VIII
EL ANTIJUDAISMO LEGAL MODERNO
El judaísmo emancipado - La situación de los judíos en la sociedad - La usura y los asuntos de Alsacia - Napoleón y la organización administrativa de la religión judía - El Gran Sanhedrín - Las leyes restrictivas y la liberación progresiva en Francia - La emancipación en Holanda - La emancipación en Italia y en Alemania - La reacción antinapoleónica y los judíos - El renacimiento de la legislación antijudía - Los movimientos populares - La emancipación en Inglaterra - En Austria - La Revolución de 1848 y los judíos - El final del antijudaísmo legal en Occidente - El antijudaísmo oriental - Los judíos en Rumania - Los judíos rusos - Las persecuciones - Cuestión social y cuestión religiosa.
El 27 de septiembre de 1791, después de discusiones anteriores como consecuencia de las cuales toda decisión sobre la emancipación de los judíos había sido postergada, la Asamblea Constituyente votó, a propuesta de Dupont y merced a la intervención de Regnault de Saint-Jean d'Angély, la admisión de los judíos como ciudadanos activos. Este decreto estaba preparado desde hacía tiempo: preparado por la obra de la comisión reunida por Luis XVI y que presidía Malesherbes; preparada por los escritos de Lessing y de Dohm y por los de Mirabeau y de Grégoire. Era la conclusión lógica de los esfuerzos realizados desde hacía unos años por los judíos y los filósofos. Mendelsohn, en Alemania, había sido su promotor y su más activo defensor y fue en Berlín, en los salones de Henriette de Lemos, que Mirabeau encontró sus inspiraciones, después de Dohm.
Cierta categoría de judíos, por lo demás, ya se había emancipado. En Alemania, los judíos de corte (Hofjuden) habían adquirido privilegios comerciales. Hasta se les otorgaba, contra dinero, títulos de nobleza. En Francia, los marranos portugueses, retornados al judaísmo, gozaban de grandes libertades y, con la dirección de sus síndicos, prosperaban en Burdeos; cierto es, muy indiferentes ante la suerte de sus hermanos desdichados, pero muy influyentes, puesto que uno de ellos, Gradis, estuvo por ser nombrado diputado en los Estados Generales. Hasta en Alsacia ciertos israelitas habían conseguida importantes favores: Cerf Beer, por ejemplo, proveedor de los ejércitos de Luis XV, a quien el rey había dado cartas de naturalización y el título de marqués de Tombelaine. [1]
Gracias a todos esos privilegios, se había constituido una clase de judíos ricos, que habían tomado contacto con la sociedad cristiana, clase ésta de mente abierta y sutil, inteligente y refinada, de un intelectualismo extremo, que había abandonado, como muchos cristianos, la letra de su religión o hasta la fe y sólo había conservado un idealismo místico que se conciliaba como podía con un racionalismo liberal. Fue sobre todo en Berlín, ciudad joven y centro de un reino que nacía para la gloria – ciudad más fácil y menos tradicional – que se operó la fusión de este grupo de judíos y de la élite que conducía Lessing. En casa de Henriette de Lemos y de Rachel de Varnhagen se encontraba la joven Alemania. El romanticismo alemán acababa, por obra de estas damas judías, de impregnarse de espinozismo. Schleiermacher y Humboldt las frecuentaban y, si se puede decir que fue la Asamblea Constituyente la que decretó la emancipación de los judíos, fue en Alemania donde se preparó.
Sin embargo, el número de esos judíos capaces de entrar en las naciones era extremadamente reducido, tanto más cuanto que la mayor parte acababa – tal como las hijas de Mendelsohn, y, más tarde, Boerne y Heine – convirtiéndose y ya no existía como israelita. En cuanto a la masa judía, se encontraba en condiciones muy distintas.
El decreto de 1791 liberaba a todos esos parias de una secular servidumbre. Rompía todas las ataduras que las leyes les habían impuesto. Los sacaba de los ghettos de todo tipo en los cuales estaban encarcelados. De ganado que eran, los convertía en seres humanos. Pero si bien podía así devolverlos a la libertad y si bien le fue posible abolir en un día la obra legislativa de los siglos, no podía deshacer su obra moral y, sobre todo, era impotente para quebrar las cadenas que los mismos judíos se habían forjado. Los judíos estaban emancipados legalmente; no lo estaban moralmente. Conservaban su modo de vida, sus costumbres y sus prejuicios; prejuicios éstos que también conservaban sus conciudadanos de las otras confesiones. Estaban felices de escapar de su abyección, pero miraban a su alrededor con desconfianza y sospechaban hasta de sus libertadores.
Durante siglos, habían visto con asco y terror el mundo que los rechazaba. Habían sufrido por su culpa, pero, más aún, habían temido perder, por su contacto con él, su personalidad y su fe. Más de un viejo judío debió, en 1791, mirar con angustia esta nueva existencia que se le abría. Ni siquiera estaría yo sorprendido que hubiera habido algunos a cuyos ojos la liberación hubiera parecido una desgracia o una abominación. Muchos de estos miserables estaban encariñados con su rebajamiento y su enclaustramiento que los, mantenía alejados del pecado y la impureza, y el esfuerzo de la mayoría tendió a seguir siendo ellos mismos en medio de extranjeros entre los cuales se los arrojaba. Fue la parte esclarecida, inteligente y reformadora de los judíos, la que sufría por su situación inferior y el envilecimiento de sus correligionarios, la que trabajó para su emancipación. Pero tampoco ella pudo transformar repentinamente a aquellos para quienes había reclamado el derecho de ser criaturas humanas.
