XIII
LOS JUDÍOS Y LAS TRANSFORMACIONES DE LA SOCIEDAD. LAS CAUSAS POLÍTICAS Y RELIGIOSAS DEL ANTISEMITISMO
Los judíos, agentes revolucionarios - El judío de la Edad Media y el incrédulo - El racionalismo y la fe cristiana - Los judíos y las sociedades secretas - Los judíos en la Revolución Francesa y en las revoluciones del siglo - Los judíos y el socialismo - Las transformaciones políticas, sociales y religiosas de la sociedad contemporánea - Los reproches de los conservadores y el antisemitismo - El judío perturbador y disolvente - La judaización de los pueblos cristianos y el debilitamiento de la fe - ¿El judío es todavía anticristiano? - La persistencia de los prejuicios contra los judíos - El homicidio ritual - Los judíos y el Talmud - La sinagoga y la indiferencia religiosa entre los judíos - Los judíos emancipados - Los judíos, el liberalismo y el anticlericalismo - El judaísmo y el Estado cristiano - La lucha moderna - Espíritu conservador y espíritu revolucionario. Tradición y transformación - La edad de transición y el antisemitismo - El judío en la sociedad.
Así, el reproche de los antisemitas parece fundado: el judío tiene espíritu revolucionario. Consciente o no, es un agente de la revolución. Sin embargo, el reproche se complica, pues el antisemitismo acusa a los judíos de ser la causa de las revoluciones. Examinemos lo que vale esta acusación.
Tal como era, con sus predisposiciones y sus tendencias, era inevitable que el judío desempeñara un papel en las revoluciones: lo desempeñó. Decir, con la mayor parte de los adversarios de Israel, que toda perturbación, toda revuelta y todo desorden viene del judío y ha sido causado y provocado por el judío, y que si los gobiernos cambian y se transforman es porque el judío ha preparado estos cambios y estas transformaciones en sus misteriosos consejos, esto es excesivo. Afirmar tal cosa es desconocer las leyes históricas más elementales; atribuir a un elemento ínfimo una parte injustificada y sólo ver una de las facetas mínimas de la historia, dejando a un lado sus miles de aspectos. Si el último de los judíos hubiera muerto en la defensa de las murallas de Sion, el destino de las sociedades no habría cambiado. Si, en esta prodigiosa resultante que es el progreso, hubiera faltado el componente judío, el estado social habría evolucionado igual: otros factores habrían reemplazado al factor judío y realizado su obra económica. Permaneciendo la Biblia y también el cristianismo, la obra intelectual y moral del judío se habría efectuado sin él. El judío no es, por lo tanto, el motor del mundo, ni la hélice gracias a la cual marchamos hacia una renovación. Sin embargo, los que por prudencia nos lo muestran como careciendo de cualquier importancia y los que, yendo aún más lejos, afirman el conservadorismo del judío, cometen un error tan grave como el error de los antisemitas.
Se dice que el judío es conservador. Queda por explicar en qué sentido y de qué modo. Es conservador con respecto a sí mismo, conservador de sus tradiciones, de sus ritos y de sus costumbres, a tal punto conservador que se ha inmovilizado y que podríamos revivir la vida de la Edad Media en las juderías de Galitzia, Polonia y Rusia. Pero, en realidad, es menos el judío que el talmudista el que es conservador. Acabamos de ver que es solamente el Talmud el que puede vencer al judío y domar sus instintos de rebeldía. El estudio del Talmud, exclusivo y obligatorio, lo apartó de la Biblia: los doctores mataron a los profetas. Sin embargo, no hay que olvidar que los talmudistas fueron en un tiempo filósofos, y filósofos racionalistas. [1]
En el siglo X, los rabanitas, que por lo demás los karaítas habían precedido en este camino, quisieron respaldar la religión en la filosofía. Saadia, gaón de Sora, sostuvo que al lado de "la autoridad de la escritura y de la tradición" estaba la autoridad de la razón y proclamó "no sólo el derecho sino también la obligación de examinar las creencias religiosas". [2] En el siglo XI, Ibn Gebirol, el Avicebrón de los escolásticos, dio con su Fuente de vida un impulso a la filosofía árabe, y ya hablé de Maimónides y de su obra.
Fueron estos racionalistas y estos filósofos los que, del siglo X al siglo XV, hasta el Renacimiento, se hicieron los auxiliares de lo que se podría llamar la revolución general en la humanidad. Ayudaron al hombre, en cierta medida, a librarse de las ataduras religiosas y si no tuvieron, tal vez, a principios de ese período, la conciencia muy nítida de su obra, no por eso dejaron de realizarla. En ese tiempo en que el catolicismo y la fe cristiana eran el fundamento de los Estados, combatirlos y suministrar armas a quienes los combatían era obrar como revolucionario.
Ahora bien: los teólogos que recurrían a la razón para respaldar dogmas sólo podían desembocar en el control de estos dogmas y, por lo tanto, en su debilitamiento. La exégesis y el libre examen son fatalmente destructores, y fueron los judíos los que crearon la exégesis bíblica; fueron ellos los primeros que criticaron los símbolos y las creencias cristianas. Ya los judíos palestinos habían reprobado la encarnación que consideraban como un decaimiento divino, luego imposible, idea ésta que retomó Spinoza en su Tratado teológico-político. La polémica judía anticristiana se basó en esto y en argumentos positivos, digámoslo así. Tenemos un modelo de estos últimos en elContra Celso de Orígenes. Ahora bien: sabemos que Celso había pedido prestadas sus objeciones racionalistas a los judíos de su tiempo, y mostré en la presente obra [3] la importancia de la literatura de los controversistas de la Edad Mledia. Si se los estudiara de cerca, se encontraría en ellos todas las críticas de los exégetas de nuestra época. Sin embargo se podría hacer observar, para poner en duda el papel revolucionario de los judíos que la mayor parte de su exégesis sólo podía dirigirse a los judíos y que, por consiguiente, no era perturbadora, tanto menos cuanto que el israelita sabía conciliarla con la minucia de sus prácticas y la integridad de su fe. Esto no es exacto, sin embargo, y las doctrinas judías salieron de la sinagoga de dos modos distintos.
En primer lugar, los judíos pudieron, gracias a las controversias públicas, exponer a todos sus ideas. En segundo lugar, fueron los propagadores de la filosofía árabe y, en el siglo XII, sus comentadores, cuando se condenó las mezquitas a Al Farabí e Ibn Sina, y cuando las sectas musulmanas ortodoxas entregaron a la pira los escritos de los aristotélicos árabes. Los judíos tradujeron entonces al hebreo los tratados de los árabes y los de Aristóteles y estas traducciones fueron, a su vez traducidas al latín, las que permitieron a los escolásticos – de los cuales los de más renombre como Alrto Magno y Santo Tomás de Aquino estudiaron las obras Aristóteles en versiones latinas elaboradas a partir del hebreo [4] – conocer el pensamiento griego.
