VI
EL ANTIJUDAISMO DESDE LA REFORMA HASTA LA REVOLUCION FRANCESA
Situación de los judíos a principios del siglo XVI - Derrota de los moros - Expulsión de España - Ablandamiento de las costumbres - Las últimas persecuciones - La Inquisición en Portugal - El Renacimiento y la Reforma de la Iglesia - Los ataques contra la primacía romana - Los humanistas y el Talmud - Reuchlin y Pfefferkorn - La Reforma y el espíritu judío - La Biblia - Lutero y los judíos - Transformación de la cuestión social y de la cuestión religiosa - Las guerras de los campesinos - Los judíos no son más los principales enemigos de la Iglesia - El Estado cristiano - El catolicismo, los reformados y los judíos - Los papas y el judaísmo - Las medidas contra el Talmud y las conversiones - La legislación antijudía - Los vejámenes y agravios - El antijudaísmo dogmático - El nuevo llamado de los judíos - Los judíos en Europa en el siglo XVIII - Los judíos en Holanda, Inglaterra, Polonia y Turquía - Los judíos portugueses en Francia - Estado intelectual y moral de los judíos - Cabalismo y mesianismo - Sabbatai Zevi y Franck - Las sectas místicas: los hasidianos y los neohasidianos, los donméh y los trinitarios - El talmudismo - Joseph Caro y el Schuldeban-Aruch; el Pilpul - La reacción judía contra el Talmud - Mardochée-Kolkos - Uriel Acosta y Spinoza - Mendelsohn, el Meassef y la emancipación judía - La filosofía humanitaria y los judíos - Las objeciones económicas y las objeciones políticas - Maury y Clermont-Tonnerre; Rewbel y Grégoire - La Revolución - El ingreso de los judíos en la sociedad
Cuando se inició el siglo XVI y el primer soplo de libertad pasó sobre el mundo, los judíos ya no eran sino un pueblo de cautivos y esclavos. Encerrados en los ghettos cuyos muros sus manos imbéciles habían contribuido a edificar, estaban segregados de la sociedad de los hombres y, en su mayor parte, vivían en un estado de lamentable y desoladora abyección. Puesto que ellos mismos habían cerrado todas las puertas y tapado todas las ventanas por las cuales habrían podido recibir aire y luz, su intelecto se había atrofiado.
Durante toda la Edad Media, con la influencia de los pueblos ambientes y de las legislaciones especiales y envilecedoras, y como consecuencia de la acción depresiva y funesta de los talmudistas, habían adquirido esta fisionomía particular que sólo perdieron en nuestros días y que muchos conservan todavía en Polonia, Rumania, Rusia, Hungría y Bohemia y en algunas regiones de Alemania, fisonomía ésta que la humildad consuetudinaria cabía hecho vil y obsequiosa, que las condiciones de existencia habían hecho temerosa y enfermiza y que la enseñanza exclusiva de los rabinos había marcado con cautela e hipocresía, pero que el sufrimiento había agudizado y, a veces, iluminado en una tristeza pasiva y una resignación dolorosa. El número le los que habían escapado de tal envilecimiento era muy reducido y los judíos que habían sabido conservar la mente libre y el espíritu orgulloso eran una ínfima minoría. La mayor pare de éstos eran médicos, pues la medicina era la única ciencia que permitía el Talmud. Eran a veces, al mismo tiempo, filósofos, y veremos qué papel desempeñaron en Italia durante el Renacimiento. En cuanto a la masa, era inepta para todo lo que no era comercio y usura. Por lo demás, ya no tenía ningún derecho y ninguna capacidad. No tenía salida alguna, y los pocos caminos que aún hubiera podido tomar se los cerraban sus propios doctores que se aliaban así con los legistas cristianos.
Estos últimos, para su obra, se habían inspirado en las octrinas de la Iglesia, doctrinas éstas que Tomás de Aquino había expresado de modo lapidario. Judae sunt servi, había dicho enérgicamente el maestro. La ley no los había considerado de otro modo. Al final del siglo XV, en Alemania, el judío se había convertido en el siervo de la cámara imperial. En Francia, era siervo del rey y del señor, menos que un siervo, para decir verdad, pues el siervo podía poseer mientras que en realidad el judío no tenía propiedad; más que una persona era una cosa. El rey, el señor, el obispo o el abad podía disponer de todo lo que pertenecía al judío, pues la posibilidad de poseer era para él meramente teórica. Era imponible sin límite. Lo gravaban impuestos fijos, sin perjuicio de las confiscaciones y, mientras que, por un lado, la Iglesia hacía todos sus esfuerzos para atraer al judío, por el otro los barones y los dignatarios eclesiásticos lo mantenían en su condición. Al convertirse, perdía sus bienes en provecho del señor deseoso de compensar la pérdida de las tasas que no percibiría más y, así, el interés mantenía al judío en su ergástulo. Se lo miraba como una bestia inmunda y útil, menos que un perro o un cerdo al que el peaje personal lo asimilaba sin embargo. Era el eterno maldito, aquél sobre quien era lícito y hasta meritorio hacer recaer los golpes que había recibido el Crucificado en el pretorio de Pilatos.
