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martes, 3 de octubre de 2017

Norman Cruz .- Baigorrita "Responso para un etnocidio







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Formato.: pdf,epub y mobi

Material facilitado por el Autor para BVH


RESEÑA PUBLICADA EN REVISTA SUDESTADA

3 de marzo de 2008

Baigorrita. Responso para un etnocidio, de Norman Cruz - Ed. E-Libro, 2006.


El escritor e investigador Norman Cruz realiza, con este libro, una emocionante reivindicación de la resistencia mapuche durante la Campaña del Desierto, tomando como bandera la figura del cacique Diez Aguas, conocido como Baigorrita, último bastión de los ranqueles. No es un libro de historia, sino una novela bien documentada, que describe con gran arte literario, y respetando la lengua mapuche, los personajes y experiencias de este periodo trágico. Para su investigación, el autor tuvo que hurgar entre las fuentes oficiales y alguna no oficial, como el testimonio de viajeros y misioneros. Sin embargo, la narración es la propia voz de los perseguidos, a pesar de usar como soporte los partes militares de los asesinos de güenosai, lo que le da más fuerza dramática al relato. “Al Sr. Comandante en Jefe (...) Anoche se han tomado 30 prisioneros más, dejando 2 muertos, con los que hacen un total de 92 prisioneros y 7 muertos (...) Aún espero tomar más indios, pues se ve en el campo muchas huellas de grupos que huyen sin rumbo. Saturnino Torres” .
Norman Cruz cuenta la dura retirada de la última tribu ranquel, a finales del siglo XIX, tras 9 meses de deambular por el territorio central argentino, metiéndose de lleno en la vida social y cultural de los pueblos originarios locales. Este estudio de las relaciones humanas permite comprender la integridad de estos pueblos a la hora de resistir y luchar.
Además del valor literario e histórico, el libro tiene un valor político, pues sin plantearlo es una clara denuncia contra el silencio de los historiadores que prefieren quedarse satisfechos con la palabra de los vencedores. Norman Cruz se suma a esta denuncia implícita que vienen haciendo algunos escritores militantes como Eduardo Galeano y Osvaldo Bayer, entre otros.

Martín Azcurra


http://www.barilochense.com/bariloche-social/pueblomapuche/baigorrita.-responso-para-un-etnocidio


(Lamentablemente sin fecha [nota de Norman 2015])

BAIGORRITA. Responso para un etnocidio

El escritor e investigador Norman Cruz realiza, con este libro, una emocionante reivindicación de la resistencia Mapuche durante la Campaña del Desierto, tomando como bandera la figura del Longko Diez Aguas, conocido como Baigorrita, último bastión de los Rankulche (ranqueles). No es un libro de historia, sino una novela bien documentada, que describe con gran arte literario, y respetando la lengua Mapuche(Mapuzungun), los personajes y experiencias de este periodo trágico. Para su investigación, el autor tuvo que hurgar entre las fuentes oficiales y alguna no oficial, como el testimonio de viajeros y misioneros. Sin embargo, la narración es la propia voz de los perseguidos, a pesar de usar como soporte los partes militares de los asesinos de güenosai, lo que le da más fuerza dramática al relato. “Al Sr. Comandante en Jefe (...) Anoche se han tomado 30 prisioneros más, dejando 2 muertos, con los que hacen un total de 92 prisioneros y 7 muertos (...) Aún espero tomar más indios, pues se ve en el campo muchas huellas de grupos que huyen sin rumbo. Saturnino Torres” .
Por Martín Azcurra

Norman Cruz cuenta la dura retirada del lofche (comunidad) ranquel, a finales del siglo XIX, tras 9 meses de deambular por el territorio central después argentino, metiéndose de lleno en la vida social y cultural de los pueblos originarios locales. Este estudio de las relaciones humanas permite comprender la integridad de estos pueblos a la hora de resistir y luchar. 

Además del valor literario e histórico, el libro tiene un valor político, pues sin plantearlo es una clara denuncia contra el silencio de los historiadores que prefieren quedarse satisfechos con la palabra de los vencedores. Norman Cruz se suma a esta denuncia implícita que vienen haciendo algunos escritores militantes como Eduardo Galeano y Osvaldo Bayer, entre otros. 