El yo judaico no fue cambiado por el decreto emancipador, y tampoco el modo como este yo se manifestaba. Desde el punto de vista económico, los judíos siguieron siendo lo que eran. Hablo por supuesto de la mayoría: unos improductivos, vale decir unos ropavejeros, unos prestamistas y unos usureros, y no pudieron ser otra cosa dado sus hábitos y las condiciones en las cuales habían vivido. Si dejamos a un lado una ínfima minoría entre ellos, no tenían otras aptitudes y aún hoy en día una cantidad considerable de judíos se encuentran en el mismo estado. Estas aptitudes, no dejaron de aplicarlas y hallaron más que nunca la oportunidad de hacerlo en este período de perturbaciones y desorden. En Francia se aprovecharon de los acontecimientos, y los acontecimientos les resultaron muy favorables. Fueron en Alsacia, por ejemplo, los auxiliares de los campesinos a quienes prestaron, con elevados intereses, los capitales necesarios para la adquisición de los bienes nacionales. [2] Antes de la revolución, ya eran en esa provincia los usureros naturales, los que cargaban con el odio y el desprecio. [3] Después de la revolución, estos mismos campesinos que otrora fabricaban falsos recibos [4] para escapar de las garras de sus acreedores, recurrieron a ellos. Gracias a los judíos alsacianos, la nueva propiedad [5] se constituyó en Alsacia, pero pretendieron sacar provecho de ella, amplia y usurariamente. Los deudores protestaron. Afirmaron que estarían arruinados si no se los ayudaba, y en eso exageraban, puesto que ellos, que no poseían nada antes de 1789, habían adquirido dieciocho años después campos por 60 millones, sobre los cuales debían 9.500.000 francos a los judíos. Sin embargo, Napoleón los escuchó y, durante un año, suspendió la ejecución de los fallos pronunciados a favor de los usureros judíos del Alto Rin, el Bajo Rin y las provincias renanas. A eso no se limitó su obra. En los considerandos del decreto suspensivo del 30 de mayo de 1806, mostraba que no consideraba suficientes las medidas represivas y que era necesario hacer desaparecer la fuente del mal.
"Estas circunstancias – decía el texto en cuestión – nos han llevado a considerar al mismo tiempo cuán urgente era reanimar, entre los que profesan la religión judía en los países sometidos a nuestra obediencia, los sentimientos de moral cívica que, desgraciadamente, han sido apagados en un número demasiado grande de ellos por el estado de rebajamiento en el cual languidecieron durante un tiempo demasiado largo, estado éste que no es nuestro propósito mantener ni restablecer."
Para reavivar estos sentimientos o, más bien, para hacerlos nacer, quiso plegar la religión judía a la disciplina, jerarquizarla como había jerarquizado al resto de la nación y conformarla al plan general. Siendo primer cónsul, había dejado el culto judío a un lado. Quiso corregir este olvido y convocó una asamblea de notables judíos, cuyo papel debía consistir en "deliberar sobre los medios de mejorar la nación judía y difundir entre sus miembros el gusto por las artes y oficios útiles" y organizar administrativamente el judaísmo. Un cuestionario fue distribuido a los notables judíos y, después de que hubiera sido contestado, el Emperador reunió un Gran Sanhedrín encargado de conferir a las respuestas de la primera asamblea una autoridad religiosa.
El Sanhedrín declaró que a ley mosaica contenía disposiciones religiosas obligatorias y disposiciones políticas. Estas últimas concernían al pueblo de Israel cuando era un pueblo autónomo y habían perdido vigencia desde que los judíos se habían difundido entre las naciones. Prohibió hacer distinciones, en el futuro, entre judíos y cristianos en lo que atañía a los préstamos y condenó cualquier tipo de usura.
Estas declaraciones mostraban que los notables judíos, que pertenecían en su mayor parte a esa minoría que ya he mencionado, sabían acomodarse al nuevo estado de cosas, pero no podían de ninguna manera representar las disposiciones de la masa. En eso Napoleón se equivocó. Lo engañó su amor al orden, al reglamento y a la ley y su creencia en su eficacia. Se imaginó, probablemente, que un Sanhedrín era un concilio, y no había nada de eso. Las decisiones del Sanhedrín sólo tenían, en cualquiera de sus aspectos, el valor de opiniones personales. No comprometían de ningún modo a los judíos. No tenían autoridad alguna y no existían sanciones para hacerlas prevalecer. La única obra de esa asamblea fue una obra administrativa: la organización de los consistorios. En cuanto a la obra moral, fue nula y los hombres que habían sido reunidos eran incapaces de cambiar las costumbres. Lo sabían muy bien, por lo demás, y sólo pudieron registrar cosas ya adquiridas. Así abolieron la poligamia que ya no se practicaba más desde hacía varios siglos. Para creer que un sínodo tiene el poder de imponer el amor del prójimo o de prohibir la usura que un estado social facilita, hacía falta el candor de legista de Napoleón. La prohibición imperial a los judíos de proveer reemplazantes para el servicio militar hecha con el propósito de infundirles la grandeza de sus deberes cívicos, debió de tener la misma influencia que las prescripciones sinodales. [6]
Lo mismo sucedió con el decreto del 17 de marzo de 1808, que prohibía a los judíos dedicarse al comercio sin una patente nominal expedida por el prefecto y de inscribir hipotecas sin autorización. Además, estaba vedado a los judíos radicarse en Alsacia y los países renanos, y a los judíos alsacianos, establecerse en otros departamentos, salvo para dedicarse a la agricultura. [7] Estos decretos, válidos por diez años, no hicieron un solo judío agricultor y, si algunos se convirtieron en patriotas, la obligación que tenían de pasar por el ejército no contribuyó al cambio. Fueron éstas las últimas leyes restrictivas en Francia. La asimilación legal acabó de cumplirse en 1830, cuando Lafitte hizo inscribir el culto judío en el presupuesto. Lo cual significaba el desmoronamiento definitivo del Estado cristiano, aunque el Estado laico no estuviera del todo constituido. En 1839 el último vestigio de las antiguas separaciones entre judíos y cristianos desaparecieron con la abolición del juramento more judaico. La asimilación moral no fue tan completa.
