IX
EL ANTISEMITISMO MODERNO Y SU LITERATURA
El judío emancipado y las naciones - Los judíos y la revolución económica - La burguesía y el judío - La transformación del antijudaísmo - Antijudaísmo y antisemitismo - Antijudaísmo instintivo y antisemitismo razonado - El antijudaísmo legal y el antisemitismo escrito - Clasificación de la literatura antisemita - El antisemitismo cristiano y el antijudaísmo de la Edad Media - El antitalmudismo - Gougenot des Mousseaux, Chiarini y Rohling - El antisemitismo cristiano-social - Barruel, Eckert y Dom Deschamps - Chabeauty - Edouard Drumont y el Pastor Stoecker - El antisemitismo económico - Fourier y Proudhon; Toussenel, Capefigue y Otto Glagau - El antisemitismo etnológico y nacional - El hegelianismo y la idea de raza - W. Marr, Treitschke y Schoenerer - Hegel y la extrema izquierda hegeliana - Max Stirner - Dühring, Nietzsche y el antisemitismo anticristiano - El antisemitismo revolucionario - Gustave Tridon - Los reproches de los antisemitas y las causas del antisemitismo
Los judíos emancipados penetraron en las naciones como extranjeros, y no podía ser de otro modo, lo vimos, puesto que desde hacía siglos formaban un pueblo entre los pueblos, un pueblo especial que conservaba sus caracteres merced a ritos estrictos y precisos y también a una legislación que lo mantenía apartado y servía para perpetuarlo. Entraron en las sociedades modernas no como huéspedes sino como conquistadores. Eran semejantes a un rebaño encerrado: de repente cayeron las barreras, y ellos se lanzaron sobre el campo que se les abría. Ahora bien: no eran guerreros y, además, la época no se prestaba a expediciones de una horda minúscula. Pero hicieron la única conquista para la cual estaban armados: la conquista económica que se habían preparado para hacer desde tan largos años. Eran una tribu de mercaderes y financistas, degradados tal vez por la práctica del mercantilismo, pero armados, gracias a esta práctica misma, con cualidades que se hacían preponderantes en la nueva organización económica. Por ello les fue fácil apoderarse del comercio y la finanza y, hay que repetirlo una vez más, les era imposible no actuar así.
Comprimidos y oprimidos durante siglos y constantemente refrenados en todos sus impulsos, habían adquirido una formidable fuerza de expansión, y esta fuerza sólo podía ejercerse en cierta dirección. Se había limitado su esfuerzo, pero no se había modificado la naturaleza de éste y no se la modificó tampoco el día en que se los liberó. Avanzaron derecho por el camino que les era familiar. El estado de cosas, por lo demás, los favoreció excepcionalmente. En esa época de grandes sacudidas y reconstrucciones, en un momento en que las naciones se modificaban, los gobiernos se transformaban, nuevos principios se establecían y nuevas concepciones sociales, morales y metafísicas se elaboraban, ellos fueron los únicos con plena libertad. No tenían vínculo alguno con quienes los rodeaban. No tenían patrimonio antiguo que defender. La herencia que la sociedad anterior dejaba a la sociedad naciente no era suya. Las miles de ideas atávicas que ligaban al pasado a los ciudadanos de los Estados modernos no podían influir en nada en su comportamiento, su en intelectualidad ni en su moralidad: su mente no tenía trabas.
Mostré que su liberación no los pudo cambiar y que muchos de ellos echaban de menos su aislamiento pasado. Pero si se esforzaron, a pesar de todo, por seguir siendo ellos mismos y no se asimilaron, se adaptaron maravillosamente, y eso en virtud de sus tendencias especiales, a las condiciones económicas que regían las naciones desde principios de siglo. [1]
La Revolución Francesa fue, ante todo, una revolución económica. Si se la puede considerar como el término de una lucha de clases, también se debe ver en ella la conclusión de una lucha entre dos formas de capital: el capital inmobiliario y el capital mobiliario, el capital territorial y el capital industrial y agiotista. Con la supremacía de la nobleza desapareció la supremacía del capital territorial, y la supremacía de la burguesía trajo la supremacía del capital industrial y agiotista. La emancipación del judío se vincula con la historia de la preponderancia de este capital industrial. Mientras el capital territorial tuvo el poder político, el judío estuvo privado de todo derecho; el día en que el poder político pasó al capital industrial, el judío fue liberado, y esto era ineludible. En la lucha que había emprendido, la burguesía necesitaba auxiliares. El judío fue para ella un ayudante utilísimo, un ayudante que ella tenía interés en liberar. Desde la Revolución, el judío y el burgués marcharon juntos. Juntos sostuvieron a Napoleón, en el momento en que la dictadura se hizo necesaria para defender los privilegios conquistados por el Estado Llano. Y cuando la tiranía imperial se hizo demasiado pesada y demasiado opresiva para el capitalismo, fueron el burgués y el judío los que, unidos, preludiaron a la caída del Imperio con el acaparamiento de los víveres en el momento de la campaña de Rusia y contribuyeron al desastre final provocando la baja de los títulos públicos y comprando la defección de los mariscales.