Más información sobre el libro: Baigorrita. Responso para un etnocidio


Esta novela recrea la trágica retirada final del lofche (comunidad) ranquel de Baigorrita desde la perspectiva de sus protagonistas, es decir, de los perseguidos. Para ello, el autor se apoya en una minuciosa revisión de la información acumulada en diversas disciplinas, en fuentes oficiales o particulares, tanto de origen militar como de misioneros, funcionarios, científicos, investigadores, viajeros, cautivos, periodistas, etc.
Por Norman Cruz
En el caso del grupo que constituye el centro del relato, el periplo se prolonga a lo largo de nueve meses de agónico deambular por el hosco territorio central de la que después se anexo a la República Argentina, bajo los flagelos combinados del hambre, la sed, la viruela, el terror, los Rémington y los sables del enemigo, que le van arrancando pedazo tras pedazo hasta reducirlo a la mínima expresión, finalmente liquidada antes de que logre cruzar el río Neuquén. Allí matan al indómito Longko Mariko (Diez Aguadas), conocido por nosotros como Baigorrita, que lleva su resistencia hasta las últimas consecuencias para evitar caer prisionero.
A lo largo del desarrollo del texto, van apareciendo citas textuales de documentación de la época, que van anclando reiteradamente la narración a la realidad, a ese etnocidio llamado “Conquista del Desierto”, que se inició en 1878 y concluyó ya bien avanzada la década siguiente.

El diseño de la portada pertenece a Lato. 

El autor ha añadido en un Apéndice información valiosísima para una cabal comprensión de esta intrincada novela: 

1. Advertencias. 
2. Vocabulario de términos mapuche utilizados en el texto. 
3. Nombres de personas y topónimos en la lengua de la tierra. 
4. Publicaciones de las que transcribí fragmentos a mi texto. 
5. Bibliografía selecta. 
6. Cartograma del escenario de los acontecimientos. 


FRAGMENTO

Renacuajo Chico atraviesa a todo galope el atardecer, brumoso y casi tibio, hacia al paradero llamado Donde Hay Divisadero, guiado por el banco de humo que asciende desde los restos de cuero carbonizado de una ruca donde la viruela ha terminado hoy con el último habitante. Sostenido en el aire, paulatinamente quieto, llega desde la distancia el plañir indistinto de otros apestados, pespunteado por las espaciadas y potentes preces que la machi Volaba Planeando de Otro Modo profiere, con voz ronca y chillona, para conjurar la ominosa ofensiva del gualichu que tanta muerte está causando.

Pero a Renacuajo Chico lo afligen otros apremios. Su azulejo desparrama ovejas a su paso, entre protestas e insultos de mujeres y chicos, y salpica de espuma a los perros pastores que intentan garronearlo. Sin acortar la rienda, rodea el carromato de un mercachifle, distrayéndose la clientela femenina a quien intenta vender sus baratijas, y va a sujetar brutalmente ante la ruca del jefe Diez Aguadas, haciendo sangrar la boca del azulejo en medio de un torbellino de polvo que se traga la imagen de corcel y jinete. Enmascarado de sudor y de tierra, el joven salta desde el recado fuera de la espesa nube y se zambulle en la oscuridad de la ruca, gritando:
—¡Apresaron a tu comisión, Diez Aguadas!
El destemplado anuncio rebota en las paredes de cuero. Solo, un hombre atlético, vestido de chiripá, bota fuerte y camisa fina, sentado cerca del fogón central, sin sobresalto aparente aparta la mirada de las riendas que desvira a cuchillo, alza la cabeza con un gesto que echa a la espalda la recia cabellera retinta sujeta con vincha de lana multicolor y escruta al recién llegado. Renacuajo Chico es blanco y viste como tal, desde las botas hasta el sombrero desteñido y polvoriento que corona su ondulada melena oscura, pero ha adoptado depilación facial, aros, collar y otros usos de los rancülche. Diez Aguadas aspira profundamente el humo de un chala corto y grueso antes de quitárselo de la boca para decir con parsimonia:
—Éste no es modo de entrar, hijo. Es mucho el apuro que traes.
—¡Es que los güinca apresaron la comisión que enviaste a buscar las raciones!
—Y quién hizo eso…
—Dicen que Roca Chico les tendió una trampa y los agarró. 

Villa Mercedes, octubre 23 de 1878


AL SEÑOR GENERAL ROCA 

En cumplimiento a las órdenes de V.E. he tomado presos a la comisión del cacique Baigorrita, compuesta de 94 indios de lanza, 8 mujeres y 6 muchachos.

