IV
EL ANTISEMITISMO DESPUES DE CONSTANTINO HASTA EL SIGLO VIII
La Iglesia triunfante - La decadencia del judaísmo - La Pascua y las herejías judaizantes - La judaización - El Concilio de Nicea - El antijudaísmo teológico se transforma - El final de los Apologistas - Antijudaísmo de los Padres y el clero - Los insultos - Hosio, el papa Silvestre, Eusebio de Cesarea, Gregorio de Nisa y San Agustín - San Ambrosio, San Jerónimo y San Cirilo de Jerusalén - San Juan Crisóstomo - Los escritores eclesiásticos - El edicto de Milán y los judíos - Proselitismo judío y proselitismo cristiano - Los judíos, la Iglesia y los emperadores cristianos - Acción de la Iglesia sobre la legislación imperial - Las leyes romanas - Los vejámenes contra los judíos - Los movimientos populares - La defensa de los judíos: sus sublevaciones - Isaac de Sepforis y Natrona - Benjamín de Tiberiades y la Conquista de Palestina - Juliano el Apóstata y la nacionalidad judía - Los judíos entre los pueblos - Generalización del antijudaísmo - En Persia - Los magos, los doctores judíos y las academias judías - En Arabia - La influencia de los judíos en el Yemen - La victoria del islamismo y las persecuciones contra los judíos - España y las leyes visigodas - Los burgundos - Los francos y la legislación romana - El derecho canónico, los concilios y el judaísmo - Situación y actitud de los judíos - El Catolicismo.
Durante tres siglos, la Iglesia había debido luchar contra todos los que unían la grandeza de Roma al culto secular de los Dioses, No obstante, la resistencia del poder, la de los pontífices y la de los filósofos no habían podido detener su marcha. Las persecuciones, los odios y la ira habían acrecentado su poder de propaganda. Por lo demás, había sabido dirigirse a aquellos cuya mente estaba perturbada y cuya conciencia vacilaba, aportándoles una idea y la certidumbre moral que les faltaba. Además, en el momento en que el Imperio romano, demasiado extenso, se fisuraba en todas partes, cuando Roma, anunciando a todo poder y toda autoridad, recibía sus Césares de las legiones y cuando surgían en cada rincón de provincia candidatos a la púrpura, la Iglesia católica daba a este mundo moribundo una unidad que buscaba.
Pero, si le daba una unidad intelectual, destruía al mismo tiempo sus instituciones, sus costumbres y su modo de vivir. En Roma y en el Imperio, en efecto, las funciones públicas eran al mismo tiempo civiles y religiosas. El magistrado, el procurador y el dux también eran sacerdotes y ningún acto púiblico se cumplía sin rito. El gobierno era, en alguna medida, teocrático y acabó simbolizándose totalmente en el culto a los Emperadores. Se consideraban enemigos del César y del Imperio todos aquellos que buscaban sustraerse a este culto y se juzgaban malos ciudadanos. Estos sentimientos explican la animosidad romana contra las religiones orientales y contra los judíos. Explican las medidas tomadas contra los fieles de Iahvé y, más aún, hacen entender los rigores que fueron aplicados a los adoradores de Mitra, de Sabazios y, sobre todo, a los cristianos, pues éstos no eran extranjeros como los judíos sino ciudadanos rebeldes.
Por ello, fue gracias a motivos políticos que el cristianismo triunfó y con todo, para refirmar su victoria y para dominar, tuvo que adoptar muchas prácticas ceremoniales de la Roma antigua. Cuando los cristianos hubieron acrecentado su número y formado un partido considerable, estuvieron salvados y vieron nacer la aurora de la victoria, pues los pretendientes al trono pudieron respaldarse en ellos y utilizarlos para consolidar su autoridad. Fue esto lo que aconteció con Constantino, lo que tal vez Constancio había previsto cuando mandaba las legiones galas. La Iglesia victoriosa fue heredera de Roma. También heredó su orgullo, su exclusivismo y su insolencia. Casi sin transición se convirtió de perseguida en perseguidora, disponiendo a su vez del poder que la había combatido, tomando en sus manos los haces consulares y el hacha y dirigiendo a los legionarios.
Al mismo tiempo que Jesús se apoderaba de la Ciudad soberbia y que así empezaba su reinado universal, el judaísmo agonizaba en Palestina. Los doctores de Tiberiades estaban impotentes para retener cerca de ellos a los jóvenes habitantes de Judea y el "ilustre, muy glorioso y muy respetado" patriarca no tenía más que una sombra de autoridad. Era en Babilonia donde florecían las escuelas judías y donde estaba el centro de la vida intelectual de Israel. Pero en todas partes donde el cristianismo ejercía su influencia, tenía que tomar en cuenta la influencia del judaísmo y combatirla, aunque a partir del final del siglo III hubiera tenido poca importancia, por lo menos de modo directo. En aquel entonces, en efecto, las herejías judaizantes propiamente dichas se apagaban. Estos nazarenos, cristianos circuncidados apegados a la antigua ley de que hablan San Jerónimo y San Epifanio, no eran más que un puñado de creyentes apacibles refugiados en Berea (Alepo ), en Korkabé de Batanea y en Pela. Hablaban el siríaco-caldeo y, residuos de la primitiva iglesia de Jerusalén, ya no ejercían ninguna acción, ahogados como estaban en medio de iglesias de lengua griega.
Pero, si el ebionismo se estaba muriendo, igual se judaizaba. Cristianos frecuentaban las sinagogas y celebraban las festividades judías. Las querellas acerca de la Pascua no habían terminado. Gran parte de las iglesias orientales se obstinaban en celebrarla al mismo tiempo que los judíos. Fue necesario el Concilio de Nicea para liberar al cristianismo de este último y débil vínculo que aún lo ataba a su cuna. Después del Sínodo, todo había terminado, por lo menos oficialmente y desde el punto de vista de la ortodoxia, entre la Iglesia y el Templo. Pero fueron precisas otras decisiones conciliares para impedir a los fieles conformarse a la costumbre antigua, y sólo en 341 se logró la unidad de celebración de la Pascua, cuando el Concilio de Antioquía excomulgó a los cuartodecimanes.
