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lunes, 10 de diciembre de 2012

{VII}LA LITERATURA ANTIJUDAICA Y LOS PREJUICIOS


VII


LA LITERATURA ANTIJUDAICA Y LOS PREJUICIOS


El antijudaísmo escrito y sus formas - El antijudaísmo teológico - La transformación de la apologética cristiana - La judaización y sus enemigos - Anselmo de Canterbury e Isidoro de Sevilla - Pedro de Blois - Alain de Lila - El estudio de los libros judíos - Raimundo de Peñafort y los dominicos - Raimundo Martín y el Pugio fidei - Nicolás deLira y su influencia - La literatura antijudía teológica y las conversiones - Nicolás de Cusa - Los conversos judíos y su papel - Pablo de Santa María y Alfonso de Valladolid - El antitalmudismo y los conversos: Pfefferkorn - Las controversias sobre el Talmud - Nicolás Donin, Pablo Christiano y jerónimo de Santa Fe - Las Extracciones Talmut - El antijudaísmo social - Agobergo, Amolón, Pedro el Venerable y Simón Maiol - El antijudaísmo polémico - Alonso de Spina - El Libro del Alboraico - Pierre de Lancre - Francisco de Torrejoncillo y el Centinela contra judíos - El antijudaísmo polémico y los prejuicios - Los judíos y las razas malditas - Judíos, templarios y hechiceros - El homicidio ritual - La defensa de los judíos - Jacobo ben Ruben, Moisés Kohen de Tordesillas, Semtob ben Isaac Schaprut - La literatura polémica judía en España en el siglo XV - El anticristianismo - Hasdai Crescas y José ibn Schem Tob - Los ataques contra el Nuevo Testamento - Los Nizachon y el Livre de Joseph le Zélateur - El Toledot Jeschu - Ataques contra los apóstoles - Isaac Pulgar y Vidal ibn Labi - Transformación del antijudaísmo escrito en el siglo XVII - Los conversores - Los hebraizantes y los exegetas: Buxtorf y Richard Simon - Wagenseil, Voetius y Bartolocci - Eisenmenger - John Dury - Parentesco y similitud de las obras antijudías: los imitadores - El antijudaísmo literario antiguo y el antisemitismo moderno - Sus afinidades.


Desde el siglo VIII hasta la Revolución Francesa, sólo estudiamos el antijudaísmo legal y el antijudaísmo popular. Vimos poco a poco constituirse una legislación, primero canónica y luego civil, contra los judíos. Dijimos de qué modo la muchedumbre fue preparada en parte, por los decretos de los papas, los reyes y las repúblicas, para odiar y maltratar a los judíos y hasta qué punto esta exasperación del pueblo, las matanzas que hacía y los insultos y agravios que prodigaba repercutieron sobre esta legislación. Mostramos que, hasta el siglo XV, las cargas que pesaban sobre los judíos se fueron acrecentando año tras año y, en aquella época, alcanzaron su grado máximo y empezaron a disminuir. Los artículos de los códigos dejaron de cumplirse rigurosamente, las costumbres cayeron poco a poco en desuso, se promulgaron pocas leyes nuevas o ninguna y el judío se encaminó hacia la liberación.
Sin embargo, hay un tipo de antijudaísmo del que no nos preocupamos mayormente y que tenemos que examinar ahora. Mientras la Iglesia y las monarquías legislaban contra los judíos, teólogos, filósofos, poetas e historiadores escribían sobre ellos. Nos queda por definir el papel, la acción y la importancia de este antijudaísmo escrito.
No nació con las mismas influencias. Causas diversas lo engendraron y, según estas causas, fue teológico o social, dogmático o polémico. No es que se pueda clasificar todos los escritos antijudíos en una de estas categorías con exclusión de cualquier otra. Hay pocos, por el contrario, que puedan reducirse a uno solo de estos tipos. Pero se puede, sin embargo, según su tendencia principal, hacerlos entrar en uno de los marcos que acabo de indicar. Sólo el antijudaísmo teológico produjo obras netamente situadas y escritos sin preocupaciones sociales, y aun así estas obras, por características que sean, pueden ser dogmáticas y polémicas a la vez.
El antijudaísmo teológico, el primero en el tiempo, tuvo muy naturalmente, en sus comienzos, aspectos de apología. No podía ser de otro modo, pues sólo se combatía el judaísmo para glorificar la fe cristiana y probar su excelencia. Como dijimos, hacia el final del siglo IV se dejaron de producir escritos apologéticos. La joven Iglesia, en la embriaguez de su triunfo, pensó que ya no tenía necesidad de demostrar su superioridad y casi no se encuentra, en el siglo V, para representar la apologética, sino elAltercado de Simón y Teófilo, de Evagrio, [1] en el cual se imitaba y hasta se plagiaba el Altercado de Jasón y Papisco de Aristón de Pela. Después, hay que llegar al siglo VII para encontrar los tres libros de Isidoro de Sevilla dirigidos contra los judíos. [2]
Cuando nació la escolástica, la apologética reapareció. La escolástica fue sin duda, en sus comienzos, una sirvienta del dogma, pero una sirvienta razonadora que trataba de explicar metafísicamente la Trinidad, y las discusiones sobre el nominalismo y el realismo sólo tuvieron tanta importancia en la Edad Media porque se aplicaron estas dos teorías a la interpretación de la Trinidad. Toda la metafísica de aquel tiempo giraba alrededor de la naturaleza y la divinidad de Jesucristo. De ahí la importancia para los teólogos escolásticos de defender esta divinidad misma contra los que la negaban. Ahora bien: ¿aquéllos cuya negación era más tenaz no eran los judíos? Era necesario, pues, persuadir a estos obcecados. Por ello las apologías renacieron y casi todas ellas fueron dirigidas a los judíos.