Es indudable que los ranqueles tienen el propósito de romper la paz, y me confirman de esta desconfianza no solamente las recientes invasiones que han tenido lugar en la estancia de los Olmos, a diez leguas del Río Cuarto, de donde se han llevado 400 yeguas, la muerte de nueve vecinos en las sierras, y la de La Carlota en estos días, sino que el cacique Epumer, que indudablemente es el que ha fomentado estas invasiones, me escribe diciéndome que no marchará su comisión a recibir las raciones hasta no ver que se haya despachado la de Baigorrita.
Además de los 94 de la comisión se han tomado 25 indios, que estaban en ésta por negocios, lo que hace un total de 119 indios de pelea.
Serán bien tratados como me lo recomienda V.E. 

Rudecindo Roca, Teniente Coronel 


Diez Aguadas, llamado por los blancos Baigorrita, vuelve su atención, en aparente calma, al pucho deforme y a las riendas. Desorientado, Renacuajo aguarda. Por fin, envuelto en el humo del tabaco, el jefe murmura bajo, casi para sí:

—De él no desconfiarían. Ni yo hubiera desconfiado…
Una mujer aparta la manta que cierra su compartimiento y asoma la cabeza rubia, de rostro muy blanco pero curtido.
—¿Qué son esos gritos?
—Es que la comisión… —empieza a explicar Renacuajo Chico, pero Diez Aguadas lo interrumpe.
—Dile a Viejo José que venga en seguida y avisa a mis jefes lo sucedido; que vengan aquí mañana temprano.
El joven sale; la mujer se acerca a Diez Aguadas.
—¿Qué decía Renacuajo Chico, Manuel?
Él, en silencio, se concentra en su trabajo. Pero a ella le basta verle los ojos para comprender que algo muy grave sucede.
—Manuel, debes decirme lo que pasa.
El tono casi casual de Diez Aguadas contrasta con lo que dice. 
—Roca Chico apresó la comisión que mandé.

—¡No puede ser! El comandante dijo que… Voy a buscar la carta que te envió.
—No hace falta, Marí. Me la dijiste tres veces, y dos más el Viejo José.
Marie lo escruta entre herida y molesta.
—¿Te la hiciste leer con él? Desconfiaste de mí…
—El sabe mejor la lengua de los güinca. Tú sabes tu lengua.
—¡Leo muy bien l’espagnol! —protesta ella, y en su enojo no responde en el habla de la tierra, sino en español y francés. El insinúa casi una sonrisa al preguntar, también en español:
—Qué vos diciendo, Marí.
Y vuelto al talante grave, concluye en su lengua:
—Sabes que yo no hablo lengua güinca, mujer.
Amoscada, se queda con los ojos muy abiertos absortos en las brasas del fogón, las manos entrelazadas sobre el maltrecho vestido europeo. Tras un silencio largo, reflexiona en voz baja:
—Pero casi no hay comida, Manuel. ¿Qué vamos a comer sin esas raciones? 
La forzada calma del jefe se agrieta. Avienta lejos el pucho, y un destello homicida le cruza los ojos.

—¡Perros güinca! —murmura roncamente—. Hice cumplir el tratado, y ellos…
Marie, inquieta, lo mira levantarse y zanquear hasta el fondo de la ruca, donde patea a un cuzco desprevenido; después, mientras se va dominando, vuelve por la línea de puntales hasta una horqueta de donde descuelga la primorosa alforjita tejida que usa como tabaquera. Hurga en su interior y se la arroja con fuerza:
—¡Acá no hay ni un cigarro! ¡Quiero fumar!
En sumiso silencio, ella va por chala a una de las habitaciones tabicadas con mantas, vuelve a sentarse a la luz del fogón y empieza a armar toscos cigarros. Le alcanza el primero. El se acuclilla, toma un tizón y lo enciende con largas chupadas. Ella añade unas astillas al fuego. Tal vez inducido por el chisperío que se le refleja en los ojos, él monologa:
—¡Perros!… Es cierto. No tenemos casi nada. Confiaba en que esta vez cumplirían el tratado. Trabajamos tanto con Dos Zorros para convencer a la gente de que había que hacer la paz con Güenusai… Era distinto cuando vivía Zorro Igual al Puma, el hijo de Zorro Celeste, que tan bien nos conducía por el camino de la paz.
Se queda unos momentos caviloso; cuando vuelve a hablar, la ira contenida le va enronqueciendo la garganta.
—Siempre nos han dado terneros flacos por vacas, harina agorgojada, aguardiente aguado, tabaco ardido, yeguas de menos… Ya no les basta con eso. Ahora quieren matarnos de hambre, y me provocan a pelear apresando a mis embajadores. 
Exaltado por sus propios dichos, termina bramando:

—¡Ese traidor Roca me ha quitado a mi cuñado Pedernal Dorado, mi escribano, mis intérpretes, mi corneta… muchos amigos!
—Yo seré tu escribana, Manuel.
Él se cierra, y quedan callados.
El espeso y desusado oasis de quietud naufraga en el bullicio habitual de la ruca a medida que ésta vuelve a llenarse de gente. De regreso de una excursión en busca de leña y agua van entrando esposas, concubinas, proles y cautivos, seguidos por un reguero de perros. Desenganchan de la frente las fajas con que sujetan las cargas y las van echando por tierra sin cuidado: ya saben la mala nueva. Ni una lágrima corre por el rostro enérgico de Refulgente Lucero de la Tarde, la amatronada y sensual mujer principal de Diez Aguadas, al saber que su hermano Pedernal Dorado, embajador plenipotenciario de su marido, está prisionero. Pero los soeces insultos con que suelta las riendas de su furia contra los blancos llegan nítidos hasta el carro del mercader, de pronto sin clientela. Los estridentes lamentos de los parientes de otros capturados, que se van enterando del suceso, contaminan de resentimiento el crepúsculo sereno. 
Marie se agacha para recibir entre sus brazos a Cabeza Amarilla, hija de Diez Aguadas, que se desprende corriendo del pelotón de niños. El padre, nimbado en el humo azul del tabaco, al contemplar las rubias cabelleras de la mujer y la niña vuelve a pensar que parecen madre e hija, aunque ningún parentesco las una. Luego sigue con la mirada el inseguro claveteo de los tacos altos de Marie, ya muy chuecos, en el suelo flojo, mientras se retiran juntas a uno de los cubículos, y aprecia la diferencia entre este andar y el de las mujeres de su raza, ligeramente lunanco a fuerza de sentarse con ambas piernas dobladas siempre al mismo lado.

La llegada de su secretario José Asteparo, un blanco bajo y robusto que corona su desbordante pelambre gris con un deshilachado gorro de manga de color arratonado, troncha la contemplación. Lo distinguen como Vuta Ngoché, José Grande, o Viejo, desde que su hijo, apodado José Chico, empezó a destacarse en los entreveros y como lenguaraz de Diez Aguadas. Habla con el jefe sin protocolo alguno.
—Me ha dicho Renacuajo Chico que han capturado tu comisión…
—Sí… Salgamos, hay demasiado bochinche aquí.
Y ya afuera:
—También mi hijo estará entre los prisioneros…
—Sí. A José Chico lo han visto toro en la pelea en varios malones. Le tocará lo mismo que a nuestra gente.
José, estoico, baja la cabeza y apenas comenta:
—Avisaré a la madre.
—De paso, mandarás mensajeros a prevenir a las comisiones de Dos Zorros y de Pata de Piedra, que van en camino a buscar sus raciones, lo sucedido con mi comisión.
El viejo sale y él, ya solo, se asoma a la entrada y llama fuerte para rasgar el bullicio: 
—¡Marí!

Y cuando ella acude:
—Has dicho que serás mi escribana y ahora mismo tengo que mandar algunas cartas. 
—¿A quien le mandarás cartas?

—Voy a reclamar a ese perro de Roca chico que me devuelva inmediatamente a mi gente si no quiere que arrase la tierra güinca.

El sol recién nacido fulge en la platería que adorna los corceles atados al palenque de troncos contiguo a la ruca del jefe.

Adentro, sentados o echados, varios jefes de lujoso atavío comentan el hecho que aflige a todos. Están allí Jaguar Colorado, Celeste, Fortuna, Ciprés en el Deslinde, Chingolo, Batallón de Pumas, Zorro Sentado, Zorro Batallador, Aluvión, el veterano Lengua Veloz, Cuatro Pedernales, con algunos de sus subjefes. Y varios unidos a Diez Aguadas por lazos de parentesco: sus suegros Uña de Puma y Orador en Funeral, su tío Pluma Pequeña, sus cuñados Negro Tapado y El que Olvida, su hermano Lucho, su medio hermano Seis Cuernos, su yerno Jaguar Azul.
Las mujeres de Baigorrita se agrupan a un costado, silenciosas. Refulgente Lucero de la Tarde vigila con aire severo a los cautivos blancos encargados de la atención de los huéspedes: una mujer joven, muy sucia y desaliñada, a quien llaman Perra Cautiva, con una niñita tan sucia como ella prendida de sus harapos, reparte un poco de chicha con un odre de cuero; un muchacho andrajoso picado de viruelas sirve porciones de carne y zapallo hervidos, y otro más chico alimenta el fuego.