Cuando se inició el siglo XVI, el único país donde los judíos podían reivindicar su dignidad de hombre acababa de serles cerrado. La toma de Granada y la conquista del reino moro había quitado a los judíos su último refugio. El día (2 de enero de 1492) en que Fernando e Isabel entraron en la ciudad musulmana, España toda fue cristiana. La guerra santa de los españoles contra los infieles había terminado victoriosamente y los moros que permanecían, a pesar de la seguridad que se les había garantizado, eran cruelmente perseguidos. Ya que la victoria había excitado el fanatismo, por un lado, y el sentimiento nacional, por otro, España, liberada de los moros, quiso librarse de los judíos que los reyes católicos expulsaron en el mismo año de la caída de Boabdil, mientras que la Inquisición redoblaba su rigor contra los marranos y los descendientes de los moros.
Sin embargo, y a pesar de la condición lamentable a la cual estaban reducidos, el tiempo de los grandes dolores había pasado para los judíos. Empiezan a bajar por la pendiente por la cual tan penosamente habían subido y, si no encuentran todavía plena seguridad en los senderos, hallan más humanidad y más piedad. Las costumbres se suavizan en aquella época. Las almas se hacen menos rudas y se adquiere realmente la noción de criatura humana. Esa edad, en la que crece el individualismo, entiende mejor al individuo. Al mismo tiempo que la personalidad se desarrolla, los hombres se muestran más tiernos para con la persona ajena.
Los judíos se beneficiaron con este estado de espíritu. Fueron tan despreciados como antes, pero fueron odiados de modo menos violento. Se buscó todavía atraerlos al cristianismo, pero por la persuasión. Es cierto que se los expulsó de algunas ciudades y de algunos países. Se los echó de Colonia y de Bohemia, en el siglo XVI. Los gremios de artesanos de Francfort y de Worms, conducidos por Vicente Fettmilch, los obligaron a dejar también estas ciudades. Pero, en su carácter de siervos de la cámara imperial, fueron eficazmente protegidos por su soberano. Si Leopoldo I los echó de Viena y María Teresa, más tarde, los expulsó de Moravia, estos decretos de expulsión sólo tuvieron un efecto temporario. Sus consecuencias no se hicieron sentir por mucho tiempo. Y cuando los judíos volvieron a las ciudades merced a cierta tolerancia, no se los molestó. Las matanzas de Franconia y Moravia y las hogueras de Praga fueron excepcionales en el siglo XVI. Y en cuanto al exterminio que Chmielniki ordenó en Polonia en el siglo XVII, sólo alcanzó a los judíos de rebote.
Persecuciones sistemáticas, ya no hubo desde entonces, salvo las que la Inquisición siguió ejerciendo en España contra los judíos conversos, y en Portugal cuando fue introducida por el papa Clemente VII a pedido de Juan III, y después de las matanzas de 1506. Por lo demás, en este último país, la Inquisición fue encargada a los franciscanos que se mostraron menos feroces que los dominicos españoles.
Los judíos, sin embargo, no habían cambiado. Tal como los vimos en plena Edad Media los reencontramos en el momento de la Reforma. Hasta, tal vez, moral e intelectualmente, la masa judía era peor. Pero si no habían cambiado, sí lo habían hecho los que los rodeaban. Estos eran menos creyentes y, por lo tanto, menos predispuestos a odiar a los herejes. El averroísmo había preparado esta decadencia de la fe, y se sabe qué papel tuvieron los judíos en la difusión del averroísmo. De tal modo que así trabajaron para sí mismos. La mayor parte de los averroístas era incrédula o, por lo menos, atacaba la religión cristiana. Fueron los antepasados directos de los hombres del Renacimiento. Fue gracias a ellos que nació el espíritu de duda y también el espíritu de investigación. Los platónicos de Florencia, los aristotélicos de Italia y los humanistas de Alemania procedieron de ellos. Fue gracias a ellos que Pomponazzo compuso tratados contra la inmortalidad del alma y gracias a ellos también que en los pensadores del siglo XVI brotó el teísmo que correspondió a una decadencia del catolicismo.
Animados por semejantes sentimientos, los hombres de ese período no podían experimentar mucha indignación religiosa contra los judíos. Otras preocupaciones los dominaban, por otro lado, y debían abatir dos autoridades poderosas: la escolástica y la primacía romana. Las luchas del siglo anterior, el cisma de Occidente, el relajamiento de las costumbres entre los clérigos, la simonía y la venta de beneficios e indulgencias, todo eso había debilitado la Iglesia y disminuido el papado. En todas partes la gente se alzaba contra ellos. Se proclamaba la autoridad del concilio por encima de la del papa. Se hacían distinciones entre la Iglesia universal, que es infalible, y la Iglesia romana, que es capaz de equivocarse. Seculares y regulares se peleaban. Se alzaban voces para pedir un cambio.