Los judíos no se limitaron a eso. Apoyaron el materialismo árabe que tan fuertemente sacudió la fe cristiana y difundió la incredulidad, hasta el punto de que se afirmara la existencia de una sociedad secreta organizada con vistas a la destrucción del cristianismo. [5] Durante este siglo XIII, en el cual se elaboró el Renacimiento humanista, escéptico y pagano y en el cual los Hohenstaufen apoyaron la ciencia a expensas del dogma y alentaron el epicureísmo, los israelitas estuvieron en la primera fila de los exegetas y los racionalistas. En la corte del Emperador Federico II, "centro de indiferencia religiosa", se los acogió, se los trató con cariño y se los escuchó. Fueron ellos, como lo mostró Renan, [6] los que crearon el averroísmo. Fueron ellos los que hicieron célebre a este Ibn-Roschd, a este Averroes cuya influencia fue tan grande y sin duda contribuyeron a difundir las "blasfemias" de los impíos árabes, blasfemias éstas que alentaba el Emperador, enamorado de la ciencia y la filosofía, que los teólogos simbolizaban con la blasfemia de los Tres impostores: Moisés, Jesús y Mahoma, y que concretaban estas palabras de los sufis árabes: "Qué importa la caaba del musulmán, la sinagoga del judío o el convento del cristiano". El señor Darmesteter tuvo razón cuando escribió: "el judío fue el doctor del incrédulo. Todos los revoltosos del espíritu se le acercaron, en la sombra o públicamente. Hizo su obra en el inmenso taller de blasfemos del gran emperador Federico y de los príncipes de Suabia o de Aragón". [7]
Cosa digna de notar: si por un lado los judíos averroístas, incrédulos, escépticos y blasfemos, zaparon el cristianismo difundiendo el materialismo y el racionalismo, también generaron este otro enemigo de los dogmas católicos: el panteísmo. En efecto, el Fons vitae de Avicebrón fue la fuente donde bebieron numerosos herejes. Es posible y hasta probable que David de Dinant y Amaury de Chartres hayan sido influidos por el Fons vitae, que conocieron a través de la traducción latina hecha en el siglo XII por el archidiácono Domingo Gundissalino, y seguramente Giordano Bruno pidió prestados elementos a esta Fuente de vida, de la cual su panteísmo deriva en parte. [8]
Si los judíos, pues, no fueron la cansa del sacudimiento de las creencias ni del debilitamiento de la fe, pueden contarse entre los que provocaron esta decrepitud y los cambios que nacieron de ella, Si no hubieran existido, los árabes y los teólogos heterodoxos los habrían reemplazado, pero existieron y, existentes, no permanecieron inactivos. Por lo demás, su espíritu trabajaba por encima de ellos, y la Biblia se convirtió en la útil sirvienta del libre examen. La Biblia fue el alma de la Reforma como fue el alma de la revolución religiosa y política inglesa. Fue con la Biblia en la mano que Lutero y los revoltosos ingleses prepararon la libertad, y fue por la Biblia que Lutero, Melanchton y otros más vencieron el yugo de la teocracia romana y la tiranía dogmática. Los vencieron también por la exégesis judía que Nicolás de Lyra había trasmitido al mundo cristiano. Si Lyra non lyrasset, Lutherus non saltasset, decían, y Lyra era alumno de los judíos. Estaba tan compenetrado de su ciencia exegética que se lo creyó judío. Tampoco en este campo los judíos fueron la causa de la Reforma, y sería absurdo sostenerlo, pero fueron sus auxiliares. Aquí está lo que debe separar al historiador imparcial del antisemita. El antisemita dice: el judío es el "preparador, el maquinador, el ingeniero jefe de las revoluciones". [9] El historiador se limita a estudiar la parte que al judío, dado su espíritu, su carácter y la naturaleza de su filosofía y su religión, correspondió en el proceso y los movimientos revolucionarios. Entiendo por proceso revolucionario el avance ideológico de la revolución, o más bien de lo que los conservadores llaman la revolución, el que puede representarse, por un lado por la destrucción lenta del Estado cristiano y el debilitamiento de la autoridad religiosa y, por otro, por una evolución económica.
Acabo de indicar muy brevemente cuál había sido el papel ideológico del judío durante la Edad Medía, en el momento de la Reforma y durante el Renacimiento italiano, en el cual judíos averroístas, como Elías de Medigo, enseñaron en la universidad de Padua, último refugio de la filosofía árabe. [10] Se podría proseguir mostrando, por ejemplo, lo que Montaigne, un medio judío, debe a sus orígenes y si no sacó de ellos su escepticismo y su incredulidad.
Habría que estudiar también el racionalismo exegético de Spinoza y sus vinculaciones con la crítica cristiana de los libros sagrados. Habría que mostrar cuáles son los elementos judíos de la metafísica del que sus contemporáneos presentaron como el príncipe de los ateos [11] y que estuvo, según Schleiermacher, ebrio de Dios. Habría, por fin, que seguir la influencia del spinozismo en la filosofía, sobre todo al final del siglo XVIII y al principio del XIX, cuando este pequeño hebreo raquítico, pulidor de lentes, se convirtió en el maestro y el "refugio ordinario" de Goethe, [12] en el santo que adoraron Tovalis y Schleiermacher y en el inspirador de los primeros románticos y de los metafísicos alemanes.
Asimismo, en todo el terrible anticristianismo del siglo XVIII, sería importante examinar cuál fue el aporte, no digo del judío, sino del espíritu judío. No hay que olvidar que, en el siglo XVII, los sabios y eruditos, como Wagenseil, Bertolocci, Buxtorf y Wolf, hicieron salir del olvido los viejos libros de polémica hebraica, los que atacaban la trinidad, la encarnación, todos los dogmas y todos los símbolos, con la aspereza judaica y la sutileza que tuvieron estos implacables lógicos que formó el Talmud. No sólo publicaron tratados dogmáticos y críticos – los Nizzachon y los Chizuk Emuna – [13] sino que también tradujeron los libelos blasfematorios y las vidas de Jesús, como elToledot Jeschu, y el siglo XVIII repitió sobre Jesús y la Virgen las fábulas y leyendas irrespetuosas de los fariseos del siglo II, que se reencuentran a la vez en Voltaire en Parny y cuya ironía racionalista, áspera y positiva, revive en Heine, en Boerne y en Disraeli, como el poderío del razonamiento de los doctores revive en Karl Marx y el ímpetu libertario de los revoltosos hebraicos, en el entusiasta Fernando Lassale.
