XIV
LAS CAUSAS ECONOMICAS DEL ANTISEMITISMO
El antisemitismo económico - Los reproches - El reproche moral - La deshonestidad judía - La astucia y la mala fe del judío - La corrupción talmúdica - Las medidas restrictivas y la embustería judía - La degradación por el mercantilismo y la usura - El oro y el rebajamiento moral - El reproche económico - El judío y el estado social actual - La parte del judío en la constitución de la sociedad capitalista - El judío agiotista e industrial - El judío detentador del capital - Cómo el judío se perjudica por el estado actual - Los judíos proletarios, en Europa y en América - Los judíos en la clase burguesa - La supremacía relativa del judío - Las causas de esta supremacía - El apoyo mutuo y el individualismo burgués - La solidaridad judía - Cómo nació en la Antigüedad - Las sinagogas - La Edad Media - Los ghettos - Los tiempos modernos - El kahal de los países de Oriente - La minoría de Occidente y la solidaridad de clase - La oposición de las formas de capital y el antisemitismo - Capital agrícola y capital industrial - El agiotismo judío y la pequeña burguesía comerciante - La competencia y el antisemitismo - Competencia capitalista y competencia obrera - Las prevenciones contra los judíos y el antisemitismo económico - El antisemitismo y las luchas intestinas del capital.
Después de haber atacado al judío como semita, como extranjero, como revolucionario y como anticristiano, se lo ha atacado como agente económico. En todas las épocas, por lo demás, fue así, desde la dispersión. Ya los romanos y los griegos, antes de nuestra era, envidiaban los privilegios que permitían a los judíos ejercer su comercio en condiciones mejores que los nacionales, [1] y, durante la Edad Media, el usurero fue odiado tanto, cuando no más, como el deicida. [2] Si la situación de los judíos ha cambiado a fines del siglo XVIII, ha cambiado de un modo que les era demasiado favorable para que los sentimientos que se experimentaban para con ellos pudieran modificarse apreciablemente; antes al contrario. Hoy día, el antisemitismo económico existe más fuerte que nunca porque, más que nunca, el judío aparece como poderoso y rico. Otrora no se lo veía. Permanecía encerrado en su ghetto, lejos de los ojos cristianos, y sólo tenía una preocupación: esconder su oro, este oro del cual, según la tradición y hasta la legislación, era el recolector y no el propietario. Desde el día en que fue liberado, cuando cayeron las trabas puestas a su actividad, el judío se mostró. Hasta se mostró con ostentación. Quiso, después de los siglos de cárcel y los años de agravios, parecer un hombre y manifestó una vanidad infantil de salvaje. Fue éste su modo de reaccionar contra las humillaciones seculares. Se lo había dejado, en vísperas de 1789, humilde, miserable, objeto del desprecio de todo el mundo y blanco de los insultos y los agravios. Se le reencontró, después del temporal, liberado de todo constreñimiento y, de esclavo, convertido en amo.
Este rápido ascenso chocó. La gente se mostró ofuscada por esta riqueza que el judío había adquirido el derecho de exhibir y recordó el viejo reproche de los padres, el reproche del antisemitismo social: el oro del judío es conquistado a expensas el cristiano; es conquistado por el dolo, el fraude y la depredación, por todos los medios y principalmente por los medios condenables. Es éste lo que yo llamaría el reproche moral del antisemitismo. Se resume así: el judío es más deshonesto que el cristiano; está desprovisto de todo escrúpulo y es ajeno a la lealtad y la franqueza,
¿Este reproche está fundado? Lo fue y todavía lo es en todos los países en los cuales el judío está mantenido fuera de la sociedad, recibe exclusivamente la educación talmúdica y es víctima de persecuciones, los insultos y los agravios, y en los cuales se desconoce su dignidad y autonomía de ser humano.
El estado moral del judío ha sido hecho por él mismo y por las circunstancias exteriores. Su alma ha sido moldeada por la ley que se dio y por la ley que se le impuso. Ahora bien: fue doblemente esclavo durante siglos; fue el siervo de la Thorah y el siervo de todos. Fue un paria, pero un paria que sus doctores y sus guías mantuvieron en una servidumbre más estrecha que la antigua servidumbre del Egipto.