Pero sólo hemos hablado hasta ahora de la emancipación de los judíos franceses. Nos queda por ver la influencia que tuvo sobre los judíos de Europa. [8] En Holanda, ya en 1796, cuando la fundación de la República Batava, la Asamblea Nacional dio a los judíos derechos de ciudadanía y su situación, reglamentada más tarde por Luis Bonaparte, fue determinada de modo definitivo por Guillermo I en 1815. Es cierto que, desde el siglo XVI, los judíos holandeses gozaban de importantes privilegios y de una libertad bastante grande. La Revolución sólo fue la causa determinante de su liberación. En Italia y Alemania fueron los ejércitos de la República y el Imperio los que llevaron a los judíos a la emancipación. Napoleón se convirtió en el héroe y el dios de Israel, el libertador esperado, aquél cuya mano poderosa abatía las puertas del ghetto. Entró en todas las ciudades bajo las aclamaciones de los judíos – el modo cómo Henri Heine lo celebró es testimonio del hecho – que sentían perfectamente que su causa estaba ligada al triunfo de las águilas.
Por ello, después de la caída de Bonaparte, los judíos estuvieron entre los primeros que alcanzó la reacción antinapoleónica. Con la exaltación del patriotismo coincidió un retorno al antijudaísmo. La emancipación era obra francesa. Había, por lo tanto, que juzgarla mala. Era, además, obra revolucionaria, y se reaccionaba contra la revolución y las ideas igualitarias. Al mismo tiempo que se restauraba el Estado cristiano, se echaba de él a los judíos. Fue en Alemania sobre todo donde la antigua concepción religiosa del Estado renació con un nuevo brillo, y también fue sobre todo en Alemania donde el antijudaísmo se manifestó más vivamente. Pero el renacimiento de la legislación antijudía fue general. En Italia se volvió a la legislación de 1770. En Alemania, el congreso de Viena abolió todas las disposiciones imperiales relativas a los judíos, sin dejarles más derechos que los otorgados por los gobiernos alemanes legítimos. Las ciudades y municipios, como consecuencia de las decisiones del congreso, se mostraron durísimos para con los israelitas. Lübeck y Bremen los expulsaron. Francfort hizo como Roma: los encerró de nuevo en sus antiguos barrios. [9] A las medidas legales correspondieron naturalmente movimientos populares. En un momento en que el patriotismo estaba excitadísimo, cualquier limitación de los derechos de los extranjeros era bien acogida. Ahora bien: los judíos eran los extranjeros por excelencia, los que mejor representaban a los extranjeros nocivos. Por ello, hacia 1820, vale decir en el momento en que este estado de espíritu alcanzó su paroxismo, la muchedumbre, en muchos lugares, se echó contra los judíos y, si bien no los mató, sí los maltrató fuertemente.
Los treinta años que siguieron a la desaparición de Napoleón no vieron, pues, grandes progresos para los judíos. En Inglaterra, donde sin embargo se los trataba de hecho con bastante liberalidad, se seguía considerándolos como disidentes y se los sometía – como a los católicos, por lo demás – a ciertas obligaciones. No fue sino poco a poco que vieron modificarse su condición, y la historia de su emancipación es un episodio de la lucha entre la Cámara de los Comunes y la de los Lores. Fue recién en 1860 que quedaron completamente asimilados a los demás ciudadanos ingleses.
En Austria, habían sido emancipados en parte por el Edicto de Tolerancia de José II (1785), pero tuvieron que sufrir la misma reacción. La revolución había sido demasiado funesta para la casa de Austria para que aceptara de ella aun esta casi igualdad de los judíos, que había querido un soberano demócrata y filósofo. Recién en 1848 los israelitas austríacos se convirtieron en ciudadanos. [10]
En la misma época, su emancipación se hizo en Alemania, [11] en Grecia, en Suecia y en Dinamarca. De nuevo, debieron su independencia al espíritu revolucionario que una vez más vino de Francia. Veremos, por lo demás, que no fueron extraños a este gran movimiento que agitó toda Europa. En algunos países, especialmente en Alemania, ayudaron a prepararlo y fueron los defensores de la libertad. También fueron los primeros en beneficiarse con ella, pues se puede decir que, después de 1848, el antijudaísmo legal terminó en Occidente. Poco a poco las últimas trabas caen y las últimas restricciones son abolidas. En 1870, la caída del poder temporal de los papas hizo desaparecer el último ghetto occidental y los judíos pudieron ser ciudadanos aun en la ciudad de San Pedro.
Desde entonces, el antijudaísmo se transformó. Se hizo puramente literario. No fue más que una opinión, y esta opinión no tuvo más incidencia en las leyes. Pero antes de examinar este antisemitismo escrito del siglo XIX, antisemitismo éste que hasta 1870 coexistió con una reglamentación restrictiva en algunos países, hemos de hablar de los Estados cristianos de Europa oriental donde el antijudaísmo es, aun en nuestros días, legal y perseguidor, vale decir Rumania y Rusia.
