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LA RAZA
El reproche etnológico - La desigualdad de las razas - Semitas y arios - La superioridad aria - La lucha de los semitas y los arios - El aporte semítico en las civilizaciones llamadas arias - La colonización semítica - Los primeros años de la era cristiana y los judeocristianos - Los elementos judíos en las naciones europeas - La idea de raza en el judío - La superioridad judía - Los orígenes de la raza judía - Los elementos extranjeros en la raza judía - El proselitismo judío - En la Antigüedad pagana - Después de la era cristiana - Las infiltraciones uroaltaicas en la raza judía - Los kazares y los pueblos del Cáucaso - Las distintas variedades de judíos - Dolicocéfalos y braquicéfalos - Askenazim y sewarditas - Judíos de China, de la India y de Abisinia - Las modificaciones por el medio y por el idioma - La unidad judía - La nacionalidad.
El judío es un semita. Pertenece a una raza extranjera, nociva, perturbadora e inferior: tal es el reproche etnológico de los antisemitas. ¿En qué estriba? Estriba en una teoría antropológica que ha engendrado o, por lo menos, justificado una teoría histórica: la doctrina de la desigualdad de las razas, de la que debemos hablar en primer lugar.
Desde el siglo XVIII, se ha tratado de clasificar a los hombres y de distribuirlos entre ciertas categorías determinadas, distintas y separadas. Para eso, se han utilizado como base indicios muy diferentes: la sección del pelo: ovalada (en los negros de cabello lanudo) o redonda; [1] la forma del cráneo, ancha o alargada: [2] en fin, el color de la piel. Esta última clasificación ha prevalecido. Hoy en día se distinguen tres razas humanas: la raza negra, la raza amarilla y la raza blanca. A estas razas se atribuyen aptitudes diferentes y se las ordena por orden de superioridad, la raza negra en el nivel más bajo de un gradiente cuyo escalón más alto pertenece a la raza blanca. Asimismo, para explicar mejor todavía esta jerarquía de las razas humanas, se niega la doctrina religiosa del monogenismo, doctrina ésta que declara que el género humano desciende de una pareja única, y se le opone el poligenismo que admite la aparición simultánea de numerosas parejas distintas: concepción más lógica, más racional y más conforme a la realidad.
¿Esta clasificación tiene bases serias y reales? ¿La creencia en el monogenismo o en el poligenismo permite afirmar que hay razas elegidas y razas réprobas? De ninguna manera. Si se admite el monogenismo, es evidente que los hombres, que descienden todos de una pareja común, tienen las mismas propiedades, la misma sangre y la misma constitución física y psíquica. Si, por el contrario, se acepta el poligenismo, vale decir la existencia inicial de un número indefinido y considerable de bandas heterogéneas sobre el globo, se hace imposible sostener la existencia de razas originariamente superiores o inferiores, pues los primeros agrupamientos sociales se formaron por amalgama de dichas bandas humanas heterogéneas cuyas calidades y virtudes respectivas no estamos en condiciones de determinar y menos aún de clasificar. “Todas las naciones – dice el señor Gumplowicz [3] – las más primitivas que nos aparezcan en los albores de los tiempos históricos, serán para nosotros los productos de un proceso de amalgamación (ya terminado en los tiempos prehistóricos) entre elementos étnicos heterogéneos". Por lo tanto, si uno se ubica desde el punto de vista de la identidad de origen, la jerarquía etnológica es inadmisible y se puede afirmar, con Alejandro de Humboldt, que "no hay cepas étnicas que sean más nobles que las demás".
La raza, por lo demás, es una ficción. No existe grupo humano alguno que pueda alabarse de tener dos antepasados iniciales y de descender de ellos sin que jamás el aporte primitivo haya sido adulterado por una mezcla. Las razas humanas no son puras, lo que significa; propiamente hablando, que no hay raza. "La unidad falta. – afirma el señor Topinard [4] – Las razas se han dividido, dispersado, mezclado en todas las proporciones y en todas las direcciones durante miles de siglos. La mayor parte dejó su idioma por el de los vencedores y luego lo abandonó por un tercero, cuando no por un cuarto. Las masas principales han desaparecido y nos encontramos en presencia, ya no de razas, sino de pueblos." Por lo tanto, la clasificación antropológica de la humanidad no tiene valor alguno.
Es cierto que los partidarios de la jerarquía etnológica se apoyan, a falta de caracteres antropológicos, en caracteres lingüísticos. Clasificados los idiomas en monosilábicos, aglutinantes, flexionales y analíticos, según su evolución, se ha establecido, sobre la base de estas diversas formas del lenguaje, la elección o reprobación de los que los hablan. Sin embargo, esta pretensión no es sostenible, pues los chinos, cuyo idioma es monosilábico, no son inferiores ni a los yacutes ni a los kamchalades cuyo idioma es aglutinante, ni a los zulúes que hablan una lengua flexional, y sería fácil demostrar que los japoneses y los magiares, cuyo idioma es aglutinante, no son de ningún modo inferiores a ciertos pueblos llamados arios, cuya lengua es flexional. Por lo demás, sabemos que el hecho de hablar un mismo idioma no implica identidad de origen, puesto que tribus victoriosas impusieron, en todas las épocas; su lengua a otras tribus extranjeras, sin que estas tribus hubieran tenido para ello aptitudes nativas. Por lo tanto, la clasificación de las lenguas no puede en nada determinar la clasificación étnica del género humano.