Por fuera, miles de restricciones trabaron su marcha, detuvieron su expansión y se opusieron a su actividad. Encontró delante de él códigos enemigos y duras reglamentaciones. Por dentro, tropezó con todo un sistema complicado de defensas. Fuera del ghetto, encontró el constreñimiento legal; en el ghetto, el constreñimiento talmúdico. Si intentaba escapar del primero, miles de castigos lo esperaban. Si trataba de sustraerse al segundo, se exponía al herem: a la temible excomunión que lo dejaba solo en el mundo. No podía soñar en atacar de frente estas dos potencias. Por ello el judío trató de triunfar de ellas por la astucia, y ambas desarrollaron en él el espíritu de cautela. Adquirió una extraña ingeniosidad y una sutileza fuera de lo común. Su finura natural se acrecentó, pero fue empleada vilmente: para engañar a un dios riguroso y a inflexibles soberanos. El Talmud y las legislaciones antijudías corrompieron profundamente al judío. Llevado por sus doctores, por un lado, y por legisladores extranjeros, por otro, y también por numerosas causas sociales [3] a la práctica exclusiva del comercio y la usura, el judío se envileció.
La búsqueda del oro, proseguida sin descanso, lo degradó. Debilitó en él la conciencia. Lo rebajó y le dio hábitos de embustero. En la guerra que, para vivir, tuvo que llevar contra el mundo y su ley civil y religiosa, no pudo salir vencedor sino por la intriga y este miserable, destinado a las humillaciones y los insultos y obligado de agacharse bajo los golpes, los agravios y las invectivas, sólo por la astucia pudo vengarse de sus enemigos, sus torturadores y sus verdugos. Para él, el robo y la mala fe se convirtieron en armas: en las únicas armas que pudiera emplear. Por ello se ingenió en agudizarlas, complicarlas y disimularlas.
Cuando las paredes de los ghettos se desmoronaron, el judío, tal como lo habían hecho el Talmud y las condiciones civiles, legislativas y sociales, no cambió repentinamente. Al día siguiente de la revolución, vivió exactamente como en la víspera. No modificó sus costumbres, sus hábitos ni menos su mentalidad tan prontamente como se modificó su situación. Liberado, conservó su alma de esclavo, esta alma que va perdiendo un poco cada día al mismo tiempo que se van borrando uno por uno los recuerdos de su abyección. Hoy día, para encontrar al judío que nos muestran los antisemitas, hay que ir a Rusia, Rumania y Polonia, donde rigen leyes de excepción, y a Galitzia, Hungría y Bohemia, donde dominan las escuelas exclusivamente hebraicas. En la Europa occidental, si, por atavismo, los judíos de cierta categoría – los judíos mercaderes y los judíos agiotistas – todavía son cautelosos, astutos y predispuestos al engaño, no lo son mucho más que los agiotistas y los mercaderes cristianos, hechos poco escrupulosos por el hábito de los negocios.
Ante tal afirmación, los antisemitas tienen una respuesta bien preparada: los judíos han pervertido a los cristianos. Si se comprueba, en la clase rica, explotadora y traficante, la dureza, la rapacidad, la avaricia y la deslealtad para con el explotado, la culpa la tienen los judíos que son responsables del estado social actual y, mejor aún, son su causa. Tal es el reproche económico propiamente dicho.
Aquí también los antisemitas son víctimas de una ilusión. El judío no es la causa de un estado actual, que es el resultado de una larga evolución. Contribuyó a la revolución económica, cuya consecuencia fue el advenimiento de la burguesía, pero no es factor único, ni el factor principal siquiera. [4] Por cierto, ya lo mostré, [5] la burguesía encontró en el judío, a lo largo del tiempo, un auxiliar maravilloso y poderosamente dotado.
Durante siglos, en la sociedad bárbara de la Edad Media, el judío, ya viejo traficante, mejor armado, provisto de una cultura superior y en posesión de una experiencia secular, fue el representante del capital comercial y del capital usurario, o ayudó a su constitución, Sin embargo, estas fuerzas capitalistas sólo llegaron al poder cuando el trabajo de los siglos hubo preparado su dominación y las hubo transformado en capital industrial y capital agiotista. Para ello fueron precisos los dos grandes procesos de expansión de las Cruzadas y del descubrimiento de América, que completaron las múltiples colonizaciones de España, Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia, y todo el esfuerzo del régimen comercial. Fueron precisos el establecimiento del crédito público y la extensión de los grandes bancos. Fueron precisos el desarrollo de las industrias manufactureras y los progresos científicos que trajeron la creación y el perfeccionamiento del maquinismo. Fue precisa toda la elaboración legislativa del régimen de salarios, hasta el momento en que los proletarios fueron despojados hasta del derecho de asociación y coalición. Fueron precisos todo eso y muchas causas más – causas históricas, religiosas y morales – para hacer la sociedad actual. Los que presentan a los judíos como los creadores de este estado no logran probar sino su absoluta e inverosímil ignorancia.
Sin embargo, acabamos de decirlo, el papel de los israelitas fue considerable, pero es poco conocido o por lo menos de modo demasiado imperfecto, sobre todo por los antisemitas, y no es a este conocimiento muy rudimentario de la historia económica del judaísmo que hay que atribuir el antisemitismo. Se sabe mejor cómo los judíos han actuado después de su liberación.