Los judíos establecidos en Rumania, [12] es decir en los países moldovalacos, desde el siglo XIV, sólo llegaron masivamente a principios del presente siglo [13] y, como consecuencia de la emigración húngara y rusa, son ahora trescientos mil. Durante muchísimos años vivieron tranquilos. Dependían naturalmente de los boyardos que tenían preponderancia en el país y les alquilaban los derechos de venta de alcohol, cuyo monopolio tenían esos señores. Como eran necesarios para los nobles como recaudadores de impuestos, agentes fiscales e intermediarios de toda índole, estos últimos eran más bien propensos a otorgarles privilegios, y ellos sólo tenían que temer el exceso de las supersticiones o de las cóleras populares.
La persecución oficial contra los judíos sólo empezó en 1856, cuando Rumania se dio un régimen representativo y cayó así el poder en manos de la clase burguesa. El tratado de París de 1858, que precedió a la unión de Moldavia y Valaquia, reconocía a los moldovacos, sin distinción de religión, el goce de los derechos civiles. A pesar del texto formal del tratado, los judíos fueron excluidos de los beneficios de la ciudadanía y el gobierno rumano contestó las presentaciones que se le hicieron diciendo que los judíos eran extranjeros. Desde aquel entonces, las medidas restrictivas se agravaron. Los israelitas no pudieron obtener grados. Se les quitó el derecho de domicilió permanente en la campiña. Se les prohibió poseer inmuebles – salvo en las ciudades – ni tierras o viñedos. No pudieron arrendar campos, ni tener hoteles y despachos de bebidas fuera de las ciudades, ni vender alcohol, ni tener sirvientes cristianos, ni edificar nuevas sinagogas. Alguna de estas decisiones las tomaban arbitrariamente ciertos municipios. En otras aldeas, por lo contrario, los judíos eran tolerados. Este estado de cosas duró hasta 1867. En esa época, el ministro Juan Bratianu publicó una circular en la cual recordaba que los judíos no tenían derecho a permanecer en municipios rurales ni a arrendar propiedades en ellos. Como consecuencia de esta circular, los judíos fueron expulsados de las aldeas en las que vivían. Se los condenó como vagabundos y las expulsiones se sucedieron hasta 1877. Por lo general las provocaban motines, en Bucarest, Jassy, Calatz, Tucuciú y otros lugares más, motines éstos durante los cuales se profanaban los cementerios y se quemaban las sinagogas.
¿Cuáles eran y cuáles son todavía las causas de esta legislación especial y de esta animosidad de los rumanos contra los judíos? No son únicamente religiosas y no se trata, a pesar de la persistencia de los prejuicios atávicos, de una guerra confesional. Los judíos rumanos, sobre todo en el momento de la formación de Rumania, constituían en los países moldovalacos aglomeraciones completamente separadas del grueso de la población. [14] Llevaban un hábito especial, vivían en barrios reservados para escapar de las máculas, y hablaban una jerga judeoalemana que acababa de distinguirlos. Vivían bajo la dominación de sus rabinos, talmudistas estrechos, cerrados e ignorantes, de quienes recibían en las escuelas judías – las Heder – una educación que contribuía a perpetuar su rebajamiento intelectual y su envilecimiento.
Fueron las víctimas de este aislamiento que debían al fanatismo de los rabinos que los dirigían. En un país que nacía, que adquiría una nacionalidad y tendía hacia la unidad, las pasiones patrióticas estaban sobremanera excitadas. Hubo un panrumanismo, así como hubo un pangermanismo o un paneslavismo. Se discutió sobre la raza rumana, su integridad, su pureza y el peligro que había en dejar adulterarla. Se fundaron asociaciones para resistir la invasión extranjera y, sobre todo, para resistir la invasión judía. Los maestros y los profesores universitarios fueron el alma de esas sociedades. Como en Alemania, fueron ellos los que se mostraron como los antisemitas más activos. Consideraban a los judíos como los agentes y los apóstoles del germanismo y fue para repelerlos o contenerlos que se convirtieron en instigadores de la legislación restrictiva. Reprochaban a los judíos formar un estado en el estado, lo que era cierto, y, perpetua contradicción del antijudaísmo, legislaban para mantenerlos en esta situación que consideraban peligrosa. Afirmaban que la educación judaica deformaba las mentes de los que la recibían y los hacía ineptos para la vida social, lo que era demasiado exacto, y acababan prohibiendo a los judíos recibir la instrucción dada a los cristianos, instrucción ésta que los habría sacado de su abyección.