Después de 1815, al principio del gran desarrollo industrial, cuando se formaron las compañías de canales, minas y seguros, los judíos estuvieron entre los más activos para hacer prevalecer el sistema de la asociación de los capitales o, por lo menos, para aplicarlo. Eran, por lo demás, los más aptos para ello, puesto que el espíritu de asociación había sido, durante siglos, su único apoyo. Pero no se contentaron con contribuir de este modo práctico al triunfo del industrialismo: también contribuyeron de modo teórico. Se juntaron alrededor del filósofo de la burguesía, Saint-Simon. Trabajaron en la difusión y hasta en la elaboración de su doctrina. Saint-Simon había dicho: [2] "Hay que encargar a los industriales la administración del poder temporal" y "El último paso que a la industria le queda por hacer es apoderarse de la dirección del Estado, y el problema supremo de nuestros tiempos es el de asegurar a la industria la mayoría en los Parlamentos". Había agregado: [3] "La clase industrial debe ocupar el primer lugar, porque es la más importante de todas; porque puede prescindir de todas las demás mientras que ninguna de las demás puede prescindir de ella; y porque subsiste por sus propias fuerzas, por sus obras personales. Las otras clases deben trabajar para ella, porque son sus criaturas y están mantenidas por ella. En una palabra, ya que todo se hace por la industria, todo debe hacerse para ella". Los judíos contribuyeron a realizar el sueño saint-simoniano. Se mostraron los más seguros aliados de la burguesía, tanto más cuanto que al trabajar para ella trabajaban para sí mismos, y estuvieron, en toda Europa, en la vanguardia del movimiento liberal que, de 1815 a 1848, acabó de establecer la dominación del capitalismo burgués.
Este papel del judío no escapó a la clase de los terratenientes, y veremos que fue ésta una de las causas del antijudaísmo de los conservadores, pero no le mereció a Israel el reconocimiento de la burguesía. Cuando ésta hubo definitivamente asentado su poder, ya tranquila y segura de sí misma, se dio cuenta de que su aliado judío no era sino un temible competidor y reaccionó contra él. Así, los partidos conservadores generalmente compuestos de capitalistas agrícolas, se hicieron antijudíos en su lucha contra el capitalismo industrial y agiotista que representaba sobre todo el judío, y el capitalismo industrial y agiotista se hizo a su vez antijudío a causa de la competencia judía. El antijudaísmo, que había sido religioso en un primer momento, se hizo económico o, mejor dicho, las causas religiosas, que otrora dominaban en el antijudaísmo, se subordinaron a causas económicas y sociales.
Esta transformación, que correspondió al cambio de papel de los judíos, no fue la única. La hostilidad para con los judíos, otrora sentimental, se hizo razonadora. Los cristianos de antaño detestaban a los deicidas instintivamente y no trataban de ningún modo de justificar su animosidad: la manifestaban. Los antijudíos contemporáneos quisieron explicar su odio, o sea que quisieron adornarlo: el antijudaísmo se convirtió en antisemitismo. ¿Cómo se manifestó este antisemitismo? Sólo se pudo manifestar a través de escritos. El antisemitismo oficial había muerto en Occidente o se estaba muriendo. Por lo tanto, también estaba desapareciendo la legislación antijudía. El antisemitismo permaneció en el campo de las ideologías. Fue una opinión, una teoría.