En Francia, durante la Restauración y el Gobierno de Julio [6] encabezaron la finanza y la industria. Estuvieron entre los fundadores de las grandes compañías de seguros, de ferrocarriles y de canales. En Alemania, su papel fue enorme. Provocaron la promulgación de todas las leyes favorables al comercio del oro, al ejercicio de la usura y a la especulación. Fueron ellos los que se aprovecharon de la abolición (en 1867) de las antiguas leyes restrictivas de la tasa del interés. Suscitaron la ley de junio de 1870, que liberó las sociedades por acciones del control del Estado. Después de la guerra franco-prusiana, fueron los especuladores más audaces y, en la fiebre de asociacionismo que prendió en los capitalistas alemanes, actuaron como habían actuado los judíos franceses de 1830 y 1848, [7] hasta después de la bancarrota financiera de 1872, época ésta en que, entre los hidalgos y pequeños burgueses despojados durante esta Gründer Periode, [8] en la cual dominó el judío, nació el antisemitismo más violento: el que generan los intereses perjudicados.
Cuado se hubo comprobado esta acción indudable del judío, se dedujo de ella que el judío era el detentador por excelencia del capital. Fue ésta una causa más de animosidad contra él. Los judíos lo poseen todo, se dijo. Y el judío, después haber sido el equivalente del embustero, engañador y usurero, se convirtió en sinónimo de rico. Todo judío es poseedor, tal fue la creencia común. Hay en esto un profundo error.
La inmensa mayoría de los judíos, casi siete de cada ocho, viven en una pobreza extrema, En Rusia, Galitzia, Rumania, Serbia y Turquía, su miseria es horrenda. Son en su mayoría artesanos y, en este carácter, padecen las consecuencias del estado actual, exactamente como los asalariados cristianos. Hasta se incluyen entre los proletarios más desheredados. En Londres, en la compacta aglomeración judía del East End, compuesta de refugiados polacos, los sastres judíos empleados en talleres de confección trabajan doce horas por día y ganan un promedio de 62 céntimos por hora, pero la mayoría está desocupada tres días por semana, una parte sólo trabaja dos o tres días y, en toda época, diez a quince mil judíos sin empleo se mueren de hambre en una desesperación abominable. En Nueva York, son cien mil y, antes de la fundación de laUnión de Sastres, muchos estaban obligados a veinte horas de trabajo por día y cobraban un salario de cinco o seis dólares por semana. Posteriormente, si bien su salario no ha aumentado, la duración de la jornada se ha reducido a dieciocho horas y, en algunos establecimientos, a dieciséis. [9] En Rusia, su condición es peor. En Vilna, judías empleadas en manufacturas de medias de punto ganan cuarenta kopeks [10] por jornada de catorce horas de trabajo; cincuenta kopeks es el salario promedio de los varones en todas las industrias, para jornadas que varían de catorce a veinte horas. La inmensa mayoría de los obreros amontonados en las ciudades del Territorio ni siquiera encuentran empleo. [11] En Galitzia, la situación de la población obrera no es mejor, y tampoco lo es en Rumania.
Quedan, pues, alrededor de dos millones de judíos que, sea en la Europa occidental, sea en los Estados Unidos de América, pertenecen a la clase burguesa. Ahora bien: es incontestable que, si estos dos millones de judíos no eran nada hace cien años, son mucho hoy en día. Por su desarrollo, sus riquezas y su situación, ocupan un lugar que parece poco proporcionado con su importancia numérica. Comparativamente con el grueso de la población, son un puñado y, sin embargo, ocupan posiciones tales que se los ve en todas partes y parecen ser innumerables. Es cierto que no corresponde, como se hace habitualmente, compararlos con la población total, puesto que por lo general no viven en el campo y sí en las ciudades de cierta importancia. Si se quieren elementos estadísticos exactos, hay que ponerlos en paralelo con los de su clase, vale decir con la burguesía comerciante, industrial y financiera. Pero, aun reduciendo la comparación a estos dos términos – judíos y burgueses – esta comparación favorece al judío. [12]
¿Por qué este predominio? Algunos judíos se complacen en decir que deben su supremacía económica a su superioridad intelectual. Esto no es exacto o, por lo menos, habría que ponerse de acuerdo acerca de dicha superioridad. En la sociedad burguesa, fundada en la explotación del capital y en la explotación por el capital, en que la fuerza del oro es dominante y en que el agiotismo y la especulación son todopoderosos, el judío indudablemente está mejor dotado que cualquier otro para lograr el éxito. Si bien fue degradado por la práctica del mercantilismo, esta práctica le ha dado, a lo largo de los siglos, calidades que se han tornado preponderantes en la nueva organización. Es frío y calculador, enérgico y flexible, perseverante y paciente, lúcido y exacto, y todas estas calidades las ha heredado de sus antepasados los manejadores de ducados y los traficantes. Si se dedica al comercio y a la finanza, se beneficia con su educación secular y atávica, que no lo ha hecho más inteligente, como su vanidad lo declara, sino más apto para ciertas funciones.