Pero los universitarios no fueron los únicos antisemitas de Rumania y, al lado de causas patrióticas, hubo causas económicas. Fue con el advenimiento de la burguesía, ya lo he dicho, que nació el antisemitismo, porque esta clase burguesa, compuesta de comerciantes e industriales, estaba en competencia con los judíos que se dedicaban exclusivamente al comercio y a la industria, cuando no a la usura. La burguesía tenía sumo interés en hacer votar leyes protectoras, leyes éstas que no estaban dirigidas nominalmente contra los judíos sino contra los extranjeros y que tenían principalmente por propósito trabar la expansión de rivales temibles. Lo consiguió fomentando hábilmente motines que permitieron a sus representantes en el parlamento proponer nuevas reglamentaciones. Por ello se pueden reducir a una sola estas distintas causas de antisemitismo: el proteccionismo nacional, y este proteccionismo es habilísimo, pues, al mismo tiempo que niega todos los derechos cívicos a los judíos, les impone el servicio militar, lo que también es contradictorio, puesto que nadie, que no sea ciudadano puede formar parte de un ejército nacional. [15]
Más dura todavía, más penosa que en Rumania es la situación de los judíos en Rusia. Su historia en ese país, adonde llegaron ya en el siglo III antes de Cristo, fundando colonias en Crimea, fue la de los judíos de toda Europa. En el siglo XII, fueron expulsados y no se los llamó nunca de vuelta. Sin embargo, Rusia cuenta hoy en día con cuatro millones y medio de judíos, y no se puede decir que esos judíos la hayan invadido, como dicen los antisemitas, puesto que Rusia los conquistó al apoderarse en 1769 de Rusia Blanca y, luego, de las provincias polacas y de Crimea, que contenían un número considerable de israelitas. En el momento de dicha conquista, no se podía pensar en aplicarles el ukase de 1742 que de nuevo había echado a los judíos. Por un lado, el rechazo de algunos millones de individuos hacia los estados circunvecinos no hubiera sido cosa fácil; por otro, el comercio, la industria y, sobre todo, el fisco habrían sufrido consecuencias negativas de tal expulsión masiva. Catalina II encerró entonces a los judíos en Rusia Blanca y Crimea – que constituyeron entonces el Territorio judío – y en Polonia. Sólo les estaba permitido salir de este ghetto territorial en ciertos casos y bajo ciertas condiciones.
Todo el antisemitismo moderno en Rusia, antisemitismo éste que es sobre todo un antisemitismo oficial, consiste en impedir a los judíos sustraerse a los ukasessenatoriales de los que acabamos de hablar. Rusia se ha resignado a tener sus judíos, pero ha querido dejarlos donde los había tomado. Sin embargo, hubo para los judíos alternativas felices, o menos infelices. Alejandro I los autorizó en 1808 a radicarse en los dominios de la corona, con tal de desempeñarse como agricultores. Nicolás les permitió viajar por necesidades de su comercio. Pudieron entrar en las universidades y, con Alejandro II, su posición mejoró más aún. [16]
Después del asesinato de Alejandro II, la reacción autoritaria fue espantosa, en Rusia. La bomba de los nihilistas desencadenó un abominable despertar del absolutismo. Se sobrexcitó el espíritu nacional y ortodoxo. Se atribuyó el movimiento liberal y revolucionario a las influencias extranjeras y, para apartar al pueblo de la propaganda nihilista, se lo lanzó contra los judíos. De ahí las matanzas de 1881 y 82, durante las cuales la muchedumbre incendiaba las casas israelitas, saqueaba y mataba a los judíos diciendo: "Nuestro padrecito el Czar así lo quiere".
Después de estos motines, el General Ignatieff promulgó las leyes de mayo de 1882. Estas leyes decían: "A título de medida temporaria y hasta la revisión general de las leyes que regulan la situación de los israelitas, queda prohibido a los israelitas establecerse, de ahora en adelante, fuera de las ciudades y aldeas. Se exceptúan las comunidades israelitas ya existentes en las cuales los israelitas se dedican a la agricultura.
"2° Hasta nuevo aviso, no tendrán efecto los contratos hechos a nombre de un israelita y que tuvieran por objeto la compra, la hipoteca o la locación de inmuebles rurales, situados fuera de las ciudades y aldeas. Es igualmente nulo el mandato otorgado a un israelita para administrar bienes de la naturaleza indicada más arriba o disponer de ellos.
"3° Queda prohibido a los israelitas dedicarse al comercio en domingo y en los días feriados de la religión cristiana. Las leyes que obligan a los cristianos a cerrar sus casas de comercio durante esos días se aplicarán a las casas de comercio de los israelitas.
"4° Las medidas arriba mencionadas sólo se aplicarán en los gobiernos que se encuentran en todo el territorio judío."
Estas leyes fueron promulgadas a título de medida temporaria. Por ello, en 1883, se reunió una comisión, con la presidencia del Conde Pahlen, para resolver definitivamente la cuestión judía. Esta comisión llegó a conclusiones muy liberales. Pedía que se otorgasen ciertos derechos civiles a los judíos. Gracias a la influencia del señor Pobedonotseff, procurador del Santo Sínodo, el informe de la comisión Pahlen quedó en letra muerta y las leyes de mayo se aplicaron. Posteriormente, y sobre todo a partir de 1890, las persecuciones se han acrecentado. Se ha reducido el Territorio al prohibir a los judíos la entrada en ciertas plazas fuertes y al crear una zona fronteriza en que los judíos no pueden domiciliarse. Se abrogó el ukase de 1865 por el cual Alejandro II autorizaba a los artesanos "hábiles" a radicarse en todo el imperio. Así se encerraron en las ciudades del Territorio alrededor de tres millones de judíos, mientras que un millón están instalados en Polonia y 500.000 privilegiados, comerciantes de primera guilda, financistas y estudiantes, por toda Rusia.
En las ciudades del Territorio, los judíos son mayoría y sus condiciones de vida son espantosas. Amontonados en casas malsanas donde viven en la peor pobreza, hundidos en una miseria al lado de la cual la miseria que se encuentra en París, Berlín y Londres es prosperidad, reducidos a la desocupación durante parte del año y sólo encontrando trabajo en la otra parte con tal de contentarse con salarios irrisorios, salarios éstos cuya tasa ha bajado tanto que ha caído a 0,40 y 0,50 por día, y multiplicándose sin cesar a causa de su pobreza misma, estos desgraciados agonizan lentamente y están a merced de todos los cóleras, todos los tifus y todas las pestes. Día tras día su estado se agrava y su desesperación aumenta. Se amontonan en las ciudades como un ganado demasiado apretado en establos demasiado estrechos, y no se vislumbra para ellos ninguna esperanza de liberación. Sólo pueden elegir entre tres alternativas: convertirse, emigrar o morir. Es esto lo que había previsto el señor Pobedonotseff, el procurador del Santo Sínodo, cuando exigía la aplicación de las leyes de Ignatieff.
