XI
NACIONALISMO Y ANTISEMITISMO
Los judíos en el mundo - Raza y nación - ¿Son los judíos una nación? - El medio, las leyes y las costumbres – La religión y los ritos - El idioma y la literatura - El espíritu judío - ¿Cree el judío en su nacionalidad? - La restauración del Imperio judío - El chauvinismo judío - El judío y los extraños a su ley - ¿El Talmud es antisocial? - Otrora y hoy día - La permanencia de los prejuicios - El exclusivismo judío y la permanencia del tipo - El principio de nacionalidades en el siglo XIX - En Alemania y en Italia - En Austria, en Rusia y en la Europa oriental - El pangermanismo y el paneslavismo - La idea de nacionalidad, el judío y el antisemitismo - Los elementos heterogéneos en las naciones - Eliminación o absorción - El egoísmo nacional - Conservación o transformación - Las dos tendencias - El patriotismo y el humanitarismo - Nacionalismo, internacionalismo y antisemitismo - El cosmopolitismo judío y la idea de patria - Los judíos y la Revolución.
Existen alrededor de ocho millones de judíos, esparcidos por toda la superficie del globo, [1] cuyas siete octavas partes viven en Europa.[2] Entre estos judíos figuran los judíos beduinos de los confines del Sahara, los falachas de Abisinia, los judíos negros de la India, los judíos mongoloides de China, los judíos kalmukos y tártaros del Cáucaso, los judíos rubios de Bohemia y Alemania, los judíos morenos de Portugal, el Sur de Francia, Italia y el Oriente, los judíos dolicocéfalos, los judíos braquicéfalos y sub-braquicéfalos: judíos todos que, por la forma de su cráneo y el color de su piel se podrían clasificar, según los mejores principios de la etnología, en cuatro o cinco razas diferentes, como acabamos de mostrarlo.
Del mismo modo, comparando por ejemplo a los habitantes de los distintos departamentos de Francia, y tomando un provenzal y un bretón, un nizarte y un picardo, un normando y un gascón, un auverñés y un vasco, podríamos probar que estas diferencias no permiten creer en la existencia de la raza francesa.
Sin embargo, al proceder en esta forma, habríamos demostrado, en realidad, que la raza no es una unidad etnológica, vale decir que ningún pueblo desciende de padres comunes y que ninguna nación está formada por un agregado de células semejantes. Pero no habríamos demostrado de ningún modo que no existe un pueblo francés, un pueblo alemán, un pueblo inglés, etc., y no podríamos hacerlo, puesto que existe una literatura inglesa, una literatura alemana y una literatura francesa, todas distintas, que expresan de manera diferente sentimientos comunes, es verdad, pero cuya reacción objetiva y subjetiva no es la misma en los distintos individuos que alcanzan; sentimientos comunes a la naturaleza humana, pero que cada hombre y cada colectividad de hombres siente y expresa diferentemente.
Tuvimos que rechazar la noción antropológica de raza, noción falsa ésta, que como veremos es la generadora de las peores opiniones y de las vanidades más detestables y menos justificadas, esta noción antropológica que tiende a hacer de cada pueblo una asociación de presos orgullosos y egoístas; pero estamos obligados de comprobar la existencia de unidades históricas, vale decir de naciones. Sustituimos la idea de raza por la idea de nación. Pero debemos explicarnos, puesto que el presente siglo ha hecho estribar su creencia en la nacionalidad sobre su creencia en la raza: en la raza innata.
¿Cuál es el sentido común de nación? Según Littré, una nación es una "reunión de hombres que viven en un mismo territorio, sometido o no a un mismo gobierno y tienen desde hace tiempo intereses bastante comunes para que se los considere como perteneciendo a la misma raza". A esta definición de la nación, Littré opone la del pueblo: "multitud de hombres que, aunque no viven en el mismo país, tienen una misma religión y un mismo origen". Según Mancini, [3] la nación es una "comunidad natural de hombres unidos por el país, el origen, las costumbres y el idioma, que tienen conciencia de tal comunidad". Según Bluntschli, [4] se puede definir al pueblo como: "la comunidad del espíritu, el sentimiento, y la raza, hecha hereditaria en una masa de hombres de profesiones y clases diferentes; masa ésta que, prescindiendo de un vínculo político, se siente unida por la cultura y el origen – en especial por el idioma y las costumbres – y extranjera a las demás". En cuanto a la nación, siempre según Bluntschli, es una "comunidad de hombres unidos y organizados en Estado". Como se nota, sólo se logra diferenciar el pueblo de la nación haciendo intervenir, sea una unidad territorial, como Littré, sea una unidad estatal, como Bluntschli, vale decir una cosa exterior o superior a los que componen este pueblo y esta nación que se puede en realidad confundir.
Resumamos. Se llama comúnmente nación a una aglomeración de individuos que tienen una raza, un territorio, un idioma, una religión, un derecho, usos, costumbres, un espíritu y un destino histórico comunes. Ahora bien: vimos que la raza común, la raza innata, la raza que signifique mismo origen y pureza de sangre, no era sino una ficción. La idea de raza no está necesariamente vinculada con el concepto de nación. Lo prueba el hecho de que los vascos, los bretones y los provenzales, aunque son muy diferentes desde el punto de vista antropológico, pertenecen todos, sin embargo, a la nación francesa. En cuanto a la comunidad territorial, tampoco es necesaria. Los polacos, por ejemplo, no tienen territorio común y, no obstante, existe una nación polaca. Tampoco el idioma parece ser indispensable, y se puede, en efecto, mencionar el caso de Suiza, Austria o Bélgica, países éstos en los cuales se habla dos o más lenguas. Pero estos países, salvo Suiza, organizada en forma federal, nos permiten afirmar por el contrario que el idioma es efectivamente un signo de nacionalidad, puesto que en todos ellos, los que hablan en la misma lengua aspiran a agruparse, o bien un idioma tiende a hacerse preponderante y a desplazar los demás.