Pueblo Mapuche


Norman Cruz El ocaso de los ranqueles



CRONOLOGÍA COMENTADA DE DOCUMENTOS PUBLICADOS RELATIVOS A LA PERSECUCIÓN Y EXTERMINIO DE BAIGORRITA Y SU GENTE (SETIEMBRE DE 1878-AGOSTO DE 1879)

Esta Cronología está realizada con una muy pequeña parte del material documental consultado para escribir la novela inédita Baigorrita. En dicha obra, la perspectiva desde la cual se narran los hechos no es la de los perseguidores, como en este trabajo, sino la de los perseguidos, es decir, de la tribu de dicho jefe ranquel. Este material me parece sumamente importante como exponente del discurso oficial durante la llamada “Conquista del Desierto”, y por ese motivo he querido publicarlo de este modo.


Norman Cruz

normanenz@yahoo.com.ar Noviembre de 2004


                   Resultado de imagen de imagenes de mapuches

                 Publicación facilitada por Norman Cruz, para su distribución
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viernes, 8 de septiembre de 2017

EL CAMALEÓN Anton Chejov



El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y un hatillo en la mano, cruza la plaza del mercado. Tras él camina un municipal pelirrojo con un cedazo lleno de grosellas decomisadas. En torno reina el silencio... En la plaza no hay ni un alma... Las puertas abiertas de las tiendas y tabernas miran el mundo melancólicamente, como fauces hambrientas; en sus inmediaciones no hay ni siquiera mendigos.
-¿A quién muerdes, maldito? -oye de pronto Ochumélov-. ¡No lo dejen salir, muchachos! ¡Ahora no está permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah... ah!
Se oye el chillido de un perro. Ochumélov vuelve la vista y ve que del almacén de leña de Pichuguin, saltando sobre tres patas y mirando a un lado y a otro, sale corriendo un perro. Lo persigue un hombre con camisa de percal almidonada y el chaleco desabrochado. Corre tras el perro con todo el cuerpo inclinado hacia delante, cae y agarra al animal por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido y otro grito: «¡No lo dejes escapar!» Caras soñolientas aparecen en las puertas de las tiendas y pronto, junto al almacén de leña, como si hubiera brotado del suelo, se apiña la gente.
-¡Se ha producido un desorden, señoría!... -dice el municipal.

Ochumélov da media vuelta a la izquierda y se dirige hacia el grupo. En la misma puerta del almacén de leña ve al hombre antes descrito, con el chaleco desabrochado, quien ya de pie levanta la mano derecha y muestra un dedo ensangrentado. En su cara de alcohólico parece leerse: «¡Te voy a despellejar, granuja!»; el mismo dedo es como una bandera de victoria. Ochumélov reconoce en él al orfebre Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas delanteras y temblando, está sentado en el suelo el culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo. Sus ojos lacrimosos tienen una expresión de angustia y pavor.
-¿Qué ha ocurrido? -pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre la gente-. ¿Qué es esto? ¿Qué haces tú ahí con el dedo?... ¿Quién ha gritado?

-Yo no me he metido con nadie, señoría... -empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con la mano-. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este maldito perro, sin más ni más, me ha mordido el dedo... Perdóneme, yo soy un hombre que se gana la vida con su trabajo... Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una semana sin poder mover el dedo... En ninguna ley está escrito, señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales... Si todos empiezan a morder, sería mejor morirse...
-¡Hum!... Está bien... -dice Ochumélov, carraspeando y arqueando las cejas-. Está bien... ¿De quién es el perro? Esto no quedará así. ¡Les voy a enseñar a dejar los perros sueltos! Ya es hora de tratar con esos señores que no desean cumplir las ordenanzas. Cuando le hagan pagar una multa, sabrá ese miserable lo que significa dejar en la calle perros y otros animales. ¡Se va a acordar de mí!... Eldirin -prosigue el inspector, volviéndose hacia el guardia-, infórmate de quién es el perro y levanta el oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin perder un instante! Seguramente está rabioso... ¿Quién es su amo?

-Es del general Zhigálov -dice alguien.