Además de este confinamiento sistemático, otras medidas han sido tomadas contra los judíos. Se les prohíbe ciertos empleos y ciertas profesiones. Se expulsan de los hospitales a los que trabajan en ellos como enfermeros. Se despiden a los que son empleados de las compañías de ferrocarril y de las compañías de navegación. Se limita el número de los que tienen derecho a ingresar en las universidades, las escuelas superiores y los gimnasios. Se les impide ser abogados, procuradores, médicos e ingenieros o, por lo menos, sólo se los autoriza muy excepcionalmente a ejercer estas profesiones. Se les cierra sus propias escuelas. Ni siquiera se los admite en los hospitales. Se los carga con impuestos especiales: sobre sus alquileres, sobre sus herencias, sobre la carne que matan, sobre las velas que encienden el viernes a la noche y sobre las gorritas con que se cubren la cabeza durante las ceremonias religiosas, aun las privadas.
Al lado de estas tasas oficiales, decretadas por el gobierno, sufren la explotación de la administración y la policía rusas, las más corruptas, las más venales y las más abyectas de Europa. La mitad de los recursos de la clase media judía, dicen Weber y Kempater y Harold Frédéric, [17] va a la policía. Cualquier judío de buena condición económica es víctima de un chantaje perpetuo. En cuanto a aquellos – la mayoría – que son demasiado miserables para poder pagar, se los somete a los tratos más odiosos y mis inhumanos, obligándolos a doblegarse ante todos los caprichos de los policías brutales que los regentean y los martirizan, como martirizan, por lo demás, a los nihilistas y a los sospechosos de liberalismo que la horrible autocracia czarista pone bajo su autoridad. [18]
¿Por qué este trato, esta persecución abominable? Porque, contestan los antisemitas, estos cuatro millones y medio de judíos explotan a los noventa millones de rusos. ¿Cómo los explotan? Mediante la usura. Ahora bien: el noventa por ciento de los judíos rusos no tienen nada y hay apenas, en Rusia, diez a quince mil judíos que son detentadores de capitales. De estos diez a quince mil, unos son comerciantes y los demás, financistas y, por cierto, practican el agio, cuando no la usura. En fin una ínfima minoría vivía otrora en las aldeas y prestaba a los campesinos. Se echó a estos últimos de las campiñas, pero se ha dejado muy tranquilos a los comerciantes, los financistas y, en general, a todos aquellos que, siendo ricos, pueden pagar los privilegios. Por lo tanto, si se quería alcanzar a los explotadores, hubo equivocación, pues se perjudicó sobre todo a los artesanos y a los miserables. ¿Se consiguió, por lo menos, un mejoramiento de la situación de los campesinos? No. El campesino ruso, agobiado de impuestos desde su liberación y explotado por el fisco y por los agentes del gobierno, es presa fácil para los usureros. El judío fue sustituido por el kulak (el campesino prestamista) que ya actuaba en todas las aldeas rusas donde no había judíos, vale decir en la mayoría de las aldeas rusas. Ahora bien: no se ha tomado medida alguna contra los kulaki. La expulsión de los judíos no tuvo por causa, pues, la defensa de los campesinos.
También fomentan el alcoholismo, según se afirma. Sin embargo, decía Katkorff, fidedigno puesto que era antisemita, el alcoholismo está más difundido en el centro y el norte de Rusia, lugares éstos donde sólo hay pocos judíos, que en el sudoeste donde ejercen la profesión de cantineros. Nada más natural: el alcohol, que ya es una necesidad para los míseros cuya nutrición es insuficiente, es aún más necesario en los países fríos. Si los judíos no fueran cantineros, otros los reemplazarían. Por lo demás, la expulsión de los judíos no es lucha contra el alcoholismo, puesto que no se tomó medida alguna contra los vendedores cristianos de bebidas alcohólicas, más numerosos que los comerciantes israelitas.
No nos podemos ocupar aquí de los fraudes que se reprochan a los negociantes judíos ricos, puesto que precisamente estos negociantes ocupan una situación privilegiada. En cuanto a los procedimientos desleales de parte de la masa miserable, los que la componen están en una situación tal que "si no saquearan, los alimentos les faltarían" [19]y se encuentran así en el mismo estado que un gran número de rusos ortodoxos que el estado social y económico de Rusia lleva a ser poco escrupulosos para poder vivir.[20]
¿Cuáles son, pues, las causas verdaderas del antisemitismo? Son políticas y religiosas. El antisemitismo no es de ninguna manera un movimiento popular en Rusia: es puramente oficial. El pueblo ruso, agobiado de miseria, aplastado por los, impuestos, sometido a la tiranía más atroz, amargado por las violencias administrativas y la arbitrariedad gubernamental y cargado de sufrimiento y humillaciones, se encuentra en una situación intolerable. Habitualmente resignado, es capaz de ira. Sus sediciones y sus revueltas son de temer. Los motines antisemitas pueden desviar el furor popular. Es ésta la razón por la cual el gobierno los ha alentado y, a menudo, provocado. En cuanto a los campesinos o los obreros, se lanzaban contra los judíos porque, decían, "el judío y el noble se valen, pero es más fácil pegarle al judío". [21] Así se explica el saqueo de los ricos comerciantes y de los opulentos prestamistas judíos y también, a veces, de rebote, de los miserables obreros israelitas, y es desgarrador ver a esos desheredados echarse unos contra otros en lugar de unirse contra el zarismo opresor.
