V
EL ANTIJUDAISMO DEL SIGLO VIII HASTA LA REFORMA
Expansión del cristianismo - Difusión de los judíos entre las naciones - Constitución de las nacionalidades - El papel de los judíos en la sociedad - Los judíos y el comercio - El oro y los judíos - El amor del oro y del negocio adquirido por los judíos - El judío colono y emigrante - La Iglesia y la usura - Nacimiento del patronado y el salariado - Transformación de la propiedad - La revolución económica y la búsqueda del oro - El instinto de dominación - El oro y el exclusivismo judío - Maimónides y el oscurantismo - Salomón de Montpellier - Ben-Adret, Asher ben Yehiel y Jacobo Tibbon - El More Nebukhim - Rebajamiento intelectual y moral de los judíos - El Talmud - Influencia de este rebajamiento en la condición social de los judíos - Transformación del antijudaísmo - Las causas sociales y las causas religiosas: su combinación - El pueblo y los judíos - Los Pastoureaux, los Jacques y los Armleder - Los reyes y los judíos - Los monjes y el antijudaísmo - Pedro de Cluny, Juan de Capistrano y Bernardino de Feltre - La Iglesia y el antijudaísmo teológico - Cristianismo e islamismo - Los albigenses, los herejes de Orléans y los pasagianos - Las herejías y la judaización - Los husitas - La Inquisición - La burguesía y los judíos - La legislación eclesiástica y la legislación civil contra los judíos - -Las controversias y la condenación del Talmud - Los vejámenes - Las expulsiones - Las matanzas - La situación de los judíos y la del pueblo - La relatividad de los padecimientos judíos - La Reforma y el Renacimiento.
En el siglo VIII, la Iglesia termina de constituirse. El período de las grandes crisis doctrinales está cerrado, el dogma se asienta y las herejías ya no la jaquearán hasta la Reforma. La primacía pontificia se afirma. La organización del clero, de ahora en adelante, es sólida. El culto y la liturgia se unifican. La disciplina y el derecho canónico se fijan. La propiedad eclesiástica se acrecienta. El diezmo se establece. La constitución federal de la Iglesia – dividida en circunscripciones bastante autónomas – desaparece y el movimiento centralizador en provecho de Roma se diseña. Cuando los carolingios hubieron constituido el poder temporal de los papas, este movimiento llega a su fin y la iglesia latina, sólidamente jerarquizada, fue relativamente en poco tiempo tan centralizada como otrora el Imperio romano al que su autoridad universal había sustituido. Al mismo tiempo, el cristianismo se extendió más aún y conquistó a los bárbaros. Los misioneros anglosajones dieron el ejemplo, desde San Bonifacio y San Willibrord: se los siguió. El Evangelio se predicó entre los alemanes y los frisones, los sajones y los escandinavos, los bohemios y los húngaros, los rusos y los vendes, los pomeranios y los prusianos, los lituanos y los fineses. Al final del siglo XIII, la tarea estaba cumplida: Europa era cristiana.
A medida que el cristianismo se fue expandiendo, los judíos, siguiéndolo, se establecían. En el siglo IX fueron de Francia a Alemania y de allá penetraron en Bohemia, Hungría y Polonia, donde se encontraron con otra ola judía, la que llegaba por el Cáucaso convirtiendo en su camino a algunas tribus tártaras. En el siglo XII se instalaron en Inglaterra y Bélgica y en todos los países fundaron sus sinagogas y organizaron sus comunidades, en esa hora decisiva en que las nacionalidades salían del caos y los estados se formaban y consolidaban. Permanecieron al margen de estas grandes agitaciones, en medio de las cuales las razas conquistadoras y conquistadas se amalgamaban y se vinculaban entre sí y, en el seno de estas combinaciones tumultuosas, quedaron como espectadores, extraños y hostiles a las fusiones; tal como un pueblo eterno que mirara surgir a nuevos pueblos. Sin embargo, su papel no fue nulo. Constituyeron uno de los fermentos activos de estas sociedades en formación.
En algunos países, como en España, su historia está ligada a tal punto a la de la península que no se puede sin ellos concebir ni valorar el desarrollo de la nación española. Pero si por la masa de sus conversiones en esta región y por el apoyo que sucesivamente dieron a los distintos amos que detentaron su suelo, lo hicieron tratando de atraer hacia sí a la gente en medio de la cual penetraban, y no dejándose absorber. Sin embargo, la historia de los marranos españoles es excepcional. En todos los demás lugares, lo vamos a ver, los judíos desempeñaron el papel de agentes económicos. No crearon un estado social, pero sí ayudaron en cierto modo a su establecimiento. No obstante, no pudieron ser tratados con benevolencia en medio de estos organismos a cuya formación contribuyeron. Había para ello un impedimento capital. Todos los Estados de la Edad Media fueron amasados por la Iglesia. En su esencia – en su ser – fueron penetrados por las ideas y doctrinas del catolicismo. Fue la religión cristiana la que dio a los pueblos múltiples que se juntaron en nacionalidad la unidad de que carecían. Ahora bien: los judíos, que representaban dogmas contrarios, no podían sino oponerse, sea por su proselitismo, sea por su presencia misma, al movimiento general. Ya que fue la Iglesia la que condujo este movimiento, fue de la Iglesia que partió el antijudaísmo, teológico y legislativo, antijudaísmo éste que gobiernos y pueblos compartieron y que otras causas vinieron a agravar. El estado social y religioso y los mismos judíos hicieron nacer estas causas. Pero siempre permanecieron subordinadas a estas razones esenciales, que pueden reducirse a la oposición, ya secular, del espíritu cristiano y el espíritu judío: de la religión católica universal e internacional, digámoslo así, y de la religión judía particularista y estrecha. Fue en el fondo, y teniendo en cuenta los cambios producidos, la misma situación que en la antigüedad pagana. Por el solo hecho de negar la divinidad de Cristo, los judíos se definían como enemigos del orden social, puesto que este orden social estaba fundado en el cristianismo, así como otrora, en Roma, habían sido, junto con los cristianos mismos, los enemigos de otro orden social.