Pero acabo de esbozar, a grandes rasgos, la función del judío en el desarrollo de algunas ideas que contribuyeron a la revolución general. No he dicho cómo se ha manifestado en la acción revolucionaria ni cómo la ayudó. Que haya sido un fermento de evolución económica, pienso haberlo mostrado ya en varias oportunidades. [14]¿Ha sido también lo que los conservadores lo acusan de haber sido, esto es, un agente de desorden, estando representados el orden y la armonía por la monarquía cristiana? Si hubiera que creer a Barruel, Crétineau-Joly, Gougenot des Mousseaux, dom Deschamps, Claudio Jannet y todos aquellos que sólo ven en la historia la obra de las sociedades secretas, la importancia de los judíos en las revoluciones y las grandes perturbaciones sociales sería capital.
Ahora bien: es imposible admitir tal concepción seudo histórica. Por cierto, en los últimos años del siglo XVIII, las asociaciones clandestinas adquirieron una gran importancia: si bien no fueron las elaboradoras de las teorías humanitarias, racionalistas y antiautoritarias, las propagaron maravillosamente y, además, fueron grandes agitadoras. No se puede negar que el iluminismo y el martinismo hayan sido poderosos preparadores de revoluciones. Pero, precisamente, sólo adquirieron importancia cuando dominaron las teorías que representaban y, lejos de ser las causas de este estado de espíritu que fundó la Revolución, fueron uno de sus efectos: un efecto que, a su vez, repercutió en la marcha de los acontecimientos.
Y ahora, ¿cuáles fueron las relaciones de los judíos y de esas sociedades secretas? Esto no es fácil de elucidar, pues los documentos serios faltan. Evidentemente, no dominaron en esas asociaciones, como lo pretenden los escritores que acabo de nombrar. No fueron "necesariamente el alma, el jefe, el gran maestre de la masonería", como lo afirma Gougenot des Mousseaux. [15] Es cierto, sin embargo, que hubo judíos en la cuna misma de la masonería: judíos cabalistas, como lo prueban ciertos ritos conservados. Muy probablemente, en los años que precedieron a la Revolución Francesa, entraron en número mayor aún en los consejos de esa sociedad y fundaron ellos mismos sociedades secretas. Hubo judíos alrededor de Weishhaupt, y Martínez de Pasqualis, un judío de origen portugués, organizó numerosos grupos iluministas en Francia y reclutó muchos adeptos [16] que iniciaba en el dogma de la reintegración. Las logias martinistas fueron místicas, mientras que las otras órdenes de la masonería fueron más bien racionalistas. Lo cual puede permitir afirmar que las sociedades secretas representaron los dos lados del espíritu judío: el racionalismo práctico y el panteísmo, este panteísmo que, reflejo metafísico de la creencia en un Dios uno, acabó a veces en la teurgia cabalística. Se mostraría fácilmente el acuerdo de esas dos tendencias, la alianza de Cazotte, Cagliostro, [17] Martínez, SaintMartin, el Conde de Saint-Germain y Eckartshausen con los enciclopedistas y los jacobinos, y el modo cómo, a pesar de su oposición, llegaron al mismo resultado, esto es, el debilitamiento del cristianismo. Esto, una vez más, sólo serviría para probar que los judíos pudieron ser los buenos agentes de las sociedades secretas, porque las doctrinas de esas sociedades secretas concordaban con sus propias doctrinas, pero no que fueron sus iniciadores. El caso de Martínez de Pasqualis es del todo especial, y no hay que olvidar, sin embargo, que, antes de organizar sus logias, ya estaba iniciado en los misterios del iluminismo y la Rosacruz.
Durante el período revolucionario, los judíos no permanecieron inactivos. Dado su pequeño número en París, se los ve ocupar un lugar considerable, como electores de sección; oficiales de legión o asesores, etc. No son menos de dieciocho en París, y habría que estudiar los archivos provinciales para determinar su papel general. Entre esos dieciocho, algunos hasta merecen ser señalados. Así el cirujano Joseph Ravel, miembro del Consejo General de la Comuna, que fue ejecutado después del Nueve de Thermidor; Isaac Calmer, presidente del Comité de Control de Clichy, ejecutado el 29 de Messidor, año II; en fin Jacob Pereyra, ex comisario del Poder Ejecutivo de Bélgica ante Dumouriez, quien, miembro del partido de los hebertistas, fue juzgado y condenado al mismo tiempo que Hébert y ejecutado el 4 de germinal, año II. [18]
Ya vimos cómo, agrupados alrededor del Saint-Simonismo, acabaron la revolución económica de la cual 1789 sólo había sido una etapa, [19] y cuál fue, en la escuela, la importancia de Olinde Rodrigues, d'Eichtal e Isaac Péreire. Durante el segundo período revolucionario, el que arranca de 1830, mostraron más pasión aún que durante el primero. Tenían interés directo en el asunto, pues, en la mayor parte de los Estados de Europa, no gozaban todavía de la plenitud de sus derechos. Esos mismos, entre ellos, que no eran revolucionarios por razonamiento y temperamento lo fueron por interés: trabajando por el triunfo del liberalismo, trabajaban para sí mismos. Está fuera de duda que por su oro, su energía y su talento, respaldaron y ayudaron a la revolución europea. Durante esos años, sus banqueros, sus industriales, sus poetas, sus escritores y sus tribunos – movidos por ideas muy distintas, por otra parte – tuvieron la misma meta. "Se los vio, dice Crétineau-Joly, [20] barba descuidada, espalda encorvada y ojo ardiente, recorrer en todas las direcciones esos desdichados países. No era la sed de lucro la que, contrariamente a sus hábitos, fomentaba semejante actividad. Se imaginaban que el cristianismo no resistiría los innumerables ataques que sufría la sociedad y corrían a pedir a la cruz del Calvario una reparación por 1840 años de sufrimientos merecidos".
Sin embargo, no era tal sentimiento el que impelía a Moses Hess, Gabriel Riesser, Heine y Boerne en Alemania, Manim en Italia, Jellinek en Austria, Lubliner en Polonia y muchos otros más, quienes combatieron por la libertad. Ver en esta universal agitación que sacudió a Europa hasta después de 1848 la obra de unas judíos deseosos de vengarse del Galileo es una extraña concepción. Pero, cualquiera haya sido el fin buscada – fin interesado o fin ideal – los judíos estuvieron, en esa época, entre los más activos y más infatigables propagandistas. Se los encuentra mezclados en el movimiento de la joven Alemania. Fueron numerosos en las sociedades secretas que formaron el ejército combatiente revolucionario, en las logias masónicas, en los grupos de la Carbonería y en la Alta Venta romana: en todas partes, en Francia, en Alemania, en Suiza, en Austria y en Italia.