Tenían dos fines: defendían los dogmas y símbolos católicos y combatían el judaísmo. Se oponían a esta judaización que la Iglesia, sus doctores, sus filósofos y sus apologistas siempre temían, representándose al judío como el lobo que ronda alrededor del establo para sacar las ovejas de la vida bienaventurada. Fue por tales sentimientos que fueron guiados, por ejemplo, Cedreno [3] y Tepófanes [4] que escribían sus Contra Judaeos y Gilberto Crépin, abad de Westminster, en su Disputatio Judei cum christiano de fide christiana[5]
La forma de estos escritos variaba poco. Reproducían casi servilmente los argumentos clásicos de los Padres de la Iglesia y estaban redactados sobre patrones semejantes. Analizar uno de ellos es analizarlos todos. Así el tratado de Pedro de Blois: [6] Contra la perfidia de los judíos, enumera en treinta capítulos los testimonios que contienen el Antiguo Testamento sobre todo los profetas a favor de la Trinidad y la Unidad divina, del Padre y el Hijo, del Espíritu Santo, de la mesianidad de Jesucristo, de la ascendencia divina del Hijo del hombre y de su encarnación. Terminaba demostrando, según las mismas autoridades, que la ley había sido trasmitida a los gentiles y que los judíos estaban condenados a la reprobación, pero que los restos de Israel sin embargo serían convertidos salvados algún día. Guibert de Nogent, en su De incarnatione adversus Judaeos[7] Rupert en su Analus sive dialogus inter christianum et Judeum de fideisacramentis, [8] Alain de Lila en su De fide catholica[9] y muchos otros más cuya enumeración resultaría fastidiosa, procedían de modo idéntico, desarrollando los mismos razonamientos, apoyándose en los sismos textos y usando las mismas interpretaciones. Esta literatura era toda, por lo demás, de una mediocridad extrema. Conozco poca más vana, y el mismo Anselmo de Canterbury, cuando compuso su De fide seu de inearnatione verbis contra Judaeos no consigue hacerla más interesante.
Sin embargo, estos escritos, estas discusiones y estos diálogos ficticios cumplen poco, si cumplen de algún modo, su misión. Casi no los consultaban sino clérigos y así se dirigían a conversos. Si los rabinos los leían, no los tomaban mucho en cuenta. Puesto que su exégesis y su ciencia bíblica eran muy superiores a las de los buenos monjes, estos últimos pocas veces llevaban las de ganar. De cualquier modo, no persuadían en absoluto a los que deseaban convencer y, ya que no conocían los comentarios talmúdicos y exegéticos en los cuales, los judíos encontraban sus armas y sus fuerzas, no podían combatirlos con eficacia. En el siglo XIII las cosas cambiaron. Las obras de los filósofos judíos se difundieron y ejercieron sobre la escolástica de aquel tiempo una considerable influencia. Hombres como Alejandro de Hales leyeron a Maimónides (Rabí Moisés) y a Ibn Gabirol (Avicebrón) y conservaron la impronta de las doctrinas que exponían el Guía de los extraviados y el Fuente de vida. La curiosidad fue despertada. Se quiso conocer el pensamiento y la dialéctica judíos, primero para filosofar, en segundo lugar para luchar con mayor provecho contra los judíos.
El dominico Raimundo de Peñafort, confesor de Jaime I de Aragón y gran conversor de judíos, invitó a los dominicos a aprender el hebreo y el árabe para mejor persuadir a los judíos y mejor combatirlos. Organizó escuelas para enseñar a los frailes estos dos idiomas y fue el iniciador de los estudios hebraicos y árabes de España. Así creó un linaje de apologistas que ya no se limitaron a juntar los pasajes del Antiguo Testamento que prefiguraban la Trinidad o anunciaban al Mesías, sino que trataron de refutar los libros rabínicos y las aserciones talmúdicas.
De este movimiento salió una legión de tratados y demostraciones, todos ellos escudosmurallas y fortalezas de la fe. En estos escritos, los judíos eran "degollados con su propio sable" o "atravesados por su espada", vale decir que se los persuadía de su ignominia y se probaban sus mentiras sobre la base de su propia argumentación tal como los frailes la encontraban o, por lo menos, creían encontrarla en el Talmud.
De todos estos libelos teológicos, los más conocidos son los que publicó el dominico Raimundo Martin, "hombre tan notable por su conocimiento de los escritos hebraicos y árabes como por el de las obras latinas". [10] Estos libelos llevaban títulos bastante característicos: Capistrum Judaeorum (Bozal de los judíos) y Pugio Fidei (Puñal de la Fe). [11] El segundo fue el más difundido. "Es bueno – decía en él Raimundo Martín – que los cristianos tomen en sus manos la espada de sus enemigos, los judíos, para pegarles con ella". Partiendo de esa posición y de la muy difundida idea de que Dios dio a Moisés una ley oral, comentario de la ley escrita, que contenía la revelación de la Trinidad y de la divinidad de Jesús, Martin probaba, por los textos bíblicos, talmúdicos y cabalísticos, que el Mesías había venido y que los dogmas del catolicismo eran irrefutables. Al mismo tiempo, en dos capítulos, [12] atacaba al judaísmo que presentaba como réprobo y abominable.
El Pugio Fidei estuvo muy en auge durante los siglos XIII y XIV entre los monjes y, en especial, entre los dominicos, ardientes defensores de la fe. Se lo estudió, se lo consultó y se lo plagió. El número de los escritos que inspiró Raimundo Martin y para los cuales el Pugio Fidei sirvió de prototipo y hasta de molde fue considerable. Se pueden citar, entre otros, los de Porchet Salvaticus [13] de Pedro dé Barcelona [14] y de Pietro Galatini. [15]
Sin embargo, la ciencia misma de Martin no era perfecta y, como vamos a ver, en las controversias los rabinos vencían demasiado a menudo a sus adversarios. Los antijudíos necesitaban mejores armas. El franciscano Nicolás de Lira se las dio. Nicolás de Lira había estudiado con cuidado la literatura rabínica, y la amplitud, variedad y solidez de sus conocimientos hebraicos han hecho creer que era de origen judío, lo que es poco probable. Fue, de cualquier modo, el precursor de la exégesis moderna, esta exégesis que es hija del pensamiento judío y cuyo racionalismo es puramente judaico. Fue el antepasado de Ricardo Simón. Nicolás de Lira declaró que la explicación literal del texto de las Escrituras debía ser el fundamento de la ciencia eclesiástica y que, una vez establecido el texto con su significado, había que extraer de él cuatro sentidos: literal, alegórico, moral y anagógico. [16] En la Postilla y las Moralitates, reunidos y refundidos más tarde [17] en una gran obra, Nicolás de Lira exponía su búsqueda.
Fue en adelante el arsenal donde se encontraban armas para las polémicas contra los judíos, y también para defender los evangelios contra los ataques israelitas, pues Nicolás de Lira, en su de Messia, [18] había refutado las críticas que los judíos hacían del Nuevo Testamento. [19] Se hicieron numerosas ediciones de las obras de Nicolás de Lira, se les agregaron comentarios, notas y aditamentos y su autor fue todavía el maestro de exégesis de Lutero.
