemnes santifican las uniones concubinarias. En una palabra,
las cosas se cambiaron en mejor de tal manera, que hoy se puede aplicar a
aquella gente lo que dice el Señor por el profeta: «El que antes no era mi
pueblo, ahora lo es»(277).

Esto dice San Bernardo; y helo trasladado por extenso, para que en
caso parecido aprendamos la industria y diligencia del buen soldado de
Cristo, y pongamos con fe y perseverancia los ojos en el fruto cierto y
copioso, y no se culpe al suelo estéril y silvestre de nuestra disimulada
desidia. Añadiré, otro ejemplo tomado del venerable Beda. Refiere de
Melito, enviado por San Gregorio Magno, juntamente con San Agustín a los
ingleses(278), que habiendo tenido que dejar su sede por las injurias del
rey enfurecido y por el corto número de la plebe fiel, vino a Cantua para
tratar con Lorenzo y Justo, también obispo como él, de las cosas
necesarias, y de común acuerdo resolvieron que, era mejor volverse a su
patria y servir allí libremente a Dios, que no residir sin fruto entre
bárbaros rebeldes a la fe. Así, pues, Melito y Justo volvieron a la Galia,
mas Lorenzo, queriéndolos seguir cuando iba va a dejar Bretaña, mandó que
esa noche le preparasen para dormir en la iglesia de los bienaventurados
apóstoles Pedro y Pablo; y después de larga oración y muchas lágrimas
rogando a Dios por el estado de la Iglesia, como se, durmiese, le apareció
el glorioso príncipe de los apóstoles, y dándole en el tiempo secreto de
la noche muchos azotes, le preguntaba con severidad por qué abandonaba la
grey que le había sido confiada. «¿Te has olvidado, le decía, de mi
ejemplo, que por los pequeños que me encomendó Cristo como muestra de amor
padecí cadenas, azotes, cárceles, aflicciones y la misma suerte y muerte
de cruz, por mano de infieles enemigos de Cristo, para ser coronado con
Cristo?» Confortado y enseñado Lorenzo con esta exhortación y castigo,
determinó quedarse, llamó de la Galia a los compañeros, fué al rey, hasta
entonces enemigo, y mostrándole las heridas lo ganó para Jesucristo,
procuró con mucha diligencia la salvación de todos y, al fin, obtuvo el
premio de su perseverancia. Porque sólo el que persevera hasta el fin es
coronado. Con estos documentos son amonestados los soldados de Cristo a
luchar hasta la muerte, y en medio de la adversidad, confiados en el
auxilio divino, esperar constantemente la victoria. A nosotros nos toca
pelear con todas nuestras fuerzas, y a Dios que gana las batallas, vencer.
Campo es de Dios, edificación es de Dios(279); y ni el que planta es nada
ni el que riega, sino Dios, el que da el crecimiento, y cada uno según su
trabajo recibirá la recompensa.



Capítulo XVIII
Que no solamente hay esperanza de fruto cierto para el porvenir, sino
documentos ciertos del presente

Todo lo que hasta aquí va escrito de la predicación del evangelio a
los indios confieso que lo compuse teniendo yo mismo opinión poco
favorable a ellos, y sin esperanza de que se llegase nunca a cosechar
fruto notable. Y aunque me declaro sincero amigo de los indios, no se me
oculta que lo dicho hasta ahora no les favorece demasiado, y aun según
opinión de algunos les es ofensivo e injuriosos; mas prefiero haberlo
hecho así y defender modestamente su causa, antes que parecer exagerado
panegirista. Y puesto caso que todos ellos fuesen tan bárbaros,
irracionales, inhumanos, ingratos, ligeros, rudos e incapaces del
evangelio como proclaman calumniosamente los ministros mercenarios que
sólo buscan su interés; a tal punto han llegado ya las cosas, que no
creemos lícito o tolerable dar por perdida sin remedio la salvación de
tantas naciones, y ni los mismos contradictores se atreven a sostenerlo; y
aun dado caso que fuese verdad cuanto alegan en ofensa de los indios, no
demuestran su opinión de que es conveniente abandonar la salvación de
estos infieles.

Si he de decir lo que siento, creo injusto declamar contra el ser
mismo y la condición de estas gentes, como si fueran incapaces del
evangelio, y estoy cierto que si la fe se hubiera. introducido en este
reino como manda Jesucristo, no habría producido aquí menores frutos que
los que leemos de la Iglesia apostólica y primitiva. Porque si a pesar de
tanta maldad de nuestros hombres, todavía los indios creen en Dios, y
cuando tropiezan con un sacerdote o ministro real o encomendero de mejores
costumbres, le respetan y oyen con admirable docilidad, y se vuelven
blandos como la cera, y se esfuerzan por imitar cuanto ven de bueno y
virtuoso, ¿qué sucedería si desde el principio de la predicación hubiesen
visto los pies hermosos de los quo anuncian el evangelio de la paz, y
sabido por experiencia que buscaban sólo a Cristo y el interés de sus
almas? Ciertamente los padres de nuestra Compañía, que desde hace ocho
años están en estas partes del Perú, y han conocido por experiencia las
costumbres y condición de los indios, ya haciendo muchas y prolongadas
misiones, ya tomando sus parroquias, ya, por último, tratando
continuamente con ellos sin oficio de párrocos, afirman con tanta
aseveración haber obtenido en todas partes frutos mayores de los que se
esperaban, que ponen a Dios por testigo contra sus almas, si no es así
verdad como lo afirman.