En medio del desmoronamiento del viejo mundo y en medio de las transformaciones radicales que se habían producido, el pueblo ubiquista de los judíos no había cambiado. Había logrado conservar, como siempre, sus costumbres, su modo de vida y sus hábitos y al mismo tiempo, participar de todas las ventajas que conferían los Estados a sus miembros o a sus súbditos. Ahora bien: todos estos Estados, muy heterogéneos al principio, se iban homogeneizando. Marchaban hacia una unidad cada vez mayor. Aspiraban, ya en la Edad Media, a la centralización que alcanzaron más tarde. Estaban llevados, pues, a combatir los elementos extraños – extraños nacional y dogmáticamente – sea que tales elementos vinieran de afuera, como los árabes, sea que subsistieran por dentro, como los judíos. En ese momento de la historia, el combate nacional y el combate confesional se confunden. Con la persistente barbarie del sistema feudal, tal combate no podía ser sino atroz, tanto más cuanto que era instintivo más que racional, sobre todo por parte del pueblo, ya que la Iglesia o por lo menos el papado y los sínodos procedieron por razonamiento. Dados estos principios generales, vamos a ver cómo actuaron y de qué modo influyeron en las manifestaciones especiales y particulares del antijudaísmo. Para eso, tenemos que hablar del papel comercial y financiero de los judíos, de su acción y de su mentalidad.
Fue hacia el final del siglo VIII que se desarrolló la actividad de los judíos occidentales. Protegidos en España por los Califas y respaldados por Carlomagno que dejó caer en el olvido las leyes merovingias, extendieron su comercio que, hasta entonces, había consistido sobre todo en la venta de esclavos. Por lo demás, se hallaban para ello en condiciones especialmente favorables. Sus colectividades estaban constantemente en contacto, unidas por el vínculo religioso que las vinculaban con el centro teológico de Babilonia, del que se consideraron dependientes hasta el ocaso del exilarcado. Así adquirieron grandes facilidades para el comercio de exportación con el cual juntaron riquezas considerables, si creemos las diatribas de Agobardo [1] y más tarde las de Rigord, [2] las que, si bien exageran la fortuna de los judíos, no deben sin embargo rechazarse totalmente como indignas de fe. [3] Acerca de esta riqueza de los judíos, sobre todo en Francia y España, hasta el siglo XIV, tenemos por lo demás los testimonios de los cronistas y los de los judíos mismos, varios de los cuales reprochaban a sus correligionarios preocuparse por los bienes materiales mucho más que por el culto de Jehováh. "En lugar de calcular el valor numérico del nombre de Dios, decía Abulafia el Cabalista, los judíos prefieren contar sus riquezas."
A medida que se va avanzando, se ve crecer, en efecto, en los judíos esta preocupación por la riqueza y concentrarse toda su actividad práctica en un comercio especial: quiero hablar del comercio del oro. Aquí, no hace falta insistir. Se dijo a menudo y aún se repite que han sido las sociedades cristianas las que han obligado a los judíos a desempeñar las funciones de usurero y prestamista que han ejercido durante tanto tiempo: es ésta la tesis de los filosemitas. Por otro lado, los antisemitas aseguran que los judíos tenían disposiciones naturales e inmemoriales para el comercio y la finanza y que no hicieron jamás sino seguir su tendencia normal sin que nunca se le impusiera nada. Hay en estas dos aserciones una parte de verdad y una parte de error. O más bien es preciso comentarlas y sobre todo entenderlas.
En tiempos de su prosperidad nacional, los judíos, en eso semejantes a todos los demás pueblos, tuvieron una clase de ricos que se mostró tan interesada y tan dura para con los humildes como los capitalistas de todas las épocas y de todas las naciones. Por ello los antisemitas que utilizan, para demostrar la constante rapacidad de los judíos, textos de Isaías y jeremías, por ejemplo, obran como ilusos y, gracias a las palabras de los profetas, no pueden sino comprobar, lo que es pueril, la existencia en Israel de ricos y de pobres. Más aún: si examinaran imparcialmente los códigos y preceptos judaicos, reconocerían que tanto la legislación como la moral recomendaban nunca sacar interés de los préstamos. [4] Considerándolo bien, hasta los judíos fueron, en Palestina, los menos comerciantes de los semitas, muy inferiores en eso a los fenicios y los cartagineses. Fue recién bajo Salomón que entablaron relaciones con otros pueblos.
No obstante, en aquel tiempo, era una poderosa corporación de fenicios la que practicaba el cambio en Jerusalén. Por lo demás, la situación geográfica de Palestina no permitía a sus habitantes efectuar intercambios muy extensos y muy considerables. Sin embargo, durante el primer cautiverio, y por el contacto con los babilonios, una clase de comerciantes se constituyó, y era a esta clase a la que pertenecían los primeros emigrantes judíos, los que establecieron sus colectividades en el Egipto, en Cirenaica y en el Asia Menor. Formaron en todas las ciudades que los recibieron comunidades activas, poderosas y opulentas, y, cuando la dispersión, importantes grupos de emigrantes se unieron a los grupos primitivos que facilitaron su instalación.
Para explicar la actitud de los judíos, no es necesario, por lo tanto, recurrir a ninguna teoría sobre el espíritu ario y el espíritu semita. Por lo demás, se conocen laleyendaria cupididad romana y el sentido comercial de los griegos. La usura de los feneratores romanos no tenía límites, como tampoco su mala fe. Los respaldaba una ley durísima para el deudor, digna hija de la ley de las Doce Tablas que reconocía al acreedor el derecho de cortar pedazos de carne en el cuerpo vivo del deudor insolvente. En Roma, el oro era amo absoluto, y Juvenal podía hablar de la "sanctissima divitiarum majestas". [5] En cuanto a los griegos, eran los especuladores más hábiles y más audaces. Rivales de los fenicios en el comercio de los esclavos y la piratería, conocían la práctica de la letra de cambio y del seguro marítimo y, habiendo Solón autorizado la usura, no se privaban mucho de ella.
Los judíos, en cuanto pueblo, en nada se distinguían de los demás pueblos y, si fueron en un primer momento una nación de pastores y agricultores, llegaron, por una evolución de lo más natural, a constituir en su seno a otras clases. Al entregarse al comercio, después de su dispersión, siguieron una ley general que se aplica a todos los colonos. Salvo, en efecto, los casos en que fuera a desmontar una tierra virgen, el emigrado no puede ser sino artesano o negociante, pues sólo la necesidad o el afán de lucro lo puede constreñir a abandonar el suelo natal. Los judíos, pues, al llegar a las ciudades occidentales, no actuaron de otro modo que los holandeses o los ingleses cuando éstos creaban puestos de trata.