En cuanto a su acción y su influencia en el socialismo contemporáneo, ha sido y es muy grande, como se sabe. Se puede decir que los judíos están en los dos polos de la sociedad contemporánea. Estuvieron entre los fundadores del capitalismo industrial y financiero y han protestado con la más extrema vehemencia contra el capital. A Rothschild corresponden Marx y Lassalle; al combate por el dinero, el combate contra el dinero, y el cosmopolitismo del agiotista se convierte en el internacionalismo proletario y revolucionario. Fue Marx el que dio impulso a la Internacional con el manifiesto de 1847, redactado por él y Engels. No se puede decir que “fundó" la Internacional, como lo han afirmado los que siguen considerando a la Internacional como una sociedad secreta cuyos jefes fueron los judíos, pues numerosas fueron las causas que acarrearon la constitución de la Internacional. Pero Marx fue el inspirador de la reunión obrera efectuada en Londres en 1864, de la cual salió la asociación. Los judíos fueron numerosos en ella, y sólo en el consejo general se encuentra Karl Marx, secretario por Alemania y Rusia, y James Cohen, secretario por Dinamarca. [21]Muchos judíos afiliados a la Internacional desempeñaron más tarde un papel en la Comuna de París, [22] en la cual se encontraron con otros correligionarios. En cuanto a la organización del partido socialista, los judíos contribuyeron poderosamente a ella, Marx y Lassalle en Alemania, [23] Aaron Liberman y Adler en Austria, Dobrajanu Gherea en Rumania, Gomperz, Kahn y De Lion en los Estados Unidos de América fueron o todavía son sus directores o iniciadores. Los judíos rusos deben ocupar un lugar aparte en este breve resumen. Los jóvenes estudiantes, apenas evadidos del ghetto, participaron en la agitación nihilista. Algunos – inclusive mujeres – sacrificaron su vida a la causa emancipadora, y al lado de esos médicos y abogados israelitas hay que colocar la masa considerable de los refugiados artesanos que han fundado en Londres y Nueva York importantes aglomeraciones obreras, centros de propaganda socialista y hasta comunista anarquista. [24]
He esbozado muy brevemente, pues, la historia revolucionaria de los judíos, o por lo menos he intentado indicar cómo se la podría emprender. He mostrado cómo procedieron ideológica y activamente: cómo formaron parte de los que preparan la revolución por el pensamiento y de los que la convierten en actos. Se me objetará que, al hacerse revolucionario, el judío por lo general se hace ateo y deja así de ser judío. Esto sólo es exacto de cierto modo, sobre todo en el sentido de que los hijos del judío revolucionario se funden en la población que los rodea y que, por lo tanto, los judíos revolucionarios se asimilan más fácilmente. Pero, por lo general, los judíos, aun revolucionarios, han conservado el espíritu judío y, si bien han abandonado toda religión y toda fe, no han dejado por ello de recibir, atávica y educativamente, la influencia nacional judía. Esto es cierto sobre todo para los revolucionarios israelitas que vivieron en la primera mitad del siglo, de los que Heinrich Heine y Karl Marx nos ofrecen dos buenos modelos.
Heine, que se consideró en Francia como un alemán y a quien, en Alemania, se le reprochó ser francés, fue ante todo judío. Fue por ser judío que celebró a Napoleón y tuvo por el César el entusiasmo de los israelitas alemanes liberados por la voluntad imperial. Su ironía y su desencanto son semejantes al desencanto y la ironía del Eclesiastés. Tiene, como el Kohelet, el amor de la vida y de los goces terrenales y, antes de ser abatido por la enfermedad y el dolor, consideraba la muerte como el peor de los males. El misticismo de Heine viene del antiguo Job y la única filosofía que jamás lo atrajo realmente fue el panteísmo, la doctrina natural del judío metafísico que especula acerca de la unidad de Dios y la transforma en la unidad de sustancia. En fin, su sensualismo, este sensualismo triste y voluptuoso del Intermezzo, es puramente oriental, y se encontraría su origen en el Cantar de los Cantares.
Lo mismo pasa con Marx. Este descendiente de un linaje de rabinos y doctores heredó toda la fuerza lógica de sus antepasados. Fue un talmudista lúcido y claro, que no se detuvo en las minucias bobas de la práctica, un talmudista que hizo sociología y aplicó sus cualidades natas de exegeta a la crítica de la economía política. Estuvo animado por el viejo materialismo hebraico que soñó perpetuamente con un paraíso realizado en la tierra y siempre repelió la lejana y problemática esperanza de un edén después de la muerte. Pero no fue solamente un lógico: también fue un revoltoso, un agitador y un áspero polemista y tomó su don del sarcasmo y de la invectiva de donde Heine lo había tomado: en las fuentes judías.
Se podría también mostrar lo que Lassalle, Moses Hess y Robert Blum recibieron de su origen hebraico como Disraeli, y se tendría así la prueba de la persistencia, en los pensadores, del espíritu judío, de este espíritu judío que ya hemos señalado en Montaigne y Spinoza. Pero si los escritores, los científicos, los poetas, los filósofos y los sociólogos israelitas han conservado ese espíritu, ¿pasa lo mismo con esta masa que, actualmente, pasa al socialismo o a la anarquía? En eso hay que distinguir. De quienes hablo, esos judíos de Londres, de los Estados Unidos de América, de Holanda, de Alemania o de Australia, aceptan las doctrinas revolucionarias porque son proletarios, porque pertenecen a la clase actualmente en lucha contra el capital y, si se pasan a la revolución, lo hacen en virtud de las leyes sociales que los empujan. Así, no provocan la revolución: adhieren a ella; la siguen, y no la generan. Y, sin embargo, estos agrupamientos obreros, apartados de su antigua fe, lejos de toda religión y hasta de toda creencia, si bien ya no son judíos en el sentido religioso de la palabra, son judíos en su sentido nacional. Los de Londres y de los Estados Unidos, que abandonaron su país de origen, huyendo de Polonia y sobre todo de Rusia donde se los persigue, se han federado entre sí. Han formado grupos que se hacen representar en los congresos obreros con el nombre de "grupos de lengua judía". Hablan una jerga alemana mezclada con hebreo, y no sólo la hablan sino que publican sus periódicos de propaganda en este idioma y los imprimen con caracteres hebraicos. [25] Se nos objetará que, echados de su patria, al llegar a un país cuyo idioma ignoraban, fueron obligados a unirse y que siguieron con toda naturalidad empleando el hebreo-germano que les era familiar. Esta objeción es muy justa. Pero hay que observar que en otras regiones, por ejemplo en Holanda y Galitzia, los judíos obreros nacionales también forman asociaciones especiales. [26]
El judío, por lo tanto, toma parte en la revolución, y lo hace como judío, vale decir permaneciendo judío. ¿Es por eso que los conservadores cristianos son antisemitas? Esta aptitud revolucionaria de los judíos es una causa de antisemitismo? Digamos en primer lugar que la mayoría de los conservadores ignora esta acción histórica e ideológica del judío. Sólo es conocida, y muy aproximadamente, por teóricos y escritores antisemitas. Por ello la animosidad contra Israel no proviene del hecho de que ayudó a preparar el Terror, ni de que Menin liberó a Venecia y Marx organizó la Internacional. El antisemita – el antisemita conservador y cristiano – dice: "Si la sociedad contemporánea es tan diferente de la sociedad pre-revolucionaria, si la fe religiosa ha disminuido, si el régimen político se ha transformado y si el agiotismo, la especulación y el capital industrial, financiero y cosmopolita dominan en la actualidad, la culpa la tiene el judío".