La posibilidad de la unión de estas dos miserias tal vez sea presentida por los que tienen interés en engendrar y perpetuar su antagonismo y vieron, en efecto, durante los disturbios de 1881 y 1882, a los revoltosos saquear y quemar tantas casas cristianas. Después de la muerte de Alejandro II, se hizo urgente borrar de la memoria de losmuzhiki y los proletarios el recuerdo de los intentos libertadores de los nihilistas. La revolución fue más que nunca la hidra y el dragón espantoso de los cuales había que proteger la santa Rusia. Se pensó conseguirlo mediante una vuelta a las ideas ortodoxas. Todo el mal, se decía, viene del extranjero, del hereje, del que ensucia el suelo sagrado. Era ésta la teoría de Ignatieff, es la de Pobedonotseff y del Santo Sínodo y también, probablemente, la del pobre Alejandro III a quien el miedo enloquece y al que Pobedonotseff guía como a un niño de mente débil. Se echaron contra los judíos del mismo modo que tomaron medidas contra los alemanes, los católicos y los luteranos, contra todos aquellos que no eran de raza eslava o no pertenecían a la ortodoxia griega. [22] Sin embargo, la persecución fue más activa contra los judíos, pues no era preciso tomar a su respecto los cuidados diplomáticos que se imponían respecto de los católicos, los luteranos y los alemanes. Si se hubiera masacrado a los católicos rusos, Europa entera se habría levantado; a los judíos se los pudo matar impunemente. Por lo demás, y por las mismas razones que los judíos rumanos, los judíos rusos se distinguen del resto de la población por sus costumbres, su modo de vida y su educación – salvo la minoría esclarecida, muy inteligente, de los jóvenes judíos que se precipitaban en las universidades antes de que se les cerraran sus puertas. Tienen una organización interna, la del Kahal, que les da una especie de autonomía, y resulta más fácil denunciarlos como un peligro, con gran provecho para las instituciones establecidas y también para los capitalistas ortodoxos que escapan así de la ira popular cuya explosión es siempre de temer.
A menudo se ha negado que el antisemitismo oficial tuviera un origen religioso. Esto no es discutible, sin embargo, y los rusos tal vez renunciaran al paneslavismo para lograr la unidad religiosa que les parece – por lo menos a algunos – indispensable para lograr la unidad del Estado. La cuestión nacional y la cuestión religiosa se confunden, en Rusia, pues el Zar es a la vez jefe temporal y jefe espiritual: César y Papa. Pero se da más importancia a la fe que a la raza, y lo prueba el hecho de que cualquier judío que consiente en convertirse no es expulsado. Por el contrario, se alienta al judío a pasarse a la ortodoxia. Cualquier niño israelita, a partir de los catorce años, puede abjurar contra la voluntad de sus padres. Un converso casado se encuentra librado de los vínculos que lo unen a su mujer y sus hijos. Una conversa rompe, por el hecho de su conversión, los compromisos matrimoniales. Pero los cónyuges que no se convierten siguen considerándose casados. En fin los conversos adultos reciben, al momento de abjurar, una suma de quince a treinta rublos, y los conversos niños, una suma de siete a quince rublos. Para llevar a los judíos a adoptar la religión ortodoxa, se suprimen las escuelas rabínicas. Se restringe el número de las sinagogas – la sinagoga de Moscú fue cerrada en 1892 como cosa indecente – y hasta se prohíbe a los judíos reunirse para rezar. ¿Qué pasa, entonces, con los reproches de los antisemitas contra los judíos, cuando consienten conservar entre ellos a esos judíos hechos cristianos, sabiendo perfectamente que el cristianismo no hará renunciar a su papel social a los que no son artesanos sino intermediarios y capitalistas? [23]
Así, en esa Europa oriental, donde el estado actual de los judíos representa bastante bien lo que fue su situación en la Edad Media, podemos decir que las causas de antisemitismo son de dos especies: causas sociales y causas religiosas unidas a causas patrióticas. Ahora tenemos que ver cuáles son los motivos que alimentan el antisemitismo en los países en los cuales se ha convertido de legal en literario y, ante todo, examinar esta transformación y las manifestaciones a las cuales ha dado lugar.
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[1] )- Se trataba, por parte de Luis XV, de una broma de mal gusto, agraviante para su destinatario. Tombelaine significa "esquilmador" (N. del T.).
[2] )- Bienes de los gremios, la Iglesia y los nobles emigrados, que el gobierno vendía en subastas públicas (N. del T.)
[3] )- Hay que notar que, igual que en la Edad Media, los judíos de Alsacia eran los testaferros y los intermediarios de usureros cristianos (Véase Halphen, Recueil des lois et décrets concernant les israélites, París, 1851, y La pétition des Juifs établis en France adressée d l'Assemblee Nationale le 28 janvier 1790).
[4] )- Sobre los judíos de Alsacia, antes y después de la Revolución, véase Grégoire, Essai sur la regénération des Juifs, Dohm, De la réforme politique des Juifs, Fauchille, Paul, La question juive en France sous le premier Empire.
[5] )- O sea la propiedad individualista – el jus utendi et abutendi del derecho bizantino – en lugar de la propiedad considerada como una función social, tal como regía en el Antiguo Régimen (N. del T.).
[6] )- Halphen, Recueil des lois et décrets. La legislación vigente desde 1789 hasta principios del presente siglo permitía a los jóvenes burgueses eximirse de sus obligaciones militares mediante pago de un reemplazante (N. del T.).