"Hay que moralizar al clero", habían dicho los Padres ya en el sínodo de Viena (1511). Después de ellos, se declaró que había que reformar "la cabeza y los miembros". Ya el movimiento de los husitas y los de los frérots, los fraticelli y los beggards habían sido una protesta contra las riquezas y la corrupción de la Iglesia. Pero el papado era impotente para reformar, y la Reforma se iba a hacer fuera de él y contra él.
Los humanistas fueron sus promotores. Todo los alejaba del catolicismo. Los griegos de Constantinopla, al huir de los turcos, les habían traído los tesoros de las literaturas antiguas. Colón, al descubrir el nuevo mundo, acababa de abrir horizontes desconocidos. Encontraban en eso nuevos motivos para combatir la escolástica, esta vieja sirvienta de la Iglesia. En Italia, los humanistas se hacían escépticos y paganos. Se emancipaban con sornas o con actitudes platonizantes. Pero, en Alemania, el movimiento emancipador que contribuían a crear se hacía más bien religioso. Para vencer a los escolásticos, los humanistas del imperio se hicieron teólogos y, para encontrar mejores armas, fueron a las fuentes mismas. Aprendieron el hebreo, no como Pico de la Mirándola y los italianos por una especie de diletantismo o por amor de la ciencia, sino para encontrar en él argumentos contra sus adversarios.
Durante los años que preanuncian la Reforma, el judío se convirtió en educador y enseñó el hebreo a los sabios. Los inició en los misterios de la cábala después de haberles abierto las puertas de la filosofía árabe. Los proveyó, contra el catolicismo, de la temible exégesis que los rabinos, durante siglos, habían cultivado y fortalecido: esta exégesis que el protestantismo y, más tarde, el racionalismo sabrán utilizar. Por una extraña casualidad, los judíos que habían, consciente o inconscientemente, suministrado armas al humanismo, le dieron el pretexto de su primera batalla seria. La disputa en pro o en contra del Talmud preludió las disputas sobre la Eucaristía.
Fue en Colonia que se abrió el combate. Colonia, ciudad de la Inquisición y capital de los dominicos. Un judío converso, Joseph Pfefferkorn, denunció – una vez más – el Talmud al mundo cristiano y, respaldado por el gran inquisidor Hochstraten, obtuvo del emperador Maximiliano una ordenanza que lo autorizaba a examinar el contenido de los libros judíos y a destruir los que blasfemaban la Biblia y la fe católica. Los judíos apelaron ante Maximiliano y lograron hacer atribuir al arzobispo elector de Maguncia los poderes anteriormente conferidos a Pfefferkorn. El arzobispo tomó como consejeros a doctores, a humanistas y, entre aquellos, a Reuchlin. Reuchlin no tenía por los judíos una inmoderada simpatía. Hasta los había atacado en otros tiempos, pero no por ello dejaba de ser un hebraizante y, en este carácter, el Talmud le interesaba probablemente más que el tribunal inquisitorial y sus fallos. Por ello combatió violentamente los proyectos de Pfefferkorn y de los dominicos. No sólo declaró que había que conservar los libros de los israelitas sino que, más aún, sostuvo que se debía crear en las universidades cátedras de hebreo. Se acusó a Reuchlin de haberse dejado corromper por el oro de los judíos. Contestó con un panfleto terrible, el Espejo de los Ojos, que fue condenado al fuego, y los judíos, causa inicial del debate, fueron olvidados. Humanistas y dominicos quedaron solos frente a frente y estos últimos, definitivamente abatidos por las Cartas de los Hombres Oscuros, fueron condenados por el obispo de Espira y abandonados por el papa que, unos años después, se dio a los impresores de Amberes el privilegio de publicar el Talmud.
Tiempos nuevos se acercaban, sin embargo. El temporal que todos preveían cayó sobre la Iglesia. Lutero publicó en Witembergo sus noventa y cinco tesis, y el catolicismo ya no tuvo sólo que defender la condición de sus sacerdotes: tuvo que combatir por sus dogmas esenciales. Por un momento los teólogos se olvidaron de los judíos. Hasta olvidaron que el movimiento que se estaba propagando tenía sus raíces en fuentes hebraicas. Sin embargo, la Reforma, en Alemania como en Inglaterra, fue uno de esos momentos en que el cristianismo volvió a las fuentes judías. Fue el espíritu judío el que triunfó con el protestantismo. La Reforma fue, en algunos de sus aspectos, una vuelta al viejo ebionismo de las edades evangélicas.
Gran parte de las sectas protestantes fue medio judía. Doctrinas antitrinitarias fueron predicadas más tarde por protestantes, entre otros Michel Servet y los dos Socins de Siena. En Transilvania, más aún, el antitrinitarismo había florecido a en el siglo XVI y Seidelius había sostenido la excelencia del judaísmo y el Decálogo. Los evangelios fueron abandonaos por la Biblia y el Apocalipsis. Se sabe qué influencia estos dos libros tuvieron en los luteranos, los calvinistas y, sobre todo, los reformadores y revolucionarios ingleses. Esta influencia se prolongó hasta el siglo XVIII: fue ella la que hizo los cuáqueros, los metodistas, los pietistas y sobre todo, los milenaristas, los hombres de la Quinta Monarquía, que soñaban con Venner en Londres, con la república y se aliaban con los Niveladores de John Lilburn.