Con todo, por insostenible que sea la doctrina de la desigualdad de las razas, tanto desde el punto de vista lingüístico como desde el punto de vista antropológico, no ha dejado de dominar nuestra época y los pueblos han perseguido y siguen persiguiendo esta quimera de la unidad etnológica, que no es sino la herencia de un pasado mal informado y, para decir verdad, una forma de regresión. La Antigüedad tuvo las mayores pretensiones de pureza de sangre y, hoy en día, es entre los negros africanos y entre algunos salvajes que la idea de raza está más difundida y más enraizada. Esto se entiende. Los primeros vínculos colectivos fueron los vínculos de sangre. La primera unidad social, la familia, se fundó en la sangre. La ciudad se consideró una ampliación de la familia y, en la aurora de cada ciudad, la leyenda colocó una pareja ancestral, así como en ciertas religiones se colocó una pareja inicial en los comienzos de la humanidad. [5] Cuando elementos humanos nuevos llegaron en esas aglomeraciones, fue preciso perpetuar esta creencia en la identidad originaria y se llegó a ello por la ficción de la adopción y, en esas civilizaciones lejanas, sólo hubo lugar para el hijo de la tribu y de la ciudad, o para el adoptado. El extranjero, en todas las legislaciones primitivas, fue el enemigo, aquél de quien había que protegerse, el perturbador, el que perturbaba creencias e ideas. Sin embargo, a medida que las colectividades se agrandaron, se hicieron menos unificadas. Si se considera como pauta exclusiva de la unidad la filiación sin ruptura, ya hemos visto que, desde la prehistoria, las amplias hordas se formaron por la aglomeración de bandas heterogéneas y los Estados, los primeros Estados históricos, fueron a su vez constituidos por la aglomeración de esas hordas que ya no podían reivindicar el mismo antepasado para cada uno de sus miembros. A pesar de todo, hasta nuestros días, esta idea de la comunidad de origen se ha perpetuado. Deriva, en efecto, de una necesidad esencial: la necesidad de homogeneidad y unidad, que lleva a todas las sociedades a reducir sus elementos disímiles, y la creencia en la pureza de la sangre no es sino la manifestación exterior de este afán de unidad: un modo de expresar su necesidad, modo éste claro, simplista y satisfactorio para el inconsciente y el salvaje, pero de cualquier modo insuficiente y sobre todo indemostrable para el que no se contenta con el decorado de las cosas.
Asimismo, la teoría de la desigualdad de las razas estriba en un hecho real. Debería formularse: la desigualdad de los pueblos, pues resulta evidente, a las claras, que el destino de los distintos pueblos no ha sido semejante. Pero esto no quiere decir que la desigualdad de dichos pueblos haya sido originaria. Esto quiere decir meramente que algunos pueblos se encontraron en condiciones geográficas, climáticas e históricas más favorables que las que gozaron otros pueblos y que pudieron, por lo tanto, desarrollarse más completamente, más armónicamente; y no que tuvieron mejores disposiciones ni un, cerebro más acertadamente conformado. Lo prueba el hecho de que algunas naciones pertenecientes a la raza blanca, supuestamente superior, fundaron civilizaciones muy inferiores a las civilizaciones de los amarillos o hasta de los negros. No hay, por consiguiente, pueblos ni razas originariamente superiores. Hay naciones que "en ciertas condiciones fundaron imperios más poderosos y civilizaciones duraderas". [6]
De cualquier modo, y en el caso que nos interesa, estos principios etnológicos, verdaderos o falsos, han sido, por el solo hecho de su existencia, una de las causas del antisemitismo. Han permitido dar a una manifestación que reconoceremos más adelante como nacionalista y económica una apariencia científica y, gracias a ellos, los reproches de los antisemitas se han fortalecido con razones seudo históricas y seudo antropológicas. No sólo, en efecto, se ha admitido la existencia de las tres razas negra, amarilla y blanca, ubicadas por orden jerárquico, sino que se ha establecido, en estas razas mismas, subdivisiones y categorías. Se ha afirmado, en primer lugar, que sólo la raza blanca y algunas familias de la raza amarilla eran capaces de crear civilizaciones superiores. Se ha dividido, después, a la raza blanca en dos ramas: la raza aria y la raza semítica. Se ha asegurado, por fin, que la raza aria debía considerarse la más perfecta. En nuestros días, inclusive, la raza aria ha sido subdividida en grupos, lo que ha permitido a los antropólogos y etnólogos chauvinistas declarar que sea el grupo celta sea el grupo germano, debe considerarse la flor y nata de la raza aria, ya de por sí superior. Sobre la base de la historia de la antigüedad oriental, los historiadores modernos colocan este problema que dan por capital, tanto más cuanto que es insoluble. ¿A qué cepa pertenecen los pueblos antiguos? ¿Son arios, turanios o semitas? Tal es la pregunta que se coloca en los comienzos de todas las búsquedas sobre las naciones del Oriente.