Armada la Iglesia, el antijudaísmo se transformó. Simplemente teológico al principio y hecho de discusiones y controversias, se precisó, se agravó y se hizo más áspero y duro. Al lado de los escritos aparecieron las leyes y con las leyes se produjeron manifestaciones populares. Los escritos, además, se fueron modificando. Durante los siglos de persecución había florecido la apologética y toda una literatura había nacido de la necesidad que experimentaban los cristianos de convencer a sus adversarios. Se dirigían sea a los judíos, sea a los paganos, sea a los emperadores y todos – Justino, Atenágoras, Tatiano, Aristón de Pela y Melitón – se esforzaban para probar al César que sus doctrinas no eran peligrosas para la cosa pública y que podían ellos, sin sacrificar a los Dioses, ser buenos súbditos, con una obediencia igual y una moralidad superior a la de los paganos. Además, demostraban a los judíos que eran, ellos, los cristianos, los únicos fieles a la tradición, que cumplían las profecías y que los menores detalles de sus dogmas estaban previstos y anunciados en las escrituras. Vencedor, el cristianismo ya no tuvo necesidad de apologistas: César ya estaba convencido y Cirilo de Alejandría, que escribió una obra contra Juliano el Apóstata, fue el último apologista. En cuanto a Israel, si se persistió, inclusive hasta nuestros días, en mostrarle su terquedad, se lo hizo de un modo menos insidioso y menos persuasivo. Se le habló como amo. Desde mediados del siglo V, los apologistas propiamente dichos cesan, para reaparecer sólo más tarde, transformados y modificados.
Ya no se trató únicamente de atraer los judíos a Cristo. Por lo demás, unos años de esfuerzo habían podido mostrar a los teólogos la inutilidad de su obra y cuán poco sus razonamientos, por lo general basados en una exégesis fantasiosa o algún contrasentido de la traducción alejandrina de la Biblia, persuadían a estos endurecidos que más bien escuchaban a sus doctores y se apegaban tanto más a su fe cuanto que más se la odiaba. A los argumentos se mezclaron los insultos. Se vio menos en el judío al posible cristiano que al deicida sin remordimiento. Se injurió a estos hombres cuya persistencia chocaba y que, por su única presencia, impedían el triunfo completo de la Iglesia. Los cristianos se esforzaron por olvidar el origen judaico de Jesús, el de los apóstoles y que había sido a la sombra de la sinagoga que el cristianismo había crecido. Tal olvido se ha perpetuado y, aun hoy en día, en la cristiandad entera, ¿quién quisiera admitir que se hinca ante un pobre judío y una humilde judía de Galilea?
Los padres, los obispos y los sacerdotes que debían combatir a los judíos, los trataban muy mal. Hosio, en España, el papa Silvestre, Pablo, obispo de Constantinopla y Eusebio de Cesarea [1] los insultan: los llaman "secta perversa, peligrosa y criminal".
Algunos, como Gregorio de Nisa [2] se quedan en el terreno dogmático y reprochan simplemente a los judíos ser incrédulos que se niegan a aceptar el testimonio de Moisés y de los profetas sobre la trinidad y la encarnación. San Agustín [3] es más violento. Irritado por las objeciones de los talmudistas, los llama falsificadores y afirma que no se debe buscar religión en la ceguera de los judíos, no pudiendo el judaísmo servir de término de comparación para demostrar la belleza del cristianismo. San Ambrosio [4] los atacaba por otro lado. Volvía a los argumentos de la Antigüedad, a estos argumentos que habían servido contra los primeros cristianos, y acusaba a los judíos de menospreciar las leyes romanas. San Jerónimo [5] aseguraba que el espíritu inmundo se había apoderado de tos judíos y, él que había aprendido el hebreo con los rabinos, decía, pensando probablemente en la maldición de los Mineos cuyo sentido desnaturalizaba: "Hay que odiar a los judíos que, cada día, insultan a Jesucristo en sus sinagogas". Y San Cirilo de Jerusalén [6] injuriaba a los patriarcas judíos, sosteniendo que eran de raza inferior.
Encontramos estos procedimientos teológicos y polémicos reunidos en los seis sermones pronunciados en Antioquía por San Juan Crisóstomo [7] contra los judíos. El análisis de estas homilías nos permitirá darnos cuenta de los procedimientos de discusión y también de la situación recíproca de los cristianos y los judíos y de las relaciones que existían entre ellos.
Los judíos, dice Crisóstomo en el primero de sus sermones, son unos ignorantes que no entienden su ley y, por lo tanto, son impíos. Son unos miserables, unos perros, unas mentes obcecadas. Su pueblo es semejante a un rebaño de brutos, de fieras. Rechazaron a Cristo; luego, no son aptos sino para el mal. Sus sinagogas son comparables con los lugares de espectáculos: cueva de ladrones y residencia de Satanás. Obligado como está de reconocer que los judíos no desconocen al Padre, agrega que esto es poca cosa puesto que crucificaron al Hijo, rechazan al Espíritu y su alma está habitada por el demonio. Por estos motivos hay que desconfiar de ellos y cuidarse de laEnfermedad judía. Y Crisóstomo apostrofa a sus fieles: No frecuentéis las sinagogas, grita, no guardéis el sábado, los ayunos ni los demás ritos judíos. Si encontráis a judaizantes, advertidlos del peligro, pues sois el ejército de Cristo. No os dejéis desviar: esto seria locura extrema. ¿Qué sacáis de este antro de hombres que niegan a Moisés y los profetas? Si las doctrinas judías suscitan vuestra admiración, debéis de encontrar falsas las doctrinas cristianas.
El segundo sermón renueva aún estas diatribas y atestigua las preocupaciones que la influencia judía causaba en Crisóstomo: "Nuestras ovejas – clama – están rodeadas de lobos judíos". Y repite: huid de ellos, huid de su impiedad. No son insignificantes controversias las que nos separan de ellos sino la muerte de Cristo. Si pensáis que el judaísmo es lo verdadero, dejad a la Iglesia. Si no, dejad el judaísmo. ¿No sabéis que los judíos sacrifican en todos los lugares de la tierra excepto en el único lugar donde el sacrificio es válido, esto es Jerusalén? ¿Ignoráis que sólo allá pueden celebrar la Pascua, según reza la ley? [8] No os conforméis, pues, con su Pascua ilusoria.