Aquí, hay que precisar: el judío está desde hace siglos en las naciones que mueren a causa de él, según se afirma. ¿Por qué el veneno demoró tanto en obrar? Porque antes el judío estaba fuera de la sociedad y porque se lo mantenía cuidadosamente apartado. Tal es la contestación habitual. Desde que el judío ha entrado en las sociedades, ha sido perturbador y ha trabajado como un topo en la destrucción de los cimientos seculares sobre los cuales descansaban los Estados cristianos. Así se explican la decrepitud de los pueblos, su decadencia y su rebajamiento intelectual y moral: son como el cuerpo humano que padece una intoxicación por cuerpos extraños y en el cual la presencia de estos cuerpos provoca convulsiones y enfermedades. El judío actúa por su sola presencia, al modo de un solvente: destruye, perturba y provoca las más temibles reacciones. La introducción del judío en las naciones es funesta para estas naciones: mueren por haberlo acogido. Tal es el punto de vista simplista desde el cual los antisemitas conservadores encaran los cambios sociales. Para ellos, no hay variaciones económicas, ni transformación del capital, ni modificaciones de la conciencia humana; sólo hay dos cosas que ponen de relieve: antes había una sociedad floreciente y próspera, establecida en sólidos principios morales, políticos y religiosos, y hoy esta sociedad ha sacudido las antiguas concepciones éticas y ya no tiene las saludables y buenas ideas acerca de la autoridad y la jerarquía, necesarias para salvaguardar las asociaciones humanas.
Ahora bien: en la antigua sociedad, el judío no estaba admitido. Por el contrario, se lo acoge ampliamente en la segunda. Se ha visto en eso una relación de causa a efecto y se ha atribuido a los judíos la obra del tiempo: la obra de los innumerables esfuerzos que concurren a modificar cada nación.
Los antisemitas no se han limitado a esta acusación. El judío no es solamente un destructor, según afirman, sino también un constructor. Orgulloso, ambicioso y autoritario, busca dominarlo todo. No le basta descristianizar: judaíza. Destruye la fe católica o protestante y provoca la indiferencia, pero impone a quienes cuyas creencias arruina su propia concepción del mundo, de la moral y de la vida. Trabaja para su obra secular: el aniquilamiento de la religión de Cristo.
¿Los antisemitas cristianos tienen la razón o están equivotados? ¿El judío sigue siendo anticristiano con odio – digo "con odio", ya que es anticristiano por definición y por judío, como es antimusulmán y como se opone a todo lo que no es su principio – y ha conservado sus antiguos sentimientos? Los ha conservado en todos los lugares en los cuales, precisamente, está fuera de la sociedad y vive apartado: en los ghettos, bajo la conducción de sus doctores, que se unen a los gobiernos para impedirle ver la luz, en todas partes donde domina el Talmud: en este oriente de Europa donde impera todavía el antisemitismo legal. En la Europa occidental, donde el Talmud hoy en día se ignora y donde el heder judío ha sido reemplazado por la escuela, este odio ha desaparecido, en las mismas proporciones en que ha desaparecido el odio del cristiano por el judío. Pues no hay que olvidarlo: si se habla a menudo de la animosidad del judío para con el cristiano, se habla muy poco de la animosidad del cristiano para con el judío, animosidad ésta que sigue perdurando. El prejuicio o, mejor, los prejuicios contra los judíos no han desaparecido. Se cree todavía en el olor judío. Hasta un antisemita alemán declaró que Pío IX era judío y que él lo había reconocido al husmear la sandalia que le daba a besar. Algunos han conservado confusamente la creencia en las enfermedades especiales de los judíos y, al lado de una medicina antisemita que investiga las enfermedades judías, hay escritores que disertan gravemente sobre los tipos de las tribus judías. [27] Se reencuentran en los libros antisemitas todas las afirmaciones de los panfletos de la Edad Media, que ya el siglo XVII había retomado, afirmaciones éstas que corroboraron todavía creencias populares. Pero el prejuicio más vivaz, el que mejor simboliza el secular combate del judaísmo contra el cristianismo, es el prejuicio del homicidio ritual. El judío necesita sangre cristiana para celebrar su pascua, se dice todavía. ¿Cuál es el origen de esta acusación, que data del siglo XII? [28]
Se ve netamente cómo nació la idéntica acusación que los romanos hicieron a los primeros cristianos: provino de una concepción realista de la Cena: de una interpretación literal de las palabras consagradas sobre la carne y la sangre de Jesús. [29] ¿Pero cómo los judíos, cuyos libros mosaicos manifiestan horror a la sangre han podido padecer y siguen padeciendo las consecuencias de semejante creencias? El problema exigiría ser discutido a fondo. Habría que examinar las teorías de los que sostienen que los sacrificios humanos son de origen semítico, mientras que en realidad se los encuentra en todos los pueblos, en determinado nivel de civilización. [30]
Habría que mostrar, como lo hizo el señor Delitzch en Alemania, que ningún libro hebraico, talmúdico ni cabalístico contiene la prescripción del homicidio ritual, [31] lo que ya hizo Wagenseil. [32] Se probaría así y se ha probado que la religión judía no pide sangre, ¿Pero se habría probado así que jamás judío alguno vertió sangre? No, por cierto, y de seguro debió haber, durante la Edad Media, judíos homicidas, judíos que las vejaciones y las persecuciones llevaban a la venganza y al asesinato de sus perseguidores y hasta de sus niños. Sin embargo, esto no nos da la explicación de la leyenda popular. Nació, en un primer momento, de la idea muy difundida de que el judío estaba llevado fatalmente, cada año, a reproducir figurativamente el asesinato de Cristo. Es por eso que en las actas leyendarias de los niños mártires siempre se muestra a la víctima crucificada y sufriendo el suplicio de Jesús. Hasta se la representa a veces coronada de espinas y con el flanco abierto.
A esta creencia general se agregaron las prevenciones, a menudo justificadas, contra los judíos dedicados a prácticas mágicas. En la Edad Media, en efecto, el judío fue considerado por el pueblo como el mago por excelencia. En realidad, algunos judíos se entregaron a la magia. Se encuentran muchas fórmulas de exorcismo en el Talmud y la demonología talmúdica y cabalística es complicadísima. [33] Ahora bien: se sabe qué lugar ocupa siempre la sangre en las operaciones de hechicería. En la magia caldea, tuvo una importancia capital. En Persa, era redentora y liberaba a los que se sometían a las prácticas del Tauróbolo y del Krióbolo. [34] La Edad Media estuvo obsesionada por la sangre como lo estuvo por el oro. Para los alquimistas, la sangre era el vehículo de la luz astral. Los elementarios, decían los magos, se apoderan de la sangre para hacerse un cuerpo con ella, y es en este sentido que Paracelso dice que la sangre que pierden los hombres crea fantasmas y larvas. Se atribuía a la sangre, y sobre todo a la sangre virgen, virtudes inauditas: la sangre tenía el poder de curar, evocar y preservar. Podía servir para la búsqueda de la piedra filosofal, y para la composición de los filtros y encantamientos. [35] Ahora bien: es altamente probable, y hasta seguro, que judíos magos hayan inmolado a niños. De ahí la formación de la leyenda del sacrificio ritual. Se estableció una relación entre los actos aislados de algunos hechiceros y su carácter de judíos. Se declaró que la religión judía, que aprobaba la crucifixión de Cristo, recomendaba además vertir sangre cristiana y se buscaron obstinadamente textos talmúdicos y cabalísticos que pudieran justificar tales afirmaciones.