Por ello, en sus comienzos en Alemania, el protestantismo trató de conquistar a los judíos y, desde este punto de vista, la analogía es notable entre Lutero y Mahoma. Ambos sacan sus doctrinas de fuentes hebraicas y ambos desearon hacer aprobar por los supervivientes de Israel los nuevos dogmas que elaboraban. No es éste, en efecto, uno de los aspectos menos curiosos de la historia de esta nación. Mientras el judío es detestado, despreciado, humillado, escupido, basureado, ensuciado de ultrajes, martirizado, encerrado y apaleado, es de él que el catolicismo espera el reinado final de Jesús: es el retorno los judíos lo que la Iglesia espera y pide, este retorno que para ella será el supremo testimonio de la verdad de sus creencias, y es también a los judíos a quienes luteranos y calvinistas recurren. Hasta parece que estos últimos habrían estado plenamente convencidos de la validez de su causa si los hijos Jacobo hubieran llegado a ellos. Pero los judíos seguían siendo el pueblo obstinado de la Escritura, el pueblo del cuello rígido, rebelde a los requerimientos, tenaz e intrépidamente fiel a su dios y a su ley.
La prédica de Lutero fue inútil y el colérico monje publicó contra los judíos un terrible panfleto: [1] "Los judíos son unos brutos y sus sinagogas son chiqueros. Hay que incendiarlas, pues Moisés lo haría si volviera al mundo. Arrastran en el fango la palabra de Dios, viven mal y de rapiñas. Son bestias malas que habría que cazar como perros rabiosos".
A pesar de tales violencias, a pesar de las excitaciones y a pesar de las numerosas controversias que tuvieron lugar entre protestantes y judíos, estos últimos no fueron maltratados en Alemania: no había tiempo para ocuparse de ellos. Por un lado los luteranos y los calvinistas estaban muy ocupados en pelearse entre sí. Las discusiones sobre la eucaristía, sobre la empanación y la invinación, sobre la trinidad y sobre la naturaleza de Cristo ocupaban suficientemente sus mentes, y las sectas eran tan numerosas – criptocalvinistas y antinomistas, adiaforistas y mayoristas, osiandristas y sinergistas, menonitas y sinerchistas, etc. – que luchar las unas contra las otras debía absorber su actividad. Por otro lado, las condiciones sociales y religiosas habían cambiado mucho y su cambio era provechoso para los judíos que veían otras preocupaciones apoderarse de sus enemigos.
Aplastados por la miseria, diezmados por la guerra, arruinados, reducidos a esclavitud y presas de la penuria y la hambruna, los campesinos del siglo XVI ya no acusaron únicamente al judío prestamista y al cristiano usurero. Miraron más alto. Atacaron en primer lugar a toda una clase, a la de los ricos, y después al estado social entero. Su rebelión fue general. Primero, fueron los campesinos de los Países Bajos, después y sobre todo los de Alemania. En todo el imperio habían fundado sociedades secretas: elBundschuh, [2] el Pobre Conrado, la Confederación Evangélica. En 1503, los campesinos de Espira y de las orillas del Rin se levantaron; en 1512 las bandas de Joss Fritz; en 1514, los campesinos de Wurtembergo; en 1515, los de Austria y Hungría; en 1524, los de Suabia; en 1525, los de Suabia, Alsacia y el Palatinado. Todos marcharon al grito de "En Cristo ya no hay amo ni esclavo". Los artesanos se unieron a ellos y caballeros como Goetz de Berlichingen los encabezaron. Masacraron a los nobles e incendiaron castillos y conventos.
Munzer fue más lejos todavía. Combatió no sólo a los barones, los obispos y los ricos, estos "reyes de Moab", sino al mismo principio de autoridad. "No más autoridad, gritaba, salvo la que se acepta y elige libremente". En el código de doce artículos que redactó, quería la liberación de los siervos y, cuando subió al cadalso, después de haber perdido la batalla de Frankenhausen, atestiguó que había querido "establecer la igualdad en la cristiandad; que todas las cosas fueran comunes a todos, y a cada uno según sus necesidades". Los doce artículos fueron traducidos al francés y difundidos en Lorena donde los campesinos se sublevaron también, en el momento en que Hutter y Gabriel Scherding iban a fundar las comunidades de Moravia, en el momento en que el anabaptismo se difundía en Suiza, Bohemia y los Países Bajos.
En este movimiento formidable que hasta 1535 agitó parte de Europa, dejando en todos lados profundos rastros, los judíos habían sido olvidados. Habían dejado de ser el chivo emisario y ya no había sido contra ellos que se habían tirado los pobres diablos, los hambrientos y los miserables.