La religión fue otrora una de las formas más importantes que contribuyeron a formar los pueblos. Nos resulta imposible representarnos lo que fueron Roma, Atenas o Esparta si dejamos a un lado los dioses del Olimpo y los del Capitolio. Lo mismo sucede con Menfis, Nínive, Babilonia y Jerusalén. ¿Y qué pasa con la sociedad de la: Edad Media si prescindimos del cristianismo? La acción de la religión fue preponderante durante largos siglos. Pero sólo tiene, desde unos años, una fuerza extremadamente reducida, salvo en algunos países – Rusia, por ejemplo – donde se procura la unidad de la fe y se hace de ella uno de los elementos constitutivos e indispensables de la nacionalidad. En otras partes, la multiplicidad de las confesiones religiosas no es obstáculo para la unidad. Sin embargo, es bueno agregar que, en todos los países de Europa, la religión fue la primera unidad conocida y que todos los Estados y todos los pueblos europeos, salvo el Imperio otomano, fueron en un primer momento Estados y pueblos cristianos. La Reforma fue el último esfuerzo de unificación religiosa y, después de las guerras de religión, los edictos de tolerancia marcaron el fin de la dominación de los dogmas sobre las nacionalidades.
Sin embargo, el cristianismo ha dejado su impronta en las costumbres, el modo de vida y la moral. De cualquier modo que se juzguen sus principios, su metafísica y su ética, ha sido uno de los más importantes factores de las naciones europeas y de los individuos que las componen. Es el fondo común sobre el cual se construyeron edificios diferentes. Es una de las nociones fundamentales a la que otras numerosas se han agregado, que ha evolucionado diferentemente, pero que se encuentra en la base de las sociedades modernas. El cristianismo ha sido uno de los elementos fijos del espíritu de los distintos pueblos del antiguo y nuevo continente, pero son las costumbres, el modo de vida, el arte, el idioma y miles de ideas propias que se generan por la literatura y la filosofía lo que ha diferenciado a los pueblos y ha creado su personalidad. Lo que hace a la desemejanza de los individuos es la manera diferente en que interpretan ideas generales y comunes, el modo también diferente en que son impresionados por los fenómenos y la manera en que los traducen.
Pasa lo mismo con las colectividades. Se componen de seres variados, cada uno de los cuales, es cierto, tiene su esencia propia, pero que siguen todas ciertas direcciones comunes. ¿Qué es lo que indica estas direcciones? El idioma, y también las tradiciones, los intereses y el destino histórico comunes a todos esos seres. Pero a eso hay que agregar, como dice Mancini, la conciencia de esta comunidad. Esta conciencia se ha elaborado lentamente, a lo largo del tiempo, a través de miles de choques exteriores y de miles de luchas intestinas. Pero el día que las naciones tuvieron conciencia de sí mismas, recién ese día existieron y esta conciencia, una vez nacida, fue un factor más de la nacionalidad. Sin ella, no hay nacionalidad. Pero, tan pronto como exista, reacciona a su vez sobre el cerebro de cada uno y es esta conciencia de la nacionalidad, la última que se haya formado, la que desaparece en último lugar, cuando ya han desaparecido el territorio, el modo de vida, los usos y costumbres y la religión y cuando la literatura ya no vive.
Existen naciones, pues. Estas naciones pueden a veces no están constituidas con un mismo gobierno y pueden haber perdido su patria y su idioma. Pero mientras no haya desaparecido la conciencia que tienen de sí mismas y de la comunidad de pensamiento e intereses, que representan mediante el decorado ficticio de la raza, la filiación, el origen y la pureza de sangre, la nación perdura.
Consideremos ahora al judío. Vimos que no tiene existencia en cuanto raza. Se equivocan los que dicen: "Ya no hay pueblo judío sino una comunidad judía estrechamente unida a una raza". [5] Queda por preguntarnos si el judío no forma parte de una nación, compuesta por elementos diversos, como todas las naciones, pero con todo provista de unidad. Ahora bien: si ponemos a un lado los felachas de Abisinia, algunas tribus judías nómades poco conocidas del África, los judíos negros de la India y los judíos de China, comprobamos que, al lado de las diferencias ya señaladas que distinguen a los judíos, también existen entre ellos particularidades, individualidad y tipo comunes. Sin embargo, los judíos han vivido en países muy opuestos, han estado sometidos a influencias climáticas muy diversas y han estado rodeados de pueblos muy desemejantes. ¿Qué es lo que los ha podido mantener tal como se han mantenido hasta nuestros días? ¿Por qué perduran de otro modo que como confesión religiosa? Esto proviene de tres cosas. Una que depende de los judíos: su religión; la segunda, de la que son en parte responsables: su condición social; la tercera que les es extraña: las condiciones a las cuales han sido sometidos.