-¿Del general Zhigálov? ¡Hum!... Eldirin, ayúdame a quitarme el capote... ¡Hace un calor terrible! Seguramente anuncia lluvia... Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? -sigue Ochumélov, dirigiéndose a Jriukin-. ¿Es que te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grande! Has debido de clavarte un clavo y luego se te ha ocurrido la idea de decir esa mentira. Porque tú... ¡ya nos conocemos! ¡Los conozco a todos, diablos!
-Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para reírse, y el perro, que no es tonto, le ha dado un mordisco... Siempre está haciendo cosas por el estilo, señoría.
-¡Mientes, tuerto! ¿Para qué mientes, si no has visto nada? Su señoría es un señor inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad... Y, si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley... Ahora todos somos iguales... Un hermano mío es gendarme... por si quieres saberlo...
-¡Basta de comentarios!
-No, no es del general. observa pensativo el municipal-. El general no tiene perros como éste. Son más bien perros de muestra...
-¿Estás seguro?
-Sí, señoría...
-Yo mismo lo sé. Los perros del general son caros, de raza, mientras que éste ¡el diablo sabe lo que es! No tiene ni pelo ni planta... es un asco. ¿Cómo va a tener un perro así? ¿Dónde tienen la cabeza? Si este perro apareciese en Petersburgo o en Moscú, ¿saben lo que pasaría? No se pararían en barras, sino que, al momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido perjudicado; no dejes el asunto... ¡Ya es hora de darles una lección!
-Aunque podría ser del general... -piensa el guardia en voz alta-. No lo lleva escrito en el morro... El otro día vi en su patio un perro como éste.
-¡Es del general, seguro! -dice una voz.

-¡Hum!... Ayúdame a ponerme el capote, Eldirin... Parece que ha refrescado... Siento escalofríos... Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado y que se lo mando... Y di que no lo dejen salir a la calle... Puede ser un perro de precio, y si cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán en echarlo a perder. El perro es un animal delicado... Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está bien de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes la culpa!...

-Por ahí va el cocinero del general; le preguntaremos... ¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este perro... ¿Es de ustedes?

-¡Qué ocurrencias! ¡Jamás ha habido perros como éste en nuestra casa!
-¡Basta de preguntas! -dice Ochumélov-. Es un perro vagabundo. No hay razón para perder el tiempo en conversaciones... Si yo he dicho que es un perro vagabundo, es un perro vagabundo... Hay que matarlo y se acabó.
-No es nuestro -sigue Prójor-. Es del hermano del general, que vino hace unos días. A mi amo no le gustan los galgos. A su hermano...
-¿Es que ha venido su hermano? ¿Vladímir Ivánich? -pregunta Ochumélov, y todo su rostro se ilumina con una sonrisa de ternura-. ¡Vaya por Dios! No me había enterado. ¿Ha venido de visita?
-Sí...
-Vaya... Echaba de menos a su hermano... Y yo sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro mucho... Llévatelo... El perro no está mal... Es muy vivo... ¡Le ha mordido el dedo a éste! Ja, ja, ja... Ea, ¿por qué tiemblas? Rrrr... Rrrr... Se ha enfadado, el muy pillo... Vaya con el perrito...
Prójor llama al animal y se aleja con él del almacén de leña... La gente se ríe de Jriukin.
-¡Ya nos veremos las caras! -le amenaza Ochumélov, y, envolviéndose en el capote, sigue su camino por la plaza del mercado.