¿Estaban tan felices en los países católicos? Sí, pues también en ellos habían dejado de ser los principales – cuando no los únicos – enemigos de la Iglesia; ya no eran ellos a quienes se temía.
Los protestantes hacían olvidar a los judíos. Su existencia amenazaba la vieja concepción del Estado católico, y fue esta concepción tradicional la que provocó, para los religionarios de Francia, Italia y España, persecuciones idénticas a las que hasta entonces habían padecido los judíos.
Sin embargo, después del concilio de Trento, el papado reformado se preocupó otra vez de los judíos. El relajamiento de las ideas religiosas había producido en Italia un acercamiento entre cierta categoría de judíos y las distintas clases de la sociedad. En primer lugar los humanistas y los poetas frecuentaban a los sabios, filósofos y médicos judíos. Tal familiaridad había empezado en el siglo XIV, cuando se vio á Dante tener como amigo al judío Manoello, primo del filósofo Giuda Romano. Prosiguió en los siglos XV y XVI. Alemani fue el maestro de Pico de la Mirándola.
Elías el Medigo enseñó la metafísica públicamente en Padua y Florencia. León el Hebreo publicó sus diálogos platónicos sobre el amor. Los impresores judíos, tales como el
sabio Soncino, estuvieron en constante contacto con los eruditos de la época. Soncino, cuya librería fue el centro de las publicaciones hebraicas, hasta entró en rivalidad con Alde e imprimió también a autores griegos. Hércules Gonzago, obispo de Mantua, discípulo del judío Pomponazzo de Bolonia; aceptó las dedicatorias de Jacobo Mantino, que había traducido el Compendium de Averroes, mientras que otros príncipes alentaron a Abrahán de Balines en su obra de traductor. [3] Y no solamente la categoría escéptica, y hasta incrédula, de los helenistas y los latinistas, adoradores de Zeus y Afrodita más que de Jesús, se daba con los judíos, sino que los señores y los burgueses hacían lo mismo. "Hay – dice el obispo Maiol [4] – personas, y a menudo de calidad, tanto varones como mujeres, que son tan locos e insensatos que consultan con judíos acerca de sus asuntos más íntimos, con gran perjuicio suyo. Se los ve (a los judíos) frecuentar asiduamente las residencias y palacios de los grandes y las casas de los militares, los consejeros, los secretarios y los caballeros, tanto en la ciudad como en el campo". No sólo se recibía a los judíos: se iba a su casa y, más aún, se asistía a sus ceremonias religiosas. "Hay – dice también Maiol – personas entre nosotros que frecuentan y reverencian supersticiosamente las sinagogas". Y, apostrofándolas, exclama: "Oís a los judíos en sus días de fiesta cuando tocan la trompa, y corréis con vuestra familia para mirarlos".
Esto prosiguió durante el siglo XVII. Se iba a Ferrara a escuchar los sermones de Juda Azael y todavía en 1676 Inocencio XI amenazaba con la excomunión y una multa de quince ducados a los que frecuentaban las sinagogas. Entonces; ¿los papas temían para sus fieles la influencia judía? Después de la tremenda sacudida que acababa de hacer temblar a la Iglesia, querían más que nunca garantizar la seguridad del dogma católico. "Se podrá tolerar el Talmud, había decidido el concilio de Trento, con tal de quitar las injurias que contiene, pues algunas partes del Talmud pueden servir para la defensa de la fe y mostrar a los judíos su obstinación". Los papas no compartieron esta opinión. Por denuncia de un judío converso, Salomón Romano, Julio III hizo quemar el Talmud en Roma y Venecia. A pedido de otro converso, Vittorio Eliano, Paulo IV también lo condenó. Lo mismo hicieron Pío V y Clemente VIII.
La Iglesia romana, que hasta entonces había sido benevolente para con los judíos, se convirtió, durante la reacción dogmática y teológica que siguió la Reforma, en el único gobierno – y casi la única autoridad – que persiguió sistemáticamente al judaísmo. Paulo IV puso de nuevo en vigencia las antiguas leyes canónicas e hizo quemar a los marranos. Pío V, después de publicar su Constitución contra los judíos, los expulsó de sus estados, salvo de Roma y Ancona, mientras que los españoles, a medida que penetraban en Italia, los echaban de Nápoles, Génova y Milán.
Otra preocupación animaba sin embargo a la Iglesia. Perseguir a los judíos y quemar sus libros estaba bien. Convertirlos estaba mejor. Ésta había sido la constante preocupación de los teólogos, los doctores cristianos y los padres. En el siglo XV, los concilios se habían ocupado de la conversión de los judíos. El concilio de Basilea había ordenado predicar a los judíos en Alemania y había otorgado importantes privilegios a los conversos. Los papas del siglo XVI obligaron a los judíos a asistir a ciertos sermones y les hicieron llevar la buena palabra por sus propios apóstatas. La tercera parte de los judíos de Roma debían, por turno, estar presente en las predicaciones. Y mientras que Sadolet hacía restringir en Aviñón los privilegios pontificios otorgados a los judíos y se imponía a las sinagogas un impuesto anual de diez ducados para la instrucción de los que quisieran abjurar el judaísmo, Paulo IV hacía construir casas hospitalarias donde se alimentaban, vestían y curaban los catecúmenos.