Pero si el combatir a los judíos era loable, más meritorio aún era convencerlos y la mayor parte de los monjes polemistas no olvidaban que uno de los fines de la Iglesia era la conversión de Judá. Mientras los concilios tomaban medidas para convertir a los judíos, los escritores por su lado se esforzaban por ser persuasivos y hasta algunos, más prácticos, iban hasta buscar un terreno de conciliación. Así Nicolás de Cusa quería, haciendo ciertos sacrificios – iba hasta aceptar la circuncisión – reunir todas las religiones en una cuyo dogma principal hubiera sido la Trinidad. La antigua obstinatio Judaeorum, que sostenía la unidad divina, se oponía a tales intentos y, por lo general, los gestos conciliadores de los cristianos eran mal acogidos. Sin embargo, las conversiones no eran excepcionales, y no hablo solamente de las que se obtenían por la persuasión. En la literatura antijudía como en la historia de las persecuciones, estos judíos conversos desempeñaron un gran papel. Se mostraron, contra sus correligionarios, los adversarios más violentos, más injustos y más desleales. Es ésta la característica general de los conversos y los ejemplos de árabes convertidos al cristianismo o de cristianos pasados al Islam atestiguan que esta norma tiene pocas excepciones.
Numerosos sentimientos concurrían a alimentar en los apóstatas este humor atrabiliario. Deseaban ante todo dar garantías de su sinceridad. Sentían que una especie de suspicacia los rodeaba cuando ingresaban en el mundo cristiano y la afectación de piedad que manifestaban no les parecía suficiente para despejar las sospechas.
No temían nada tanto como ser acusados de tibieza, o de simpatía para con sus antiguos hermanos, y el modo cómo la Inquisición trataba a los que consideraba relapsos no debía de disminuir el temor que experimentaban los proselitas. Por ello simulaban un exceso de celo, que sostenía en muchos, ya que no en todos, una fe real. Hasta algunos de ellos, convencidos de haber encontrado la salvación al convertirse, se esforzaban por conquistar a sus correligionarios para las creencias cristianas. Entre éstos la Iglesia encontró a varios de sus más intrépidos y más escuchados conversores. [20] No se limitaban a publicar apologías: predicaban en las iglesias a los judíos, a quienes las decisiones canónicas obligaban a asistir a los sermones como dóciles oyentes. Así Samuel Nachmias, [21] bautizado con el nombre de Morosini, Joseph Tzarphati, que se hizo llamar Monte después de su bautismo [22] y el rabino Weidnerus, que persuadió a un gran número de judíos de Praga de la excelencia de la Trinidad. Algunos hasta pedían para los israelitas, a quienes habían abandonado, los rigores de las leyes eclesiásticas y civiles. Hacia 1475, por ejemplo, Peter Schwartz y Hans Bayol, judíos conversos, provocaron por sus excitaciones el saqueo del ghetto por la población de Ratisbona. En España, Pablo de Santa María incitó a Enrique III de Castilla a tomar medidas contra los judíos. Este Pablo de Santa María, otrora conocido como Salomón Levi de Burgos, no era un personaje común. Rabino muy piadoso y muy sabio, abjuró a los cuarenta años, después de las matanzas de 1491, y recibió el bautismo junto con su hermano y cuatro de sus hijos. Estudió teología en París, se ordenó sacerdote y fue obispo de Cartagena y, posteriormente, canciller de Castilla. Publicó un Examen de las Santas Escrituras, diálogo entre el incrédulo Saúl, y el converso Pablo, y dio una edición de la Postilla de Nicolás de Lira, edición ésta aumentada de sus Aditamentos y de glosas. No detuvo en eso su acción. Se lo encuentra como instigador de todas las persecuciones que los judíos de su tiempo tuvieron que padecer en España. Persiguió a la sinagoga con un odio feroz. Sin embargo, se limitó en sus obras a la polémica teológica. [23]
Todos los conversos, sin embargo, no se parecían a Pablo de Santa María. Por lo general eran poco instruidos y de mediocre inteligencia, si creemos a Pogge que aprendió el hebreo con un judío bautizado: "Animal – dice – lunático e ignorante como lo son habitualmente los judíos que se hacen bautizar". Esta categoría de catecúmenos fue la que más odio demostró. Los que la componían estaban, por lo demás, excitados por sus correligionarios, que detestaban muy vigorosamente a sus apóstatas y no se privaban de maltratarlos, a tal punto que se hicieron numerosas leyes para prohibir a los judíos tirar piedras a los renegados y ensuciar su vestimenta con aceite y olores fétidos. Cuando los judíos ya no pudieron maltratar a los conversos, los insultaron y se rieron de ellos. Los cristianos nuevos contestaron estos insultos publicando sátiras contra los rabinos, como hicieron Pedro Ferrus y Diego de Valencia, o injuriando a sus adversarios en gruesos tratados, al modo de Víctor de Carben. [24] No se olvidaban de recurrir a la demostración teológica, pero a menudo preferirían el invento y hasta la calumnia. A veces unían ambas cosas, como Alfonso de Valladolid (Abner de Burgos), quien publicó a la vez concordancias de la ley y tratados de áspera polémica: el Libro de las batallas de Dios y el Espejo dé justicia[25]
Pero el gran adversario de los conversos, el que debía soportar su ira más violenta, era el Talmud. Lo denunciaban constantemente a los inquisidores, al rey, al emperador y al papa. El Talmud era el libro abominable, el receptáculo de las más horrorosas injurias contra Jesús, la Trinidad y los cristianos. Contra él Pedro de la Caballería escribía su Cólera de Cristo contra los judíos [26] y Pfefferkorn su Enemigo de los judíos, [27] en el cual se felicitaba de haberse "retirado del sucio y pestífero barrial de los judíos", y Jerónimo de Santa Fe, su Hebreomastix[28] Los teólogos católicos seguían el ejemplo de los conversos, lo más a menudo aun cuando no tenían con respecto al Talmud sino las nociones que les daban los conversos.
Los autos de fe seguían habitualmente las denuncias del Talmud, pero los precedía generalmente una controversia. Esta costumbre de las controversias se remonta a los tiempos más lejanos. Ya sabemos que los doctores judíos discutieron con los apóstoles. En presencia de los emperadores de Roma y de Bizancio se vieron varias veces rabinos y monjes hacer alardes de elocuencia para convencer a sus oyentes de la excelencia de su causa, y el rey de los Kazares sólo se decidió a convertirse al judaísmo después de una discusión en la cual tomaron parte un judío, un cristiano y un musulmán. Así, por lo menos, lo cuenta la leyenda. Estas conferencias, sin embargo, pocas veces eran públicas. La Iglesia temía sus consecuencias y más aún la sutileza judía, hábil para encontrar objeciones que ponían en apuros a los defensores de la fe católica y perturbaban a los fieles. Casi no se realizaban sino conferencias privadas entre dignatarios eclesiásticos y talmudistas, y en estas reuniones se admitían pocos oyentes, salvo en circunstancias excepcionales e importantes, cuando una sanción legal debía seguir el debate. En estos extraños debates, en los cuales una de las partes también era juez, los judíos por lo general llevaban las de ganar. Su dialéctica más apretada, su ciencia, más real, y su exégesis más seria y más sutil les proporcionaban una fácil ventaja. A pesar de ello, o más bien por ello, los judíos se mostraban prudentísimos en sus aserciones y las presentaban en la forma más cortés. Prestaban el oído a la advertencia melancólica que Moisés Kohen de Tordesillas dirigía a sus hermanos: "No os dejéis llevar por su celo al punto de proferir palabras hirientes, pues los cristianos poseen la fuerza y pueden acallar la verdad a puñetazos". Tales consejos se seguían, pero, a pesar de las precauciones tomadas, cuando se carecía de argumentos se pegaba al judío que siempre, al final, estaba equivocado.