Ninguna religión ha sido más amasadora de almas y de mentes que la religión judía. Casi todas las naciones han tenido, al lado de sus dogmas religiosos, una filosofía, una moral y una literatura. Para Israel, la religión ha sido al mismo tiempo una ética y una metafísica y, más aún, una ley. Los israelitas no tuvieron una simbólica independencia de su legislación. No; sólo hubo para ellos – después del retorno del segundo cautiverio – Iahvé y su ley, inseparables el uno de la otra. Para formar parte de la nación, hubo que aceptar no solamente a su dios, sino también todas las prescripciones legales que dimanaban de él y tenían un carácter de santidad. Si el judío no hubiera tenido más que a Iahvé, es probable que se habría desvanecido en medio de los distintos pueblos que lo habían acogido, como se desvanecieron los fenicios qué sólo llevaban consigo a Melqarth. Pero el judío tenía algo mejor que su dios: tenía su Thora – su ley – y es ella la que lo conservó. Esta ley, no sólo no la perdió al perder el territorio ancestral, sino que por el contrario reforzó su autoridad: la desarrolló y aumentó su poderío y también su virtud. Cuando, Jerusalén hubo sido destruida, fue la ley la que se convirtió en el vínculo de Israel: vivió para su ley y por su ley.
Ahora bien: esta ley era minuciosa y formalista; era la manifestación más perfecta de la religión ritual en la cual se había convertido la religión judía bajo la influencia de los doctores, influencia ésta que se puede oponer al espiritualismo de los profetas cuya tradición Jesús continuó. Estos ritos que preveían cada acto de la vida y que los talmudistas complicaron hasta el infinito, estos ritos moldearon el cerebro del judío y, en todas partes – en todos los países – lo moldearon del mismo modo, Los judíos, aunque dispersos, pensaban de la misma manera en Sevilla y en York, en Ancona y en Ratisbona, en Troye y en Praga. Tenían sobre los seres y las cosas los mismos sentimientos y las mismas ideas. Miraban con las mismas lentes. Juzgaban según principios semejantes, de los que no podían apartarse, pues no había en la ley obligaciones graves y menores: todas tenían un idéntico valor porque todas dimanaban de Dios.
Todos aquellos a quienes los judíos atraían a sí estaban aprisionados en este terrible engranaje que trituraba las mentes y las moldeaba de un modo uniforme. Así la ley creaba particularidades. Estas particularidades, los judíos se las trasmitían porque ellos constituían en todas partes una asociación estrechísima, manteniéndose muy apartados para poder cumplir las prescripciones legales, lo que les daba cada vez más fuerza de conservación, por ser rebeldes a la penetración. No sólo la ley creó particularidades, sino que también creó tipos: un tipo moral y hasta un tipo físico.
Acabamos de indicar la formación del tipo moral. En cuanto al tipo físico, resultó en ciertos aspectos de este tipo moral. Se conoce la influencia que ejerce sobre el individuo fisiológico el ejercicio de las facultades mentales y la dirección de estas facultades. Se sabe que algunos seres dedicados a las mismas tareas intelectuales adquieren rasgos especiales y semejantes. Se forman delante de nosotros tipos profesionales y conocemos los experimentos del señor Galton sobre esta creación de caracteres comunes por el pensamiento común. El tipo judío se formó de la misma manera que el tipo del médico, el tipo del abogado, etc., tipos éstos generados por la identidad de la función social y psíquica. El judío es un tipo confesional. La ley y el Talmud lo han hecho tal como es. Más fuertes que la sangre o las variaciones climáticas, han desarrollado en él caracteres que la imitación y la herencia han perpetuado.
A estos caracteres confesionales se agregaron caracteres sociales. Vimos [6] cual es el papel que desempeñó el judío en la Edad Media y cómo razones interiores y exteriores, producto de leyes económicas y psicológicas, lo impelieron a convertirse casi exclusivamente en comerciante y, sobre todo en traficante de oro, en esa época en que el capital debía obligatoriamente ser usurario para ser productivo. Este papel fue general. Los judíos no lo desempeñaron solamente en una región especial sino en todas. A sus comunes preocupaciones religiosas se agregaron, pues, preocupaciones sociales comunes. El judío, ser religioso, ya pensaba de cierto modo uniforme, dondequiera se encontrara. Como ser social, pensó también en forma idéntica. Así se crearon otras particularidades, que se propagaron también, particularidades éstas cuya formación fue general y simultánea en todos los judíos.
Pero el judío, aunque se aislara, no estaba solo. Los pueblos entre los cuales vivía reaccionaban sobre él y podían ser causas de cambios. El medio natural no lo es todo para el hombre que vive en sociedad. Su acción, por cierto, es grande y puede a veces, en gran parte, formar naciones, [7] pero existe un medio social cuya acción no es menos considerable. Este medio social lo hacen las leyes, las costumbres y el modo de vida. Si los judíos hubieran vivido en medios sociales diferentes, probablemente habrían sido diferentes, mental y también físicamente. [8] No fue éste el caso, y el medio social y político fue para ellos el mismo en todas partes. En España, Francia, Italia, Alemania y Polonia, la legislación contra los judíos fue idéntica, cosa ésta muy explicable puesto que se trató, en todos esos países, de una legislación inspirada por la Iglesia. El judío estuvo sometido a las mismas restricciones; las mismas barreras fueron elevadas ante él; estuvo regido por las mismas leyes. Ya se había apartado, y se lo apartó. Se habla esforzado por distinguirse, y se lo diferenció. Se había retirado en su casa para poder cumplir libremente sus ritos, y se lo encerró en ghettos. El día en que el judío estuvo encarcelado en sus juderías, ese día tuvo un territorio, e Israel vivió exactamente como un pueblo que tuviera patria. Conservó, en sus barrios especiales, sus costumbres, su modo de vida y sus hábitos seculares, preciosamente trasmitidos por una educación que dirigían en todos los lugares los mismos principios invariables.