Sin embargo, se especializaron bastante rápidamente en el cornercio del oro que se les ha reprochado tan vivamente desde entonces y, en el siglo XIV, son ante todo una tribu de cambistas y prestamistas; se han convertido en los banqueros del mundo. A ellos se encarga crear bancos de préstamos populares. Son ellos los que se convierten en testaferros de los señores y de los ricos burgueses, y esto era fatal, dada la concepción particular que del oro tenía la Iglesia y las condiciones económicas que dominaron en Europa a partir del siglo XII.
La Edad Media consideraba el oro y la plata como signos provistos de un valor imaginario, cambiando éste por mera decisión del rey que podía, según su fantasía, fijar su curso. Esta idea procedía del derecho romano que se negaba a tratar el dinero como una mercancía. La Iglesia heredó estos dogmas financieros, los combinó con las prescripciones bíblicas que prohibían el préstamo a interés y actuó severamente, desde sus orígenes, contra los cristianos y hasta los clérigos que seguían el ejemplo de losfeneratores, quienes, cuando el interés legal era de alrededor del 12 %, prestaban al 24, 48 y hasta 60 por ciento. Los cánones de los concilios son muy explícitos al respecto. Siguen la doctrina de los Padres, de San Agustín, San Crisóstomo y San Jerónimo. Prohíben el préstamo y castigan a los que, clérigos y laicos, se dedican a prácticas usurarias. Su severidad no impedía del todo la usura, pero sí la moderaba, pues la tachaba de infame. Sin embargo, las condiciones sociales eran tales que la usura era inevitable y los concilios no podían cambiar en nada estas condiciones. Durante algunos siglos, el feudalismo había despojado a los municipios de sus bienes y había agrandado sus territorios a expensas de las tierras comunales. Cuando desapareció la servidumbre, la esclavitud económica sustituyó la esclavitud personal. Parte de la población campesina fue llevada a la vagancia, lo cual explica las bandas de vagabundos, mendigos y ladrones que, en el siglo XIV, cubrieron las carreteras de Francia. La otra parte fue sometida al régimen de salarios o vivió como arrendataria del suelo que había sido suyo.
Al mismo tiempo, en los siglos XII y XIII, se constituyeron el patronado y el salariado. La burguesía se desarrolló, se enriqueció y conquistó privilegios y franquicias: nació el poderío capitalista. Al transformarse el comercio, el valor del oro aumentó y la pasión por el dinero creció junto con la importancia que adquirió la moneda.
Por un lado los ricos, pues, y por el otro campesinos sin tierra propia, sometidos al diezmo y a las prestaciones, y obreros sojuzgados por las leyes capitalistas. Por encima de todo, guerras perpetuas, motines, enfermedades y hambrunas. Si el año es malo, o el fisco más duro, o si la cosecha fracasa, el campesino, el proletario o el pequeño burgués no tendrá más remedio que recurrir al empréstito. Hacen falta, por lo tanto, prestamistas. Pero la Iglesia prohíbe el préstamo a interés y el capital no se resuelve a quedar improductivo. Ahora bien: en la Edad Media, el capital sólo puede ser comerciante o prestamista: el dinero no puede producir de otro modo. Mientras las decisiones eclesiásticas tienen influencia, gran parte de los capitalistas cristianos no quieren alzarse directamente contra su autoridad. Así se formó una clase de réprobos, de la cual la burguesía y la nobleza a menudo fueron comanditarios. Se componía de lombardos y caorsinos, a quienes príncipes y señores conferían privilegios de préstamo a interés, cosechando parte de los beneficios, que eran considerables, puesto que los lombardos prestaban al 10 por ciento por mes; o de extranjeros sin escrúpulos, como estos emigrados de Toscania establecidos en Istria, que practicaban la usura a tal punto que el municipio de Trieste suspendió en 1350 cualquier ejecución por apremio durante tres años. Esto no suprimía a los usureros locales, pero, ya lo he dicho, éstos encontraban las trabas que la Iglesia ponían a sus operaciones (el concilio de Lyón de 1245 quería que el testamento de los usureros fuera anulado).
Para los judíos, estas trabas no existían. La Iglesia no tenía sobre ellos ninguna acción moral. No podía prohibirles, en nombre de la doctrina y el dogma, practicar el intercambio y la banca. Los judíos que, en esa época, pertenecían en su mayor parte a la categoría de los comerciantes y los capitalistas, aprovecharon este privilegio y la situación económica de los pueblos en medio de los cuales vivían. La autoridad eclesiástica los empujó por este camino más que los retuvo, y los burgueses cristianos los hicieron entrar en él suministrándoles capitales, o sea usándolos como testaferros.
Así una concepción religiosa de las funciones del capital y del interés y un estado social que se oponía a tal concepción llevaron a los judíos de la Edad Media a ejercer un oficio despreciado pero necesitado, y en realidad no fueron causa de las desgracias provocadas por la usura, de lo que era culpable el orden social mismo. Fueron por lo tanto, en parte, motivos exteriores a ellos, a su naturaleza y a su temperamento los que los hicieron prestamistas, cambistas y banqueros, pero es justo agregar que estaban preparados para tales oficios por su condición misma de comerciantes, y esta condición, indudablemente la habían buscado. Si no cultivaron la tierra y no fueron agricultores, no fue porque no tuvieran bienes raíces, como a menudo se ha dicho: las leyes restrictivas del derecho e propiedad de los judíos no llegaron sino después de su establecimiento. Tuvieron tierras, pero las hicieron cultivar por esclavos, pues su tenaz patriotismo les prohibía arar suelo extranjero. [6] Este patriotismo, la idea que tenían de la santidad e la tierra palestinense, la ilusión que conservaban viva en ellos de la restauración de esta patria y la creencia particular que los hacía considerarse como exilados que algún día volverían a ver la ciudad sagrada los empujaron más que todos los demás extranjeros a dedicarse al comercio.