Los cuatro otros sermones son más teológicos. Crisóstomo, apoderándose de las invectivas de los profetas, es cierto que trata a los judíos de ladrones, impuros, licenciosos, rapaces, avaros, artífices de astucias y opresores de pobres, que pusieron el colmo a sus crímenes inmolando a Jesús, pero no se limita a esto. Da argumentos para combatirlos en las controversias que debían de ser muy activas en Antioquía. Hace la apología de la Iglesia. Muestra que Israel está disperso a causa de la muerte de Cristo. Saca de los profetas y de los relatos bíblicos las pruebas de la divinidad de Jesús y recomienda a sus feligreses no acudir a los sermones de estos judíos que llaman la cruz una abominación y cuya religión es nula e inútil para los que conocen la fe verdadera. En una palabra, concluye, es una cosa absurda darse con hombres que trataron de modo tan indigno a Dios y adorar, al mismo tiempo, el Crucificado.
Estas homilías de Crisóstomo son características y precisas. Se encuentra en ellas toda la táctica que los predicadores cristianos emplearon durante siglos, esta mezcla de razonamientos y apóstrofes, de persuasión e injuria que ha seguido siendo la norma de la prédica antijudía. Se capta sobre todo el papel del clero en el desarrollo del antijudaísmo: el antijudaísmo religioso, en primer lugar, pues el antijudaísmo social sólo vino más tarde en la sociedad cristiana. Leyendo esos sermones, se tiene un cuadro muy animado y muy viviente de las relaciones del judaísmo y el cristianismo en el siglo IV, relaciones éstas que persistieron durante mucho tiempo, más o menos hasta el siglo IX.
Los judíos no habían llegado todavía a esta concepción exclusiva de su personalidad y nacionalidad que fue obra de los talmudistas. Su modo de vivir, desde el punto de vista exterior, no era distinto del de los pueblos en los cuales vivían. Se mezclaban en la vida pública, y esto en todas partes, en el Asia Menor como en España. En contacto perpetuo con los cristianos, actuaban sobre ellos y, por no haberse todavía encerrado en el aislamiento huraño que más tarde preconizaron sus doctores, atraían a su culto muchos indecisos e irresolutos. Su ardor proselítico no había muerto. No se daban cuenta de que habían perdido definitivamente el imperio moral del mundo y persistían en luchar. Incitaban a paganos y cristianos a judaizar y encontraban adherentes. Hasta, de ser preciso, convertían por la fuerza y no vacilaban en circuncidar a sus esclavos. Eran los únicos enemigos que la Iglesia podía encontrar frente a sí, pues el paganismo se apagaba lentamente, sin dejar en las almas más que supervivencias legendarias, supervivencias éstas que no están muertas ni en nuestros días. Si aún se oponía, por la voz de sus últimos filósofos de sus últimos poetas, a la difusión del cristianismo, ya no buscaba, a partir del siglo IV, conquistar a los que Jesús tenía ganados. Los judíos, por el contrario, no habían abdicado; estimaban, en el mismo grado que los cristianos, estar en posición de la religión verdadera y, a los ojos del pueblo, su afirmación tenía toda la atracción que procede de las convicciones inquebrantables. En la mañana de su triunfo, la Iglesia no tenía el ascendiente universal que tuvo más tarde. Todavía era débil, a pesar de poderosa, pero los que la dirigían aspiraban a esta universalidad y debían lógicamente considerar a los judíos como sus peores adversarios; por consiguiente, debían hacer cualquier cosa para debilitar su propaganda y su proselitismo. Por lo demás, los Padres seguían en eso una tradición secular. En este aspecto del combate se los encuentra unánimes y son numerosísimos los que, teólogos, historiadores o escritores, piensan y escriben sobre los judíos como Crisóstomo: Epífanes, Diodoro de Tarso, Teodoro de Mopsueste, Teodoreto de Ciro, Cosmo Indicopleusta, Atanasio el Sinaíta y Sinesio, entre los griegos; Hilario de Poitiers, Prudencio, Pablo Orosio, Sulpicio Severo, Genadio, Venancio Fortunato e Isidoro de Sevilla entre los latinos.
Sin embargo, después del Edicto de Milán, el antijudaísmo ya no se podía limitar a discusiones oratorias o escritas y ya no se trataba de una querella entre dos sectas igualmente detestadas o despreciadas. Antes de su conversión, Constantino, que no quería en un primer momento otorgar privilegios sólo a los cristianos, había reconocido, por el edicto de tolerancia, el derecho para cualquiera de practicar la religión que había aceptado. Así los judíos estaban puestos en un pie de igualdad con los cristianos: los pontífices paganos, los sacerdotes de Jesús y los patriarcas y doctores de Israel gozaban de los mismos favores y estaban eximidos dé cargas municipales. Pero en 323, después de la derrota y muerte de Licinio que reinaba en el Oriente, Constantino, vencedor y amo del Imperio, apoyado por todos los cristianos de sus estados, les dio un trato preferencial. Entre ellos eligió a sus grandes dignatarios, sus consejeros y sus generales, y la Iglesia, de ahí en adelante, para asentar su dominación, dispuso del poderío imperial. El primer uso que hizo de esta autoridad fue para perseguir a los que le eran hostiles: encontró a Constantino plenamente dispuesto a servirla. Por un lado, el Emperador prohibió la adivinación, cerró los templos, prohibió los sacrificios y hasta mandó fundir, para embellecer las iglesias, las estatuas de oro y plata de los Dioses; por otro, consintió reprimir el proselitismo judío y repuso en vigencia una antigua ley romana que prohibía a los judíos circuncidar a sus esclavos. Al mismo tiempo, les quitó gran parte de los privilegios que poseían y les cerró la entrada en Jerusalén: sólo podían entrar en la ciudad el día aniversario de la destrucción del templo y mediante tributo pagado en dinero. Así, agravando las cargas que pesaban sobre los judíos, Constantino favorecía el proselitismo cristiano, y los predicadores no dejaban de exponer a los israelitas las ventajas que traía el bautismo. Para decidir a los que vacilaban, a los que temiendo la venganza de sus correligionarios se cuidaban de la apostasía por temor de los malos tratos, el emperador promulgó una ley que condenaba a la pira a los judíos que persiguieran a sus apóstatas a pedradas. [9]
Sin embargo, a pesar de su animosidad contra los judíos, tal vez ficticia pues no se sabe si hay que aceptar como verídica la carta que Eusebio le atribuye [10] y cuyos términos son violentísimos, Constantino se encargó de protegerlos contra sus propios renegados. Con sus sucesores, semejantes atenciones ya no tuvieron cabida. La influencia de la Iglesia sobre los emperadores fue todopoderosa. La religión católica se convirtió en religión de Estado y el culto cristiano fue el culto oficial. La importancia de los obispos aumentó día tras día, como también su predominio. Hicieron penetrar en el alma de los soberanos sentimientos que los excitaban y, si su antijudaísmo se manifestó por escritos, el antijudaísmo imperial se manifestó por leyes. Por lo demás el clero inspiró estas leyes no sólo contra los judíos, sino también contra los herejes. Esto es tan cierto que, durante este siglo IV fértil en herejía, a veces fueron molestados los ortodoxos cuando los teólogos herejes condujeron a los emperadores.