Por lo demás, se encargaba habitualmente a los denunciadores defender sus aserciones. En 1238, Nicolás Donin, de La Rochelle, judío converso, elevó al papa Gregorio IX una acusación contra el Talmud. Gregorio ordenó secuestrar los ejemplares del libro y hacer una averiguación. Se dirigieron bulas a los obispos de Francia, Inglaterra, Castilla y Aragón. En Francia, único país donde las bulas tuvieron efecto, el Canciller de la Universidad de París, Eudes de Chateauroux, dirigió la investigación. La controversia fue ordenada y tuvo lugar en 1240 entre el acusador Nicolás Donin y cuatro rabinos: Yechiel de París, Juda ben David de Melun, Samuel ben Salomon y Moisés de Coucy. La discusión fue larga, pero la habilidad de Donin acabó por dividir a los rabinos. El Talmud fue condenado y, unos años después, quemado.
En 1263, Raimundo de Peñafort organizó en la corte de Aragón una controversia entre los rabinos Nahmaní de Gerona (Maese Astruc de Porta) y Pablo Christiani, dominico, judío converso y ardiente conversor. Esta vez, después de una discusión de cuatro días sobre la venida del Mesías, la divinidad de Jesús y el Talmud, Nahmaní fue vencedor. El rey mismo lo recibió en audiencia, lo acogió muy bien y lo colmó de regalos. Pero semejantes victorias eran excepcionales, pues por lo general los libros judíos, cualquiera fuese la habilidad de sus defensores, estaban condenados de antemano por los jueces. Así Josuá Lorqui de Alcanis, judío bautizado y conocido con el nombre de Jerónimo de Santa Fe, médico del antipapa Benedicto XIII, provocó, con la finalidad de hacer proselitas, un coloquio en Tortosa, coloquio éste que se abrió en 1417. Jerónimo había afirmado poder demostrar, por los textos talmúdicos, que el Mesías había llegado y que era realmente Jesús. Tuvo como contradictores a los más famosos doctores de España, Vidal Benveniste ibn Albí, José Albo, Zerayha Halleví Saladín, Astruc Leví de Daroque y Bonastruc de Gerona. La controversia tuvo lugar ante el antipapa rodeado de sus cardenales. Duró sesenta días después de los cuales, no habiéndose producido ninguna conversión, Jerónimo de Santa Fe pronunció un requisitorio contra el Talmud, cuya lectura fue prohibida.
Durante los siglos XIV y XV, en España, estas controversias se multiplicaron. El converso Alfonso de Valladolid discutió en Valladolid con sus antiguos correligionarios. Juan de Valladolid, también converso, discutió con Moisés Kohen de Tordesillas sobre las pruebas del dogma cristiano contenidas en el Antiguo Testamento y salió vencido de la lucha. Scherri Tob ben Isaac participó, en Pamplona, en una controversia sobre el pecado original y la redención con el cardenal Pedro de Luna, que más tarde fue el antipapa Benedicto XIII. Se podría mencionar a muchas otras, que todas demostraban qué preocupaciones causaban los judíos a la Iglesia y cuán deseada y solicitada era su conversión. Todas esas disputas, por lo, demás, fueron corteses hasta el momento en que se estableció la Inquisición. Los teólogos se esforzaban por preparar para ellas a los sacerdotes y los monjes, para evitar que la fe católica quedara mal parada y, con esta finalidad, componían extractos que se destinaban a informar a los defensores de la fe acerca de los errores reprochados al Talmud. Algunas de esas guías se han conservado, por ejemplo las Extractiones Talmut, que hizo redactar Eudes de Chateauroux después del auto de fe de 1242, y la Censura et Confutatio libri Talmut[29] obra compuesta por Antonio de Avila y un prior del convento de la Santa Cruz de Segovia y dirigida a Tomás de Torquemada. Todos esos manuales fueron puestos en manos de los inquisidores de España y sirvieron para instruir los procesos de los marranos y los judíos.
Pero, además del judío considerado como el enemigo de Jesús y adversario del cristianismo, estaba el judío usurero, el manejador de dinero, en el que recaía parte del odio del oprimido y del pobre y el que la burguesía naciente empezaba a envidiar y odiar. Mostré a ese judío en sus actividades: cómo desembocó en la exclusiva búsqueda del oro y cómo, víctima expiatoria, chivo emisario cargado con todos los pecados de una sociedad que no valía más que él, se convirtió en el blanco de la ira popular. El pueblo, si masacró por lo general al deicida, también se echaba sobre el limador de ducados. Su antijudaísmo fue no sólo religioso sino también social. Lo mismo sucedió con el antijudaísmo escrito. Si algunos obispos y algunos escritores eclesiásticos se limitaron a defender los símbolos de su fe contra la exégesis judía y luchaban contra este espíritu judío, terror de la Iglesia que sin embargo estaba profundamente impregnada de él, otros seguían el ejemplo de los Padres que habían anatematizado la rapacidad judaica y la rapacidad de los ricos en general. A los tratados teológicos que publicaron agregaron requisitorios destinados a combatir a los prestamistas, a los hombres que vivían de la usura. Agobardo, [30] Amolón, [31] Rigord, [32] Pedro de Cluny [33] y Simón Maiol [34] fueron estos antijudíos. Fueron de los que la opulencia de los judíos indignaba más que su impiedad, que se escandalizaban más por su lujo que por sus blasfemias. Por cierto, los judíos eran para ellos los más detestables adversarios de la verdad: los peores de los incrédulos. [35] Son enemigos de Dios y de Jesucristo. Llaman apóstatas a los apóstoles. Se mofan de la Biblia de los Septantes. [36] Maldicen al Salvador, en sus plegarias diarias, con el nombre de Nazareno. Construyen nuevas sinagogas, como para insultar a la religión cristiana. Judaízan a los fieles, les predican sobre el sábado y los convencen de practicar el descanso sabático. Pero, además, estos judíos roban al pueblo. Amontonan riquezas que son el fruto de la usura y de rapiñas. [37] Tienen a cristianos en servidumbre. Poseen enormes tesoros en las ciudades que los acogieron, por ejemplo en París y Lyon. [38] Cometen hurtos y conquistan el dinero por malos procedimientos: "Todo pasa por sus manos. Invaden las casas y captan la confianza. Por su usura, extraen el jugo, la sangre y el vigor natural de los cristianos". [39] Venden alhajas falsas. Son reducidores y falsos monederos. Desleales, hacen pagar dos veces las deudas. En resumidas cuentas, "no hay maldades en el mundo que los judíos no practiquen, de modo que parece que sólo buscan, la ruina de los cristianos". [40]