[7] )- Halphen, ob. citada.
[8] )- No hablaré en este libro de los judíos modernos de los países musulmanes: judíos de Turquía, del Asia Menor, de Tripolitana y de Persia. Está bien claro que allá la enemistad tiene otras causas que en los países cristianos, y no son principios, o por lo menos ideas e instintos muy distintos los que guían a los mahometanos. El antisemitismo, en el sentido contemporáneo, no existe en ninguno de esos países, pero la hostilidad para con los judíos es muy grande, sobre todo la hostilidad popular. Haría falta, para determinar sus motivos, un estudio especial que realizaré más tarde. En este estudio abarcaré también a los judíos argelinos y tunesinos, sin ocuparme, por supuesto, de los reproches que les pueden hacer los antisemitas franceses, reproches éstos semejantes a los que vamos a exponer aquí, aunque algunos, como el que se basa en el aspecto nacional del problema, no se puedan sostener fácilmente. Sólo me ocuparé de las relaciones, más interesantes, y de los motivos de odio entre árabes y judíos (Bernard Lazare no escribió el libro anunciado. N. del T.).
[9] )- Los judíos entablaron un pleito contra la ciudad de Francfort para poner en tela de juicio la legalidad de las decisiones de la ciudad. Lo cual dio lugar a violentas polémicas antijudías.
[10]) - La Constitución del 4 de marzo de 1849 proclamó la igualdad ante la ley. Pero, esta Constitución fue abolida en 1851 y una ordenanza del 29 de julio de 1853 restableció la antigua legislación en lo que atañía a los judíos. Se la atemperó con medidas sucesivas y la Constitución de 1867 restableció definitivamente la igualdad ante la ley y liberó a los judíos.
En Hungría, la ley de emancipación de los judíos también fue votada, a propuesta del gobierno, por la Cámara de Diputados en 1867. (Cf. Wolf, Geschichte der Juden in Wien, Viena, 1876, y Kahn, Ein Jarhundert der Judenemancipation, Leipzig, 1869).
[11] )- La Constituyente alemana votó el 20 de mayo de 1848 la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. El parlamento de Francfort hizo lo mismo y el principio de esta igualdad fue inscripto en la constitución alemana de 1849. Sin embargo, muchos Estados mantuvieron las restricciones contra los judíos hasta la ley de la Confederación del Norte del 3 de julio de 1869, que abolió todas las "restricciones de los derechos civiles y políticos todavía existentes y basadas en la diferencia de religión" (véase al respecto Kaim, ob. cit., y el Allgemeine Zeitung des Judenthums, años 1837, 1848, 1856, 1867 y 1869). Después de la guerra franco-alemana, esta ley fue impuesta a los Estados como Baviera, que no la habían aceptado antes de la constitución del Imperio.
[12] )- Desjardins, Les Juifs de Moldavie (París, 1867); Loeb, Isidore, La situatíon des Israelites en Turquie, en Serbie et en Roumanie (París, 1877).
[13] )- El siglo XIX (N. del T.).
[14] )- Tal estado no se ha modificado mucho desde aquel entonces, y es una minoría de judíos que, por el acceso a las universidades y el desarrollo intelectual que se produjo como consecuencia, ha podido escapar de los prejuicios exclusivistas de la masa, que sigue hundida en un embrutecimiento del que únicamente la instrucción antitalmúdica podría sacarla.
[15] )- Creo que es ésta una verdad que admitiría hasta el chauvino más absurdo, sea turco, búlgaro, ruso, alemán, inglés y hasta francés.
[16] )- Cradovski, N. de, La situation légale des Israélites en Russie (París, 1891); Tikhomirov, La Russie politique et sociale (París, 1888); Les Juifs de Russie (París, 1891); Príncipe Demidoff San Donato, La question juive en Russie (Bruselas, 1884); Leroy-Beaulieu, Anatole, L'Empire des Tzars et les Russes (París, 1881-82-89); Weber y Kepster, La situation des Juifs en Russie (Resumen del informe enviado al gobierno de los Estados Unidos por sus delegados), Errera, Leo, Les Juifs Russes (Bruselas, 1893); Frédéric, Harold, The new Exodus (1892).
[17] )- Ob. citada.
[18] )- La situación de los judíos en Rusia con respecto al pueblo es absolutamente la misma que en la Edad Media. El campesino y el obrero rusos son, con poca diferencia, tan miserables como los judíos. Están sometidos, también ellos, a los vejámenes y la arbitrariedad, pero sin embargo no se los persigue y tienen, hasta cierto punto, la libertad de moverse.
[19] )- Tikhomirov, ob. citada.
[20] )- Gran parte de estos reproches encuentran mayor fundamento en lo que atañe a los judíos de Polonia. Sin embargo, los judíos de Polonia no están confinados en las ciudades como lo están los judíos del Territorio.
[21] )- Tikhomirov, ob. citada.
[22] )- Es esto lo que hay de muy extraño en la aprobación que algunos antisemitas religiosos de Francia y Alemania dan –por chauvinismo o por pasión – a los actos del gobierno del Zar. Al aprobar las persecuciones zaristas contra los judíos, aprueban implícitamente las que se dirigen contra los católicos o los luteranos que tanto quieren.
[23] )- Sólo he podido indicar a grandes rasgos el antisemitismo rumano y el antisemitismo ruso. Haría falta, para estudiarlos completamente, más que estas pocas páginas en las cuales me ha sido imposible trazar un cuadro social de Rumania y Rusia, exponer la situación moral, psicológica, etnológica y económica de los judíos en esos países.
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