Esta educación no conservaba solamente las tradiciones: conservaba el idioma. El judío hablaba el idioma del país en que vivía, pero sólo lo hablaba porque le era necesario para sus transacciones. De vuelta en su casa, utilizaba un hebreo corrupto o una jerga cuya base constituía el hebreo. Cuando escribía, lo hacía en hebreo, y la Biblia y el Talmud no constituyen toda la literatura hebraica. La producción literaria judía del siglo VIII al siglo XV fue muy grande. Hubo una poesía neohebraica, poesía sinagogal ésta que fue sobre todo abundantísima y brillantísima en España. [9] Hubo una filosofía religiosa judía, que nació en el Egipto con Saadia y que desarrollaron más tarde Ibn Gebirol y Maimónides. Hubo una teología judía con Joseph Albo y Judá Levita, y una metafísica judía que fue la Cábala. Esta literatura, esta filosofía, esta teología y esta metafísica fueron el patrimonio común de los israelitas de todos los países. Hasta el momento en que el esfuerzo oscurantista de los rabinos hubo cerrado sus oídos y sus ojos, su espíritu se inspiró de las mismas fuentes. Se conmovieron con los mismos pensamientos, soñaron con los mismos sueños y se exaltaron por los mismos ritmos, por la misma poesía, mientras las mismas preocupaciones los dominaban. Así experimentaron las mismas impresiones, que moldearon idénticamente su espíritu, este espíritu judío, formado de mil elementos diversos, pero que no fue apreciablemente distinto, por lo menos en cuanto a sus tendencias generales, del viejo espíritu judío, pues los que contribuyeron a engendrarlo se habían nutrido de la antigua Ley.
Todos los judíos, pues, tuvieron religión, costumbres, hábitos y modo de vivir semejantes. Estuvieron sometidos a las mismas leyes, civiles, religiosas, morales o restrictivas. Vivieron en idénticas condiciones. Tuvieron en cada ciudad un territorio. Hablaron el mismo idioma. Gozaron de una literatura. Especularon acerca de las mismas ideas, persistentes y antiquísimas. Esto ya bastaba para constituir una nación. Tuvieron más todavía: la conciencia de que eran una nación y nunca habían dejado de serlo. Cuando dejaron Palestina; en los primeros siglos antes de la era cristiana, un vínculo siempre los unió con Jerusalén. Cuando Jerusalén hubo desaparecido en las llamas, tuvieron sus exilarcas, sus nassis y sus gaones. Tuvieron sus escuelas de doctores: escuelas de Palestina, luego escuelas del Egipto y por fin escuelas de España y Francia. La cadena tradicional no fue rota jamás. Siempre se consideraron exilados y soñaron con el restablecimiento del reino terrenal de Israel. Cada año, en vísperas de la Pascua, salmodiaron en lo más profundo de su ser, tres veces, la oración sagrada: Lechana aba Ieruschalaim (el año próximo en Jerusalén). Conservaron su viejo patriotismo y hasta su chauvinismo. Se consideraron, a pesar de los desastres, las desgracias, los vejámenes y la esclavitud, como el pueblo elegido, el que era superior a todos los pueblos, lo que es la característica de todos los pueblos chauvinistas, tanto de los alemanes como de los franceses y de los ingleses actuales.
Por un momento, a principios de la Edad Media, el judío fue efectivamente superior, por llegar en medio de bárbaros infantiles; él que era heredero de una civilización ya antigua y tenía una literatura, una filosofía y sobre todo una experiencia que debió de conferirle cierta ventaja. Perdió esta superioridad y hasta, en el siglo XIV, llegó a tener una cultura inferior a la cultura general que correspondía a los de su misma clase. Pero conservó preciosamente la idea de su supremacía y siguió mirando con desdén y desprecio a los que eran extraños a su Ley. Por lo demás, su libro, el Talmud, animado por un patriotismo estrecho y huraño, se lo enseñaba.
Se ha acusado a este libro de ser antisocial, y algo de cierto hay en esta acusación. Se ha sostenido que era la obra jurídica y moral más abominable, y esto ha sido un error, pues no es ni más ni menos abominable que todos los códigos particularistas y nacionales. Si es antisocial, es en el sentido de que representó – y representa – un espíritu distinto del de las leyes vigentes en los países en que los judíos vivieron, queriendo los judíos seguir su código antes de seguir el que regía a todos les miembros de la sociedad. Aun así, sólo fue y es antisocial de modo relativo; puesto que la ley no siempre ha sido uniforme ni la costumbre invariable en todas las partes de los Estados. En un momento de la historia, apareció fatalmente como inhumano, puesto que, mientras todo cambiaba, permanecía inmutable. Los antisemitas cristianos han mostrado su brutalidad, porque esta brutalidad los tocaba directamente. Pero cuando Rabbi Yochai decía: "al mejor de los goim, mátalo", no era más feroz que San Luis, que pensaba que el método más recomendable para discutir con un judío era meterle la daga en la barriga, o que el Papa Urbano III que escribía en una bula: "Está permitido a todo el mundo matar a un excomulgado cuando se lo hace por motivo de celo por la Iglesia".
Hay que darse cuenta, además, de una cosa. Algunos judíos modernos y algunos filosemitas han rechazado con horror esos aforismos y axiomas, que fueron aforismos y axiomas nacionales. Las invectivas a los goim y a los mineos fueron dirigidas, dicen, a los romanos, a los helenos y a los judíos apóstatas y jamás alcanzaron a los cristianos. Hay una gran parte de verdad en tales afirmaciones, pero también una gran parte de error. Efectivamente, parte de las prescripciones contra los extranjeros, prescripciones éstas que fueron obra de los judíos defensores de su espíritu nacional, se refieren al tiempo en que la nacionalidad judía estuvo amenazada, al tiempo en que el espíritu judío fue arrinconado por el espíritu griego, cuando la influencia helénica tendía a hacerse preponderante. Más tarde, cuando las guerras romanas, las maldiciones se hicieron más ásperas. Contra el opresor todo se consideró permitido, se preconizaron todas las violencias y todos los odios, y el Talmud fue el eco de estos sentimientos. Registró preceptos y palabras, y las perpetuó.