Se modela así la historia, consciente o inconscientemente, sobre los cuadros étnicos del Génesis – cuadros éstos que se encuentran también entre los babilonios y los griegos primitivos – que explicaban, de modo rudimentario, la diversidad de los grupos humanos por la existencia de retoños salidos de padres únicos, retoños éstos que habrían, cada uno, engendrado un pueblo. Así es la Biblia la que sirve todavía de auxiliar a los antisemitas, pues se han quedado aún, en etnografía y en historia, en las explicaciones del Génesis: en Sem, Cham y Jafeto, sustituidos por el semita, el turanio y el ario, aunque estas divisiones fueran imposibles de justificar, sea lingüísticamente, sea antropológicamente, sea históricamente. [7]
Sin detenernos en discutir si las razas negras son capaces o no de civilización, [8] debemos ver lo que se entiende por arios y por semitas.
Se llaman arios todos los pueblos cuyo idioma deriva del sánscrito, lengua ésta que hablaba un grupo humano que se conocía por ario. Ahora bien: este grupo "sólo muestra unidad científicamente demostrable desde el punto de vista exclusivamente lingüístico". [9] Toda unidad antropológica es indemostrable: las mediciones cefálicas, los índices y los números no suministran prueba alguna. En este grupo ario se encuentran tipos semíticos, tipos mongoles, todos los tipos y todas las variedades de tipos, desde el que es capaz de desarrollarse moral, intelectual y socialmente hasta el que permanece en una duradera mediocridad. Se observan en él dolicocéfalos y braquicéfalos, hombres de piel morena, otros de piel amarillenta y otros de piel blanca. Sin embargo, a pesar de que algunas de estas tribus de lengua aria no ha tenido un desarrollo apreciablemente superior al de ciertas aglomeraciones de negros, no por ello se deja de afirmar enérgicamente que la raza aria es la más hermosa y la más noble de las razas, que es productora y creadora por excelencia, que se le debe las metafísicas más admirables, las creaciones líricas, religiosas y éticas más magníficas y que ninguna otra raza ha sido ni es capaz de semejante florecimiento, Para llegar a tal resultado, se hace por supuesto caso omiso del hecho indiscutible que todos los organismos históricos han sido formados por los elementos más disímiles, cuya parte respectiva en la obra común es imposible determinar.
La raza aria, pues, es superior y ha manifestado su superioridad oponiéndose a la dominación de una raza fraternal y rival: la raza semítica. Esta es una raza feroz, brutal, incapaz de creación y desprovista de ideal, y la historia universal se representa como la historia del conflicto entre la raza aria y raza semítica, conflicto éste que podemos comprobar aún hoy. Cada antisemita aporta una prueba de este secular combate. Es la guerra de Troya que unos representan como la lucha del ario y el semita, y Paris se convierte para el caso en un bandido semítico que roba las hermosas arias. Más tarde, las guerras médicas configuran una fase de este gran combate, y se muestra al Gran Rey como jefe del oriente semítico que se lanza al asalto del occidente ario. Luego viene Cartago que disputa a Roma el imperio del mundo y el Islam que marcha contra el cristianismo. Y los antisemitas se complacen en mostrar al griego vencedor del troyano y de Atarjerjes, a Roma triunfante sobre Cartago y a Carlos Martel deteniendo a Abd-er-Rhaman. Los apologistas de los arios, así como reconocen a semitas en los troyanos, no quieren ver sino a arios en las hordas heterogéneas y bárbaras que sitiaron la opulenta Ilión, n¡ en los medas que subyugaron Asiria, estos medas que sólo comprendían una tribu aria, la de los arya-zantha, mienas que la mayor parte era probablemente turania. Quieren probar que Sumer y Accad, los educadores de los semitas, eran arios, y algunos hasta atribuyeron este noble origen al antiguo Egipto. Han hecho más todavía: han separado, en las civilizaciones semíticas, lo bueno de lo malo y es artículo del catecismo antisemita que todo lo que es aceptable o perfecto en el semitismo se tomó prestado a los arios.
Los antisemitas cristianos han conciliado así su fe con su animosidad y, sin titubear ante la herejía, han admitido que los profetas y Jesús eran arios, [10] mientras que los antisemitas anticristianos consideran al Galileo y los nabis como semitas inferiores y condenables.