Pero los antisemitas tuvieron una meta muy definida. Hasta la Revolución, el antijudaísmo literario había corroborado al antijudaísmo legal. Desde la Revolución, y la emancipación de los judíos, el antisemitismo literario ha tendido a restaurar el antisemitismo legal en los países donde ya no existe. No lo ha logrado aún, y sólo tenemos que estudiar, por lo tanto, las manifestaciones escritas del antisemitismo, algunas de las cuales representan la opinión de la mayoría, pues, si los literatos antisemitas han aportado razones a los antisemitas inconscientes, han sido engendrados por estos últimos. Han tratado de explicar lo que el rebaño experimentaba, y si le han atribuido a veces motivos extraños e inverosímiles, sólo se han hecho eco, por lo general, de los sentimientos de sus inspiradores. ¿Cuáles eran estos sentimientos? Lo vamos a ver examinando la literatura antisemita, lo que nos permitirá también desentrañar las causas múltiples del antisemitismo contemporáneo.
No es posible, salvo en cuanto a algunas, clasificar las obras antisemitas en categorías demasiado estrechas, pues cada una ofrece frecuentemente múltiples tendencias. Sin embargo, todas tienen una dominante en función de la cual se puede establecer su clasificación, siempre que se recuerde en todo momento que una obra próxima a un tipo determinado no se relaciona únicamente con este tipo. Dividiremos, pues, el antisemitismo en antisemitismo cristiano-social, antisemitismo económico, antisemitismo etnológico y nacional, antisemitismo metafísico y antisemitismo revolucionario y anticristiano.
Fue la permanencia de los prejuicios religiosos la que generó el antisemitismo cristiano-social. Si los judíos no hubieran cambiado al entrar en la sociedad, los sentimientos que se experimentaban a su respecto desde hacía tanto tiempo no habrían podido tampoco desaparecer. Los israelitas habían debido su emancipación a un movimiento filosófico que coincidía con un movimiento económico y no a la abolición de las prevenciones seculares que se abrigaban contra ellos. Los que consideraban que el único Estado posible era el Estado cristiano veían con mal ojo la intrusión de los judíos, y la primera manifestación de tal hostilidad fue el antitalmudismo. Se atacó lo que se consideraba, con toda razón, como la fortaleza religiosa de los judíos, el Talmud, y una legión de polemistas se dedicó a mostrar cuánto las doctrinas talmúdicas se oponían a las doctrinas evangélicas. Se puso de relieve contra el libro todos los reproches de los controversistas de antaño, los que habían formulado los judíos apóstatas en los coloquios y había reproducido Raimundo Martin en el siglo XIII, los de Pfefferkorn y los posteriores de Eisenmenger. No se cambió el procedimiento, ni siquiera la forma. Se utilizaron los mismos moldes, se siguieron, para la redacción de los panfletos, las mismas tradiciones que los dominicos inquisitoriales y, en el estudio de la martalmúdica, no se aplicó más sentido critico. Por lo demás, los antisemitas cristianos de nuestro tiempo tienen del judío, de sus dogmas y de su raza, la misma concepción que los antijudíos de la Edad Media. El judío los preocupa y los obsesiona. Lo ven en todas partes. Lo reducen todo a él. Tienen de la historia una concepción idéntica a la de Bossuet. Para el obispo, Judea había sido el centro del mundo. Todos los acontecimientos, los desastres y las alegrías, las conquistas y los desmoronamientos como las fundaciones de imperios tenían por causa primitiva, misteriosa e inefable la voluntad de un Dios fiel a los Bené-Israel, y este pueblo, sucesivamente nómade, creador de reinos y cautivo, había dirigido a la humanidad hacia su única meta: el advenimiento de Cristo. Ben Hadad y Sennacherib, Ciro y Alejandro parecen no existir sino porque Judá existe y porque es preciso que Judá sea a veces exaltado y a veces abatido, hasta la hora en que se imponga al universo la ley que debe salir de él. Pero lo que Bossuet había concebido con un propósito de glorificación inaudito, los antisemitas cristianos lo renuevan con intenciones contrarias. Para ellos, la raza judía, flagelo de las naciones, esparcida por todo el globo, explica las desdichas y las felicidades de los pueblos extranjeros en los cuales se ha establecido, y de nuevo la historia de los hebreos se convierte en la historia de las monarquías y repúblicas. Castigados o tolerados, expulsados o acogidos, explican, por el mismo hecho de estas diversas políticas, la gloria de los Estados o su decadencia. Explicar a Israel es explicar a Francia, o a Alemania o a España. Esto es lo que ven los antisemitas cristianos, y su antisemitismo es así puramente teológico. Es el de los Padres, de Crisóstomo, de San Agustín y de San jerónimo. Antes del nacimiento de Jesús, el pueblo judío fue el pueblo predestinado, el hijo predilecto de Dios. Desde que desconoció a su Salvador, desde que fue deicida, se ha convertido en el pueblo decaído por excelencia y, después de haber aportado la salvación al mundo, es causa de su ruina.