En la lucha industrial, está mejor dotado individualmente – hablo de modo general – que sus competidores y, en situaciones iguales, debe tener éxito porque sus armas son mejores. No necesita recurrir al fraude, quiero decir recurrir a él más que los que lo rodean: sus capacidades especiales y hereditarias son suficientes para asegurarle la victoria.
Pero estas dotes personales no bastan, con todo, para explicar el predominio judío. También hay linajes de mercaderes cristianos. Parte de la burguesía ha recibido como herencia calidades muy semejantes a las que poseen los judíos y podrían así, según parece, detener su empuje. Hay otras causas más profundas, que pertenecen a la vez al carácter judío y a la constitución de las naciones contemporáneas.
La sociedad burguesa entera está fundada en la competencia individualista. En el campo de las luchas diarias por la vida, nos ofrece el espectáculo de individuos que combaten ásperamente unos contra otros, vale decir de unidades aisladas que pelean ardorosamente por la victoria, con procedimientos puramente individuales. En esta sociedad, el estrecho struggle for life darwiniano domina. Es su espíritu el que gobierna a cada hombre. Se admite tácitamente que el triunfo debe pertenecer al más fuerte, al que mejor organizado está, al que física y mentalmente está mejor adaptado a las condiciones sociales de existencia. Todo el esfuerzo de solidaridad, de unión y de acuerdo se hace fuera de esta clase, cuyos historiadores, filósofos y economistas sólo admiten el esfuerzo individual, y la burguesía capitalista sólo reencuentra el instinto de solidaridad contra los enemigos comunes de todos sus miembros: contra el proletariado y contra los que atacan al capital.
Suponed, en estas organizaciones egoístas, colectividades fuertemente estructuradas de ciudadanos dotados, desde hace siglos, de espíritu de asociación, en los cuales el tiempo ha desarrollado el sentimiento de unión y que conocen, atávica y; prácticamente, las ventajas que pueden sacar de dicha unión: es indudable que tales federaciones estarán, si ejercen su actividad en el mismo sentido que los individuos aislados y desunidos que las rodean, en mejores condiciones y podrán conseguir una victoria más fácil. Ahora bien: ésta es exactamente la situación de los burgueses judíos en los estados modernos. Quieren conquistar los mismos bienes que los burgueses cristianos. Evolucionan en el mismo campo de acción. Son tan ásperos, tan ávidos, tan deseosos de gozar y tan ajenos a la justicia que no sea la justicia de casta y la justicia de defensa contra las clases dominadas. Son, por fin, tan profundamente inmorales, en el sentido de que sólo consideran las ventajas que pueden procurarse y que su única regla de vida es la conquista de los bienes materiales, al máximo de los cuales cada uno aspira. Pero, en esta batalla de cada día, el judío que, individualmente, ya está mejor dotado, como hemos visto, une sus virtudes a las de sus semejantes, acrecienta sus fuerzas juntándolas en haces y, fatalmente, debe alcanzar antes que sus rivales la meta buscada. En medio de la burguesía desunida, cuyos miembros están en lucha perpetua, los judíos son seres solidarios. Tal es el secreto de su triunfo. Esta solidaridad es, entre ellos, tanto más fuerte cuanto más antigua es. A menudo se la ha negado y, sin embargo, es indudable. Sus eslabones se han soldado a lo largo del tiempo, desde hace siglos, y su práctica se ha vuelto inconsciente. Es importante ver cómo se ha formado y cómo se ha perpetuado.
La solidaridad judía data de la dispersión. Los inmigrantes y colonos judíos que llegaban a países extranjeros se agrupaban en barrios especiales y, dondequiera arribaban, constituían una sociedad. Sus comunidades rodeaban las casas de plegaria que habían construido en cada ciudad donde habían formado un núcleo. Tenían numerosos e importantes privilegios. [13] Los judíos dispersados habían sido los auxiliares utilísimos de los griegos en su obra de colonización del Oriente y, cosa extraña, estos judíos que se helenizaron contribuyeron a helenizar el Oriente. En contrapartida, obtuvieron en todas partes, en Alejandría, en Antioquía, en el Asia Menor y en las ciudades griegas de Jonia, el derecho de conservar su autonomía nacional y de administrarse. Formaron en casi todas las ciudades asociaciones corporativas encabezadas por un etnarca o un patriarca que desempeñaba entre ellos, con ayuda de un colegio de ancianos y de un tribunal particular, la autoridad civil y los poderes de justicia.