Lo que sabemos de la historia de las naciones antiguas y modernas ¿nos autoriza a aceptar como real esta rivalidad, esta lucha y esta oposición instintiva de la raza aria y la raza semítica? De ninguna manera, puesto que semitas y arios se mezclaron de modo continuo y el aporte semítico es considerable en todas las civilizaciones llamadas arias. Diez siglos antes de la era cristiana, las ciudades fenicias del Mediterráneo enviaron a sus emigrados a las islas y sucesivamente, después de haber fundado las ciudades que cubrieron el lado norte del África desde Hadrumeta y Cartago hasta las Islas Canarias, colonizaron Grecia que los invasores arios encontraron poblada de aborígenes amarillos y de colonos semitas, a tal punto que Atenas fue una ciudad totalmente semítica. Lo mismo sucedió en Italia, España y Francia, donde los navegantes fenicios fundaron Nimes, por ejemplo, como habían fundado Tebas en Beocia, y vinieron a Marsella como habían llegado al África. Estos diversos elementos se amalgamaron después y se armonizaron por efecto del clima y el medio mental, intelectual y moral, pero no permanecieron inactivos. Los semitas transformaron el genio griego, o sea le permitieron modificarse introduciendo en él elementos extranjeros. La historia de los mitos helénicos es, desde este punto de vista, curiosa e instructiva y, al comparar a Heracles con Melqarth o Afrodita con Aschtoreth [11] se captará este aporte semítico. Asimismo, las copas y los vasos fenicios, exportados en grandes cantidades por los comerciantes de Tiro y Sidón, al servir de modelas a los artistas griegos permitieron, al espíritu sutil de los jonios y los dorios interpretar los mitos cuyas imágenes ofrecían y la imaginería fenicia ayudó considerablemente la mitología iconológica griega. [12] También son los fenicios los que trajeron a los helenos el alfabeto tomado prestado de los jerogrifos del viejo Egipto. Les enseñaron la industria minera y el trabaja de los metales, como el Asia Menor, alumna de Asiria, los inició en la escultura, y tenemos todavía monumentos que atestiguan está influencia, así los leones de la Acrópolis de Micenas y esas diosas helénicas que conservaron el tipo de las terracotas babilónicas. Los griegos, con su maravilloso sentido de la armonía y de la belleza y con su ciencia del orden – de la orquestación, digámoslo así – amasaron estas ideas orientales, las transformaron y las depuraron, pero el pueblo griego no dejó por ello de ser una amalgama de razas muy diversas, arias, turanias y semíticas, y tal vez camíticas, y debió su genio a otras causas que la nobleza y pureza de su origen.
Sin embargo, los antisemitas modernos admitirían en rigor la importancia del semitismo en la historia de las civilizaciones, pero también aquí con una clasificación. Hay semitas superiores, dicen, y semitas inferiores. El judío es el último de los semitas, el que es improductivo por esencia, aquél cuyos hombres no han recibido nada y no pueden dar nada. Es imposible aceptar esta aserción. Es cierto que la nación israelita no ha manifestado nunca grandes aptitudes por las artes plásticas, pero cumplió por la voz de sus profetas una obra moral con la que se beneficiaron todos los pueblos. Elaboró algunas de las ideas éticas y sociales que son el fermento de la humanidad. Si no ha tenido escultores ni pintores divinos, ha tenido sobre todo moralistas que han trabajado a favor de la fraternidad universal y panfletarios vaticinadores que han hecho viviente e inmortal la noción de justicia. Isaías, Jeremías y Ezequiel, a pesar de su violencia y, más, de su ferocidad, hicieron oír la gran voz del sufrimiento que quiere no sólo ser protegido contra la fuerza abominable, sino también ser liberado.
Por lo demás, si el elemento fenicio se incorporó al elemento pelágico y heleno, al elemento latino, al elemento celta y al elemento íbero, el elemento judío contribuyó también, al mezclarse con otros, a formar las aglomeraciones que se aliaron más tarde para constituir las naciones modernas. En este amplio crisol que fue el Asia Menor, crisol éste en el cual se fusionaron los pueblos más diversos, el judío vino también a tirarse y desaparecer. En Alejandría, los judíos, lentamente helenizados, hicieron de la ciudad uno de los centros más activos de la propaganda cristiana. Estuvieron entre los primeros conversos y formaron el núcleo de la Iglesia primitiva, en Alejandría, Antioquía y Roma, y los ebionitas, cuando desaparecieron, fueron absorbidos en todas partes por la masa de los conversos griegos o romanos.
Durante toda la Edad Media, la sangre judía siguió mezclándose con la sangre cristiana. Los casos de conversiones masivas fueron extremadamente numerosos y sería interesante establecer la nómina de los que, como los judíos de Braine, de Tortosa y de Clermont, convertidos por Avito, y como los veinticinco mil bautizados, según se dice, por San Vicente Ferrer, desaparecieron en medio de los pueblos entre los cuales vivían. La Inquisición, si bien impidió la judaización o si, por lo menos, trató de impedirla, favorecía esta absorción de los judíos y si los antisemitas cristianos fueran lógicos maldecirían a Torquemada y sus sucesores que ayudaron a mancillar la pureza aria por la adjunción del judío. El número de los marranos, en España, fue enorme. En casi todas las familias españolas se encuentra, en un punto de la genealogía, al judío o al moro. "Las casas más nobles están llenas de judíos", se decía, [13] y el Cardenal Mendoza y Bobadilla escribió, en el siglo XVI, un panfleto sobre las máculas de los linajes españoles. [14] Así sucedió en todas partes y comprobamos [15] por el número de los apóstatas adversarios de sus ex correligionarios, que los judíos fueron accesibles a la seducción cristiana.