Comerciantes, debían fatalmente convertirse en usureros, dadas las condiciones que les impusieron los códigos y las condiciones que se impusieron a sí mismos. Para evitar persecuciones y vejámenes, tuvieron que hacerse útiles, y hasta necesarios, para sus dominadores, los nobles de quienes dependían y la Iglesia de la cual eran vasallos. Ahora bien: el noble y la Iglesia – a pesar de sus anatemas – necesitaban oro. Este oro, lo pedían a los judíos. El oro, en la Edad Media, se había convertido en el gran motor, en el dios supremo. Los alquimistas agotaban su vida en la búsqueda del procedimiento que debía crearlo. La idea de su posesión exaltaba las mentes. En su nombre, todas las crueldades se cometían. La sed de riquezas conquistaba todas las almas. Más tarde, para los sucesores de Colón, para Cortés y Pizarro, la conquista de América fue la conquista del oro. Los judíos fueron víctimas de tal fascinación universal, como la que habían conocido los Templarios. Les resultó especialmente funesta, por su mentalidad y por la condición civil que se les imponía. Para adquirir unos pocos privilegios, o más bien para durar, se hicieron los proxenetas del oro. Pero los cristianos lo buscaron con tanta avidez como ellos. Además, perpetuamente amenazados con la expulsión, siempre acampados y condenados al estado nómade, los judíos tuvieron que enfrentar las eventualidades temibles del exilio. Necesitaron transformar sus bienes, para hacerlos fácilmente disponibles, dándoles una forma mobiliaria. Por ello fueron los más activos para imponer el valor dinero y considerarlo como una mercancía. De ahí el préstamo y, para remediar las confiscaciones periódicas, e inevitables, la usura.
La creación y organización, en el siglo XIII, de las guildas y los gremios redujeron definitivamente a los judíos al estado a que los habían llevado las condiciones sociales, generales y particulares, que sufrían. Todas esas corporaciones fueron corporaciones religiosas, digámoslo así: cofradías en las cuales sólo ingresaban los que se prosternaban ante el estandarte del Santo patrono. Las ceremonias que rodeaban el ingreso en esos cuerpos eran ceremonias cristianas. Los judíos tenían que ser excluidos. Lo fueron; una serie de normas les prohibió sucesivamente cualquier, industria y cualquier comercio, salvo el de ropa y muebles usados. Todos aquellos que se salvaron de esta obligación lo consiguieron merced a privilegios particulares que por lo general compraron carísimo.
Esto no es todo, sin embargo. Otras causas más íntimas se agregaron a las que acabo de mencionar, y todas concurrieron a rechazar cada vez más al judío fuera de la sociedad, a encerrarlo en el ghetto y a inmovilizarlo detrás del mostrador dónde pesaba el oro.
Pueblo enérgico, dinámico y de un orgullo infinito, que se consideraba superior a las demás naciones, el pueblo judío quiso ser una potencia. Tenía instintivamente el gusto de la dominación puesto que, por sus orígenes, su religión y el carácter de raza elegida que siempre se había atribuido, se creía ubicado encima de todos. Para ejercer esta suerte de autoridad los judíos no pudieron elegir los medios. El oro les dio el poder que todas las leyes políticas y religiosas les negaban; éste era el único que podían esperar. Detentadores del oro, se convertían en amos de sus amos, y los dominaban. También era éste el único modo de desplegar su energía y su actividad.
¿No hubieran podido manifestarlas de otra manera? Sí, lo intentaron. Pero para eso tuvieron que combatir contra su propia mentalidad. Durante largos años fueron intelectuales. Se dedicaron a las ciencias, las letras y la filosofía: Fueron matemáticos y astrónomos. Practicaron la medicina, y si la escuela de Montpellier no fue creada por ellos, contribuyeron a su desarrollo. Tradujeron las obras de Averroes y de los árabes comentadores de Aristóteles. Revelaron la filosofía griega al mundo cristiano y sus metafísicos Ibn Gabirol y Maimónides figuraron entre los maestros de los escolásticos. [7] Fueron durante años los depositarios del saber. Mantuvieron alto, como los iniciados de la Antigüedad, la antorcha que trasmitieron a los occidentales. Tomaron, con los árabes, la parte más activa del florecimiento y fructificación de esta admirable civilización semítica que surgió en España y en el mediodía de Francia, civilización ésta que anunció y preparó el Renacimiento. ¿Quiénes los detuvieron en este camino? Ellos mismos.
Para preservar a Israel de las perniciosas influencias del exterior – perniciosas, decían, para la integridad de la fe – sus doctores se esforzaron por limitarlo al estudio exclusivo de la ley. [8] Esfuerzos en este sentido ya se hicieron en la época de los Macabeos, cuando los helenizantes constituían un gran partido en Palestina. Vencidos en un primer momento o, por lo menos, poco escuchados, los que se llamaron más tarde los oscurantistas prosiguieron su misión. Cuando, en el siglo XII, la intolerancia y la beatería judías ganaron terreno y el exclusivismo aumentó, la lucha entre partidarios de la ciencia profana y sus adversarios se hizo más violenta. Se exasperó después de la muerte de Maimónides y acabó en la victoria de los oscurantistas.
Moisés Maimónides había intentado en sus obras, y en especial en el Moré Nebukhim (Guía de los extraviados), conciliar la fe y la ciencia. Aristotélico convencido, había querido unir la filosofía peripatética con el mosaísmo, y sus especulaciones sobre la naturaleza e inmortalidad del alma hallaron defensores y admiradores ardientes, pero también detractores frenéticos. Estos últimos le reprocharon sacrificar el dogma a la metafísica y menospreciar las creencias fundamentales del judaísmo: la resurrección de la carne, por ejemplo. En realidad, los maimonistas, principalmente en Francia y España, tendían a dejar a un lado las prácticas rituales y las ceremonias demasiado minuciosas del culto. Osadamente racionalistas, explicaban alegóricamente los milagros bíblicos, como lo habían hecho en otros tiempos los discípulos de Filón, y evadían las proscripciones tiránicas de la religión. Pretendían participar en el movimiento intelectual de su época y mezclarse, sin abandonar sus creencias, con la sociedad en cuyo seno vivían. Sus adversarios defendían la pureza de Israel y la integridad absoluta de su culto, sus ritos y sus creencias. Veían en la filosofía y la ciencia los más funestos enemigos del judaísmo y afirmaban que si los judíos no volvían a ser ellos mismos, si no rechazaban lejos de sí todo lo que no era la Ley santa, estaban destinados a perecer y a disolverse entre las naciones. Desde su punto de vista estrecho y fanático tal vez no estuvieran equivocados, y fue gracias a ellos que los judíos persistieron en todas partes como una tribu extranjera que conservaba celosamente sus leyes y sus costumbres, resignada a la muerte intelectual y moral más bien que a la muerte física y natural de los pueblos degenerados.