FIN


LA CAZA Ana de Badens



El mundo está vecino a la muerte, pues la halla en la vida. Fray Luis de León.
La historia, sencilla y rectamente contada, comenzó así:
Estabas de acuerdo conmigo cuando te dije que la ciudad, a pesar de todo lo que se dice de ella, no concede el goce íntimo, oculto, de un hombre sano con deseos de matar; aun tratándose de un deseo puro y expiatorio. Ay, quisiera que en este mismo instante estuvieras aquí para recordarme que estabas de acuerdo. Coincidías conmigo cuando le vimos ese par de vidrios fríos que miraban hacia adelante: eran unos ojos que se perdían materialmente tras de la mirada clara y cercada por la costura de unas pestañas negras. ¿Te acordás de la costura que vos viste de perfil, mientras el conducía, y que yo descubrí a través del espejo retrovisor? Para mí fue una sorpresa, para vos sé que no; ¿desde cuándo venías observando esos ojos, desde la niñez, desde antes tal vez? No sé, no se me ocurrió preguntártelo; desde el principio estabas en silencio.
Respiraba como las bestias, abría las fosas nasales para tragarse las sombras de la noche. No se te escapó eso, lo sé. Hasta en el aire algo era cómplice de esa necesidad de llegar lo antes posible. ¿Te acordás que le dijiste que había tiempo, que hasta el amanecer todo era inútil? Sin embargo, él, fascinado por la promesa certera de hundirse en el monte, estiraba los brazos y se prendía al volante como quien esta a punto de perder o recuperar algo. A los dos nos parecía que era una actitud contradictoria, pero no decíamos nada. Tampoco él dijo nada cuando vos hiciste un comentario pasajero: el delirio de un hombre que viaja solo en la noche constituye el manjar más codiciado de los fantasmas de la soledad. ¿Y qué queríamos que dijera si los dos sospechábamos que, en efecto, no era sino un fantasma?
Como al acecho, paladeaba el regusto descompuesto de la carga que llevaba sobre los hombros. Cebado en este estado delicioso, presionaba el acelerador hasta sentir en el pie la fuerza del motor que bramaba un alivio. Ahora me pregunto si en verdad lo desconocíamos tanto. No sé en tu caso qué ocurría: yo, en cambio, no dejaba de espiarlo por el espejo. Volvimos a quedarnos callados cuando dijo que la singularidad de un viaje reside - una vez finalizado - en los motivos por los cuales el viajero no ha sucumbido a la seducción propuesta por ese descubrimiento y, en cambio, decide retornar al punto de partida, sin duda menos atractivo.
En algunos momentos parecía que, en lugar de estar ansioso por llegar al monte, evocaba algo que ya había vivido. Vos lo notaste ¿no? Quiero decir que parecía un regreso. Y sí, recordá, hacé un esfuerzo y recordá: en una oportunidad había dicho que el jabalí recorre el camino que antes anduvo su ancestro.
"En este punto el relato se detiene. La relectura trae una visión nueva de todo lo escrito: algunas palabras no se ajustan al designio preestablecido por los pensamientos. Se retocan un par de adjetivos y, finalmente, surge el desequilibrio. Es necesario eliminar los dos últimos párrafos. Mientras el relato, ahora reducido, consigue la fuerza conceptual de su origen, asoma el recuerdo de Fray Luis de León con una cita que podría ser el acápite de lo narrado."
A medida que el paisaje de álamos empezaba a aserrar el contorno de la ruta, aparecía alguna reflexión que nos desconcertaba a los dos. No se me escapó del todo ésta: no es una condena moral, se trata de algo mucho más entrañable: la ciudad no cuenta con un cielo grande y abierto capaz de testimoniar el imperioso instinto purgatorio ¿Qué quería decir? Vos, más que yo, lo espiabas. A veces era una cadena: vos lo espiabas a él y yo te espiaba a vos. A través de tus gestos yo percibía el crescendo de la ansiedad de él reflejada en tu cara como una especie de infierno. Te confieso que te desconocía, y tenía miedo de perderte y quedarme a solas con él. ¿Por qué estabas tan empeñado en no hablar? Sí, ya sé que un cazador debe hacer el menor ruido posible, pisar y no quebrar, deslizarse con suavidad, aguzar el oído y contener la respiración, pero todo aquello era demasiado: todavía estábamos lejos del monte.
Ahora dudo de la nitidez con la cual aparecieron los cedros; fue tan terrible aquella hilera de altos signos oscuros que todavía siguen resultándome una escala absurda de la naturaleza. ¿Vos, tanto como yo y él, percibías ya el olor del monte? Cuando el pavimento cedió al estrecho camino de tierra descubrí el alivio que sintió al comprobar que no había llovido al menos durante los Últimos quince días. Sus manos acariciaban una vez más el volante en secreta señal de gratitud. Estabas distraído: no veías su sonrisa; era apenas el asomo de un gesto, pero había algo de mágico en el movimiento de su labio inferior.
Fue en aquel instante cuando sentí que vos y yo empezábamos a estar definitivamente de acuerdo. La voz de él nos llegaba a los dos de la misma manera: desde un lugar lejano y completamente desconocido. Los dos reconocimos a Fray Luis de León en la cita, ¿pero fue en ese momento o mucho después cuando entendimos lo que significaban los sonidos de esas palabras? ¿Para qué o para quién había hablado? Nunca antes me había sentido tan cerca de alguien como en aquel instante; Vos y yo nos fundimos en una especie de temor primario hasta el borde de un abismo desconocido. Es el peligro que corre la piel fina , de pronto se reduce a la grandeza de las bestias. ¿Será que es devorada por ella misma en su afán por rechazar lo irracional? ¡Ah, no, qué ingenuo!
El auto ya estaba detenido frente a la cabaña y el casero hacía señas desde la puerta. Los pequeños ruidos del motor caliente se convertían en mensajes - indescifrables para nosotros dos. La luz del farol se movía y nos atraía, ¿te acordás? Nos quedamos paralizados; lo dejamos a él primero.
"El relato, sorpresivamente, vuelve a interrumpirse y aparecen unas líneas que tachan lo que luego sería el acápite: "El mundo está vecino a la muerte, pues la halla en la vida". El ritmo decae con velocidad del rayo. Al describir la escena de las armas se percibe la mano firme que quita 'al verlas siente la vibración del animal sorprendido que expide el sudor del pánico'. Inexplicablemente para el supuesto lector, el relato continúa sin aquellas palabras."
- ¿Cuánto hace que no llueve?
- Una quincena por lo menos, patrón.
- Bien. Prepara los perros; y fíjate que no falte el Pinto, es el más salvaje.
- Pierda cuidado, patrón; ya lo creo que es salvaje.
- Apúrate, empieza a amanecer.
De este diálogo no dudabas, claro. Los dos éramos testigos. Estábamos cansados del viaje, pero todavía lúcidos. De esas palabras no había nada que decir: claras como el agua.
La coincidencia continuó cuando empezó aquel olor desagradable que nos hizo mirarnos a pesar de la oscuridad. ¿Y la sombra? La sombra que apareció de pronto y que nos llenó de terror ¿fue enseguida o habían pasado años? En cuanto empezó a caminar, delante de nosotros dos, vimos bien, porque locos no estuvimos nunca. Acordate: fue una magnífica impresión de potencia; feo, hirsuto, de largo morro, cuartos traseros más bajos que los delanteros. Nunca podré olvidar la espléndida musculatura en su brazuelo y en su estrecha nuca. Lo vimos varias veces delante de nosotros guiándonos hacia el corazón del monte, estaba vivo, musculado, rápido, limpio.
Su nariz alargada recogía todos los olores que cargaba el viento. ¡Cuánta finura en su percepción! Creíamos haberlo perdido definitivamente cuando empezó a correr y a revolcarse en el cieno. ¿Durante cuánto tiempo resistiremos vos y yo esta velocidad de infierno, pensábamos? De pronto se detuvo; el lomo peludo estaba húmedo y sus ojos nos miraban como centellas. Vos y yo ya estábamos perdidos y gritábamos sólo al Pinto, que, inexplicablemente, estaba de su lado. Entonces eran cuatro los ojos que nos miraban desde la aguada. Yo todavía trataba de pensar en él, en cómo había sido capaz de venírsenos encima y…
"El relato llega a su parte final sin demasiadas notas aclaratorias sobre cómo fue en verdad la caza del jabalí. La línea general no se aparta de la narración recta y tradicional; sólo es sospechosa la muerte del cazador en un lugar tan apartado de la zona. ¿Cómo fue posible que llegara a morir allá donde el jabalí no habita? Y lo más increíble todavía es que apareció con un tiro en la cabeza."
Todo esto, vos y yo, ¿nos lo explicamos? ¿El fantasma que debía morir era él - que nos llevó engañados hasta el monte -, o lo éramos nosotros confundidos en el simple deseo del suicidio?