En algunas obras, esta concepción está muy claramente expuesta. Así en el libro poco conocido de Gougenot des Mousseaux, Le Juif, le judaisme et la judaisation des peuples chrétiens. [4] Para Gougenot, los judíos son "el pueblo para siempre elegido, el más noble y el más augusto de los pueblos, el pueblo nacido de la sangre de Abrahán, al que debemos la madre de Dios". Al mismo tiempo, los judíos son los seres más perversos y más insociables. ¿Cómo conciliar estas contradicciones? Oponiendo el judío mosaísta al judío talmudista y la Biblia al Talmud. Es así, por lo demás, como procede la mayor parte de los antisemitas cristianos. "Es el judaísmo y no el mosaísmo el que se opone a la reforma radical de los judíos", dice el Abate Chiarini en una memoria escrita para servir "de guía a los reformadores de los judíos". [5]
Con todo, los antitalmudistas, cualesquiera sean sus afinidades y su parentesco con los antijudíos de la Edad Media, enfocan el problema desde un punto de vista un tanto distinto. Antes, se buscaban sobre todo en el Talmud las blasfemias contra la religión cristiana o argumentos para respaldar la divinidad de Jesucristo. Ahora los enemigos del libro lo persiguen sobre todo como obra antisocial, perniciosa y destructora. Según ellos, el Talmud hace del judío el enemigo de todas las naciones. Pero si algunos, como Gougenot des Mousseaux y Chiarini, ante todo, están empujados como los teólogos de antaño, por el deseo de atraer a Israel al seno de la Iglesia, [6] otros, como el Doctor Rohling, [7] están más bien dispuestos a suprimirlo y lo declaran incapaz de servir jamás para el bien. Antes al contrario, pues no sólo, dicen, sus doctrinas son incompatibles con los principios de los gobiernos cristianos, sino que además buscan arruinar a estos gobiernos para sacar provecho de la situación.
Se concibe que, después de las sacudidas provocadas por la Revolución Francesa, los conservadores hayan sido llamados a hacer responsables a los judíos por la destrucción del Antiguo Régimen. Cuando, pasado el temporal, echaron una ojeada en su derredor, una de las cosas que más debió de sorprenderlos fue indudablemente la situación del judío. Ayer, el judío no era nada y no tenía derecho ni poder alguno. Hoy, brillaba en primera fila. No sólo era rico sino que también, por pagar el censo, podía ser elector y gobernar al país. [8] Era él a quien el cambio social más había favorecido. A los ojos de los representantes del pasado – de la tradición – pareció que se había derrumbado un trono y desencadenado guerras europeas únicamente para que el judío pudiera adquirir el rango de ciudadano, y la Declaración de los Derechos del Hombre pareció no haber sido otra cosa que la declaración de los derechos del judío. Por ello los antisemitas cristianos no se limitaron a indignarse ante las especulaciones de los judíos con los bienes nacionales o los suministros militares; [9] les aplicaron el viejo adagio jurídico: fecisti qui prodes. Si los judíos se habían beneficiado a tal punto con la Revolución, si habían sacado de ella tanto provecho, es que la habían preparado o, mejor dicho, es que habían contribuido a hacerla con todas sus fuerzas.
Sin embargo, era preciso explicar cómo el judío, despreciado y odiado, considerado como una cosa, había tenido el poder de realizar tales acciones, cómo había dispuesto de tal poderío. Aquí interviene una teoría, o más bien una filosofía de la historia, habitual entre los polemistas católicos. Según estos historiadores, la Revolución Francesa, cuyas repercusiones fueron universales y que transformó todas las instituciones de la Europa occidental, no fue sino el resultado y la conclusión de una conspiración secular. Todos aquellos que la atribuyen al movimiento filosófico del siglo XVIII, a los excesos de los gobiernos monárquicos, a una fatal transformación económica, a la decrepitud de una clase, al debilitamiento de una forma de capital, a la ineludible evolución de los conceptos de autoridad y de Estado y a la ampliación de la noción del individuo, todos aquellos, según los historiadores de que hablo, se equivocan profundamente. Son ciegos que no quieren ver la verdad. La Revolución fue obra de una o varias sectas, cuya fundación se remonta a la más lejana antigüedad, sectas éstas llevadas por un mismo deseo y un mismo principio: el deseo de dominar y el principio de destrucción. Esas sectas procedieron, según un plan netamente determinado e implacablemente ejecutado, a la destrucción de la Monarquía y de la Iglesia. Por sus innumerables ramificaciones, cubrieron Europa con una red de mallas estrechas y, mediante los medios más tenebrosos y más abominables, consiguieron zapar el trono que es el único defensor del orden social y del orden religioso.