Cuando el judaísmo fue combatido por el cristianismo naciente, todo el odio y toda la ira de los sicarios, de los patriotas y de los piadosos se revirtieron sobre los judíos que se convertían: sobre los mineos. Al desertar de la fe nacional, desertaban del combate contra Roma y contra el extranjero. Eran traidores a la patria y a la religión judía. Se desinteresaban de una lucha que era vital para Israel. Agrupados alrededor de sus nuevas iglesias, miraban con ojo indiferente desmoronarse la gloria de la nación y desaparecer su autonomía. No solamente no combatían contra la loba sino que debilitaban el coraje de quienes los escuchaban. Fue contra ellos, contra estos antipatriotas, que se redactaron las fórmulas de maldición. Los judíos los excluían de su sociedad. Fue lícito matarlos, como era lícito matar al "mejor de los goim".
En todos los períodos de lucha patriótica y en todas las naciones se encontrarían exhortaciones semejantes. Las proclamaciones de los generales y los llamados a las armas de los tribunos de todos los tiempos contienen fórmulas tan odiosas. Cuando los franceses invadieron el Palatinado, por ejemplo, fue norma para los alemanes y, más aún, un deber decir: "al mejor de los franceses, mátalo". Asimismo, cuando les tocó a los alemanes entrar en Francia, probablemente les tocara a los franceses decir: "al mejor de los alemanes, mátalo". Es la guerra cruel y abominable la que engendra tales sentimientos y cada vez que las circunstancias despiertan el espíritu guerrero, la ferocidad antihumana se manifiesta.
Entre los judíos, se dice también, estos preceptos no representaron sino opiniones personales y se encontrarían al lado de ellos fórmulas morales tan humanas, tan fraternales y tan piadosas como las fórmulas cristianas. Es exacto, y en el espíritu de los Padres que escribieron esas sentencias, reunidas en el Pirké Aboth, [10] esas sentencias humanitarias tuvieron un sentido general. Pero el judío de la Edad Media, que las encontró en su libro, les atribuyó un sentido restringido: las aplicó sólo a los de su nación. ¿Por qué? Porque ese libro, el Talmud, contenía también preceptos egoístas, feroces y nacionales dirigidos contra los extranjeros. Conservadas en ese libro cuya autoridad fue inmensa, en ese Talmud que fue para los judíos un código, expresión de su nacionalidad, un código que fue su alma, esas afirmaciones, crueles o estrechas, adquirieron una fuerza, si no legal, por lo menos moral. El judío talmudista que las encontró les atribuyó un valor permanente. No las aplicó solamente a los enemigos griegos, romanos y mineos: las aplicó a todos sus enemigos e hizo de ellas una norma general con respecto a los extrañas a su culto, a su ley y a sus creencias. Llegó el día en que el judío, en Europa, no tuvo más que un enemigo: el cristiano que lo perseguía, lo masacraba, lo quemaba y lo martirizaba. No pudo, por lo tanto, experimentar para con el cristiano un sentimiento muy tierno, tanto más cuanto que todos los esfuerzos de dicho cristiano tendían a destruir el judaísmo: a abolir la religión que era lo que quedaba de la patria judía. El goi de los macabeos y el mineo de los doctores se convirtieron en el cristiano y se aplicaron al cristiano todas las palabras de odio, de ira y de furiosa desesperación que se encontraban en el libro. Para el cristiano, el judío fue el ser abyecto, pero para el judío el cristiano fue el goi, el abominable extranjero, el qué no teme las máculas, el que maltrata a la nación elegida, aquél por el cual sufre Judá. Esta palabra goi encierra todas las iras, todos los desprecios y todos los odios de Israel perseguido contra el extranjero, y esta crueldad del judío para con el no judío es una de las cosas que mejor muestran cuán vivaz era la idea de nacionalidad en los hijos de Jacobo. Creían – siempre han creído – ser un pueblo. ¿Lo creen todavía hoy?
Entre los judíos que reciben la educación talmúdica, y se trata aún de la mayoría de los judíos en Rusia, Polonia, Galitzia, Hungría y Bohemia y en el Oriente, entre estos judíos la idea de nacionalidad es todavía tan viviente como en la Edad Media. Siguen formando un pueblo aparte; un pueblo fijo, rígido, inmovilizado por los ritos escrupulosamente respetados, por las costumbres constantes y por el modo de vida, hostil a toda novedad y a todo cambio y rebelde a los esfuerzos intentados para destalmudizarlo. En 1854, hubo rabinos que anatemizaron escuelas de Oriente, fundadas por judíos franceses, donde se enseñaban las ciencias profanas. En 1856, en Jerusalén, se lanzó el anatema contra la escuela fundada por el Doctor Franckel. En Rusia y en Galitzia, sectas tales como los neohassidim se oponen aún a todos los intentos hechos para civilizar a los judíos. En todos esos países, sólo una minoría escapa del espíritu talmúdico, pero la masa persiste en su aislamiento y, por grandes que fueran su abyección y su envilecimiento, sigue considerándose el pueblo elegido, o sea la nación divina.