De estas leyes, todas promulgadas entre el siglo IV y el siglo VII, la mayor parte se dirigen contra el proselitismo judío. Se renueva la prohibición formulada a los que circuncidan a cristianos [11] y se condenan los contraventores al exilio perpetuo y a la confiscación de los bienes. Se prohíbe a los judíos tener esclavos cristianos [12] y casarse con mujeres cristianas, como a las judías unirse en matrimonio con cristianos, y se asimilan tales uniones a los delitos de adulterio. [13] Otras leyes favorecen la propaganda y el proselitismo entre los judíos, sea directamente al proteger a los apóstatas [14] y al impedir a los judíos desheredar a sus hijos y nietos conversos [15], sea indirectamente y por medio de medidas vejatorias. Tales medidas vejatorias consistieron en primer lugar en restringir los privilegios de los judíos. Se decidió que el dinero que los israelitas mandaban a Palestina sería entregado al tesoro imperial [16]. Se les prohibió desempeñar funciones públicas. [17] Se les impusieron cargas curiales, durísimas y opresivas. [18] Casi se les quitaron sus tribunales especiales. [19] Los vejámenes no se limitaron a esto. Se molestó a los judíos hasta en el ejercicio de su culto. Se reglamentó su modo de guardar el sábado. [20] Se les obligó a no celebrar su Pascua antes de las Pascuas cristianas, y Justiniano llegó hasta constreñirlos a no recitar la plegaria diaria, le Schema, que proclamaba al Dios uno contra la Trinidad.
Sin embargo, y a pesar de la benevolencia imperial, bajo Constantino, la Iglesia no había sido del todo libre de actuar. El soberano había restringido la libertad religiosa de paganos y judíos, pero había debido hacerlo con cierta moderación: los adoradores de los Dioses todavía eran numerosos durante su reinado, y él no se atrevía a provocar motines peligrosos. Los judíos se beneficiaron, hasta cierto punto, con estas vacilaciones. Con Constancio, todo cambió. Constantino, bautizado recién en su lecho mortuorio por Eusebio de Nicomedia, había sido un político y un escéptico que se había servido del cristianismo como de un instrumento. Constancio fue un ortodoxo: un ortodoxo intolerante y fanático como el clero y los monjes de su tiempo. Con él, la Iglesia se hizo dominadora y su poder se ejerció desde entonces, en gran medida, por la venganza, como si quisiera hacer pagar caro a sus perseguidores de antaño todo lo que había padecido. Apenas armada, se olvidó de sus más elementales principios y utilizó contra sus adversarios el brazo secular. Los paganos y los judíos fueron perseguidos con la mayor aspereza. Los que sacrificaban a Zeus como los que adoraban a Jehováh se vieron maltratados y el antijudaísmo marchó a la par del antipaganismo.
Los doctores judíos de Judea fueron exilados. Se los amenazó con la muerte si persistían en difundir sus enseñanzas. Se los obligó a abandonar a Tiberiades y hasta a huir de Palestina, mientras en todas las provincias del Imperio se les denegaban sus derechos de ciudadanos romanos. A las leyes se agregaron numerosas molestias. Durante la estada en Judea de las legiones romanas que iban a combatir al rey de los persas, Schabur II, los judíos fueron tratados como los habitantes de un país conquistado. Se los sometió a duros impuestos. Se los obligó a pagar la tasa judaica, como también patentes y multas nuevas. Se los constriñó a cocer el pan para los soldados durante los días sábado y las fiestas.
En aquel tiempo, monjes y obispos hablaban en las ciudades contra los paganos y los judíos. Excitaban contra ellos a las poblaciones cristianas y llevaban a bandas frenéticas al asalto de los templos y las sinagogas. Bajo Teodosio I y bajo Arcadio, se queman las sinagogas en Roma y en Calinicio de Mesopotamia. Bajo Teodosio II, en Alejandría, San Cirilo subleva a la muchedumbre. Los anacoretas entran en la ciudad, masacran a los judíos y paganos que encuentran, matan a Hipatia, saquean las sinagogas, incendian las bibliotecas y a pesar de los esfuerzos del prefecto Oresto, que el emperador desautoriza, echan a todo lo que no es cristiano. En Imnestar, cerca de Antioquía, el asceta Simeón realiza la misma tarea y, bajo Zenón, escenas similares se producen en Antioquía. Una furia de destrucción se apodera de los cristianos. Parecería que quisieran aniquilar hasta el recuerdo del viejo mundo para preparar el dulce reinado de Cristo.
Los judíos, no obstante, no permanecían impasibles frente a sus enemigos. Aún no habían adquirido esta tozuda y tocante resignación que los caracterizó más tarde.
A los discursos vehementes de los sacerdotes, replicaban con discursos; a los actos, respondían con actos; al proselitismo cristiano que se ejercía entre ellos, oponían su proselitismo y echaban el anatema sobre sus apóstatas. Las predicaciones más violentas hacían vibrar las sinagogas. Los predicadores judíos vociferaban contra Edom, vale decir contra Roma, la Roma de los Césares convertida en la Roma de Jesús, que violaba las conciencias después de haber violado la nacionalidad. Mientras Galo, sobrino de Constancio, gobernaba las provincias orientales, Isaac de Sepforis sublevaba a los habitantes de Judea y lo ayudaba en su empresa un hombre intrépido, Natrona, que los romanos llamaban Patricio. "Natrona – gritaba Isaac – nos liberará de Edom como Mardoqueo y Ester nos liberaron de los medas y como los asmoneos nos liberaron de los griegos".
Los judíos tomaron las armas, pero fueron duramente reprimidos por Galo y su general Ursicino. Se degollaron las mujeres, los ancianos y los niños. Tiberiades y Lidda fueron medio destruidas. Sepforis fue arrasada y los subterráneos de Tiberiades se llenaron de fugitivos que se escondieron en ellos durante meses para escapar a las búsquedas y a la muerte.