Más aún: algunos de nuestros padres más graves y de maduro juicio,
aseguran en cartas escritas que en ninguna parte han hallado para el
evangelio mies más fácil ni mejor; los cuales ciertamente cuando llegaron
de España tenían la opinión vulgar contraria a los indios, mas después de
larga experiencia la cambiaron. Porque han hallado ser los indios
ingeniosos, dóciles, humildes, amantes de los buenos sacerdotes,
obedientes despreciadores del fausto y las riquezas, y lo que a muchos
parece más extraño, constantes cuando una vez han recibido la fe y la
virtud seriamente y de corazón. Lo cual no me parece- difícil de creer,
cuando los vemos tan dados a su religión de los Ingas, o a las
supersticiones de sus guacas, que por ocultar sus ídolos o tesoros
escondidos mueren muchas veces con gusto y prefieren dar su vida y fortuna
antes que manifestar los arcanos de la superstición de sus padres. ¿Quién
ignora que los indios castigados con azotes o quemados en fuego no
declaran en el tormento ni una palabra? Pues,¿por qué hemos de creer al
diablo más poderoso que Cristo en defender su opinión? ¿O que los hombres
criados y redimidos por Dios han de tener más constancia en lo falso y
pernicioso que en lo verdadero y saludable? Dadme para los indios varones
apostólicos, y yo os daré de los indios frutos apostólicos.

A los de la Compañía, tal vez porque ven en ellos no sé qué
apariencia de vida honesta y desprecio de la riqueza, acuden los indios de
tal manera que es ordinario venir a confesarse aun de distancia de treinta
y ochenta leguas a pie. Los hemos visto acudir a los sermones tan
asiduamente, que parecen tener hambre insaciable de oírlos, yendo de uno a
otro hasta cuatro o cinco en un día, y esto todos los domingos y fiestas
Quien presenciara la muchedumbre que acude al sacramento de la penitencia,
creería que había jubileo o era cuaresma. Ruegan que les impongan grandes
penitencias, y si no se las dan a su gusto, ellos se las toman
castigándose duramente. Unos a otros se invitan, y apenas pueden nuestros
padres satisfacer a tanto penitente. Son constantes en su propósito de
enmienda, y de algunas mujeres de seso más débil se ha sabido que no han
bastado ruegos ni amenazas, ni aun ponerles las espadas al cuello, para
hacerlas consentir en estar con sus antiguos amadores. Dan fácilmente
todas sus cosas. Tienen grande hambre del cuerpo de Cristo, y a los que se
les concede, lo reciben con mucha pureza de alma, y lo conservan
religiosamente, y declaran que después de haber comulgado no pueden ya
hacer ninguna maldad. Y por haber un indio tenido una fragilidad, concibió
tal enojo contra sí, que faltó poco para que no se diese la muerte, como
impío y sacrílego, traidor del cuerpo del Señor. Consta de, algunos a
quien la divina gracia hace tanta merced, que llegan a sentir altamente de
las cosas divinas, y no ha faltado quien ha tenido el don de profecía.

Exageradas parecerán a algunos estas cosas y se reirán de ellas como
de patrañas, pero son ciertas y averiguadas. Y cualquiera cosa que digan
en contrario los que se creen ellos solos cristianos, también en las
naciones se ha difundido la gracia de Dios, y, no hace el Señor diferencia
entre ellos y nosotros, purificando por la fe sus corazones. Algunos
convencidos por la realidad confiesan que nunca han visto cosa tal en las
Indias, y ni siquiera la imaginaron, y se espantan y dan gracias a Dios
misericordioso padre de los huérfanos, y aun algunos quieren seguir a los
nuestros y unírseles en este feliz crecimiento del evangelio; pero muchos
persisten en la contradicción, cuando sería más conveniente que se
alegrasen de la salvación de sus hermanos y se congratulasen amigablemente
con los compañeros. Y lo que han hecho los nuestros hasta el presente no
excede lo que cualquiera operario del evangelio bueno y experto puede
hacer; y los que de nuestra Compañía están consagrados al ministerio de
los indios, son muy pocos para lo que requiere el excesivo número de
ellos.

De todo lo cual fácilmente podrá deducirse qué insigne y abundante
fruto se conseguirá el día que el Padre de familias se digne enviar a esta
mies muchos operarios dotados del esfuerzo e industria que son necesarios.
Y aunque creemos que hay muchas naciones dispuestas para el evangelio de
la manera que decimos, y de los naturales del Perú así lo hemos
experimentado, sin embargo en los libros restantes guardaremos medida sin
usar de tanta generalidad, que parezca echamos en olvido otras naciones de
indios que no ignoramos están menos dispuestas para la fe. Porque aunque
en cuanto decimos atendemos principalmente a los indios del Perú que
conocemos, desearíamos que fuese provechoso a la salvación de las demás
naciones.Pues aun entre los indios que pusimos en la tercera categoría
sabemos que la gracia del evangelio consigue ricos y copiosos frutos.
Ciertamente los del Brasil no ceden en fiereza y bestialidad a ningunos
bárbaros, y, sin embargo, por obra principalmente de los padres de la
Compañía, se han amansado y hecho a las leyes divinas y humanas, como lo
refieren las cartas de aquella provincia, y viven ya como hombres y buenos
cristianos. Tiene ahora también sus primicias la fe; produce el evangelio
frutos entre los infieles mayores de lo que se puede pensar. Resta
solamente orar por que Cristo nuestro Señor nos haga dignos ministros del
nuevo testamento, porque ¿quién lo será para tan alto ministerio?

Hemos declarado hasta aquí que la predicación del evangelio a los
indios, aunque difícil, es necesaria y rica de fruto. En los libros
siguientes trataremos de la manera cómo se ha de llevar a cabo.




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