A este cuadro de la "perfidia Judaeorum", los antijudíos como Maiol o como Lutero [41] agregaban abundantes injurias, y pronto el antijudaísmo se hizo puramente polémico. Las consideraciones teológicas y sociales ya no ocupan sino un lugar reducido en los libros de Alonzo de Spina, [42] Pedro de Lancre, [43] sobre todo, y Francisco de Torrejoncillo. [44] El panfleto de este último, Centinela contra judíos es sobre todo curioso. Escrito a comienzos del siglo XVII, en España, estaba dirigido contra los marranos, quienes, según se decía, invadían todas las funciones civiles y religiosas. Estaba dividido en catorce libros y demostraba que los judíos son presuntuosos y mentirosos, que siempre han sido traidores, que se los ha despreciado y abatido, que los que los favorecen acaban mal, que no se debe creer en ellos ni en sus obras, que son movedizos, vanidosos y sediciosos y que la Iglesia sólo los conserva para permitirles engendrar al Anticristo, su Mesías, que será vencido, y para permitir a Israel reconocer su error. Sin embargo, se lo puede considerar amable a Francisco de Torrejoncillo si se compara su libelo con un singular opusculito de la misma época, que se llama Libro del Alboraico[45] El Alboraico era la montura de Mahoma, animal extraño que no era ni caballo, ni mula, ni buey, ni burro. A esta bestia singular el autor del panfleto asimila a los marranos, los cristianos nuevos que, por no ser ni judíos ni cristianos, son Alboraicos. Esto precisado, el panfletario declara que los judíos o marranos tienen todos los caracteres del Alboraico y establece la más extraordinaria de las comparaciones. La montura de Mahoma tenía orejas de lebrel: los Alboraicos son perros. Tenía un cuerpo de buey: los Alboraicos sólo sueñan en bienes materiales y a llenarse la panza. Tenía una cola de serpiente: los Alboraicos desparraman el veneno de la herejía.
Si todos los polemistas se hubieran limitado a comparaciones alegóricas, el daño no habría sido muy grande para los judíos. Pero algunos no vacilaron en contar acerca de estos malditos las cosas más extraordinarias y la literatura antijudía registró todos los prejuicios populares, inclusive agravándolos; engendró otros nuevos y, de cualquier modo, los perpetuó. Se difundieron sobre los judíos los rumores más extraños. Se los representó con rasgos monstruosos y se les atribuyó las deformidades más abominables, los vicios más ruines, los crímenes más odiosos y las costumbres más abyectas. Tienen cara de chivo, con cuernos en la frente y un apéndice caudal. [46] Están sujetos a esquinencias, escrófulas, pérdidas de sangre y enfermedades fétidas que los obligan a agachar la cabeza. [47] Tienen hemorroides y llagas sangrientas en las manos. No pueden escupir y, de noche, su lengua es invadida por gusanos. La creencia en estas enfermedades particulares de los judíos vino de España en el siglo XIV. Más tarde, se hicieron catálogos de ellas, el más antiguo de los cuales data de 1634. En estos catálogos se atribuía a cada una de las doce tribus su mal especial. Los de la tribu de Ruben alzaron la mano contra Jesús, se decía; por ello sus manos desecan todo lo que tocan. Los de la tribu de Simeón clavaron a Jesús; cuatro veces por año tienen en las manos y los pies estigmas sangrientos. Que su sangre recaiga sobre nosotros, gritaron todos; por ello sus hijos nacen con un brazo sangriento y en día del Viernes Santo pierden sangre por el trasero. El origen de esta creencia en las enfermedades de los judíos fue, por lo tanto, puramente místico. Hasta se puede decir que fueron la objetivación y la concreción de las figuras de retórica y de las comparaciones alegóricas las que engendraron estas fábulas.
Se formaron leyendas que tenían como punto de partida una metáfora: así la leyenda sobre el olor de los judíos. Es Fortunat quien lo menciona en primer lugar – pues parece probable que el pasaje de Amio Marcelino que a menudo se invoca fue mal citado [48]  – y lo hace en un sentido figurado: [49] "El agua del bautismo se lleva el olor judío, dice. El rebaño purificado expandirá un olor nuevo". Por lo demás, se asociaba la idea de buen olor con la de pureza. Decir de un bienaventurado que había muerto en olor de santidad quería realmente decir que este santo personaje había tenido el don de emitir bálsamos divinos. Si leemos la biografía de Santo Domingo, la de San Antonio de Padua y la de Francisco de Sales, vemos que gozaron de este privilegio. En contrapartida, los enviciados, los impíos y todos aquellos cuya alma era impura debían desparramar un olor pestilente. San Felipe de Neri, afirma su biógrafo, distinguía por el olor los vicios incontinentes de los hombres y adivinaba así la presencia del demonio. Domingo de Paradis y Gentille de Ravena también tenían esta facultad. En cuanto al diablo, cualquiera, en la Edad Media, estaba conforme en decir que revelaba su llegada; por un olor caprino y envenenado. El judío, que era el peor de los impíos y el verdadero hijo de Satanás, sólo podía, por consiguiente, irradiar emanaciones atroces. Cosa extraña, los judíos tenían ideas análogas sobre las relaciones del pecado con el mal olor y, según Maimónides, la serpiente había echado su hedor sobre la raza de Eva, pero los judíos fieles habían sido preservados.
Así pueden explicarse todavía algunos prejuicios antijudíos. Pero si es evidente que la asimilación de los israelitas al espíritu maligno les hizo atribuir la cara del chivo y los cuernos en la frente, muchas de estas creencias siguen siendo inexplicables. Provienen en gran parte del hecho de que la vida retirada de los judíos y su costumbre secular de mantenerse apartados y de no mezclarse con los que los rodeaban siempre excitaron la imaginación popular. Cada vez que individuos o grupos de individuos se segregaron voluntariamente, o fueron segregados, se presentó el mismo fenómeno. Se olvidaron las causas que había provocado esta especie de reclusión y se atribuyeron a esas aisladas pasiones, vicios y enfermedades que se suponían tanto más horribles cuanto que esos solitarios eran detestados. Lo mismo se ha producido con algunas asociaciones conventuales, con sociedades secretas, con órdenes religiosas militantes y con todas las agrupaciones que, de cualquier modo que fuera, vivieron fuera de la masa, por razones místicas, nacionales o política, poco importa. El pueblo es naturalmente curioso y, además, muy imaginativo. Tiende a formar leyendas y engendrar fábulas, y esto inocentemente, de manera infantil. Una palabra, una frase o una asociación de ideas le basta. Sobre la base del menor indicio elabora sueños e inventa cuentos cuyo origen nos resulta imposible desentrañar. Lo escondido lo inquieta, lo perturba y lo preocupa. Busca los motivos que pudieron llevar una clase de hombres a refugiarse en una soledad colectiva y, si no los encuentra, los inventa y, aun cuando deduce algunos que son reales, no puede impedirse de inventar otros imaginarios. Todos los seres que han formado parte de las llamadas razas malditas han tenido que soportar tales fábulas y tales leyendas.