Bajo el reinado de Focas, los judíos de Alejandría, cansados de persecuciones, agravios y matanzas, se echaron un día contra los cristianos, mataron al patriarca Anastasia el Sinaíta y se hicieron dueños de la ciudad. Focas envió contra ellos un ejército que mandaba Kotis. En un primer momento, los judíos repelieron las legiones imperiales pero, impotentes para luchar contra las tropas más considerables que fueron llevadas a Antioquía, fueron reducidos a someterse y a dejarse degollar, mutilar o exilar. No obstante su sumisión no era sino aparente. Esperaban una oportunidad para volver a luchar: Apareció cuando Kosru, rey de Persia, para vengar a su yerno Mauricio cuyo trono había usurpado Focas, marchó contra el imperio bizantino, los judíos se le unieron. Scharbázar invadió el Asia Menor, a pesar de las propuestas pacíficas de Heraclio que acababa de derrocar a Focas, y vio llegar a sus ejércitos a los judíos guerreros de Galilea. Benjamín de Tiberiades fue el alma de la rebelión. Fue él quien armó a los rebeldes y él quien los condujo. Los judíos querían reconquistar Palestina y devolverle su pureza que el culto cristiano, según ellos, había mancillado. Quemaron iglesias, saquearon a Jerusalén, destruyeron conventos y, sublevando en su avance a todos sus correligionarios de Damasco, del sur de Palestina y de la isla de Chipre, hasta llegaron a asediar a Tiro, pero tuvieron que abandonar el sitio. Ocuparon durante catorce años la Judea, con todos los poderes en sus manos, mientras que los cristianos palestinenses se convertían en masa al judaísmo. Heraclio los separó de los persas que no habían cumplido su promesa de devolver a sus aliados la ciudad santa, Jerusalén. Se puso de acuerdo con Benjamín de Tiberiades, prometiendo a los judíos la impunidad y otras ventajas. Pero cuando el emperador hubo reconquistado sus provincias contra Kosru, hizo masacrar, instigado por los monjes y por el patriarca Modesto, a los que había acogido. Ya que había jurado a los judíos no molestarlos, Modesto lo relevó de su juramento e instituyó, tal vez por compensación, un ayuno que los maronitas y los coptos observaron durante largo tiempo.
Pero los judíos de Judea no eran sino un puñado y su historia en Palestina estaba cerrada. Cuando Juliano el Apóstata, que había abrogado las leyes restrictivas de Constantino y de Constancio contra los judíos, quiso reconstruir el templo de Jerusalén, las colectividades israelitas extranjeras permanecieron sordas ante el llamado imperial. Se habían desapegado de la causa nacional, por lo menos de modo inmediato. Para todos los judíos de aquel tiempo, la reconstitución del reino de Juda estaba vinculado con el advenimiento del Mesías y no podían esperarlo de un filósofo coronado. Sólo tenían que esperar al rey del cielo que les estaba prometido, y estos sentimientos persistieron durante siglos. Cuando Gamaliel VI, el último patriarca, murió, el fantasma de la realeza y de la nacionalidad judías, fantasma éste que aún subsistía, desapareció y no hubo más para Israel sino un jefe del exilio, el exilarca de Babilonia que desapareció en el siglo XI. Por lo demás, los judíos esparcidos por el mundo y constituidos en poderosas y ricas colectividades se habían creado múltiples patrias de intereses, y estos intereses los ataban al suelo que ocupaban. No los ligaba del todo, sin embargo, pues su religión social los mantenía a pesar de todo en un lamentable aislamiento y, mezclados con todos los pueblos, padecían en todos los lugares donde religiones precisas y dogmáticas se establecían las consecuencias de su oposición confesional. Por ello vemos el antijudaísmo florecer no sólo en las comarcas católicas sino también en Persia y en Arabia.
En Persia, en Babilonia, los judíos estaban establecidos desde el cautiverio. Después de la destrucción de Jerusalén, muchos más se refugiaron en este país fértil y admirable, donde tierras arables les fueron distribuidas y donde vivieron felices bajo la benevolente autoridad de los Arsacidas. Fundaron escuelas en Sora, Nehardea y Pumbaditha e hicieron nurnerosos proselitas. Pero, a mediados del siglo III, la dinastía de los Arsacidas, muy impopular, cayó con Artabán y Ardechir fundó la dinastía de los Sasanidas. Se trataba de un movimiento nacional y religioso. Los neopersas – los guebres – detestaban a los Arsacidas helenizantes que habían abandonado el culto del fuego. El triunfo de Ardechir fue el triunfo le los magos, quienes tomaron duras medidas contra los helenizantes, los cristianos de Edesa y los judíos, pues, en Persia, el antijudaísmo de los magos estuvo unido al anticristianismo y los hermanos enemigos fueron perseguidos simultáneamente, a pesar de que los judíos, más numerosos, más poderosos y más temibles, hayan sufrido más especialmente durante estos períodos de perturbaciones. Por lo demás, estas persecuciones nunca tuvieron muy larga duración. Atormentados al final del siglo III por Sohabur II que había traído de Armenia a Ispahán a 70.000 prisioneros judíos, los judíos permanecieron largos años sin ser molestados. Pero, en los siglos V y VI, bajo Yesdigerd II, Feroces y Kavadh, se tomaron medidas restrictivas a instigación de los magos. Se prohibió a los judíos guardar el sábado. Se cerraron las escuelas y se suprimieron los tribunales judíos. Durante el reinado de Kavadh, Mezdek el Mago fue el promotor de estos vejámenes. Fundador de la secta de los Zandik, Mazdak predicaba el comunismo y hacía despojar a judíos y cristianos de sus mujeres y sus bienes. Bajo a conducción del exilarca Mar Zutra II, los judíos se rebelaron y las crónicas persas cuentan que vencieron a los partidarios del mago y fundaron un estado cuya capital fue Mahuza, ciudad poblada con persas convertidos al judaísmo. Este estado subsistió siete años, hasta la muerte de Mar Zutra, quien fue vencido y matado.
Posteriormente, los judíos conocieron en Persia alternativas
de paz y de perturbación, felices bajo Kosroes Nuschirvan y Kosru II, desgraciados bajo Hormidas IV, hasta el día en que, cansados de tal precaria situación, ayudaron a Omar, de concierto con los cristianos del reino sasanida, a apoderarse del trono de Persia, contribuyendo así al triunfo de Mahoma y de los árabes.