En 1252, el rabino Salomón de Montpellier lanzó el anatema contra todos aquellos que leyeran el Moré Nebukhim o se dedicaran a estudios científicos y filosóficos. Esto fue la señal del combate, que fue violento de ambas partes y en el cual todas las armas fueron utilizadas. Los rabinos fanáticos recurrieron al fanatismo de los dominicos. Denunciaron la Guía de los Extraviados y la quisieron hacer quemar por la Inquisición. Ése fue el intento de Salomón de Montpellier, y su fracaso marcó la derrota de los oscurantistas. Pero esa derrota no terminó con la lucha. A fines del siglo, fue retomada por Astruc de Lunel, apoyado por Salomón ben Adret de Barcelona, contra Jacobo Tibbón de Montpellier. A instigación de un doctor de Alemania, Ascher ben Yehiel, un sínodo de treinta rabinos, reunido en Barcelona con la presidencia de Ben Adret, excomulgó a todos aquellos que antes de los veinticinco años leyeran otros libros que la Biblia y el Talmud.
La excomunión contraria fue pronunciada por Jacobo Tibbón quien, encabezando a todos los rabinos provenzales; defendió valientemente la ciencia condenada. Todo fue en vano. Estos miserables judíos que el mundo entero atormentaba por su fe persiguieron a sus correligionarios más áspera y duramente de lo que se los había jamás perseguido. A los que acusaban de indiferencia aplicaban los peores suplicios. A los blasfemos se les cortaba la lengua. A las mujeres judías que mantenían relaciones con cristianos se las condenaba a ser desfiguradas: se les practicaba la ablación de la nariz.
A pesar de todo, los partidarios de Tibbón resistieron. Si, durante los siglos XIV y XV, en Francia, España e Italia, el pensamiento judío no murió completamente, a ellos se debió. Sin embargo, todos esos hombres, tales como Moisés de Narbona y Levy de Bagnols, como Elías de Creta y Alemani, el maestro de Pico de la Mirándola, eran unos aislados, como más tarde Spinoza. En cuanto a la masa de los judíos, había caído enteramente bajo el yugo de los oscurantistas. Ya estaba separada del mundo y cualquier salida le estaba vedada. Ya no tenía, para nutrir su mente, sino los fútiles comentarios talmúdicos, discusiones inútiles y mediocres sobre la ley. Estaba encerrada y ahogada por las prácticas ceremoniales, como las momias por sus vendas. Sus dirigentes y sus guías la habían encarcelado en la mazmorra más estrecha y más abominable. De ahí un espantoso embrutecimiento, un horroroso relajamiento, un debilitamiento del intelectualismo y una compresión de los cerebros que se hicieron ineptos para concebir cualquier idea.
A partir de ese momento, el judío ya no pensó. ¿Y qué necesidad tenía de pensar, puesto que tenía un código minucioso, obra de legistas casuistas, que podía contestar todas las preguntas que era lícito formular? Pues se prohibía al creyente inquietarse por problemas que no indicaba este código, el Talmud. En el Talmud el judío lo encontraba todo previsto. Los sentimientos y emociones, cualesquiera fuesen, estaban marcados. Unas plegarias – puras fórmulas – permitían manifestarlos. El libro no dejaba lugar alguno ni a la razón ni a la libertad, tanto menos cuanto que casi se proscribía, al enseñarlo, la parte leyendaria y la parte gnómica para insistir en la legislación y el ritual. Con semejante educación, el judío no perdió solamente toda espontaneidad y toda intelectualidad; vio disminuir y debilitarse su moralidad. Los talmudistas, que sólo tomaban en cuenta actos exteriores cumplidos maquinalmente, y no una meta moral, cerraron el alma judía. Entre el culto y religión que preconizaron y el sistema chino del molino de plegarias no había sino la diferencia que separa la complejidad de la simplicidad. Si, por la tiranía que ejercieron sobre su rebaño, desarrollaron en cada uno la ingeniosidad y la astucia necesarias para escapar de la red que lo agarraba impiadosamente, acrecentaron el positivismo natural de los judíos ofreciéndoles como único ideal una felicidad material y personal, felicidad ésta que se podía alcanzar en la tierra siempre que se supiera cumplir las mil leyes culturales.
Para conquistar esta felicidad egoísta, el judío, al que las prácticas recomendadas libraban de toda preocupación y de toda inquietud, era fatalmente llevado a buscar el oro, pues, dadas las condiciones sociales que lo regían, como regían a todos los hombres de la época, sólo el oro podía procurarle las satisfacciones que concebía su cerebro limitado y estrecho. Así, por sí mismo y por los que lo rodearon, por sus leyes propias y por las que se le impusieron, por su naturaleza artificial y por las circunstancias, el judío fue dirigido hacia el oro. Fue preparado para ser el cambista, el prestamista y el usurero: el que capta el metal, primero por el goce que puede proporcionar y, luego, por la única felicidad de su posesión; el que, ávido, se apodera del oro y, avaro, lo inmoviliza. Así transformado el judío, el antijudaísmo se complicó. Las causas sociales se mezclaron con las causas religiosas y la combinación de estas causas explica la intensidad y la gravedad de las persecuciones que Israel hubo de sufrir.
En efecto, los lombardos y los caorsinos, por ejemplo, fueron blancos de la animosidad popular. Fueron odiados y despreciados, pero no fueron víctimas de persecuciones sistemáticas. El que los judíos detentasen riquezas, se lo encontraba abominable sobre todo por tratarse de judíos. Contra el cristiano que lo expoliaba – y que, por lo demás, no valía ni más ni menos que el judío – el pobre diablo despojado sentía menos ira de la que experimentaba contra el réprobo israelita, enemigo de Dios y de los hombres. Al convertirse el deicida, ya objeto de horror, en usurero, recaudador de tasas e imperioso agente del fisco, el horror se acrecentó. Se le agregó el odio de los apremiados y oprimidos. Las mentes sencillas no buscaron las causas reales de su angustia: sólo vieron sus causas eficientes. Ahora bien: el judío era la causa eficiente de la usura. Era él quien, por los enormes intereses que cobraba, provocaba las penurias, la áspera y dura miseria. Era sobre el judío, pues, que recaía la enemistad, El pueblo sufrido no se preocupaba mucho por las responsabilidades. No era economista, ni pensador. Comprobaba que una mano pesada lo sujetaba. Esta mano era la del judío: se tiraba, pues, contra el judío. No sé tiraba sólo contra él y a menudo, cuando se le habían agotado fuerza y paciencia, golpeaba a todos los ricos indistintamente y mataba a judíos y cristianos. Los Pastoureaux destruyeron, en Gascuña y en el sur de Francia, ciento veinte comunidades judías, pero no se limitaron a maltratar a los judíos: invadieron castillos y exterminaron a los nobles y a los que poseían. En el Brabante, los campesinos que asediaron a Genappe, lugar de residencia de los judíos, no perdonaron a sus correligionarios. Asimismo, en Renania, cuando los reyes Armleder sublevaron a los Gueux, no arrastraron consigo solamente a los Judenschläger, [9]sino también a matadores de ricos. Con todo, entre los cristianos, sólo los poseedores padecían la violencia de los revoltosos: no se tocaban los pobres. Entre los judíos, se exterminaban pobres y ricos indistintamente, pues eran ante todo culpables de ser judíos. A su ira por ser despojada, la muchedumbre agregaba la rabia de ser despojada por malditos y, perteneciendo estos malditos a una raza extranjera y formando un pueblo aparte, ya ninguna consideración retenía a los expoliados.