Entre los judíos occidentales, entre los judíos de Francia, Inglaterra e Italia y en gran parte de los judíos alemanes, [11] esta aversión intolerante para con el extranjero ha desaparecido. Esos judíos no leen más el Talmud y la moral talmúdica o, por lo menos, la moral nacional del Talmud ya no los aprisiona. No observan más las seiscientas trece leyes. Han perdido el horror a la mácula, que conservan los judíos orientales. La mayor parte ya no domina el hebreo. Han olvidado el sentido de las antiguas ceremonias. Han transformado el judaísmo rabínico en un racionalismo religioso. Han dejado a un lado las observancias familiares, y el ejercicio de la religión se reduce para ellos a pasar unas horas por año en una sinagoga, escuchando himnos que ya no entienden. No pueden aferrarse a un dogma ni a un símbolo que ya no tienen. Al abandonar las prácticas talmúdicas, han abandonado lo que hacía su unidad, lo que contribuía a formar su mente, El Talmud había formado la nación judía después de la dispersión. Gracias a él, individuos de distintos orígenes habían constituido un pueblo. Había sido el molde del alma judía y el creador de la raza. Él y las leyes restrictivas habían moldeado al judío. Abolidas las legislaciones y desdeñado el Talmud, parece que la nación judía inevitablemente hubiera debido morir.
Sin embargo, los judíos occidentales aún son judíos. Son judíos porque conservaron vivaz y viviente su conciencia nacional. Siguen creyendo que son una nación y, por creerlo, se conservan. Cuando el judío deja de tener la conciencia de su nacionalidad, desaparece. Mientras tiene esta conciencia, permanece. Ya no tiene fe religiosa, no practica y es irreligioso, cuando no ateo, pero permanece porque tiene la creencia en su raza. Ha conservado su orgullo nacional, sigue imaginándose ser una individualidad superior, un ser diferente de los que lo rodean, y esta convicción le impide asimilarse, pues, siempre exclusivo, se niega por lo general a mezclarse por el casamiento con los pueblos que lo rodean.
El judaísmo moderno pretende no ser más que una confesión religiosa. Pero, en realidad, sigue siendo un ethnos, puesto que cree serlo y ha conservado sus prejuicios, su egoísmo y su vanidad de pueblo; creencia, prejuicios, egoísmo y vanidad que lo hacen aparecer como extraño a los pueblos en cuyo seno subsiste. Aquí tocamos una de las causas más profundas del antisemitismo. El antisemitismo es uno de los modos en los cuales se manifiesta el principio de nacionalidades.
¿En qué consiste el problema de las nacionalidades? Se refiere a "este movimiento que lleva a ciertas poblaciones que tienen el mismo origen y el mismo idioma pero forman parte de Estados distintos a reunirse de tal modo que constituyan un solo cuerpo político, o sea una sola nación." [12]
Al mismo tiempo que la Revolución Francesa proclamó los derechos de los pueblos, subvirtió la vieja concepción autoritaria y dinástica en la cual estaban fundadas las naciones. Los territorios, otrora propiedad y dominio de los reyes, se convirtieron en dominios de los pueblos que los ocupaban. El gobierno real constituía por sí mismo la unidad nacional. El gobierno representativo – constitucional – colocó su unidad en otra parte: en la comunidad de origen y en la comunidad de idioma. Roto el vínculo artificial, se buscó un vínculo natural. Hubo un esfuerzo por parte de las naciones para conquistar una individualidad. Todas tendieron a la unidad que les faltaba.
Fue hacia 1840 sobre todo que las ideas nacionales se manifestaron. Empezaron a actuar y la Europa contemporánea fue fundada por ellas. La teoría del Estado nacional fue elaborada por los científicos, los historiadores, los filósofos y los poetas de toda una época. "Todo pueblo está llamado a formar un Estado y tiene derecho a constituirse en Estado. La humanidad se divide en pueblos. Luego, el mundo debe dividirse en Estados correspondientes. Todo pueblo es un Estado y todo Estado, una persona nacional." [13] Esta teoría y estas ideas se convirtieron en fuerzas poderosas e irresistibles. Fueron ellas las que hicieron la unidad de Alemania y la de Italia, y fueron las causas del irredentismo. Son ellas todavía las que crean el separatismo en Irlanda y en Austria y provocan las luchas entre magiares y eslavos, y entre checos y alemanes. Es sobre estas ideas de nacionalidades que se han basado y se basan Rusia y Alemania para constituir su imperio paneslavo o pangermánico. ¿Y no son este paneslavismo y este pangermanismo los que agitan el Oriente europeo? ¿No es de su choque lejano o próximo que depende el destino de esa parte de Europa?
No podemos aquí discutir acerca de la legitimidad o ilegitimidad de este movimiento. Basta, para lo que nos interesa, comprobar su existencia. ¿Cómo los pueblos manifiestan esta tendencia a la unidad? De dos modos: reuniendo bajo el mismo gobierno a todos los individuos que hablan el idioma nacional, o reuniendo los elementos heterogéneos que coexisten en las naciones, en provecho de uno de estos elementos que se hace preponderante y cuyas características se convierten, desde entonces, en características nacionales. Así los alemanes se esfuerzan por asimilar a los alsacianos y a los polacos. Los rusos obligan a los polacos a mantener universidades rusas que los desnacionalizan. En Austria, los alemanes tratan de absorber a los checos. En Hungría, "los huérfanos eslovacos son arrancados del país donde se habla su lengua y trasferidos a las comarcas magiares." [14] Si esos elementos heterogéneos no se dejan absorber, hay lucha, a menudo violenta, que se manifiesta de múltiples maneras: desde la persecución hasta la expulsión.