Sin embargo, los judíos no habían tenido por qué regocijarse del yugo musulmán. Su establecimiento en Arabia, si se deja a un lado las leyendas que los hacen llegar en tiempos de Josué o de Saúl, debe remontarse a la época del cautiverio: a la destrucción del primer templo. El núcleo primitivo fue aumentado con los fugitivos de Judea que se marcharon para Arabia en el momento en que Roma conquistaba Palestina. A principios de la era cristiana, había en Arabia cuatro tribus judías, cuyo centro era Medina.
Los judíos hicieron la conquista moral e intelectual de los árabes. Los convirtieron al judaísmo o, por lo menos, les hicieron adoptar sus ritos. Las afinidades entre ambos pueblos hacían la cosa fácil, tanto más cuanto que, en el Yemen, los judíos habían a su vez aceptado las costumbres árabes, costumbres éstas poco diferentes de las de los israelitas de antaño. Eran agricultores, pastores y guerreros, bandoleros también, y poetas. Divididos en pequeños grupos que luchaban entre sí y tomaban partido en las querellas que oponían a las tribus árabes, fundaban al mismo tiempo escuelas en Yatrib, elevaban templos y difundían su religión hasta entre los himiaritas, con los cuales los comerciantes de su nación mantenían relaciones. En el siglo VI, durante el reinado de Zorah-Dhou-Nowas, el Yemen entero era judío. Con la conversión al cristianismo de una tribu árabe de Nedjran, las dificultades empezaron, pero duraron poco, pues la propaganda cristiana fue detenida repentinamente en Arabia por Mahoma. Éste fue nutrido de espíritu judío. Al huir de La Meca donde su prédica había sublevado contra él a los árabes fieles a las viejas tradiciones, se refugió en Medina, la ciudad judía y, así como los apóstoles habían hallado a sus primeros adherentes entre los proselitas helenos, él encontró a sus primeros discípulos entre los árabes judaizantes. Por ello las mismas causas religiosas provocaron el odio de Mahoma y el de Pablo. Los judíos se mostraron rebeldes a la prédica del profeta. Lo cubrieron de sarcasmos y Mahoma, quien hasta entonces había estado dispuesto a entrar en arreglo con ellos, los repudió violentamente y escribió una sura célebre – la sura de la vaca – en la cual los invectivaba cruelmente. Pero cuando el profeta hubo reunido alrededor de él un ejército de partidarios, no se limitó a las injurias: marchó contra las tribus judías, las venció y ordenó no tomar por amigos a "los cristianos y los judíos". Todos los judíos se sublevaron y se unieron a quienes, entre los árabes, rechazaban las nuevas doctrinas, pero la extensión del islamismo los aplastó. Cuando la muerte de Mahoma, estaban muy debilitados. Omar acabó la obra. Echó de Khaibar y de Whadi-el-Kora a las últimas tribus judías, así como a los cristianos de Nedjran, pues cristianos y judíos mancillaban el suelo sagrado del Islam.
Pero, en todas partes donde Omar llevó sus armas, los judíos oprimidos, en razón de esta afinidad que los ligaba a pesar de todo a los árabes, favorecieron al segundo califa, quien se apoderó de Persia y de Palestina. Omar impuso leyes estrictas a los judíos que lo habían ayudado. Los sometió a una legislación muy restrictiva, prohibiéndoles construir nuevas sinagogas, obligándoles a usar vestimenta de color especial, prohibiéndoles andar a caballo y gravándolos con un impuesto personal y un impuesto inmobiliario. Hizo lo mismo con los cristianos. Sin embargo, los judíos gozaron, bajo la autoridad de los árabes, de una mayor libertad que bajo la dominación cristiana. La legislación de Omar, por un lado, no fue rigurosamente aplicada. Por otro, la masa musulmana, a pesar de la diferencia de las religiones y dejando a un lado algunas manifestaciones de fanatismo, se mostró muy benevolente para con ellos. Fue éste el motivo por el cual veremos más tarde, cuando la expansión islámica, a los árabes aclamados como libertadores por todos los judíos del Occidente.
La condición de los judíos occidentales después del desmoronamiento del frágil imperio romano y el alud de los bárbaros sobre el viejo mundo fue sometida a todas las vicisitudes. Los césares – estos pobres césares que se llamaban Olibrio, Glicerio, julio Nepos y Rómulo Ausgústulo – cayeron, pero las leyes romanas perduraron. Y si durante breves periodos no fueron aplicadas a los judíos, siempre permanecieron vivientes, y los soberanos germánicos pudieron utilizarlas a su antojo.
Del siglo V al siglo VIII la felicidad o la desgracia de los judíos dependió únicamente de causas religiosas que no les pertenecían, y su historia entre aquellos que se llamaban bárbaros está ligada a la historia del arrianismo, a su triunfo y a su derrota. Mientras las doctrinas arrianas predominaron, los judíos vivieron en un relativo bienestar, pues el clero y hasta el gobierno heréticos luchaban contra la ortodoxia y se preocupaban muy poco de los israelitas que no eran para ellos enemigos que hubiera que destruir. Sin embargo, Teodorico fue una excepción. Apenas asentado el imperio ostrogodo, el rey, tal vez empujado por Casiodoro, su ministro, que parece haber tenido muy poca simpatía por los judíos – los calificaba de escorpiones, burros salvajes, perros y unicornios – prohibió a éstos edificar sinagogas y trató de convertirlos. Pero, a pesar de todo, los protegió contra las agresiones populares y obligó al senado de Roma a hacer reconstruir las sinagogas que la muchedumbre católica, alzada contra el arriano Teodorico, había incendiado.
Por otro lado, en Italia, bajo la dominación bizantina tan molesta para ellos, o bajo la dominación lombarda más indiferente, pues los lombardos arrianos y paganos casi ignoraban la existencia de Israel, los judíos fueron salvaguardados de las iras y rabias convertidoras del bajo clero y de sus feligreses por la benevolencia de la autoridad pontificia que, salvo pocas excepciones, a partir del momento en que se acrecienta su poderío, parece querer conservar la sinagoga como un testimonio vivo de su victoria.