Sin embargo, las masas dominadas por la autoridad y las leyes pocas veces atacaban a la generalidad de los capitalistas. Hacía falta, para empujarlas a la rebelión, una espantosa acumulación de miseria. En lo que concernía a los judíos, su animosidad no estaba nada retenida sino, por el contrario, excitada. Era un derivativo y, de vez en cuando, reyes, nobles o burgueses ofrecían a sus esclavos un holocausto de judíos. A este judío desgraciado, durante la Edad Media se lo utiliza para dos fines. Se lo usa como sanguijuela, dejándolo inflarse y llenarse de oro; luego se lo obliga a devolver o, si el odio popular está demasiado exacerbado, se lo entrega a un suplicio ventajoso para los capitalistas cristianos que pagan así a los que despojan un tributo de sangre propiciatoria.
De vez en cuando, para dar satisfacción a sus súbditos, miserables en demasía, los reyes proscribían la usura judía y anulaban las deudas. Pero, por lo general, toleraban a los judíos y hasta los alentaban, seguros de encontrar algún día su provecho en la confiscación o, a lo mejor, sustituyéndolos como acreedores. Sin embargo, tales medidas sólo eran temporarias y el antijudaísmo de los gobiernos era meramente político. Echaban a los judíos, sea para reforzar su hacienda, sea para suscitar el reconocimiento de los humildes que liberaban, en parte, de la pesada carga de la deuda, pero pronto los llamaban de vuelta, pues no sabían dónde encontrar mejores recaudadores de tasas. Por lo demás, la legislación antijudía, ya lo hemos dicho, lo más a menudo era impuesta a los reinos por la Iglesia, sea por los monjes, sea por los papas y los sínodos. Con todo, el clero regular y el clero secular actuaban según principios distintos.
Los monjes se dirigían al pueblo, con el cual estaban en contacto permanente. Predicaban en primer lugar contra los deicidas, pero mostraban a estos deicidas como dominadores, mientras que hubieran debido estar perpetuamente hincados bajo el yugo de la cristiandad. Todos esos predicadores daban cuerpo a las quejas populares, "Si los judíos llenan sus graneros de fruta, sus alacenas de víveres, sus bolsos de plata y sus, arcas de oro – decía Pedro de Cluny – [10], no es ni labrando la tierra, ni sirviendo en la guerra, ni practicando cualquier otro oficio útil y honorable, sino engañando a los cristianos y comprando a vil precio a los ladrones los objetos de que éstos se han apoderado". Exaltaban una ira que no pedía sino manifestarse y, en sus homilías y sermones, era sobre todo el lado social del problema el que ponían de relieve. Invectivaban a la nación "infame" que "vive de rapiña" y, si mezclaban a sus injurias algunas preocupaciones de proselitismo, se presentaban sobre todo como vengadores llegados para castigar "la insolencia, la avaricia y la dureza de los judíos". Por eso se los escuchaba. En Italia, Juan de Capistrano, el "Castigo de los Hebreos", sublevaba a los pobres contra la usura de los judíos y su dureza de corazón. Proseguía su obra en Alemania y Polonia, arrastrando a bandas de pobres diablos, miserables y desesperados, que hacían pagar sus sufrimientos a las colectividades judías. Bernardino de Feltre seguía su ejemplo, pero estaba obsesionado por ideas más prácticas, entre otras la de organizar Montes-Píos, para eliminar la rapacidad de los prestamistas. Recorría Italia y el Tirol, pidiendo la expulsión de los hebreos, provocando sublevaciones y motines y causando la matanza de los judíos de Trento.
Los reyes, los nobles y los obispos no alentaban esta campaña de los regulares. En Alemania, protegían a los israelitas contra el monje Radulfo. En Italia, se oponían a las predicaciones de Bernardino de Feltre que acusaba a los príncipes de haberse dejado comprar por Yehiel de Pisa, el judío más rico de la Península. En Polonia, el papa Gregorio XI detenía la cruzada del dominico Juan de Ryczywol. Los gobernantes tenían sumo interés en reprimir estas sublevaciones parciales, pues sabían por experiencia que las bandas de hambrientos, cuando habían degollado a los judíos, degollaban a los que gozaban de exorbitantes privilegios, a los señores, condes o barones, cuya dominación pesaba demasiado sobre los hombros de los contribuyentes. Los Pastoureaux, los Jacques, los seguidores de Armleder y, más tarde, los campesinos de Munzer, mostraron que los dueños del poder tenían algunas buenas razones para temer. Al proteger, hasta cierto punto, a los judíos, se protegían a sí mismos.
En cuanto a la Iglesia, se mantenía en el antijudaísmo teológico y, esencialmente conservadora, se cuidaba de no alentar el furor popular. Hablo de la Iglesia universal y centralizadora, que abrigaba sueños de universal dominación, la Iglesia de los sínodos, la Iglesia legisladora, y no la Iglesia de los pobres sacerdotes y de los monjes, que sentía la misma ira que agitaba a los humildes. Pero si la Iglesia intervenía a veces a favor de los judíos cuando eran víctimas del odio de la muchedumbre, alimentaba este odio y le suministraba argumentos al combatir el judaísmo, aunque no lo combatía por los mismos motivos.
Fiel a sus principios, perseguía vanamente el espíritu judío en todas sus formas. Le era imposible librarse de él, pues dicho espíritu judío había inspirado su primera época y la impregnaba corno la sal marina que surge en su superficie impregna la arena de las playas. Aunque, desde el siglo II, se hubiera dedicado a negar sus orígenes y a alejar de ella cualquier recuerdo de sus fundamentos iniciales, éstos la habían marcado. Al tratar de realizar su concepción de los estados cristianos dirigidos y dominados por el papado, la Iglesia tendió a reducir todos los elementos anticristianos. Así inspiró la reacción violenta de Europa contra los árabes y la lucha de las nacionalidades europeas contra el islamismo fue una lucha a la vez política y religiosa.