Las sinagogas fueron "auténticas pequeñas repúblicas". [14] Fueron, además, centros de vida religiosa y pública. Los judíos se reunían en sus oratorios, no sólo para escuchar la lectura de la ley, sino también para conversar sobre sus negocios e intercambiar ideas prácticas. Todas las sinagogas estaban vinculadas entre sí en una amplia asociación federativa que extendió su red sobre el mundo antiguo, a partir de la expansión macedonia y helénica. Se mandaban recíprocamente mensajeros, se mantenían mutuamente al tanto de los acontecimientos cuyo conocimiento les era útil, se aconsejaban y se ayudaban. Al mismo tiempo, las unía un profundo lazo religioso. Conservaban su independencia, pero se sentían hermanas. Dirigían cada una de sus miradas hacia Jerusalén y el templo al que enviaban su tributo anual, y el amor que experimentaban por la ciudad santa y el apego que tenían por su culto les recordaba su común origen y fortalecían su alianza.
Estas pequeñas sinagogas de las ciudades griegas y estas poderosas colectividades de Antioquía o Alejandría crearon la solidaridad local y cosmopolita de Israel. En cada ciudad, el judío era ayudado por la colectividad. Se lo acogía fraternalmente cuando llegaba como inmigrante y colono. Se lo socorría y ayudaba. Se le permitía establecerse y él se beneficiaba con el trabajo de la asociación que ponía a su disposición todos sus recursos. No llegaba como un extranjero que iba a emprender una difícil conquista, sino como un hombre bien armado, con protectores, amigos y hermanos. Por toda el Asia Menor, por las islas, por la Cirenaica y por el Egipto, el judío podía viajar con seguridad. En cualquier lugar se lo trataba como huésped e iba derecho a la casa de plegaria donde encontraba benevolente acogida, Los judíos esenios no procedían diferentemente en su propaganda. Habían creado, también ellos, pequeños centros solidarios, en el seno mismo de las comunidades, e iban así de ciudad en ciudad, como vagabundos seguros del día siguiente.
En Roma donde su número fue considerable, [15] los judíos también estuvieron unidos, tanto como en las ciudades del Oriente. "Están vinculados entre sí por un apego invencible y una conmiseración activísima", dice Tácito. [16] Gracias a esta unión, habían adquirido poderío, como en Alejandría, a tal punto que los partidos se apoyaban en ellos y los temían. "Sabes – dice Cicerón [17] – cuál es la multitud de esos judíos, y cuál es su unión, su solidaridad, su savoir faire y su imperio sobre la muchedumbre de las asambleas."
Cuando cayó el imperio romano y los bárbaros invadieron el viejo mundo y cuando el catolicismo triunfante se difundió, las colectividades judías no cambiaron. Eran organismos muy vivaces y tenían una vida colectiva extremadamente activa que les permitió resistir. Además, en medio del desorden general, conservaron esta unidad religiosa y esta unidad social inseparables la una de la otra, a las que debieron su prosperidad. Todos los miembros de las sinagogas judías se juntaron más estrechamente aún. Gracias a este apoyo mutuo, pudieron aguantar los cambios exteriores y, cuando los reinos godos y germanos estuvieron asentados, las colectividades judías conservaron por algún tiempo cierta autonomía, gozaron de una jurisdicción especial y, en esas organizaciones nuevas, constituyeron agrupamientos comerciales, en los que siguió perpetuándose la secular solidaridad.
A medida qué los pueblos se hicieron más hostiles para con los israelitas, a medida que se agravaron para ellos las legislaciones y a medida que creció la persecución, esta solidaridad aumentó. Los procesos paralelos, el uno exterior y el otro interior, que acabaron en el encierro de Israel en el estrecho recinto de sus juderías, reforzaron su espíritu de asociación. Retirados del mundo, los judíos aumentaron la fuerza de los vínculos que los unían y la vida común acrecentó su deseo y su necesidad de fraternidad: los ghettos desarrollaron el asociacionismo judío.
Por lo demás, las sinagogas habían conservado su autoridad. Si bien los judíos estaban sometidos a las duras leyes promulgadas por los reinos y los imperios, tenían un gobierno propio, consejos de ancianos y tribunales a cuyas decisiones se sometían, y sus sínodos generales hasta prohibían a un israelita, so pena de anatema, llevar a un correligionario ante un tribunal cristiano. [18] Todo los llevó a unirse durante estos siglos de la Edad Media, tan atroces y tan horrendos para ellos. Aislados, hubieran sufrido más. Ayudándose mutuamente, pudieron defenderse más fácilmente. Pudieron evitar las calamidades que los amenazaban sin cesar. En esa vida que les hacían tan penosa las reglamentaciones que se les imponían, la ayuda fraterna les permitió a menudo sustraerse a las innumerables cargas que los aplastaban. Asimismo, habían conservado, entre sinagogas, las relaciones habituales y de este modo el cosmopolitismo de los judíos se vincula con su solidaridad.