En España, la situación de los judíos fue totalmente distinta. Desde tiempos inmemoriales habitaban la península donde se habían establecido libremente. Su número había aumentado bajo Vespasiano, Tito y Adriano, durante las guerras de Judea y después de la dispersión, Poseían grandes bienes, eran ricos, poderosos y respetados y habían adquirido una gran influencia sobre la población en medio de la cual vivían. La impresión misma que los pueblos de España recibieron del judaísmo persistió durante siglos, y esa tierra fue la última que vio una vez más el combate, con armas casi iguales, del espíritu judío y el espíritu cristiano. En varias oportunidades, poco faltó para que España se hiciera judía y escribir la historia de sus judíos, hasta el siglo XV, es describir la historia del país, pues aquéllos estuvieron mezclados en su literatura y su desarrollo intelectual, nacional, moral y económico, del modo más íntimo y más notable. Contra las tendencias y el proselitismo judíos, la Iglesia combatió desde su primer establecimiento en España, y sólo los extirpó, y hasta cierto punto, después de doce siglos de lucha.
Hasta el siglo VI, los judíos españoles gozaron de la más completa felicidad. Fueron felices como en Babilonia y encontraron en España una nueva patria. Las leyes romanas
no los alcanzaron allá, y las prescripciones eclesiásticas del concilio de Elvira [21], que prohibían a los cristianos tener trato con ellos, quedaron en letra muerta.
Su estado no fue modificado por la conquista visigótica y los visigodos arrianos se limitaron a perseguir a los católicos. Los judíos gozaron de los mismos derechos civiles y políticos que los conquistadores. Por lo demás, ingresaron en sus ejércitos y fueron tropas judías las que vigilaron las fronteras pirenaicas. Con, la conversión del rey Reccarel, todo cambió.
El clero triunfante agobió a los judíos con persecuciones y vejámenes y desde aquél entonces (589) empezó para ellos una existencia precaria. Fueron sometidos a una legislación minuciosa y dura, progresivamente promulgada por los reyes visigodos y preparada por los numerosos concilios que durante este período tuvieron lugar en España. Estas leyes sucesivas se encuentran todas en la ordenanza promulgada por Receswinth (652). Fueron puestas otra vez en vigencia por Erwig, quien las hizo aprobar por el duodécimo concilio de Toledo (680). [22] Se prohibía a los judíos practicar la circuncisión, establecer diferencias entre las carnes, casarse con sus parientes hasta la sexta generación y leer libros condenados por la fe cristiana. No se les permitía prestar testimonio contra los cristianos ni entablar contra ellos acciones judiciales, ni desempeñar empleo público alguno. Estas leyes, que se habían constituido poco a poco, no siempre fueron aplicadas por los señores visigodos que vivían con cierta independencia, pero el clero redobló sus esfuerzos para conseguir su estricta observancia. La meta de los obispos y dignatarios de la Iglesia era la conversión de los judíos y la eliminación en España del espíritu judaico. La autoridad secular les prestó apoyo. En varias oportunidades, los judíos fueron obligados a elegir entre el exilio y el bautismo. Es de esa época que data la formación de la clase de los marranos, de los cristianos judaizantes que más tarde la Inquisición dispersó. Hasta el siglo VIII, los judíos españoles vivieron en esta situación de incertidumbre y angustia, contando sólo con la benevolencia momentánea de algunos reyes, tales como Swintila y Wamba. Fue Tarik, el conquistador musulmán el que los liberó al destruir el imperio visigótico, con la ayuda de los judíos que habían permanecido en España. Después de la batalla de Jerez y la derrota de Roderico (711), los judíos respiraron.
Casi en la misma época, una era mejor se abría para ellos en Francia. Habían fundado colonias en Galia en tiempos de la República romana o del César y habían prosperado, beneficiándose con su estado de ciudadanos romanos. Cuando llegaron los burgundos y los francos, su situación no cambió y los invasores no los trataron diferentemente de los galos. Su historia siguió las mismas fluctuaciones y los mismos ritmos que en Italia y España. Libres bajo la dominación pagana o arriana, fueron oprimidos tan pronto como dominó la ortodoxia. Segismundo, rey de los burgundos, promulgó leyes contra ellos inmediatamente después de su conversión al catolicismo y sus sucesores las confirmaron. [23] En cuanto a los francos, que ignoraban la existencia de los judíos, se dejaron guiar únicamente por los obispos y, después de Clodoveo, empezaron con la mayor naturalidad a aplicar a los judíos las disposiciones el código teodosiano. Estas disposiciones fueron agravadas y complicadas por la autoridad eclesiástica que dejó al poder secular el cuidado de ejecutar y hacer observar sus decisiones. Del siglo V al siglo VIII, la parte del derecho canónico relativa los judíos se elaboró en Galia. Fueron los concilios los que formularon las leyes que respaldaron con sus edictos los reyes merovingios.
Toda la preocupación de la Iglesia, durante esos tres silos, parece haber sido la de separar a los judíos de los cristianos, impedir la judaización de sus fieles y detener el proselitismo israelita. Esta legislación que, en el siglo VIII, se había hecho extremadamente severa para los judíos y los judaizantes no se estableció de una vez. Al principio, desde el Concilio de Vannes de 465, los sínodos se limitaron a prohibiciones platónicas. El clero, por no disponer en aquel entonces sino de una muy reducida autoridad, no podía decretar castigos y fue sólo a partir del siglo VI que, gracias al apoyo de los jefes francos, pudo instituir penalidades progresivas, aplicables en un primer momento sólo a los clérigos que violaban las disposiciones conciliares y, luego, a los laicos. Pero estas penas canónicas que comprendían la excomunión y a veces, para los sacerdotes, el azote, no concernían sino a los fieles. En cuanto a los judíos, los sínodos no tomaban contra ellos ninguna medida aflictiva. Es esto lo que ha permitido a muchos proclamar victoriosamente, en apariencia, la benevolencia de la Iglesia para con los judíos. [24]
Sin embargo no hay nada de eso, y no hay que olvidar en efecto que la Iglesia no tenía derecho a legislar civilmente, pero las reglamentaciones sinodales, las prohibiciones e interdicciones eclesiásticas y los considerandos que las acompañaban tenían una enorme influencia sobre las autoridades políticas. El episcopado ejercía, además, sobre los reyes merovingios o visigodos una directa y manifiesta influencia, y se puede afirmar que Childeberto o Clotario II, por ejemplo, o Receswinth sancionaron los decretos eclesiásticos y que sus ordenanzas fueron promulgadas a instigación del clero.