De los Cagots de los Pirineos, los Gahets de Guyena, los Agotacs de los Bajos-Pirineos, los Couax de Bretaña, los Oiseliers del ducado de Bouillon, los Burrins del Ain, losCanots, los Trangots, los Gésitains y los Colibérts se afirmó lo que se afirmaba de los judíos. [50] Tienen, se decía, un olor pestilente e infecto, secan la fruta al tomarla en sus manos, son sujetos a pérdidas de sangre, tienen apéndice caudal, vierten sangre por el ombligo el día del Viernes Santo, tienen ojos oscuros, agachan la cabeza y no pueden escupir. Con algunas variantes se repetían esos cuentos al hablar de los arrianos, los maniqueos, los cátaros, los albigenses, los patarinos y todos los herejes en general.
En cuanto a los Templarios, contra los cuales tantas abominaciones semejantes fueron difundidas, se los puede, más que cualesquiera otros, acercar a los judíos. Como a éstos se los detestaba por su orgullo, su fasto, su fortuna en medio de la miseria general, su afán de lucro, el empleo desvergonzado de los medios de adquirir y la costumbre de los contratos usurarios. Se los odiaba por prestar sobre bienes y feudos con tal que dichos feudos y bienes les quedaran cuando falleciera el deudor; por poseer la orden del Temple, a mediados del siglo XIII, gran parte del territorio francés y por formar una república en el Estado, no teniendo ni reconociendo el Templario otro amo que Dios. [51] Se ven aquí, pues, a las mismas causas producir los mismos efectos, crear la misma hostilidad y engendrar las mismas creencias.
¿No se dijo de los Templarios que "cocinaban y asaban a los hijos que habían procreado con mujerzuelas y, con toda la grasa extraída, consagraban y ungían sus ídolos? [52]¿No se dijo de los Cagots que se servían de sangre cristiana? ¿La acusación de homicidio ritual no pesa sobre los judíos como pesó sobre los leprosos, estos miserables que la Edad Media – retomando las aserciones de Manetón, repetidas por Cheremón, Lisímaco, Posidonio, Apolonio Molón y Apión –  consideró como hermanos de los judíos; como pesó sobre los hechiceros que se asimilaban a los judíos? Pero volveremos sobre este problema cuando hablemos de los antisemitas modernos.
¿En presencia de estos ataques e injurias que les dirigían los teólogos y los polemistas, cómo se comportaban los judíos? Se defendían vigorosamente. A la exégesis oponían la exégesis. A los razonamientos de sus adversarios, oponían su lógica. A los insultos y calumnias, contestaban con calumnias e insultos, lo que era normal e inevitable, aunque estas injurias se volvieran no menos fatalmente contra ellos. Si la literatura antijudía es enorme, la literatura defensiva de los judíos y también la literatura anticristiana – pues a menudo los judíos pasaban a la ofensiva – es considerable. [53]
La primera obra de controversia que produjo la literatura israelita en la Edad Media fue el Libro de las Guerras del Señor, de Jacobo ben Ruben, escrito en 1170. [54] Se componía de doce capítulos o puertas y demostraba mediante textos bíblicos que el Mesías no había llegado, lo cual, por otro lado, era tan fácil, si no más, para los retores exégetas, que demostrar lo contrario. Pero probar que Jesús no era el Mesías esperado no bastaba. Había que mostrar igualmente la preexelencia de la religión judía a los que establecían, irrefutablemente, la preexistencia de la religión cristiana, y esto resultaba fácil para ambas partes. Pues cada una sacaba de la Biblia lo que le convenía. Los talmudistas hasta se servían del Nuevo Testamento para confirmar los dogmas judaicos. Así lo hizo Moisés Kohen de Tordesillas en su Sostén de la Fe, mientras Semtob ben Isaac Schaprut retomaba, en forma de diálogo entre un unitario y un trinitario, las ideas expuestas por Jacobo ben Ruben. [55]
En el siglo XV, la literatura polémica adquirió un gran desarrollo en España. El momento, en efecto, era difícil para los judíos de la Península. Para convertirlos, la Iglesia redoblaba sus esfuerzos. Las controversias, los panfletos y los tratados dogmáticos se multiplicaban. Los judíos resistían el proselitismo. Sólo se entregaban en último extremo y, más tarde, cuando la expulsión final, la mayor parte prefirió el exilio, sin esperanza de retorno, a la conversión. Mientras los monjes buscaban en el Pentateuco y en los Profetas argumentos para sostener los símbolos cristianos, los judíos se aplicaban a poner de relieve las diferencias que separaban las dos creencias y, para refirmar la fe en el alma de los vacilantes, combatían el catolicismo. Como Hasdai Crescas, estudiaban la teología de sus adversarios. Así armado, Jacobo Schem Tob escribió sus Objeciones contra la religión cristiana. [56] Simón ben Cemah Durán publicó un Examen filosófico del judaísmo, en el que un capítulo especial, titulado "Arco y escudo", contenía una crítica del cristianismo.