Las comunidades se ayudaban mutuamente, se sostenían y se auxiliaban. Los ejemplos de tal acuerdo abundan. Por ejemplo el tan característico de los judíos levantinos que, después del martirio de los judíos de Ancona, se pusieron de acuerdo para romper toda relación con esa ciudad y para dirigir el movimiento comercial hacia Pesara donde Guido Ubaldo había acogido a los fugitivos de Ancona. Los doctores y los rabinos fomentaban esta solidaridad, que el exclusivismo talmúdico aumentó. Recomendaron a los fieles respetar sus intereses respectivos, y los obligaron a hacerlo. En el siglo XI, el sínodo rabínico de Worms prohibió a un propietario israelita alquilar "a un no judío o a un judío una casa ocupada por un correligionario, sin el consentimiento de este último", [19] y un sínodo del siglo XII prohibió a un judío, so pena de anatema, llevar a un correligionario ante un tribunal cristiano. La comunidad judía – el Kahal – estaba armada contra los que faltaban al deber de solidaridad: les echaba el anatema y pronunciaban contra ellos el Cheram-Hakahal. [20] Esta excomunión alcanzaba a todos aquellos que evadían sus obligaciones para con la colectividad: los que se negaban a declarar sus bienes para escapar de la contribución que debía pagar la sinagoga, los que, al firmar un acta con un correligionario, no hacían firmar esta acta por el notario de la comunidad, los que no aceptaban someterse a la decisión que el Kahal había tomado en el interés común [21] y, por fin, los que atacaban en sus escritos la Biblia y el Talmud y trabajaban en la destrucción de Israel. Mardoqueo Kolkos, Uriel Acosta y Spinoza estuvieron entre estos últimos.
Los siglos, la acción de las leyes hostiles, la influencia de las prescripciones religiosas y la necesidad de la, defensa individual acrecentaron, pues, en los judíos, el sentimiento de solidaridad. Aún en nuestros días, en los países donde los judíos viven en un régimen de excepción, la poderosa organización del Kahal subsiste. En cuanto a los judíos emancipados, han roto los marcos estrechos de las antiguas sinagogas y han abandonado la legislación de las comunidades de antes, pero no han olvidado la solidaridad. [22]Después de haber adquirido su sentido y después de haberlo conservado por el hábito, no han podido perderlo ni perdiendo la fe, pues la solidaridad se ha convertido en ellos en un instinto social y los instintos sociales, lentamente formados, no desaparecen sino lentamente.
Hay que notar también que, si bien habían entrado en las naciones con derechos iguales a los de los nacionales, eran sin embargo una minoría. Ahora bien: el desarrollo del asociacionismo en las minorías es una ley: una ley que puede reducirse a la de la conservación. Todo grupo, en presencia de una masa, entiende que, si quiere subsistir como grupo, debe unir todas sus fuerzas. Para resistir la presión exterior que amenaza disgregarlo, tiene que formar un todo compacto y, en una palabra, convertirse en una minoría organizada. La minoría judía es una minoría organizada. No tiene jefes, príncipes teocráticos, gobierno ni leyes. Pero es una asociación de pequeños grupos fuertemente ensamblados, que se sostienen mutuamente. Cualquier judío encontrará, cuando lo pida, la asistencia de sus correligionarios, con tal que se lo sienta dedicado a la colectividad judía. Pues, si parece hostil, no recogerá sino hostilidad. El judío, aun cuando ha dejado la sinagoga, sigue formando parte de la masonería judía, [23] de la camarilla judía, si se prefiere.
Constituidos en un cuerpo solidario, los judíos se ubican más fácilmente en la sociedad actual, relajada y desunida. Si los millones de cristianos que los rodean practicaran el apoyo mutuo en lugar de la lucha egoísta, la influencia del judío quedaría inmediatamente aniquilada. Pero no la practican y el judío debe, si no dominar – es éste el término que emplean los antisemitas – conseguir el máximo de las ventajas sociales y ejercer esta suerte de supremacía contra la cual protesta el antisemitismo, sin poder con ello abolirla, pues depende no sólo de la clase burguesa judía sino también de la clase burguesa cristiana.
Cuando el capitalista cristiano se ve eliminar o suplantar por el capitalista judío, resulta de tal situación una violenta animosidad, y esta animosidad se traduce en los reproches ya enumerados. Sin embargo, estos reproches no son el fundamento real del antisemitismo económico, fundamento éste que acabo de establecer.