Así hemos contestado a los que afirman la pureza de la raza aria. Hemos indicado que esta raza fue, como todas las razas, el producto de innumerables mezclas. Sin hablar de los tiempos prehistóricos, hemos mostrado que las conquistas persas, macedonias y romanas agravaron la confusión etnológica que se acrecentó aún en Europa en tiempos de las invasiones. Las razas llamadas indo-germánicas, ya cargadas de aluviones, se mezclaron con los chudes, los ongrios y los uroaltaicos. Los europeos que creen descender en línea recta de antepasados arios no piensan en los países tan diversos que dichos antepasados atravesaron en sus largos éxodos, ni a todos los pueblos que arrastraron consigo, ni a todos los que encontraron establecidos en todos los lugares donde se detuvieron, pueblos éstos de razas desconocidas y origen dudoso, tribus oscuras e ignoradas cuya sangre corre todavía en las venas de los hombres que se dicen herederos de los legendarios y nobles arios, como la sangre de los dacios amarillos y de los drávidas negros bajo la piel de los blancos arios de la India.
Pero la idea de la superioridad semítica no está más justificada que la idea de la superioridad aria, y sin embargo se la ha sostenido con la misma verosimilitud. Se han hallado teóricos para afirmar, y hasta para probar, que los semitas eran la flor y nata de la humanidad y que todo lo que el arianismo tenía de bueno venía de ellos. Se encontrará algún día, si no está hecho aún, a algún etnólogo cuyo patriotismo demostrará, con el mismo grado de evidencia, que el turanio debe ocupar el más alto lugar en la historia y en la antropología.
Hoy, los que se consideran la más alta encarnación del semitismo, los judíos, contribuyen a perpetuar la creencia en la desigualdad y la jerarquía de las razas. El prejuicio etnológico es un prejuicio universal, y sus propias víctimas son sus más tenaces conservadores. Antisemitas y filosemitas se unen para defender las mismas doctrinas. Sólo se separan cuando hay que atribuir la supremacía. Si el antisemita reprocha al judío formar parte de una raza extranjera y vil, el judío pretende pertenecer a una raza elegida y superior. Atribuye a su nobleza y a su antigüedad la más alta importancia y, todavía ahora, es presa del orgullo patriótico. Aunque no es más un pueblo y protesta contra quienes quieran ver en él al representante de una nación acampada entre naciones extranjeras, no por ello conserva menos en el fondo de sí mismo esta vanidosa convicción y, así, es semejante a los chauvinistas de todos los países. Como ellos, pretende ser de origen puro, sin que su afirmación esté mejor apuntalada, y tenemos que examinar de cerca la afirmación de los enemigos de, Israel y de Israel mismo: o sea que los judíos son el pueblo más unido, más estable, más impenetrable y más irreductible.
Los documentos faltan para determinar la etnología de los Bene-Israel nómades, pero es probable que las doce tribus que, según la tradición, componían este pueblo, no pertenecieran a una cepa única. Eran probablemente tribus heterogéneas; pues la nación judía, a pesar de sus leyendas, no puede vanagloriarse más que las demás naciones de haber sido engendrada por una pareja única, y la concepción común que representa a la tribu hebraica dividiéndose en sub-tribus [16] no pasa de una concepción legendaria, la del Génesis que aceptaron, equivocadamente, parte de los historiadores de los hebreos.
Ya compuestos de unidades diversas, entre las cuales figuraban probablemente grupos turanios y kuchitas, vale decir amarillos y negros, [17] a los judíos se agregaron aún otros elementos extranjeros durante su estada en el Egipto y en el país de Canaán que conquistaron. Más tarde, Gog y Magog – los escitas – al llegar bajo Josías hasta las puertas de Jerusalén, dejaron tal vez su rastro en Israel. Pero fue a partir del primer cautiverio que las mezclas aumentaron. "Durante el cautiverio de Babilonia – dice Maimónides [18] – los israelitas se mezclaron con toda suerte de razas extranjeras y tuvieron niños que, gracias a estas uniones, formaron una especie de nueva confusión de las lenguas". Sin embargo, esta Babilonia – donde existían ciudades, como Mahuza, casi íntegramente poblada por persas convertidos al judaísmo – se consideraba como habitada por judíos de raza más pura que los judíos de Palestina. "En cuanto a la pureza de la raza – rezaba un viejo proverbio – la diferencia entre los judíos de las provincias romanas y los de Judea es tan visible como la diferencia entre una masa de calidad mediocre y una masa de flor de harina. Pero la Judea misma es como una masa mediocre en comparación con la Babilonia".