Ahora bien: esas búsquedas sólo obtuvieron resultados merced a falsas interpretaciones, como en la Edad Media, o falsificaciones semejantes a las recientes del Doctor Rohling que el señor Delitzch desmintió. [36] Por lo tanto, cualesquiera sean los hechos relatados, no pueden probar que, entre los judíos, el asesinato de los niños haya sido o sea todavía ritual, como tampoco los actos del Mariscal de Retz y de los sacerdotes sacrílegos que celebran la misa negra significan que la Iglesia recomiende en sus libros el homicidio ni los sacrificios humanos.
¿Existen aún, en los países orientales, algunas sectas que tengan tales costumbres? Es posible. [37] ¿Hay judíos que formen parte de semejantes asociaciones? Nada permite afirmarlo. Pero, de cualquier modo, el prejuicio general del homicidio ritual carece de fundamento. Sólo se puede atribuir los asesinatos de niños – hablo de los asesinatos probados, y son muy pocos [38] – a la venganza o a las preocupaciones de los magos, preocupaciones éstas que no son más especialmente judías que cristianas.
La persistencia de tales prejuicios es significativa, pues muestra que el viejo fermento de la desconfianza permanece en las almas contra los deicidas. Por cierto, el antisemita cristiano no cree que el judío con el que se codea diariamente – el judío moderno, el que ha abandonado sus costumbres seculares – se sirva de la sangre de nenitos en épocas fijas y para conseguir su salvación, pero sí cree que pertenece a una raza que, por odio al nombre de Cristo, ha recomendado esos sacrificios rituales, y declara fácilmente que, si bien el judío civilizado ha renunciado a tales costumbres abominables y anacrónicas, ha conservado sus sentimientos. No traspasa las hostias para recoger sangre, [39] pero sí ataca a Cristo en su iglesia, busca perpetuamente destruir la fe, siembra el desorden y perturba las mentes. ¿Qué parte de verdad hay en tales afirmaciones?
No se puede negar que el judío creyente tiene prevenciones contra los cristianos, pero también los cristianos tienen prevenciones contra él. Más aún: los católicos recelan de los protestantes, y recíprocamente. Ahora bien: precisamente, el judío creyente es un conservador. El señor Anatole Leroy-Beaulieu tuvo razón de decir: "¿Es el judío de Polonia, de Rusia o de Rumania el que les parece ser artículo de novedades? Mírenlo bien. ¿Es él – o sus semejantes – el que ha podido llevar al mundo moderno por nuevos caminos? ¿Es él de quien sospechamos de poner en peligro la civilización cristiana? ¡Desgraciado! Está demasiado envilecido para ello; es demasiado pobre, demasiado ignorante y demasiado indiferente ante nuestras querellas religiosas o políticas. Interróguenlo: no los entenderá. Pero esto no es todo: es demasiado tradicional y, en una palabra, demasiado conservador". [40] En nuestros países occidentales, el judío practicante testimonia también este conservadorismo. Está apegado a las leyes y normas de la sociedad. Sabe conciliar su judaísmo con un patriotismo – y hasta un chauvinismo – que a veces es excesivo y, como acabamos de verlo, es una minoría de judíos emancipados la que trabaja para la revolución. Estos judíos emancipados, si bien abandonaron sus creencias, no han podido, a pesar de ello, desaparecer en cuanto judíos. ¿Cómo, por lo demás, hubieran podido hacerlo? Convirtiéndose, claro, lo que algunos han hecho. Pero a la mayor parte le repugnó lo que no habría sido sino hipocresía, pues los judíos emancipados llegan rápidamente a la irreligión absoluta. Han seguido siendo, por lo tanto, judíos indiferentes. Sin embargo, todos esos revolucionarlos, en la primera mitad de este siglo, fueron educados a lo judío, y si bien se desjudaizaron, en el sentido de que ya no practicaron, siguieron siendo judíos en el sentido de que conservaron el espíritu de su nación.
Por no estar retenido por la fe de sus antepasados y por no tener ataduras con las viejas formas de una sociedad en medio de la cual había vivido como paria, el judío emancipado se ha convertido, en las colectividades modernas, en un buen fermento de revolución. Ahora bien: el judío emancipado se ha acercado apreciablemente al cristiano indiferente y, en lugar de considerar que dicho cristiano sólo se había aliado con el judío por haberse hecho irreligioso, los antisemitas conservadores creen que el judío, por su contacto, ha descristianizado a los cristianos que se le han acercado. Se culpa al judío por la desaparición de las creencias, pues el antisemita nunca distingue entre el judío practicante y el judío emancipado, el debilitamiento de la fe y el apagamiento de la religiosidad. Sin embargo, para cualquier observador imparcial, no es el judío el que está destruyendo el cristianismo. La religión cristiana desaparece como la religión judía y como todas las religiones, cuya lenta agonía estamos observando. Muere bajo los golpes de la razón y la ciencia. Muere del modo más natural, porque respondía a un período de civilización y que, cuanto más avancemos, tanto menos le corresponde. Perdemos cada día más el sentido y la necesidad de lo absurdo y, por lo tanto, la necesidad religiosa – sobre todo la necesidad práctica – y los que creen todavía en la divinidad ya no creen en la necesidad ni menos en la eficacia del culto.
¿Participó el judío en esta eclosión del espíritu moderno? Por cierto que sí. Pero no fue su creador ni su responsable y sólo aportó una pequeña piedra al edificio que construyeron los siglos. Suprimid ahora al judío: el catolicismo y el protestantismo no dejarán por ello de estar en decrepitud. Si el judío parece tener más importancia de lo que le corresponde, se debe a que, en la historia del liberalismo moderno en Alemania, Austria, Francia e Italia, ha desempeñado un gran papel, y a que el liberalismo ha avanzado a la par con el anticlericalismo. El judío, ciertamente, fue anticlerical. Fomentó el Kulturkampf en Alemania y aprobó las leyes Ferry [41] en Francia. Se ha creído, pues, que su liberalismo provenía de su anticristíanismo cuando lo contrario era lo cierto. Desde este punto de vista, es justo decir que los judíos liberales han descristianizado o, por lo menos, que han sido los aliados de los que fomentaron la descristianización, y para los antisemitas conservadores, descristianizar es desnacionalizar.