Si siempre se tiene presente la idea de la solidaridad judía y el hecho de que los judíos son una minoría organizada, se concluirá que el antisemitismo es en parte una lucha entre los ricos: un combate entre los detentadores del capital. En efecto, es el cristiano rico – el capitalista, el comerciante, el industrial y el financista – el que resulta perjudicado por los judíos, y no el proletario, que no padece por el patronado judío más que por el patronado católico, más bien al contrario, pues aquí importa el número de los patrones, y no son los judíos los que constituyen el mayor número. Es esto lo que explica por qué el antisemitismo es una opinión burguesa y por qué está tan poco difundido, salvo como vago prejuicio, en el pueblo y en la clase obrera.
Esta guerra capitalista no se manifiesta de igual modo en todas partes. Ofrece dos aspectos según provenga de una oposición entre dos formas del capital o de la competencia entre los poseedores del capital industrial y financiero.
El capital inmobiliario, en su lucha contra el capital industrial, se ha vuelto antisemita porque el judío es, para el terrateniente, el representante más típico del capitalismo comercial e industrial. Así, en Alemania, los proteccionistas agrarios son hostiles a los judíos, que están en primera fila entre los librecambistas. Los judíos se oponen, por esencia y por interés, a la teoría fisiocrática que atribuye la soberanía política a los tenedores de la tierra, y sostienen la teoría industrial que hace del poder el feudo de la industria. Por cierto, judíos y agrarios son tal vez, individualmente, inconscientes del papel que desempeñan en esta batalla económica, pero su animosidad recíproca no deja por ello de proceder de esa causa.
El pequeño burgués, el pequeño comerciante que el agiotismo devora, tiene una conciencia más nítida de los motivos de su antisemitismo. Sabe que la especulación desenfrenada y los Krachs sucesivos lo han arruinado y, también para él, los más temibles acaparadores del capital financiero y agiotista son los judíos, lo que por lo demás es totalmente exacto. Aun aquellos cuya ruina no provino de especulaciones en las cuales hubieran sido vencidos, atribuyen igual su decadencia al agiotismo que ha eliminado gran parte del capital comercial y del capital industrial. Sólo que, como siempre, hacen al judío responsable de un estado de cosas del que está lejos de ser la única causa.
En cuanto a la otra forma del antisemitismo económico, es más sencilla: la provoca la competencia directa entre los manejadores del dinero, los comerciantes y los industriales judíos y cristianos. Los capitalistas cristianos, generalmente aislados, se encuentran frente a capitalistas judíos unidos, cuando no asociados, en una situación de manifiesta inferioridad y, en el combate diario, muy frecuentemente son vencidos por ellos. Padecen, pues, indirectamente las consecuencias del desarrollo de la industria y del gran comercio judíos. De ahí, entre ellos; una animosidad extrema y el deseo de reducir el poderío de sus felices rivales. Es ésta la manifestación más violenta, más áspera y más ruda del antisemitismo, por ser expresión de la defensa de los intereses inmediatos y egoístas.
Se podría ver también un signo del antisemitismo como consecuencia de la competencia inmediata y directa en las manifestaciones obreras contra los judíos de Londres o de Nueva York, pero esto no sería rigurosamente exacto. La emigración rusa y polaca en Inglaterra y los Estados Unidos, emigración ésta que trajo a los centros industriales y manufactureros un número considerable de artesanos, ha tenido como consecuencia una reducción extremada de los salarios y una más dura aplicación delsweating system en los talleres y las fábricas del East-End londinense o de Nueva York. De ahí un movimiento contra los proletarios judíos, sobre todo contra los obreros sastres que son mayoría entre los inmigrantes. Pero este movimiento no tiene nada de específicamente antijudío: es análogo a todos los movimientos dirigidos por los trabajadores nacionales contra los trabajadores extranjeros – por ejemplo, en Francia, contra los obreros italianos y belgas – que el patronado contrata en condiciones más ventajosas para él. [24] Pasa lo mismo con la competencia burguesa. Si ésta es netamente antijudía, no es sólo porque los judíos forman una masonería, una minoría demasiado bien armada. También los protestantes, en efecto, están organizados del mismo modo y sin embargo, salvo en un reducido número de casos, el antiprotestantismo no se manifiesta en Francia, como tampoco el anticatolicismo en Alemania donde, a su vez, los católicos constituyen una poderosa minoría.