Judea, en efecto, había sufrido innumerables vicisitudes. Siempre había sido un país de paso para Mizraím y para Asur. Luego, cuando los judíos hubieron vuelto del cautiverio, se unieron con samaritanos, edomitas y moabitas. Después de la conquista de la Idumea por Hircán, había habido uniones judías e idumeas y, durante la guerra con Roma, los vencedores latinos, según se afirmaba, habían engendrado hijos. "¿Estamos seguros – decía melancólicamente Rabbí Ulla ben Yehisquil – de no descender de los paganos que, después de la toma de Jerusalén, deshonraron a las jóvenes de Sion?"
Pero lo que más favoreció la introducción de sangre extranjera en la nación israelita fue el proselitismo. Los judíos fueron por excelencia un pueblo de propagandistas y, a partir de la construcción del segundo Templo y, sobre todo, de la dispersión, su celo fue considerable. Fueron realmente los que el Evangelio dice que recorrían "la tierra y el mar para hacer un proselita", [19] y Rabbí Eliezer podía con todo derecho exclamar: "¿Para qué Dios ha esparcido a Israel entre las naciones? Para reclutarle proselitas en todas partes". [20] Abundan los testimonios que atestiguan este ardor proselítico de los judíos [21] y, en los primeros siglos antes de la era cristiana, el judaísmo se propagó con el mismo poderío que caracterizó más tarde al cristianismo y al Islam. Roma, Alejandría; Antioquía, donde casi todos los judíos eran gentiles conversos, Damasco y Chipre fueron centros de fusión, ya lo he mostrado. [22] Además, los conquistadores hachmonides obligaron a los sirios vencidos a hacerse circuncidar. Hubo reyes que se convirtieron arrastrando con ellos a sus súbitos, como la familia del Adiabene y, en ciertas regiones de la Palestina misma, la población estuvo muy mezclada: así en Galilea, en esta "región de los gentiles" donde debía nacer Jesús.
Después de la era cristiana, la propaganda judía no cesó. Se efectuó hasta por la fuerza y cuando, bajo Heraclio, Benjamín de Tiberíades conquistó Judea, los cristianos palestinos se convirtieron en masa. Fue la persistencia y continuidad de esta propaganda la que constituyó, como ya he dicho, una de las causas del antisemitismo teológico.
Durante siglos, los concilios legislaron y se tomaron medidas para impedir a los judíos atraer a los fieles, para prohibirles circuncidar a sus esclavos y para vedar sus casamientos con cristianos. Pero, hasta el momento de las persecuciones generales, vale decir cuando se hizo demasiado peligroso ser judío, las prescripciones canónicas fueron impotentes para detener este proselitismo y a veces, cuando se produce un acontecimiento importante o cuando estalla un escándalo, podemos ver la propaganda judía en acción. Es un obispo que se convierte en 514. Más tarde es el diácono Bodon [23] que pide la circuncisión y adopta el nombre de Eliezer. A menudo los papas intervienen con bulas, así Clemente IV en 1255 y Honorio IV en 1288. Los reyes mismos actúan, como lo hizo Felipe el Hermoso, quien en 1298 ordenaba a los jueces del reino "castigar a los judíos que atraen a cristianos a su religión mediante regalos".
En toda Europa los judíos atrajeron a sí a proselitas, rejuveneciendo su sangre por agregado de una sangre nueva. Convirtieron en España, donde los sucesivos concilios de Toledo prohibían los casamientos mixtos; en Suiza, donde un decreto del siglo XIV condena a muchachas a usar sombreros judíos por haber dado a luz niños de padres israelitas; en Polonia, en el siglo XVI, a pesar de los edictos de Segismundo I, según dice el historiador Bielski. [24] Y no sólo se unieron en Europa con las naciones llamadas arias, sino también con los uroaltaicos: con los turanios. Y esta última infiltración fue la más considerable.