Pero el peligro musulmán era un peligro exterior, y los peligros interiores que amenazaban el dogma fueron juzgados tan graves por la Iglesia. A medida que se hizo todopoderosa y alcanzó su máximo de catolicidad, soportó más difícilmente la herejía. A partir del siglo VIII, la legislación contra los herejes se agravó. Antes benigna y limitada a penas canónicas, recurrió en adelante al poder secular, y se tomaron medidas durísimas contra los valdenses, los albigenses, los beggards, los hermanos apóstoles y los luciferianos. La Inquisición que el papa Inocencio III estableció en el siglo XIII fue el acabamiento de este movimiento. En adelante, un tribunal especial, con la autoridad civil sometida a sus decisiones, fue el único juez, un juez impiedoso, de la herejía.
Los judíos no pudieron permanecer al margen de esta legislación. Se los persiguió, no por ser judíos – la Iglesia quería conservar a los judíos como un testimonio vivo de su triunfo – sino por incitar a la judaización, sea directamente, sea inconscientemente y por el solo efecto de su existencia. ¿No habían sus filósofos alentado a metafísicos como Amaury de Pene y David de Finan? Además, ciertos herejes ¿no eran judaizantes? Los pasagianos de la Alta Italia observaban la ley mosaica. La herejía de Orleans era una herejía judía. Una secta albigense afirmaba que la doctrina de los judíos era preferible a la de los cristianos. Los husitas estaban respaldados por los judíos. Por ello los dominicos predicaron contra los husitas y los judíos y el ejército imperial que marchaba contra Juan Ziska masacró a judíos en su camino.
En España, donde la mezcla entre judíos y cristianos había sido considerable, la Inquisición fue instaurada por Gregorio XI, quien le dio una constitución, para controlar a los herejes judaizantes, y a los judíos y a los moros que, aunque no fueran súbditos de la Iglesia, estaban sometidos al Santo Oficio cuando "por sus palabras o sus escritos alentaban a los católicos a abrazar su fe". Además, el papado recordó a los reyes de España las decisiones canónicas, pues los fueros castellanos, al sustituir las leyes visigóticas, habían asegurado a los judíos, los cristianos y los musulmanes los mismos derechos.
Todas estas medidas eclesiásticas reforzaron los sentimientos antijudíos de los reyes y los pueblos. Eran causas generadoras. Mantuvieron un estado de espíritu especial que acentuaron para los reyes motivos políticos y para los pueblos motivos sociales. Gracias a ellas, el antijudaísmo se generalizó, y ningún estrato de la sociedad permaneció al margen, pues todos los estratos estaban, en mayor o menor medida, guiados por la Iglesia o inspirados en sus doctrinas. Todos eran o se creían perjudicados por los judíos. Los nobles estaban ofendidos por sus riquezas. Los proletarios, los artesanos y los campesinos, en una palabra, el bajo pueblo, estaban irritados por su usura. En cuanto a la burguesía – comerciantes y manejadores de dinero – se encontraba en rivalidad permanente con los judíos, y la competencia constante engendraba el odio. En los siglos XIV y XV, empieza a dibujarse la lucha moderna del capital cristiano contra el capital judío y la burguesía católica mira con bastante satisfacción la matanza de los judíos, que la libra de un rival a menudo feliz.
Así todo concurrió a hacer del judío el enemigo universal, y el único apoyo que encontró durante este terrible período de unos siglos fue el del papado y de la Iglesia que, aun alimentando la ira cuyas consecuencias padecía, querían conservar preciosamente este testigo de la excelencia de la fe cristiana. Si la Iglesia conservó a los judíos, no fue sin embargo sin reprimendarlos y castigarlos. Fue ella la que prohibió encargarles empleos públicos que pudieran conferir autoridad sobre los cristianos. Fue ella la que incitó a los reyes a tomar contra ellos medidas restrictivas, les impuso signos distintivos – la rueda y el sombrero – y los encerró en ghettos, estos ghettos que a menudo los judíos aceptaron, y hasta buscaron, en su deseo de separarse del mundo y de vivir apartados, sin mezclarse con las naciones, para conservar la integridad de sus creencias y de su raza. Si bien es cierto que en muchos lugares los edictos ordenaban a los judíos permanecer confinados en barrios especiales, no hicieron sino consagrar un estado de cosas ya existente. Pero el principal papel de la Iglesia fue el de combatir dogmáticamente la religión judía. Para eso, las controversias, tan numerosas sin embargo, no bastaron. Se dictaron leyes contra los libros judíos. Ya Justiniano [11] había prohibido en las sinagogas la lectura de la Mischna. Posteriormente, no se legisló más contra el Talmud hasta San Luis. Después de la controversia de Nicolás Donin y Yehiel de París (1240), Gregorio IX ordenó quemar el Talmud. Esta ordenanza fue reiterada por Inocencio IV (1244), Honorio IV (1286) y Juan XXII (1320) y por el antipapa Benedicto XIII (1415). Además, se expurgaron las plegarias judías y se prohibió la erección de nuevas sinagogas.
Las leyes civiles comentaron las decisiones eclesiásticas y se inspiraron en ellas. Así, por ejemplo, las leyes de Alfonso X de Castilla, en el código de las Siete Partidas, [12]las disposiciones de San Luis, las de Felipe IV, las de los emperadores alemanes y las de los reyes polacos. [13] Se prohibió a los judíos mostrarse en público en ciertos días. Se les impuso, como al ganado, un peaje personal. A veces se les impidió casarse sin autorización.
A las leyes se agregaron las costumbres: costumbres vejatorias como la de Tolosa, en Languedoc, que sometía al síndico de los judíos a la colafización. La muchedumbre los insultaba en ocasión de sus fiestas y sus sábados. Profanaba sus cementerios. Al salir de los misterios y de las representaciones de la Pasión, saqueaba sus casas.
No bastó con vejarlos ni expulsarlos, como hicieron Eduardo I de Inglaterra (1287), Felipe IV y Carlos VI de Francia (1306 y 1394) y Fernando el Católico de España (1492); se los masacró en todas partes.