Los demás soberanos no tuvieron para ocuparse de los judíos los mismos motivos que los papas. Por ello, desde el siglo XVI, se dejó de legislar contra los judíos. Casi no se encuentra más que la ordenanza de Fernando I, en Alemania, relativa a la usura judía, algunos decretos en Polonia y, mucho más tarde, las prohibiciones de Luis XV y Luis XVI. Para volver a encontrar una legislación antijudía, habrá que estudiar la Rusia moderna, Rumania y Serbia, lo que haremos más adelante.
El antijudaísmo consistía sobre todo en vejámenes y agravios. Al pueblo le gustaba mofarse de los judíos y a menudo los grandes los daban en espectáculo. León X, pontífice fastuoso que gustaba de las payasadas – tenía cerca de él a dos monjes encargados de divertirlo con sus chistes –, hacía organizar carreras de judíos y, desde lo alto de sus balcones, miraba con lentes de aumento el espectáculo, pues era muy miope. Durante el carnaval de Roma, el pueblo parodiaba el sepelio de los rabinos y a menudo se paseaba por las calles de la ciudad a un judío sentado al revés en un burro y agarrado de la cola del animal. [5]
En las puertas de los ghettos se esculpía una chancha y, a veces, hasta se la rodeaba de grupos obscenos en los cuales figuraban rabinos. [6] La chancha simbolizaba la sinagoga – exactamente como entre los israelitas se designaba la Iglesia romana con el nombre hebreo del cerdo – y se lo recordaba a menudo a los judíos. Un pintor llegó a contar un día a Wagenseil que había pintado una chancha en las puertas del arca de una sinagoga que se le había encargado de ornamentar.
Entre los sabios, los eruditos y los teólogos, el antijudaísmo se hacía dogmático y teórico. Se quería aún atraer a los judíos, pero por la dulzura. Ya no se trataba de quemar sus libros sino de traducirlos. Se decía que la fe cristiana ya estaba enraizada lo bastante sólidamente como para que se pudiera, sin peligro para los fieles, publicar obras judías, como se lo había hecho con las de los arrianos y otros herejes. Así se conocerían los procedimientos de polémica de los israelitas y se sabría combatirlos más eficazmente.
Este estudio tuvo un resultado muy distinto del que se esperaba. Analizando el espíritu de los judíos, la gente culta se acercó a ellos y por eso mismo se hizo simpática para ellos. Hombres que se habían preparado para la exégesis científica – como Richard Simon, por ejemplo – mediante búsqueda de talmudistas y hebraizantes no podían mirar con odio a aquellos de quienes habían recibido su ciencia. Otros se preocupaban por saber en qué época los judíos serían llamados a la comunión cristiana. El siglo XVII fue el tiempo más propicio para las discusiones sobre la vuelta de los judíos. En Francia, el problema de saber si los judíos serían llamados cuando el fin del mundo, o antes, separó a Bossuet y los figuristas que conducía Duguet. [7] En Inglaterra, los milenaristas anunciaban el retorno de los judíos. [8] Florecieron sobre todo en el siglo XVIII, durante el cual Worthington, Bellamy, Winchester y Towers describían los tiempos próximos del millenium. También en Alemania esta opinión encontró defensores: así Bengel. En Francia, no sólo los convulsionarios de Saint-Médard proclamaban el próximo ingreso de los judíos en la Iglesia sino que se vieron hasta nuestros días a hombres sostener estos sueños y, en 1809, el presidente Agier fijaba la fecha de la conversión de los judíos para el año 1849.
En el siglo XVII, en toda Europa, los judíos gozaban de la mayor tranquilidad. Solamente en Polonia vivían mal por haber vivido demasiado bien. Allá habían sido prósperos hasta mediados del siglo XVII. Ricos y poderosos, habían subsistido en pie de igualdad con los cristianos, tratados como ellos por el pueblo en medio del cual vivían. Sin embargo, no habían podido dejar de entregarse a su habitual comerció, a sus vicios y a su pasión por el oro. Dominados por los talmudistas, no pudieron producir nada, salvo comentarios del Talmud. Fueron recaudadores de impuestos, destiladores de alcohol, usureros e intendentes señoriales. Fueron los aliados de los nobles en su obra de abominable opresión y, cuando los cosacos de Ucrania y de la pequeña Rusia, conducidos por Chmielniki, se sublevaron contra la tiranía polaca, los judíos, cómplices de los señores, fueron los primeros masacrados. En diez años, según se dice, perecieran más de cien mil de ellos, pero perecieron otros tantos católicos y sobre todo jesuitas.