En el litoral del Mar Negro y del Mar Caspio, los judíos estaban establecidos desde hacía muchísimo tiempo. Se cuenta que Artajerjes Ochos, durante la guerra que hizo al Egipto y al rey Tachos (361 AC.) arrancó a judíos de su país y los trasladó a Hircania, en las orillas del Mar Caspio. Si su establecimiento en esa región no es tan antiguo como lo pretende la tradición, ya estaban radicados allá mucho antes de la era cristiana, como lo atestiguan las inscripciones griegas de Anape, Olbia y Panticapeia. En los siglos VI y VIII, emigraron de Babilonia y llegaron a las ciudades tártaras: Kerstch, Tarku, Derbend, etc. Allá, más o menos en 620, convirtieron a un pueblo entero cuyo territorio se encontraba en los alrededores de Astrakán: los kazares. [25] La leyenda se apoderó de este hecho que conmovió mucho a los judíos de Occidente, pero la conversión no puede, sin embargo, ser puesta en duda. Isidoro de Sevilla, su contemporáneo, la menciona y más tarde, en el siglo X, Hasdai ibn Schaprout, ministro del califa Abdel-Rhaman III, tuvo correspondencia con José, último Chagan de los Kazares, cuyo reino fue destruido por el Príncipe Sviatislav de Kiev. Los Kazares tuvieron una gran influencia sobre las tribus tártaras vecinas, las de los polianos, los severianos y los viatischi, entre otras, e hicieron entre ellas numerosos proselitas. [26]
En el siglo XII, pueblos tártaros del Cáucaso se convertían aún al judaísmo, según relata el viajero Petaya de Ratisbona. [27] En el siglo XIV, en las hordas que – encabezadas por un tal Mamai, invadieron las regiones que rodean el Cáucaso – había numerosos judíos. Fue en ese rincón de la Europa oriental que se operó activamente la fusión de los judíos y los uroaltaicos. Allá el semita se unió con el turanio y aún hoy, al estudiar los pueblos del Cáucaso, se encuentran los rastros de esta mezcla entre los treinta mil judíos de ese país y en las tribus que los rodean. [28]
Así esta raza judía, presentada por los judíos y los antisemitas como la raza más destacable y más homogénea, es muy diversa. Los antropólogos podrían, en primer lugar, dividirla en dos partes bien separadas: los dolicocéfalos y los braquicéfalos. Al primer tipo pertenecen los judíos sefarditas, o sea los judíos españoles y portugueses, así como la mayor parte de los judíos de Italia y del sur de Francia. Al segundo se puede incorporar a los judíos azkenazim, vale decir los judíos polacos, rusos y alemanes. [29]Pero los sefarditas y los azkenazim no son las dos únicas variedades de judíos conocidas. Estas variedades son numerosas.
En el África se encuentran judíos agricultores y nómades, aliados con los cabileños y bereberes, [30] cerca de Setif, Guelma y Biskra, en la frontera de Marruecos. Van en caravanas hasta Tombuctú y algunas de sus tribus, en los confines del Sahara, son tribus negras, [31] así los daggatunes, así como son negros los falachas, judíos de Abisinia.[32] En la India se hallan judíos blancos en Bombay y judíos negros en Cochín, pero los judíos blancos tienen sangre melánica. Se establecieron en la India en el siglo V, después de las persecuciones del rey persa Feroces que los expulsó de Bagdad. Sin embargo, según algunos, su establecimiento se remontaría a una fecha más lejana: a la llegada de los judíos a China, vale decir antes de Jesús. En cuanto a los judíos de China, no sólo están emparentados con los chinos que los rodean sino que también han adoptado las prácticas de la religión de Confucio. [33]
El judío, pues, ha sido incesantemente transformado por los medios diferentes en los cuales ha vivido. Ha cambiado porque los idiomas diversos que ha hablado han introducido en él nociones diferentes y opuestas. No ha permanecido como pueblo unido y homogéneo. Al contrario, es hoy en día el más heterogéneo de todos los pueblos, el que ofrece las variedades más amplias y esta supuesta raza cuya estabilidad y resistencia amigos y enemigos se acuerdan en alabar nos ofrece los tipos más múltiples y más opuestos, ya que van desde el judío blanco hasta el judío negro pasando por el judío amarillo, y esto sin hablar de las divisiones secundarias, las de los judíos de pelo rubio y rojo y las de los judíos morenos de pelo negro.
Por consiguiente, el reproche etnológico de los antisemitas no se apoya en ninguna base seria y real. La oposición de los arios y los semitas es ficticia. No es cierto que la raza aria y la raza semítica sean razas puras y que el judío sea un pueblo único e invariable. La sangre semita se ha mezclado con la sangre aria y la sangre aria, con la sangre semita. Arios y semitas han recibido ambos, además, la adjudicación de la sangre turania y de la sangre camítica, negra o negroide, y, en la Babel de nacionalidades y de razas que es actualmente el mundo, la preocupación de los que buscan reconocer en sus vecinos cuál es el ario, el turanio y el semita es una preocupación vana.
A pesar de esto, hay una parte de verdad en el reproche que hemos examinado, o más bien en las teorías de los antisenitas acerca de la desigualdad de las razas y la superioridad aria. Los prejuicios antropológicos, en una palabra, son el velo que cubre algunas de las causas reales del antisemitismo.
Hemos dicho que no hay razas. Pero existen pueblos y naciones. Lo que se llama impropiamente una raza no es una unidad etnológica, pero sí una unidad histórica, intelectual y moral. Los judíos no son un ethnos, pero sí una nacionalidad. Son de tipos variados, es cierto, pero ¿cuál es la nación que no es diversa? Lo que hace a un pueblo no es la unidad de origen, sino la unidad de sentimientos, de pensamiento, y de ética. Veamos si los judíos no poseen esta unidad y si no encontraremos en este campo el secreto de la animosidad que se les manifiesta.
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[1] )- Ulótricos y leiótricos.
[2] )- Braquicéfalos y dolicocéfalos.
[3] )- Gumplowicz, L., La lutte des races (París, 1893).
[4] )- Topinard, P., L'Anthropologie (París, Bibliothéque des sciences conteinporaines, Reinwald edit. ).