Cuando los cruzados iban a liberar el santo Sepulcro, se preparaban a la guerra santa con la inmolación de los judíos. Cuando la peste negra o la hambruna se desencadenaba, se ofrecía a los judíos en holocausto a la divinidad irritada. Cuando las exacciones, la miseria, el hambre y las penurias asustaban al pueblo, éste se vengaba sobre los judíos, que proporcionaban víctimas expiatorias, "¿Para qué ir a combatir a los musulmanes – gritaba Pedro de Cluny [14] – puesto que tenemos a los judíos entre nosotros, a los judíos que son peores que los sarracenos?”
¿Qué hacer contra la epidemia sino matar a los judíos que conspiran con los leprosos para envenenar las fuentes? Por ello se los extermina en York y en Londres, en España a instigación de San Vicente Ferrer, en Italia donde predica Juan de Capistrano, en Polonia, en Bohemia, en Francia, en Moravia, en Austria. Se los quema en Estrasburgo, Maguncia y Troyes. En España, los marranos van a la hoguera por millares. En otras partes, se los destripa a golpes de horquilla y de guadaña, se los cachiporrea como a perros.
Por cierto, los profetas que pidieron para Judá, como castigo de sus crímenes, los temibles furores de su Dios, no soñaron con desgracias más espantosas que aquellas con las que se lo abrumó. Cuando se lee su martirologio, tal como lo lloró, en el siglo XVI, el aviñonés Ha Cohen, [15] este martirologio que va desde Akiba, desgarrado por almohazas de hierro, hasta los supliciados de Ancona rogando en las llamas y los héroes de Vitry que se inmolaron a sí mismos, uno se siente agarrado por una lastimosa tristeza. El Valle de los Llantos, así se llama este libro que "resonó para el duelo. . . ", cuya tocante grandeza no alcanzaron las Lágrimas del Pastor de Chambrun celebrando a los hugonotes proscriptos. "Lo llamé El Valle de los Llantos – dice el viejo cronista – pues responde a este título. Quienquiera lo lea se sentirá conmovido, sus párpados dejarán correr lágrimas y, con las manos colocadas en los riñones, se preguntará.; ¡hasta cuándo, Díos mío!"
¿Qué culpas podían merecer castigos tan espantosos? ¡Cuán desgarradora debía ser la aflicción de esos seres! En las horas malas, se estrecharon los unos contra los otros y se sintieron hermanos. El vínculo que los unía se fortaleció. ¿A quiénes habrían dicho sus lamentos y sus pocas alegrías, sino a si mismos? De estas comunes desolaciones y de estos sollozos nació una intensa y sufrida fraternidad. El viejo patriotismo judío se exaltó más aún. Se complacieron, estos abandonados, maltratados en toda Europa y que marchaban con la cara escupida, se complacieron en sentir revivir a Sion y sus colinas perdidas y evocar, supremo y dulce consuelo, las amadas orillas del Jordán y los lagos de Galilea. Lo lograron por una intensa solidaridad. En medio de los lamentos y las opresiones, fueron llevados a vivir más entre sí y a aliarse estrechamente. ¿No sabían que en sus viajes sólo en casa del judío encontrarían un amparo seguro, que si la enfermedad los asaltaba sólo un judío los auxiliaría fraternalmente y que si morían lejos de los suyos sólo judíos los podrían sepultar según los ritos y rezar sobre sus cuerpos las plegarias tradicionales?
Sin embargo, si se quiere comprender exactamente la situación de los judíos durante esa época sombría, hay que compararla con la del pueblo que los rodeaba. Si las persecuciones contra los judíos tuvieran lugar hoy en día, su carácter de excepción las haría más dolorosas. En la Edad Media, los proletarios y campesinos no eran mucho más felices. Los judíos, sacudidos por terribles convulsiones, tenían épocas de relativa tranquilidad, períodos ésos que no conocieron los siervos. Se tomaban medidas contra ellos, ¿pero qué medidas no se tomaron contra los mozárabes, los husitas, los albigenses, los Pastoureaux y los Jacques? ¿Contra los herejes y los miserables? -Desde el siglo XI al final del siglo XVI, se desarrollaron años abominables y los judíos no sufrieron mucho más que aquellos en medio de quienes vivían. Sufrieron por otras causas y quedaron marcados de modo distinto. Pero a medida que las costumbres se fueron suavizando, horas más felices llegaron para ellos. Vamos a ver qué modificaciones debían aportar a su estado la Reforma y el Renacimiento.
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[1] )- De insolentia judaeorum (Patrologie latine, t. CIV).
[2] )- Gesta Philippi Augusti.
[3] )- Sobre la situación de los judíos meridionales en tiempo de Felipe el Hermoso, ver Luce, Simón, Catalogue des documenta du trésor des chartes (Revue des Eludes Juives, t. 1, n° 3).
[4] )- "No prestarás a interés a tu hermano, ni dinero, ni alimentos, ni cosa alguna; podrás prestar a interés al extranjero (nochri)", Deuteronomio, XXIII, 19, 20.
Nechri significa el extranjero de paso; el extranjero residente se llama guer.
"Cuando tu hermano se haya empobrecido y te extienda sus manos temblorosas, lo sostendrás, inclusive al extranjero (guer) que habita en el país, para que viva contigo. No le sacarás ni interés ni usura." Levítico, XXV, 35.
"Jehováh ¿quién es el que estará en tu tabernáculo? El que no presta a interés." (Psalmo XV, 5. "Ni a un no judío", agrega el comentario talmúdico. (Maccoth., 1, XXIV). (Ver también Éxodo, XXII, 25. Filón, De caritate, Josefo, Antiquit. jud., 1, IV, cap. VIII, Seldon, 1, VI, cap, IX).
[5] )- La Sibila hebraica habla de "la sed execrable del oro, del amor a la ganancia sórdida que lleva a los latinos a la conquista del mundo".
[6] )- Cer. cap. I, p. 18.
[7] )- Ver Munk, S., Mélanges de philosophie juive et arabe.
[8] )- Cap. I
[9] )- Literalmente “golpeadores de judíos” y, por extensión, “matadores de judíos”
[10] )- Pedro el Venerable, abad de Cluny, Tractatus adversus judaeorum inveteram diritiam (Bibl. des Péres Latins, Lyon).
[11] )- Novelle, 146.
[12] )- Tít. XXIV.
[13] )- Status principal de Ladyslas Jagellon, art. XIX.
[14] )- Lug. citado.
[15] )- Emek-Habbaka (La vallée des pleurs), traducción de Julien Sée
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