Hay otra causa, pues. Sí, y esta causa es capital. Los judíos son, efectivamente, una minoría, como los protestantes franceses y los católicos alemanes. Pero los protestantes en Francia y los católicos en Alemania son una minoría nacional; mientras que se consideran los judíos una minoría extranjera. Por lo tanto, no nos encontramos únicamente en presencia de una lucha entre las formas del capital – de una competencia entre capitalistas – sino que también asistimos a una lucha entre el capital nacional y un capital considerado extranjero. Se trata de la permanencia de la lucha secular. Empezó en la Antigüedad, cuando las ciudades jonias “quisieron obligar a los judíos establecidos en su seno a renegar de su fe o soportar el peso de las cargas públicas". [25] Se perpetuó a lo largo de toda la Edad Media, cuando los judíos aparecieron en las ciudades nacientes como un pueblo que había crucificado a Dios y cuando la gente se dio cuenta que esta tribu extranjera había captado el capital. Cuando nació el comercio cristiano, quiso, también él, apartar a un competidor que le parecía tanto más peligroso cuanto que no era "autóctono". Lo consiguió en parte por la constitución de las corporaciones y guildas, vale decir por la organización cristiana del capital.
Hoy en día subsiste aún esta prevención contra los judíos; secreta, no siempre confesada, instintiva más bien que razonada, atávica y no recientemente adquirida. Se sigue experimentando contra los deicidas esta acrimonia que hacía considerar su riqueza con antipatía, pues no se admitía que esta tribu de incrédulos, homicidas y condenados pudiera legítimamente poseer. Se creía que no podía adquirir sin robar el bien de los que eran los hijos del suelo – todo detentador del suelo se considera su hijo – y si el antisemitismo económico debe mirarse como una expresión de las luchas intestinas del capital, no hay que perder de vista que es también una manifestación de la oposición del capital nacional y el capital extranjero.
Continuar -->
[1] )- Cap. II.
[2] )- Cap. V.
[3] )- Cap. V.
[4] )- Cap. V.
[5] )- Cap. IX.
[6] )- El gobierno de Luis Felipe (N. del T.) .
[7] )- Glagau, Otto, ob. citada.
[8] )- Período de fundación.
[9] )- Van Etten, Miss L, Les Juifs russes comme immigrantes (The Forum, número de abril de 1893).
[10] )- El kopek vale cuatro céntimos de franco. (N. del T.: de franco oro.)
[11] )- Errera, Leo, Les Juifs russes
[12] )- Por lo general, se comparan los dos millones de judíos detentadores de capitales (en distintos grados) con la totalidad de las poblaciones cristianas. Se deja a un lado la mayoría obrera de los judíos artesanos y proletarios. Si se quiere considerar a los judíos como una nación sin territorio fijo, hay que examinar primero si no existe entre ellos una clase de asalariados y una clase capitalista, lo que acabo de mostrar, y después comparar esta clase capitalista judía con la clase capitalista cristiana. Sólo de este modo se llegará a una estadística comparativa exacta y a una justa apreciación de los hechos.
[13] )- Véanse cap. II y cap. III.
[14] )- Renan, Ernest, Vida de Jesús.
[15] )- El señor Renan evalúa el número de los judíos romanos, bajo Nerón, en veinte a treinta mil (en Anticristo, p. 7, nota 2).
[16] )- Tácito, Historia, V, 5.
[17] )- Cicerón, Pro Flacco, XXVIII.
[18] )- Esos sínodos se reunieron a partir del siglo XII. Eran las primeras reuniones rabínicas desde la clausura del Talmud. Jacobo Tam (Rabbenou Tam), fundador de la escuela de los Tosafistas, provocó la reunión de esos sínodos, que deliberaron verosímilmente acerca de los medios de resistir las persecuciones.
[19] )- Jost, Histoire des Juifs (Berlín, 1820), t. II.
[20] )- Anatema de la comunidad.
[21] )- Aron, Maurice, Histoire de d'excommunication juive (Nimes, 1882).
[22] )- La Alianza Israelita Universal, fundada en 1860 por Crémieux y que cuenta con más de treinta mil afiliados suscriptores, no hizo sino aumentar la solidaridad judía. La meta de la Alianza es liberar moral e intelectualmente al judío de los países orientales fundando escuelas, además de paliar su opresión y hasta de trabajar en su completa emancipación.
[23] )- No hablo aquí de las asociaciones masónicas. Empleo masonería en el sentido general que se atribuye a esta palabra.
[24] )- Se puede entender más fácilmente aún el antisemitismo económico estudiando el problema chino en los Estados Unidos. Minoría de raza, religión y aptitudes diferentes de las de los norteamericanos, los chinos, poderosamente asociados, son igualmente acusados por los capitalistas de drenar el oro y por los obreros de hacer bajar los salarios. La hostilidad para con ellos tiende a provocar medidas legales que puedan colocarlos en situación de inferioridad, contrabalancear su influencia y disminuir sus ventajas, tales como el bill contra la inmigración. Medidas análogas se tomaron, por lo demás, contra los inmigrantes alemanes y rusos.
[25] )- Mommsen, Th., Historia romana, t. XI (París, 1889).
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