Fin

27-9-1981, La Nación, Argentina.



martes, 5 de septiembre de 2017

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Posted: 05 Sep 2017 05:37 AM PDT
Premio Goncourt 1938. Gérard, ejerce una posición dominante sobre la vida de sus tres hermanas, que tras sus matrimonios escapan de su influencia. Decide poner en práctica un plan, fingir un suicidio por envenenamiento, para conseguir la atención de sus hermanas.

Posted: 05 Sep 2017 05:36 AM PDT
En la Rusia del siglo XIX, efervescente de intrigas y conjuras, el zar Alejandro II aparece como una víctima de su generosidad y sus vacilaciones entre el liberalismo y el miedo a la anarquía. Durante su reinado, abolió la servidumbre, suprimió los castigos corporales y reorganizó la administración. Para imponer sus ideas tuvo que enfrentar, por un lado, a los revolucionarios fanatizados y, por el otro, a los aristócratas y los propietarios rurales. Dividido entre su afán de progreso y.

Posted: 05 Sep 2017 05:34 AM PDT
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Posted: 05 Sep 2017 05:34 AM PDT
«Estaba convencida de que la desintegración del país, la guerra, la represión del recuerdo…, la esquizofrénica situación general y, además, el exilio, eran la causa de las dificultades emocionales e idiomáticas de mis estudiantes. Todos estábamos sumidos en el caos. Ya no estábamos seguros de qué éramos ni qué queríamos ser», reflexiona al inicio del curso Tanja Luci?, profesora croata exiliada de la antigua Yugoslavia al comienzo de la guerra que fragmentaría este país en varios estados. La mayoría de.