Los rabinos, imitando a los escritores eclesiásticos y a los inquisidores, escribieron libros destinados a aquellos a quienes se provocaba en las controversias. Estos libros, especies de vademecum, señalaban los lados vulnerables de los dogmas cristianos. Y si, por un lado, se publicaban unos "judaísmo vencido con sus propias armas", por otro se componían unos "cristianismo vencido con sus propias armas", vale decir con las que se encontraban en el Nuevo Testamento. Los Evangelios desempeñaron en la literatura anticristiana el papel del Talmud en la literatura antijudía. A partir del siglo XI o el siglo XII, se los atacó mucho y numerosas discusiones tuvieron lugar entre rabanitas y teólogos. Estas discusiones a veces se reunían en compendios en los cuales se las presentaba de modo muy favorable para la dialéctica judaica. Estos compendios servían después de manuales. Así el viejo Nizachon (Victoria), de Rabbi Mattatiah; el Nizachon, de Lipmann de Mulhausen; el Joseph Kimhi; el Reafirmación de la Fe, de Isaac Troki: [57] y el Libro de José el Celador. [58] Esto no bastaba, sin embargo, para el ardor de los judíos. Después de preparar las mentes para los futuros coloquios y de atacar las doctrinas católicas, no sólo en torneos oratorios, sino también en apologías, escribieron panfletos injuriosos tales como el Toledot Jeschu, vida del Galileo, que se remonta al siglo II o III y que Celso tal vez conociera. [59] Este Toledot Jeschu fue publicado por Raimundo Martin. Lutero lo tradujo al alemán. Wagenseil y el holandés Euldrich también lo publicaron. Contenía el cuento del soldado Pantherus y las leyendas que representaban a Jesús como un mago. Luego, habiendo defendido la Biblia y el monoteísmo, los judíos se volcaron contra los que eran sus enemigos más peligrosos: los conversos. Si bien refutaron a Raimundo Martin [60] y a Nicolás de Lira, [61] refutaron con mayor energía aún a Jerónimo de Santa Fe, a este Santa Fe que sus correligionarios llamaban Megaddef, vale decir Blasfemo. Con Jerónimo se encarnizaron. Vidal ibn Labi, Isaac ben Nathan Kalonymos, [62] Salomón Durán [63] y otros más escribieron para desmentir al "calumniador". Lo mismo hicieron Isaac Pulgar contra Alfonso de Valladolid, [64] Josuá ben Joseph Lorqui y Profiat Durán. [65] Los apóstatas de la Edad Media no fueron sensiblemente mejor tratados que antes, en el siglo I de la era cristiana, cuando se agregaba a las plegarias diarias una maldición que debía alcanzarlos. Del siglo X al siglo XVI y hasta el XVII se siguió repitiendo contra ellos lo que el Talmud decía de los mineos, los viejos judeocristianos y los ebionitas. Naturalmente, todos esos libros judíos no fueron aceptados sin protestas. También provocaron numerosas refutaciones que, a su vez, engendraron respuestas.
En el siglo XVII, el antijudaísmo se transformó. A los teólogos sucedieron los eruditos, los sabios y los exegetas. El antijudaísmo se hizo más dulce y más científico. Lo representaron hebraizantes a menudo de gran valía: Wagenseil, [66], Bartolocci, [67] Voetius, [68] José de Voisin, [69] etc. Estos hombres estudiaron de modo más serio la literatura y las costumbres judaicas. A veces, inclusive, las juzgaron equitativamente. Así Wagenseil negó el homicidio ritual [70] y Buxtorf, aun diciendo que el Talmud contenía "blasfemia, imposturas y estupideces", declaró que en él se encontraban cosas útiles para el historiador y el filósofo. [71] Sin embargo, persistían las mismas ideas que habían animado a los escritores de los siglos anteriores. Como siempre se quería probar la verdad de la fe y los dogmas cristianos por el Antiguo Testamento. La preocupación por la conversión de los judíos rondaba en las almas: se hablaba del retorno de Israel y se proponían medios para traerlo de vuelta. [72] Apóstatas invocaban el Zohar y la Mischna a favor de Jesús [73] y la literatura polémica seguía floreciendo, con Eisenmenger, cuyo Judaísmo desvelado [74] ha inspirado a muchos antisemitas contemporáneos, con Schudt [75] y, más tarde, con Voltaire. Es cierto que el antijudaísmo literario, sobre todo el de tendencias combativas y panfletarias, es poco variado. La mayor parte de los escritores antijudíos se imitan unos a otros, sin escrúpulo, y se plagian sin siquiera soñar en controlar las afirmaciones de sus predecesores. Un libro suscita otros idénticos. Alonzo de Spina se inspira en Batallas de Dios, de Alfonso de Valladolid. Porcher Selvaticus, Pietro Galatini y Pedro de Barcelona reeditan con nombres distintos el Puñal de la Fe, de Raimundo Martin. Pablo Fagius y Sebastián Münster [76] utilizan el Libro de la Fe.
A pesar de todo eso, e independientemente de las desemejanzas que ya ha señalado, el antijudaísmo a partir del siglo XVII se diferencia del antijudaísmo de los siglos anteriores. El aspecto social predomina poco a poco sobre el aspecto religioso, aunque éste siempre subsiste. Se empieza a preguntar, no si los judíos son culpables por ser usureros, comerciantes o deicidas, sino, como dice Schudt, [77] si deben ser tolerados en el Estado, o no; si, como lo pregunta ya en 1655 John Dury, [78] en un panfleto dirigido contra Menasseh ben Israel, el protegido de Cromwell, es legal admitir a los judíos en una república cristiana. Es este punto de vista social el que se va en adelante a desarrollar en el antijudaísmo literario. Parte del antisemitismo moderno va a estribar en la teoría del Estado cristiano y su integridad, y es así como se vinculará con el antijudaísmo. En el curso del presente libro, habremos de examinar más atentamente las afinidades y las diferencias que unen y separan estos dos antijudaísmos.

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[1] )- Cf. Spicilegium, de Achéry, t. X y XV.
[2] )- Isidoro de Sevilla, De fide catholica ex veteri et novi Testamenti contra Judaeos  (Opera, t. VII), Migne, P. - L. LXXXIII.
[3] )- Disputado contra Judaeos, Opera, Edit, Basileens, p. 180.
[4] )- Contra Judaeos, lib. VI.
[5] )- Migne, P. L., CLIX.
[6] )- Liber contra perfidia Judaeorum, Opera, París, 1519.
[7] )- Opera París, 1651.
[8] )- Migne, P. L., CLXX.
[9] )- Migne, P. L., CCX.
[10] )- Giustiniani, Augustin, Liguae hebrae (1566).
[11] )- Pugio Fidei, París, 1651 (Véase Quétif, Bibl. scriptorum dominiarum, t. 1, p. 396, y la edición de Carpson, Leipzig, 1670).
[12] )- Cap. XXI y XXII, De reprobatione et foetore doctrinae Judaeorum.
[13] )- Victoria adversus impios hebraeos et sacris litteris (París, 1629). Wolf, Bibl. Hebr., t. I, p. 1124.
[14] )- Sobre Pedro de Barcelona (Petrus Barcinonensis), véase Fabricius, Bibliotheca Latina.
[15] )- De Arcanis Catholicae veritalis libri (Soneino, 1518).
[16])- Toda la Edad Media creyó en este cuádruple sentido de las Escrituras, cuádruple sentido éste cuyo valor se expresa en el siguiente dístico:
Littera gesta doces; quid credas, allegoria
Moralis quid agas; quo tendas anagogia.
[17] )- Postillae perpetuae in universa Biblia (Roma, 1471, 5 vols.).
[18] )- De Messia, ejusque adventu praeterito, tractatus una cum responsione ad Judavi argumenta XIV contra veritatem Evangeliorum (Venecia, 1841).
[19] )- El original francés dice "Antiguo Testamento", pero se trata evidentemente de un lapsus calami o de un error de imprenta (N. del T.)