Ahora bien: en medio de todas las naciones de Europa; los judíos existen como una comunidad confesional y conservan la creencia en su nacionalidad, un tipo particular, aptitudes especiales y un espíritu propio. Las naciones, al luchar contra los elementos heterogéneos que contenían, fueron llevadas a luchar contra los judíos, y el antisemitismo fue una de las manifestaciones del esfuerzo que hicieron los pueblos para reducir las individualidades extranjeras.
Para reducir estas individualidades, hay que absorberlas o eliminarlas, y el proceso de reducción social no es apreciablemente distinto del proceso de reducción fisiológica. En el origen, cuando las bandas humanas heterogéneas cubrieron el mundo, lucharon por la existencia y pensaron que no podrían desarrollarse sino suprimiendo al extranjero que coexistía a su lado. El canibalismo es el primer grado de la eliminación. Cuando las naciones se formaron por la fusión y homogeneización de las hordas heterogéneas, tendieron más bien a absorber al extranjero, aunque la tendencia a la eliminación aún subsistía. Llegadas a cierto nivel de desarrollo, las sociedades primitivas practicaron el aislamiento, el exclusivismo y el odio mutuo. Los caracteres nacionales en formación exigían que se evitara todo conflicto y toda alteración, y tal vez el exclusivismo fuera necesario durante cierto tiempo para constituir tipos. Cuando estos tipos estuvieron sólidamente formados, se hizo útil agregar nuevas células al agregado primitivo, so pena de ver a este agregado cristalizarse e inmovilizarse, como sucedió en ciertos casos. Por lo tanto, se permitió al extranjero introducirse en la nación, pero se le permitió con grandes precauciones, rodeando la naturalización y la adopción con innumerables reglas, y el que quiso seguir siendo extranjero en la sociedad fue sometido a restricciones molestísimas. Las leyes fueron durísimas para los que no eran nacionales. Se acusa a la ley judía de haber sido impiadosa para con el no judío, pero la ley romana no fue muy tierna para el no romano, que carecía de todo derecho, como el no griego en Atenas y Esparta.
Todavía hoy el exclusivismo o el egoísmo nacional se manifiesta del mismo modo. Sigue siendo tan vivaz como el egoísmo familiar del que no es sino extensión. Hasta se puede comprobar que, por una especie de regresión, se afirma actualmente con más fuerza. Todo pueblo parece querer elevar en su derredor una muralla china. Se habla de conservar el patrimonio nacional, el alma nacional y el espíritu nacional, y la palabra huésped vuelve a tomar, en nuestras civilizaciones contemporáneas, el mismo sentido que adquirió en el derecho romano: el de hostis: de enemigo. Se limitan por todos los medios los derechos económicos y los derechos políticos del inmigrante. Se traban las inmigraciones y hasta se expulsan los extranjeros cuando su número se hace demasiado considerable. Se los mira como un peligro para la cultura nacional, la que modifican, sin darse cuenta de que se trata de una condición de vida para esta cultura misma. Claro que vivimos en un período de cambios y que el porvenir no se delinea muy netamente ante los pueblos. Muchos hombres se inquietan por el futuro. Están apegados a las viejas costumbres. Ven en cualquier transformación la muerte de la sociedad de la que forman parte y, conservadores opuestos a toda transformación, odian profundamente todo lo que es capaz de traer una modificación y todo lo que es distinto de ellos, vale decir extranjero.
Para estos egoístas nacionales y exclusivistas, los judíos han aparecido como un peligro, porque han sentido que estos judíos todavía eran un pueblo, y un pueblo cuya mentalidad no concordaba con la mentalidad nacional y cuyos conceptos se oponían al conjunto de concepciones sociales, morales, psicológicas e intelectuales que constituyan la nacionalidad. Así, los exclusivistas se han convertido en antisemitas, porque podían reprochar a los judíos un exclusivismo tan intransigente como el suyo, y todo el esfuerzo antisemita tiende, ya lo vimos, [15] a restablecer las antiguas leyes, limitativas de los derechos de los judíos, considerados como extranjeros. Así se realiza esta contradicción fundamental y perpetua del antisemitismo nacionalista: porque el judío no se ha asimilado y no ha dejado de ser un pueblo, el antisemitismo ha nacido en las sociedades modernas. Pero cuando el antisemita hubo comprobado que el judío no estaba asimilado, se lo ha reprochado violentamente y, al mismo tiempo, ha tomado, cuando ha podido, todas las medidas necesarias para impedir su asimilación futura.
Sin embargo, al lado de estas tendencias nacionalistas existen tendencias opuestas. Por encima de las nacionalidades está la humanidad. Ahora bien: esta humanidad compuesta de miles de tribus enemigas que se devoraban mutuamente, tan fragmentada en sus comienzos, se hace muy homogénea. A pesar de sus diferencias, los distintos pueblos poseen un fondo común. Por encima de todas las conciencias nacionales, una conciencia general se va formando. Antes había civilizaciones: marchamos ahora hacia una civilización. Antes, Atenas se oponía a su vecina Esparta. Ahora, si bien las desemejanzas entre naciones persisten, las semejanzas se acentúan. Así como cada individuo de una nación posee, al lado de sus calidades especiales, que constituyen su esencia y su personalidad, calidades comunes a los que hablan el mismo idioma y tienen los mismos intereses que él; así la humanidad civilizada adquiere caracteres semejantes, aunque cada nación conserva su fisonomía. Las relaciones entre los pueblos, cada día más frecuentes, acarrean una comunión más íntima. La ciencia, el arte y la literatura se hacen cada vez más cosmopolitas. Al lado del patriotismo se coloca el humanitarismo, y la noción de humanidad adquirirá pronto más fuerza que la noción de patria, que se va modificando y va perdiendo algo del exclusivismo que los egoístas nacionales quieren perpetuar. De ahí un antagonismo entre ambas tendencias. Al internacionalismo, ya tan poderoso, el patriotismo se opone con una violencia inaudita. El viejo espíritu conservador se exalta. Se alza contra el cosmopolitismo que algún día lo vencerá. Combate con aspereza a los que lo favorecen, y es ésta una causa más de antisemitismo.