[5] )- El décimo capítulo del Génesis nos presenta uno de los tipos más perfectos de esta creencia, con la genealogía de los hijos de Noé: a la cabeza de cada grupo humano de cada nación se coloca un antepasado.
[6] )- Metchnikoff, León, La civilisation el les grands fleuves.
[7] )- Esta clasificación tiene más o menos el mismo valor que la pretensión de las clases feudales que, en la Edad Media, justificaban su tiranía pretendiendo ser jaféticos mientras que el campesino y el siervo eran camitas, lo que legitimaba las relaciones de superior a inferior.
[8] )- Sabemos que la civilización tan admirable del antiguo Egipto fue en buena parte obra de los negros, en cuya ayuda vinieron rojos, semitas y turanios y algunos elementos blancos, representados aún en nuestros días por los tuaregs que jamás han fundado sociedad ni nada duradero. Existen todavía en el África ruinas grandiosas que atestiguan la existencia de una civilización negra muy desarrollada en un momento de la historia.
[9] )- Metchnikoff, León, ob. Citada.
[10] )- Esta teoría, que tiene la inmensa ventaja de no estribar en ningún fundamento, nació en Alemania y pasó después a Francia y Bélgica. El señor de Biez y el señor Edmond Picard la sostuvieron sucesivamente. Pero no respaldaron sus aserciones en prueba alguna, ni siquiera ilusoria. (Véase Antisemiten Spiegel, p. 132 y sigtes., Dantiz, 1892).
[11] )- Astarté (N. del T.).
[12] )- Véase Clermont-Ganneau, L'imagerie phénicíenne et la mitologie iconologique chez les Grecs, París, 1880 y Les antiquités orientales, París, 1890.
[13] )- Centinela contra judíos.
[14] )- Mendoza y Bobadilla, Francisco, El tizón de la nobleza española, o máculas y sambenitos de sus linajes (Barcelona, 1880, Biblioteca de Obras Raras). Véase también Lorente, Histoire de l'Inquisítion (París, 1817).
[15] )- Cap. VII.
[16] )- Renan, Ernest, Histoire du peuple d'Israel, t. I.
[17] )- En la base de toda civilización se encuentran los tres elementos: el blanco, el amarillo y el negro. Lo vemos en el Egipto, donde se agregó un elemento rojo, en Mesopotamia y en la India, en todos los lugares donde se crearon grandes imperios, y casi se podría afirmar que, para fundar civilizaciones duraderas, hace falta la cooperación de esos tres tipos humanos.
[18] )- Maimónides, Yad Hazaka (La mano poderosa), 1ª parte, cap. I, art. IV.
[19] )- Mat. XXIII.
[20] )- Talmud Babil., Pessahim, f. 87.
[21] )- Horacio, Sát., IV, 143, Josefo, Bell. Jud., VII, III, 3, Dion Casio, XXXVII, XVII, etcétera.
[22] )- Véase cap. II, cap. III y cap. IV.
[23] )- Amolón, Liber contra Judaeos, Migne, P. L., CXVI.
[24] )- Bielski, Chronicon rerum polocarum.
[25] )- Saint-Martín, Vivien de, Les Khazars (París, 1851), d'Ohsson, C., Les peuples du Caucase (París, 1826), Revue des Etudes Juives, t. XX, p. 144.
[26] )- A pesar de su fe mosaica, los kazares no se mezclaron en ningún momento con los judíos; motivo por el cual no les fueron aplicadas ni la legislación restrictiva del imperio zarista ni, durante la segunda guerra mundial, las leyes de Nüremberg de la Alemania nazi (N. del T.).
[27] )- Basnage, Histoire des Juifs, t. IX, p. 246, y Wagenseil, Excercitations.
[28] )- Entre los chetchnas, establecido en el Este y el Noroeste del Cáucaso, el tipo judío está muy difundido, así como entre los andis del Daguestán. Los tatas del Mar Negro se consideran judíos y existen muchos judíos en las tribus tártaras, por ejemplo entre los kumiks (Véase Erckert, Der Kaukasus und seine Völker, Leipzig, 1887).
[29] )- En cuanto a los judíos dolicocéfalos del África y de Italia, véanse los trabajos de Pruner-Bey (Mémoire de la Société d'Anthropologie, II, p. 432, y III, p. 82) y de Lombroso. Para los judíos braquicéfalos, véase Kopernicki y Mayer, Caractéres physiques de la population de la Galicie, Cracovia, 1876 (en polaco).
[30] )- Los cabileños son de raza bereber (N. del T.).
[31] )- Mardochée Aby Serour, Les Daggatouns, París, 1880.
[32] )- Véase para los falachas, d'Abbadie, Nouvelles annales de voyages, 1845, 111, p. 18, y Luzzato, Ph., Archives Israélites, 1851-54.
[33] )- Schwartz, Elie, Le peuple de Dieu en Chine, Estrasburgo, 1880, Abate Sionnet, Essai sur les Juifs de la Chine, París, 1837.
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