[20] )- Para la literatura antisemita de los apóstatas judíos, véase Wolf, Bibl. Hebr., t. I.
[21] )- Via della Fede (Wolf, Bibl. hebr., p. 1010).
[22] )- Traité de la confusión des Juifs (Wolf, Bibl. Hebr., p. 1010).
[23] )- Véase Wolf, Bibl., Hebr., 1, p. 1004 y Rodríguez de Castro, José, Bibliotheca española (Madrid, 1781), t. 1, p. 234.
[24] )- Tres tratados contra los judíos: 1. Propagnaculum fidei christianae (1510). 2. Judaeorumn errores et mores (Colonia, 1509). 3. De vita et moribus Judaeorum(París, 1511). Véase Wolf, Bibl. Hebr., t. IV, p. 578.
[25] )- Biblioteca Nacional, París, manuscritos del fondo español, N° 43. Cf. Loeb, Isidore, Revue des Etudes Juives, t. XVIII.
[26] )- Tractatus zelus Christi contra Judaeos, Sarracenos et infideles (Venecia, 1542).
[27] )- Hosti Judaeorum (Colonia, 1,509).
[28] )- Hebreomastix (Francfort, 1601).
[29] )- Manuscrito N° 351 del fondo español de la Biblioteca Nacional de París (Cf. Loeb, Revue des Etudes Juives, t. XVIII).
[30] )- De insolentia Judaeorum (Patrologie Latine, t. CIV).
[31] )- Epistola seu liber conga Judaeos (Patrologie Latine, t. CXVI ).
[32] )- Gesta Philippi Augusti, 12, 13, 14, 15 y 16.
[33] )- Tractatus adversus Judaeorum inveteratam duritiam (Bibliothéque des Péres Latins, Lyón).
[34] )- Les jours caniculaires (Dierium canicularium), traducido al francés por Rosset, P'. de (París, 1612).
[35] )- Agobardo, ob. citada.
[36] )- Amolón, ob. citada.
[37] )- Cluny, Pedro de, ob. citada.
[38] )- Agobardo, ob. cit., Rigord, ob. citada.
[39] )- Maiol, Simón, lug. citado.
[40] )- Maiol, Simón, lug. citado.
[41] )- Los judíos y sus mentiras (Witembergo, 1588), Bibl. hebr., t. I, p. 1116.
[42] )- Fortalitium Fidei (Nüremberg, 1494).
[43] )- L'incrédulité et mécréanee du sortilége pleinement convaincue (1622).
[44] )- Centinela contra Judíos (Of. Loeb, Revue des Etudes Juives, t. V).
[45] )- Bibliothéque Nationale, París, fondo español, manuscrito N° 356 (Loeb, Revue des Etudes Juives, t. XVIII).
[46] )- Centinela contra judíos
[47] )- Lancre, Pedro de, ob. citada.
[48] )- Amio Marcelino, t. XXII. Es seguro que el Judaeorum Foetentium de que se quejaba Marco Aurelio viene de un error, tal vez malicioso de un copista y quefoetentium  – mal olor – se puso en lugar de poetentium – turbulencia – que contenía el manuscrito de Amio.
[49] )- Fortunat, Poème, I, V.
[50] )- Miehel, A., Les races maudites, París, 1847.
[51] )- Lavoeat, Procès des Frères de l'ordre du Temple, París, 1888
[52] )- Lavocat, ob. citada.
[53] )- Habría que dedicar un capítulo entero a la literatura anticristiana, lo que no puedo hacer en estas páginas en las cuales sólo enfoco el antijudaísmo, y no puedo sino indicar la reacción judía. El esfuerzo judaico contra la "idolatría cristiana" fue muy grande. Para darse cuenta de él basta dar una hojeada a la Bibliotheca judaica antichristiana de Rossi, J. B. de, Parma, 1800. Y eso que el catálogo establecido por Rossi no es rigurosamente exacto. Sin embargo, permite apreciar la actividad polémica de los judíos, que sólo en la de los cristianos encuentra parangón (Véase también Wolf y Wagenseil, ob. citada).
[54] )- Loeb, Revue des Etudes Juives, t, XVIII.
[55] )- Schaprut, Semtob ben Isaac, La pierre de touche (Loeb, ob. citada).
[56] )- Véase Graetz, t. IV (Traducción francesa de Bloch, M., París, 1893).
[57] )- Wagenseil, en sus Tela ignea Satanae (Altdorf, 1681) reproduce y publica todos los tratados.
[58] )- Zadoe, Kahn, le Libre de Joseph le Zélateur (Revue des Etudes Juives, t. I. y III. ).
[59] )- Para el Toledot Jeschu, véase Tela ignea Satanae, de Wagenseil, t. II, p. 189, y Rossi, B. de, Bibliotheca judaica antichristiana, Parma, 1800, p. 117.
[60] )- Salomón ben Adret, de Barcelona, refutó el Pugio Fidei.
[61] )- Hayym ben Mousa refutó a Nicolás de Lira en su Escudo y espada (Graetz, ob. citada).
[62] )- Refutación del Engañador (Graetz, ob. citada).
[63] )- Carta de combate (Graetz, ob. cit., y Rossi, Biblioth. antchrist., p. 100.
[64] )- Diálogo contra los apóstatas (Loeb, ob. citada).
[65] )- Alteca Boteca (Loeb, ob. eit., Rossi, Dizionario storico degli Ebrei (Parma, 1802), p. 89.
[66] )- Wagenseil, ob. citada.
[67] )- Magna bibliotheca rabbinica (Roma, 1695-98).
[68] )- Disputationes selectae (Utrecht, 1663).
[69] )- Theologia Judaeorum (1647).
[70] )- Benachrichtigung wegen einiger Judenschaft angehend wichtige Sachen (Altdorf, 1707).
[71] )- Dictionnaire chaldéo-talmudique-rabbinique (Basilae, 1639) y Sinagoga Judaica (Hanau, 1604).
[72] )- Péan de la Croullardiére, Méthode facile pour convainere les hérétiques (París, 1667), en el cual se encuentra un "Método para atacar y convencer a los judíos", Thomas Bell Haver, Dottrina facile e breve per riduire l'Hebreo al conoscimento del vero Messia e Salvatore del mondo (Venecia, 1608).
[73] )- Otton, Conrad, Gali Razia (Secrets dévoilés, Nuremberg, 1605).
[74] )- Judaisme dévoilé (Francfort, 1700).
[75] )- Compendium Historiae Judaicae (Francfort, 1700) y Judaeus christicida peccans et vapulans (1700).
[76] )- Revue des Etudes Juives, t. V., p. 57.
[77] )- Ob. citada.
[78] )- Un cas de conscience (Londres, 1655).

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