Por lo demás, el clero no se limitaba a influenciar a los legisladores. Era él el que, constantemente, excitaba contra los judíos a poblaciones cuya ortodoxia no era muy intolerante. Era con la conducción de sus sacerdotes que la muchedumbre se echaba contra las sinagogas y colocaba a los judíos ante la disyuntiva de la matanza, el exilio o el bautismo.
No obstante, no habría que representarse el estado de los judíos en aquel entonces como muy miserable. Del lado judío como del lado cristiano se observaba una mezcla de tolerancia e intolerancia que se explica, sea por el mutuo deseo de hacer proselitas, sea también por cierta benevolencia religiosa recíproca. Los judíos se mezclaban en la vida pública, los cristianos comían en su mesa, [25] se casaban entre sí [26] y tomaban parte en duelos y fiestas como en las luchas de los partidos. Se los ve así en Arles unirse con el partido visigodo contra el obispo Cesario [27] y más tarde seguir el cortejo fúnebre del mismo obispo gritando: vae, vae! Eran clientes de los grandes señores (como lo atestiguan dos cartas de Sidonio Apolinario) [28] y éstos los ayudaban a sustraerse a las ordenanzas vejatorias. En muchas regiones, los clérigos los frecuentaban y, así como numerosos cristianos iban a las sinagogas, judíos asistían a los oficios católicos durante la misa de los catecúmenos. Resistían tanto como les era posible a los esfuerzos hechos para convertirlos, esfuerzos numerosos éstos, a veces acompañados de violencias, a pesar de las recomendaciones de ciertos papas [29] y entraban, osadamente en controversias con los teólogos que intentaban persuadirlos por los mismos medios que emplearon los Padres de los siglos anteriores. Volveremos a hablar de estas controversias y de estos escritos cuando estudiemos la literatura antijudía.
Así, como se ha podido ver, durante los siete primeros siglos de la era cristiana, el antijudaísmo tuvo causas exclusivamente religiosas y fue casi únicamente dirigido por el clero. Los excesos populares y la represión legislativa no deben engañarnos, pues nunca fueron espontáneos y sus inspiradores siempre fueron obispos, sacerdotes y monjes. Sólo a partir del siglo VIII causas sociales vinieron a agregarse a las causas religiosas. También sólo después del siglo VIII empezaron las verdaderas persecuciones. Coincidieron con la universalización del catolicismo, la constitución del feudalismo y también el cambio intelectual y moral de los judíos, debido en su mayor parte a la acción de los talmudistas y la exageración de los sentimientos de exclusivismo de los judíos. Ahora vamos a asistir a esta nueva transformación del antijudaísmo.
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[1] )- Demonstratio evangelica.
[2] )- Testimonia adversus Judaeis ex vetere Testamentum, Migne, P. G. XLVI.
[3] )- Oratio adversus Judaeis, Migne, P. L. XLII.
[4] )- De Tobia, Migne, P. L. XIV
[5] )- Ep. CLI, Quaest. 10, Migne, P. L. XXII.
[6] )- Ep. CLI, Quaest. 10, Migne, P. G. XXXIII.
[7] )- Adversus Judaeis, Migne, P. G. XLVIII.
[8] )- Deuter. 12, 5, 14
[9] )- Codex Justinianus, 1, I, tít. VIII, 3.
[10] )- Eusebio, Vita Constantini, III, 18, 20.
[11] )- Codex Justinianus, 1, 1, tít. IX, 16.
[12] )- Codex Theodosianus, 1, XVI, tít. IX, 3, 4 y 5.
[13] )- Codex Justinianus, 1, I, tít. IX, 6.
[14] )- Codex Theodosianus, 1, XVI, tít. VIII, 5.
[15] )- Codex Theodosianus, 1, XVI, tít. VIII, 28.
[16] )- Codex Justinianus, 1, I, tít. IX, 17, y Codex Theodosianus, 1, XVI, tít. VIII, 14.
[17] )- Codex Justinianus, 1, I, tít. IX, 18.
[18] )- Justiniano, Novelle 45.
[19] )- Codex Justinianus, 1, 1, tít. IX, 15.
[20] )- Codex Justinianus, 1, I, tít. IX, 13 y Codex Theodosianus, 1, VIII, tít. IX, 8.
[21] )- En el siglo IV.
[22] )- Leges visigoth., L. XII, tít. II, 5.
[23] )- Leges burgundiorum, tít. XV, 1, 2, 3.
[24] )- Los concilios se limitan a ordenar el bautismo de los niños nacidos de uniones mixtas y también la disolución del casamiento si el cónyuge judío no se convierte. Declaran además que todo judío que intentare convertir a sus esclavos perderá estos esclavos, los que pasarán al fisco. Concilios de Orleáns, 533, Toledo, 589, Caledonia, 541, Macón, 581, Roma, 625, etcétera.
[25] )- Concilio de Vannes (465), canon XII, Concilio de Epaones (517), canon XV, Concilio de Macón (581), canon XV, etcétera.
[26] )- 2° Concilio de Orléans (533), canon XIX, Concilio de Clermont (535), canon VI.
[27] )- Vie de Saint Césaire, Migne, Patrologie latine, t. LXVII.
[28] )- Sidonio Apolinario, 1, III, ép. IV y 1, IV, ép. V.
[29] )- Frédégaire (Chroniques, XV) y Aimoin (Chronica Moissiacensis, XLV) cuentan que, a instigación del emperador Heraclio, Dagoberto dio de elegir a los judíos entre la muerte, el exilio o el bautismo (Gesta Dagoberti, XXIV). Lo mismo se dijo del rey visigodo Sisebuto (Appendice d la chronique de l'évéque Marius, año 588, Dom Bousquet, t. II, p. 19). Chilperico obligó a muchos judíos a hacerse bautizar (Tours, Crégoire de, H. F., 1, VI, cap. XVII). El obispo Avito constriñó a los judíos de Clermont a abjurar o dejar la ciudad. (Tours, Crégoire de, H. F., 1, V, cap. XI). Otros obispos emplearon la fuerza, y fue necesaria la intervención del papa San Gregorio para hacer cesar o por lo menos moderar su celo. "Los judíos no deben ser bautizados por la violencia sino atraídos por la dulzura", dijo en cartas dirigidas a Virgilio, obispo de Arles, Teodoro, obispo de Marsella y Paschasio, obispo de Nápoles. (Regenta pontificum romanorum, edit. Jaffé, N° 1115 y 1879). Pero la autoridad del papa no siempre bastó.
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