Hay en eso, de parte de los antisemitas, una confusión: confunden nación y Estado. El liberalismo anticlerical no desnacionaliza: mató al viejo Estado cristiano. Ahora bien: nuestro siglo habrá visto el último esfuerzo de este Estado cristiano para conservar la dominación. Esta concepción del Estado feudal, que estriba en la comunidad de las creencias y en la unidad de la fe, y de cuyas ventajas herejes e incrédulos no pueden participar, está en oposición con la noción del Estado neutral y laico, en la cual se fundaron la mayor parte de las sociedades contemporáneas. El antisemitismo representa una faceta de la lucha entre las dos formas de Estado de las que acabamos de hablar.
El judío es el testimonio viviente de la desaparición de este Estado que tenía en su base principios teológicos. Estado éste con cuya reconstitución sueñan los antisemitas. El día en que el judío ocupó una función civil, el Estado cristiano estuvo en peligro. Esto es exacto, y los antisemitas que dicen que los judíos han destruido la noción del Estado podrían decir más justamente que el ingreso de los judíos en la sociedad simbolizó la destrucción del Estado; del Estado cristiano, por supuesto. A los ojos de los conservadores, nada, en efecto, es tan significativo como la situación del judío en las colectividades modernas y, por una trasposición frecuente, de lo que no pasa de un efecto hacen una causa, porque este efecto, a su vez, actúa, es cierto, como causa.
Tales son, pues, resumidos, los motivos del antisemitismo político y religioso. En primer lugar, repugnancias y prejuicios atávicos fundamentales y luego, gracias a estos prejuicios, una concepción exagerada del papel que los judíos han desempeñado en la elaboración y el establecimiento de las sociedades contemporáneas, concepción ésta que hace de ellos los representantes del espíritu revolucionario frente al espíritu conservador – de la transformación frente a la tradición – y que, en esta época de transición, los hace responsables de la caída de las antiguas organizaciones y del descrédito de los antiguos principios.
Continuar -->
[1] )- El Talmud, por lo demás, está todo impregnado de racionalismo. El célebre pasaje relativo a la disputa entre Rabbi Eliezer y sus colegas lo atestigua. El milagro, se dice en él, "no basta para probar una verdad" (Talmud, Baba Mezia, 59).
[2] )- Münk, S., Mélanges de philosophie juive et arabe, París, 1859.
[3] )- Cap. VII.
[4] )- Münk, ob. citada.
[5] )- Poema del Descenso de San Pablo a los Infiernos, citado por Renan, Ernest, Averroes et l'averroisme.
[6] )- Renan, Ernest, Averroes et l'averroisme.
[7] )- Darmesteter, James, Coup d'oeil sur l’histoire du peuple juif, París, 1881.
[8] )- Para todo lo que concierne a Ibn Cebirol (Avicebrón), su papel en la filosofía de la Edad Media y, sobre todo, en las discusiones entre tomistas y escotistas, leer los estudios de Münk en los Mélanges de philosophie juive et arabe, y de Hauréau, Histoire de la philosophie scolastique (París, 1872-1880).
[9] )- Cougenot des Mousseaux, Le Juif, le judaisme et la judaisatión des peuples chrétiens, p. XXV.
[10] )- Burckhart, J., La civilisation en Italie au temps de la Renaissance (París, 1885).
[11] )- Sobre Spinoza y el ateísmo, leer la Vie de Spinoza, de Colerus, que fue uno de sus adversarios, y, entre las numerosas obras publicadas contra Spinoza y el ateísmo en el siglo XVII, ver el De tribus impostoribus, de Kortholt, donde revive la leyenda del averroísmo; ver también el tratado del Doctor Musaeus, profesor de teología de Jena, "hombre de gran genio", dice el bueno de Colerus, que "Spinoza pestilentium foetum acutissis, queis solet telis confodit. Se conocen también las caricaturas diabólicas de Spinoza, que se publicaron con esta leyenda. "Signum reprobationis in vultu gerens".
[12] )- Goethe, Memorias, libro XVI; Anales, 1811.
[13] )- Véase cap. VII; Wolf, Bibl. Hebr., t. IV, p. 639.
[14] )- Espero mostrarlo mejor todavía en mi Histoire économique des Juifs, de la que el papel de los judíos en la revolución no formará sino una parte. N. del T.: Esta obra nunca fue publicada.
[15] )- Gougenot des Mousseaux: ob. citada.
[16] )- Matter, M., Saint-Martin et le philosophe inconnu, París, 1862.
[17] )- A menudo se ha afirmado que Cagliostro era judío, pero sin aportar en respaldo de tal afirmación pruebas serias.
[18] )- Véase Campardon, Emile, Le Tribunal révolutionnaire de Paris, París, 1866, Procés instruit et jugé au tribunal révolutionnaire contre Hébert et consorts (1-4 de Germinal), París, año II, Khan; León, Les Juifs à Paris, París, 1889.
[19] )- Capefigue, Histoire des grandes opérations financiéres, Toussenel, Les Juifs rois de l'Epoque.
[20] )- Crétineau-Joly, Histoire du Sonderbund, París, 1850, p. 195,
[21] )- Además de Marx y de Cohen, se puede citar a Neumayer, secretario de la Oficina de Correspondencia de Austria; Fribourg, que fue uno de los directores de la Federación Parisiense de la Internacional, la que también formaron parte Losb, Haltmayer, Lazare y Armand Lévi; León Frankel, que dirigió la sección alemana en París; Cohen, que fue delegado de la asociación de los cigarreros en Londres en el Congreso de la Internacional realizado en Bruselas en 1868; Ph. Coenen, que fue, en ese mismo Congreso, delegado de la sección de Amberes de la Internacional, etc. Véase Testut, O., L'Internationale, París, 1871, y L'Internationale au ban de l'Europe, París, 1871-72, Fribourg, L'association internationale des travaílleurs, París, 1891.
[22] )- Entre otros, Fribourg y Frankel, León.
[23] )- Hay aún cuatro diputados socialdemócratas judíos en el Reichstag alemán; y entre los jóvenes socialistas, colectivistas y comunistas anarquistas se cuentan numerosos judíos. Citemos también entre los reformadores austríacos al doctor Hertzka, promotor de la colonia de Freiland, ensayo de organización social. Véase Un voyage à terre libre, por Theodor Hertzka (París, León Chailley, editor).
[24] )- En abril de 1891, los israelitas revolucionarios de Londres festejaron el cumpleaños de su club de Berner Street. "Desde hace siete años, declaró el orador que trazó la historia del movimiento social judío, los revolucionarios judíos han aparecido y, dondequiera haya judíos, en Londres, en América, en Australia, en Polonia y en Rusia, hay judíos revoltosos y anarquistas" (al hablar de siete años, quiere sobre todo referirse al ingreso de los proletarios judíos en el movimiento revolucionario).