En otras partes, eran muy prósperos. Así, en el Imperio Otomano donde sólo estaban sometidos a la tasa de los extranjeros y no sufrían ninguna reglamentación restrictiva. Pero en ningún lado su prosperidad era tan grande como en Holanda e Inglaterra. Se habían establecido en los Países Bajos – marranos huidos de la Inquisición española – y, desde allá, habían creado una colectividad en Hamburgo y más tarde, bajo Cromwell, en Inglaterra de donde se los había expulsado siglos antes y a donde Menassé-ben-Israel los trajo de vuelta. Los holandeses, como los ingleses, gente práctica y hábil, utilizaron el genio comercial de los judíos y los hicieron servir para su propio enriquecimiento. Incontestables afinidades existían, por lo demás, entre el espíritu de esas naciones y el espíritu judío, entre el israelita y el holandés positivo o el inglés, este inglés cuyo carácter, dice Emerson, puede reducirse a una dualidad irremediable que hace que este pueblo sea el más soñador y el más práctico del mundo, cosa que se puede igualmente decir de los judíos.
En Francia, los judíos portugueses habían sido autorizados por Enrique II a establecerse en Burdeos donde, en virtud de los privilegios conferidos, privilegios éstos que confirmaron Enrique III, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI, adquirieron grandes riquezas en el comercio marítimo.
En otras ciudades de Francia, se encontraban pocos de ellos. Más aún, los que vivían sea en París sea en otras partes sólo se habían radicado por la tolerancia administrativa. Solamente en Alsacia existía una fuerte aglomeración.
La excelencia de su situación no provocaba manifestaciones violentas. A veces se protestaba un poco y se decía con Expilly: "Se ve con infinita congoja que hombres tan viles, que sólo fueron recibidos como esclavos, tengan muebles preciosos, vivan delicadamente, usen oro y plata en sus vestimentas, se apresten, se perfumen, aprendan la música instrumental y vocal y anden a caballo por pura distracción". Sin embargo, una cada día más amplia tolerancia se manifestaba a su respecto. El mundo se les acercaba.
¿Ellos, a su vez, se acercaban al mundo? No. Parecían encerrarse cada vez más en su patriotismo místico. Cuanto más iban, más los sueños de la Cábala penetraban en sus mentes. Esperaban al Mesías con una confianza cada día renovada, y nunca los falsos Mesías fueron acogidos con tanto entusiasmo como en los siglos XVII y XVIII. Los cabalistas agotaban las combinaciones aritméticas para calcular la fecha exacta de la llegada del que tanto se deseaba. Hacia 1666, época ésta que se había indicado más generalmente como la época sagrada, todos los judíos de Oriente fueron sublevados por la prédica de Zabbatai Zevi. Desde Esmirna, donde Zabbatai había proclamado su mesianidad, el movimiento se propagó a Holanda y hasta a Inglaterra, y cada uno esperó de este rey de reyes – así se llamaba Zabbatai – la restauración de Jerusalén y del santo reino. El mismo entusiasmo se manifestó en 1755, cuando Franck se presentó en Padolia como el nuevo Mesías. Alrededor de todos estos iluminados, numerosas sectas místicas se formaron: la de los donmeth, que se vinculaba con los musulmanes, la de los hasidianos, la de los neohasidianos y la de los trinitarios que se acercaba al cristianismo al profesar el dogma del Dios uno y triple. [9]
Estas esperanzas que alimentaba el iluminismo de los cabalistas contribuían a mantener apartados a los judíos, pero los que no se dejaban seducir por las especulaciones de los soñadores se hincaban bajo el yugo del Talmud, yugo éste más duro todavía y, de cualquier modo, más envilecedor. Desde el siglo XVI, lejos de disminuir, la tiranía talmúdica se había acrecentado, En esa época, Joseph Caro había redactado el Schuldeban Aruch, código talmúdico que – por lo demás conforme a as tradiciones inculcadas por los rabanitas – convertía en leyes las opiniones doctorales. Hasta hoy los judíos de Europa tan vivido bajo la abominable opresión de estas prácticas. [10] Los judíos polacos, yendo aún más lejos que Joseph Caro, refinaron las sutilezas ya tan grandes del Schuldeban Aruch, al que hicieron agregados, e instauraron en la enseñanza dialéctica el método del Pílpul (de los granos de pimienta).
A medida que el mundo se hacía más pacífico para ellos, los judíos – por lo menos la masa – se retraían sobre sí mismos, estrechaban su cárcel y se ataban con ataduras más apretadas. Su decrepitud era inaudita y su debilitamiento intelectual no tenía parangón sino en su rebajamiento moral. Este pueblo parecía muerto.