En efecto, aunque a menudo extremadamente chauvinistas, los judíos son de esencia cosmopolita. Son el elemento cosmopolita de la familia humana, dice Schoeffle. Esto es muy exacto, pues siempre poseen en el más alto grado una extrema facilidad de adaptación, signo del cosmopolitismo. A su llegada a la Tierra Prometida, adoptaron la lengua de Canaán. Después de setenta años pasados en Babilonia, habían olvidado el hebreo y volvieron a Jerusalén hablando una jerga aramea o caldea. En el siglo I antes y después de la era cristiana, el idioma helénico penetró en las juderías. Dispersos, los judíos se hicieron fatalmente cosmopolitas. No estaban vinculados con ninguna unidad territorial y sólo tuvieron una unidad religiosa. Tuvieron una patria, es cierto, pero esta patria, la más hermosa de todas, como toda patria por lo demás, la situaron en el futuro: fue la Sion renovada, a la cual ninguna tierra se comparaba ni se podía comparar. Patria espiritual, ésta, que amaron con un amor tan ardiente que se hicieron indiferentes para con toda tierra y que todos los países les parecieron igualmente buenos, o igualmente malos. Vivieron, por fin, en condiciones tales, y tan horrorosas, que no se les pudo pedir que eligieran una patria. Y, con la ayuda de su instinto de solidaridad, siguieron siendo internacionalistas.
Los nacionalistas fueron llevados a considerarlos como los más activos propagandistas de las ideas del internacionalismo. Hasta descubrieron que el solo ejemplo de estos apátridas era malo y que destruían por su presencia la idea de patria, vale decir cada idea especial de la patria. Fue por ello que se convirtieron en antisemitas, o más bien fue por ello que su antisemitismo se reformó. No sólo acusaron a los judíos de ser extranjeros, sino también de ser extranjeros destructores. El conservadorismo de los exclusivistas vinculó el cosmopolitismo con la revolución. Reprochó a los judíos en primer lugar su cosmopolitismo, y luego su espíritu y su acción revolucionarios. ¿El judío tiene realmente tendencia a la revolución? Lo vamos a examinar.
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[1] )- Resulta muy difícil evaluar exactamente la población judía del globo. Por un lado los antisemitas aumentan las cifras probables, deseosos como son de mostrar la invasión judía; por el otro lado, los judíos, o los filosemitas, impelidos por intereses contrarios, disminuyen a su vez estas cifras. Así los antisemitas dan generalmente el número de nueve millones, y hasta diez. Los filosemitas o judíos (véase Loeb, artículo "judío” del Dictionnaire de géographie de Vivien de Saint-Martin - Reinach, Th.,Histoire des Israélites) dan el número de 3.600.000. Pero, en sus evaluaciones, consideran que los judíos rusos son 2.552.000, cifra ésta muy inferior a la cifra real que es de 4.500.000, por lo menos. (Errera, Léo, Les Juifs russes). Por lo tanto, he adoptado 8.000.000 de población total, número que me ha parecido acercarse más a la verdad. (N. del T.: esta cifra se refiere a los últimos años del siglo XIX).
[2] )- Es posible que la creciente emigración de los judíos polacos y rusos a los Estados Unidos haga variar esta cifra. Hay actualmente en los Estados Unidos 250 a 300.000 judíos, y si este número no aumenta enormemente cada año, es porque los judíos de los Estados Unidos tienen una tendencia muy marcada a fusionarse con la población ambiente. Esto se debe al hecho de que la mayor parte de estos judíos pertenecen a la clase obrera.
[3] )- Mancini, Della nazionalitd come fondamento del diritto delle genti, Nápoles, 1873.
[4] )- Bluntschli, Théorie générale de l'Etat (traducción de Riedmatten, A. de), París, 1891.
[5] )- Franck, A., Annuaire de la Société des Etudes Juives, II° año, conferencia sobre La religión y la ciencia en el judaísmo.
[6] )- Cap. VII.
[7] )- Por ejemplo, las transformaciones de los anglosajones en los Estados Unidos y la transformación de los holandeses en el Transvaal.
[8] )- Si doy aquí la impresión de decir que todos los judíos son físicamente semejantes, quiero hablar solamente de la fisonomía general que les es común, sin perjuicio de las diferencias que señalé.
[9] )- Véase Münk, De la poésie hébraique aprés la Bible, en Le Temps, número del 19 de enero de 1835, y los trabajos de Zunz, Rapoport y Geiger, Abraham. Véase también la Histoire des Juifs d'Espagne, de Ríos, Amador de los (1875).
[10] )- Pirké Aboth (Tratado de los Príncipes), con traducción francesa y notas, por Créhange, A., París.
[11] )- Pongo aparte a los judíos de las provincias polacas de Alemania.
[12] )- Lavaleye, Le gouvernement dans la démocratie, t. I, p. 53 (París, 1891).
[13] )- Bluntschli, Theorie générale de l'Etat, p. 84.
[14] )- Novikow, J., Les luttes entre sociétés humaines, París, 1893
[15] )- Cf. cap. IX.
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