[25] )- En Londres se publica uno de esos periódicos: Der Arbeiter Freund; en Nueva York, se publican dos, uno de ellos diario: Die Arbeiter Zeitung, y el otro semanario:Freie Arbeiter Stimme, sin hablar de una revista mensual, Die Zukunft. Estos periódicos y revistas son o bien socialistas, o bien comunistas anarquistas.
[26] )- Los socialistas judíos de Holanda publican un periódico cuyo título es: Ons Blad, órgano de los socialistas israelitas. Los obreros socialistas judíos de Galitzia publican en Lemberg un periódico escrito en caracteres hebraicos y en jerga hebreo-germana: La Verdad.
[27] )- El señor Edouard Drumont, por ejemplo, en La France juive, t. I, p. 34-35. Para mayor belleza de su demostración, el señor Drumont hasta imaginó una nueva tribu, de la cual es el primero en hablar: la tribu de Jacobo, y determina sin vacilación sus características, aunque, dice, "en el estado actual de esta ciencia embrionaria, no se puede formular ninguna regla precisa". Lo creo sin duda alguna.
[28] )- Fue en Blois, en 1171, que por primera vez los judíos fueron acusados de haber crucificado a un niño en oportunidad de su fiesta de Pascua. El Conde Théobald de Chartres, después de haber sometido al acusador de los judíos a la prueba del agua, prueba ésta que le fue favorable, hizo quemar, como culpables, a treinta y cuatro judíos y diecisiete judías.
[29] )- Los mandeanos acusaban a los cristianos de amasar sus hostias con la sangre de un niño judío, y los chinos afirman que los misioneros católicos degüellan a sus niños y hacen filtros con sus corazones. Algunos motines, en China, no tuvieron otras causas.
[30] )- Jefté, que sacrifica a su hija, corresponde a Agamemnón que mata a la suya en los altares. A los holocaustos molochistas responden los holocaustos bíblicos. Esta idea bárbara del sacrificio del individuo a la divinidad o a la colectividad se encuentra en todas partes. Ha llegado a su apogeo con la religión cristiana que es la religión del perpetuo sacrificio sangriento, en el cual el toro y el carnero de los sacrificios mitraicos son reemplazados por la víctima humana que muere sin cesar, mientras que se comulga con su carne y su sangre, último vestigio simbólico del canibalismo religioso. La teoría del sacrificio es aún poderosa en la ideología moral y social. Sería interesante estudiarla como vestigio de las antiguas prácticas.
[31] )- La superstition du sang dans l’humanité et les rites sanguinaires, por el Doctor Hermann L, Strack, doctor en teología y en filosofía, profesor extraordinario de teología protestante en Berlin, Munich, 1892, Delitzch, F., Echec et mat aux menteurs Rohling et Justus, Erlangen, 1883.
[32] )- Wagenseil, Benachrichtigung wegen einiger Juden Schaft angehend vicht Sachen, Altdorf, 1707. La segunda memoria de este libro tiene como título: Judaeos non uti sanguine christiano. Tiene tanta más importancia cuanto que Wagenseil es extremadamente hostil para con los judíos, cuyos libros de polémica publicó en sus Tela ignea Satanae.
[33] )- Los ejemplos de judíos magos y astrólogos son numerosísimos. Ya en los primeros años de su estada en Roma decían la buena ventura cerca de la puerta Capena. En la leyenda de San León el Taumaturgo y Heliodoro, es un célebre mago judío el que instruye a Heliodoro. Sedechias, el médico judío del emperador Luis, volaba en el aire, según se decía. Yechiel de París tenía gran fama por el poder de sus encantamientos. Numerosos judíos fueron astrólogos de los príncipes. En el siglo XVI todavía, el judío Helias fue astrólogo del último Visconti. Los judíos y los sarracenos de Salamanca se dedicaron mucho a la magia y fue por ellos que los libros mágicos se difundieron. Lo mismo en Toledo. En el ghetto de Roma, hasta el siglo XVIII, los judíos vendían amuletos y filtros. Por ello Trithéme cuenta que un judío se transformaba en lobo y Lancre asimila los judíos a los hechiceros. La leyenda de Simón el Mago tampoco es extraña a esta idea de que todos los judíos son magos.
[34] )- Era creencia griega que las larvas exigían sangre para manifestarse. Se conoce el modo cómo Ulises evocó a Tiresias (Odisea: Rapsodia XI) sacrificando a víctimas cuya sangre las sombras venían a beber. Asimismo, Cicerón acusa a Vatinio de degollar a niños para atraer los manes con su sangre. También entre los celtas la sangre desempeñaba un gran papel. Cuando Wortiger, rey de los bretones, por consejo de los druidas, quiso construir en el país de Gales una fortaleza para defenderse contra los ingleses y los sajones, Merlín regó los cimientos del edificio con la sangre de un niño.
[35] )- Basta recordar el proceso del Mariscal de Retz, y el del mariscal no fue un caso aislado. Hasta el siglo XVIII se celebraron aún misas negras en las cuales se sacrificaban niños. En cuanto al poder terapéutico de la sangre, se creyó en él durante largo tiempo. ¿Luis IX no fue acusado por el rumor popular de tomar baños de sangre?
[36] )- Delitzch, F., ob. citada.
[37] )- En 1814 se fundó en Baviera una secta cristiana llamada "Hermanos y hermanas en plegaria", cuyos adeptos sacrificaban hombres a Dios. El fundador de esta secta se llamaba Poeschl. Asimismo, en Suiza, en 1815, un tal Joseph Ganz fundó una asociación parecida, a la cual dio el mismo nombre y cuyos miembros practicaban los mismos ritos.
[38] )- Véase el informe de Canganelli, más adelante Papa con el nombre de Clemente XIV, informe éste que concluye evaluando como falsedad las acusaciones lanzadas contra los judíos, después de haber controlado los casos de homicidio ritual en que se culpaba a los judíos. (Revue des Etudes Juives, abril-junio de 1889). Hay que notar, por lo demás, que los cuerpos de niños que habían servido a operaciones mágicas no se encontraban nunca y que los hechiceros los incineraban prudentemente.
[39] )- La frecuencia de las leyendas sobre hostias sangrientas muestra hasta qué punto la Edad Media fue materialista, aun cuando producía los místicos más sutiles. En cuanto a los judíos acusados de recoger sangre de hostias, la acusación es absurda, pues nunca el judío creyó en la presencia de Cristo en la hostia. Si hubiera creído en ella, probablemente se habría convertido. Hasta esto era lo que habitualmente sucedía.
[40] )- Leroy-Beaulíeu, Anatole, Israel chez les nations, París, 1893, p. 72 y siguientes.
[41] )- Leyes que establecieron la enseñanza laica en las escuelas primarias (N. del T.)
No hay comentarios:
Publicar un comentario