Sin embargo, la reacción anti-talmúdica partió de los judíos mismos. En el siglo X, Mardoqueo Kolkos, [11] de Venecia, ya había publicado un libro contra la Mischna. En el siglo XVII, Uriel Acosta [12] combatió con violencia a los rabinos y Spinoza [13] no se mostró muy tierno con ellos. Pero el anti-talmudismo se manifestó sobre todo en el siglo XVIII, en primer lugar entre los místicos: así los zoharitas, discípulos de Franck, que se declaraban enemigos de los doctores de la ley. Sin embargo, estos adversarios de los rabanitas eran impotentes para sacar a los judíos de su abyección. Fue necesario, para empezar esta tarea, que un hombre judío al mismo tiempo que filósofo, Moisés Mendelsohn, opusiera la Biblia al Talmud. La tradujo al alemán en 1779. ¡Gran revolución! Era éste primer golpe asestado a la influencia rabínica. Por ello los talmudistas, que otrora habían querido asesinar a Kolkos y a Spinoza, atacaron violentamente a Mendelsohn y prohibieron, con pena de excomunión, la lectura de la Biblia que había traducido. Estas cóleras fueron vanas. Mendelsohn fue seguido. Unos jóvenes, sus discípulos, fundaron un periódico, el Meassef, que defendía el nuevo judaísmo, trataba de arrancar a los judíos de su ignorancia y su envilecimiento y preparaba su emancipación moral. En cuanto a la emancipación política, la filosofía humanitaria del siglo XVIII trabajaba para hacerla posible. Si Voltaire fue un ardiente judeófobo, las ideas que él y los enciclopedistas representaban no eran hostiles para con los judíos, puesto que eran ideas de libertad e igualdad universal. Por otro lado, si de hecho los judíos estaban aislados en los estados, no era sin tener puntos de contacto con los que los rodeaban.
El capitalismo se había desarrollado entre las naciones. El agio y la especulación habían nacido. Los financistas cristianos se entregaban a ellos sin reparos, como se dedicaban a la usura y como, en funciones de recaudadores generales, percibían impuestos y tasas. Los judíos podían, por lo tanto, ocupar su lugar en medio de los que "el descuento enriquecía a expensas del público y que eran los amos de los bienes de los franceses de todos los estratos", como ya decía Saint-Simon.
Las objeciones económicas que se hicieron valer contra su posible emancipación ya no tenían el mismo valor que en la Edad Media, cuando la Iglesia quería hacer de los judíos los únicos representantes de la clase de los manejadores de dinero. En cuanto a las objeciones políticas: que los judíos formaban un Estado en el Estado y que su presencia con carácter de ciudadanos no se podía tolerar en una sociedad cristiana y hasta le era nociva, permanecieron válidas hasta el día en que la Revolución Francesa asestó un golpe directo a la concepción del estado cristiano. Por ello, Dohm, Mirabeau, Clermont-Tonnerre y el abate Grégoire tuvieron razón contra Rawbel, Maury y el Príncipe de Broglie y la Asamblea Constituyente obedeció al espíritu que la inspiraba desde sus orígenes cuando, el 27 de septiembre de 1791, declaró que los judíos gozarían en Francia de los derechos de ciudadanos activos. Los judíos entraban en la sociedad.
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[1] )- Los judíos y sus mentiras, Witembergo, 1558.
[2] )- Literalmente: "El zapato federativo".
[3] )- Abrahán de Balmes tradujo al latín la mayor parte de los escritos de Averroes y se utilizaron sus traducciones en las universidades italianas hasta el final del siglo XVII.
[4] )- Dierum caniculariuun (Los días canicularios), traducidos al francés, París (1612), t. VII, De perfidia Judaeorum.
[5] )- E. Rodocanachi, Le Saint Siége et les Juifs, París, 1891.
[6] )- Lutero, Tractatus de Schemhamephorasch, Altenburgo (Opera, t. VIII). Se llamaban estos grupos obscenos Schemhamephorasch. Aquí está el origen. Estas palabras Schemhamephorasch significan "el nombre e Dios distintamente pronunciado: el nombre tetragramata escrito y leído por las cuatro letras yoa, he, vav y he" (Munk, traducción del Guide des égarés, t. I, 1, p. 267, nota 3). Es de este nombre que dice Maimónides: "Antes de la creación del mundo, no había sino al Altísimo y su nombre solo (Guide des égarés, t. 1, cap. LXI). Era éste el nombre misterioso. Se le atribuía un poder mágico y los rabinos, disfrazados de magos que estaban representados en los grupos en cuestión estaban supuestamente revelando el Nombre a la chancha. De ahí la palabra Schemhamephorasch.
[7] )- Véase sobre este punto Duguet, Regles pour l'intelligence des Saintes Escritures, 1723, Bossuet, Discours sur l'hístoire universelle, II parte, Rondet, Dissertation sur le rappel des Juifs, París, 1778, Anónimo, Lettre sur le proche retour des Juifs, París, 1789, etcétera.
[8] )- Grégoire, Histoire des sectes religieuses, t. II, París 1825.
[9] )- Beer, Peter, Le judaisme et ses sectes.
[10] )- Todavía hoy viven así en Rusia, Polonia y Galitzia. (En la época del autor. N. del E.)
[11] )- Cf. Wolf, Bibliotheca Hebraea, t. II, p. 798, Hamburgo, 1721.
[12] )- Exemplar vítas humanae (Publicado por Limborch, 1687).
[13] )- Tractatus theolog.-polit
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