La génesis de esta concepción histórica es fácil de encontrar. Nació durante el Terror mismo. La parte que habían tomado en la Revolución las logias masónicas, los Iluminados, los Rosacruces, los Martinistas, etc., había llamado fuertemente la atención de ciertas mentes, que fueron llevadas a exagerar la influencia y el papel de estas sociedades. Una de las cosas que más sorprendió a esos observadores superficiales fue el carácter internacional de la Revolución de 1789 y la simultaneidad de los movimientos que engendró. Opusieron su acción general a la acción local de las revoluciones precedentes, que no habían agitado – como en Inglaterra – sino a los países en los cuales habían nacido y, para explicar esta diferencia, atribuyeron la obra de los siglos a una asociación europea, con representantes en todas las naciones, en lugar de admitir que un mismo estadio de civilización y semejantes causas intelectuales, sociales, morales y económicas habían podido producir simultáneamente los mismos efectos. Los mismos miembros de esas logias, de esas sociedades, contribuyeron a difundir esta creencia. [10] Exageraron, también ellos su importancia y no sólo afirmaron que habían trabajado, en el siglo XVIII, en los cambios que se preparaban, lo que era verdad, sino que también pretendieron que eran sus iniciadores lejanos. Sin embargo, no es este el lugar indicado para discutir acerca de este problema. Nos basta haber comprobado la existencia de estas teorías. Vamos a mostrar cómo ayudaron a los antisemitas cristianos.
Los primeros escritores que expusieron estas ideas se limitaron a comprobar la existencia de "una nación particular que nació y se ha agrandado en las tinieblas, en medio de todas las naciones civilizadas, con el propósito de someterlas todas a su dominación, [11] como lo quiere demostrar el Caballero de Malet, hermano del general conspirador, en un libro poco conocido y, por lo demás, muy mediocre. Hombres como el P. Barruel, en sus Mémoires sur le jacobinisme, [12] como Eckert, en sus obras sobre la masonería, [13] como Dom Deschamps, [14] como Claudio Jannet y como Crétineau-Joly [15] desarrollaron esta teoría y la sistematizaron. Hasta trataron de demostrar su realidad y, si no alcanzaron su meta, juntaron por lo menos todos los elementos necesarios para emprender la tan curiosa historia de las sociedades secretas. En todas sus obras, fueron llevados a examinar cuál había sido la situación de los judíos en esos grupos y sectas y, ante las analogías que presentaban los ritos mistagógicos de la masonería con ciertas tradiciones judaicas y cabalísticas [16] y todo ese decorado hebraico que caracteriza las iniciaciones en las logias, concluyeron que los judíos siempre habían sido los inspiradores, guías y maestros de la masonería y, más aún, que habían sido sus fundadores y que desde su fundación, con su ayuda, buscaban tenazmente destrucción de la Iglesia.
Se fue más lejos en este camino. Se quiso probar que los judíos habían conservado su constitución nacional, que aún estaban gobernados por príncipes – nassi – que los conducían a la conquista del mundo, y que estos enemigos del género humano tenían una organización y una táctica temibles. Gougenot des Mousseaux, [17] Rupert, [18]Saint-André [19] y el Abate Chabauty [20] sostuvieron estas afirmaciones. En cuanto al señor Edouard Drumont, toda la parte seudo histórica de sus libros, cuando no está sacada del Padre Loriquet, no es sino una paráfrasis inhábil y sin crítica de Barruel, Gougenot des Mousseaux, Dom Deschamps y Crétineau-Joly. [21]
Sin embargo, con el señor Drumont, como con el Pastor Stoecker, el antisemitismo cristiano se transforma o, más bien, toma prestadas de algunos sociólogos armas nuevas. Si el señor Drumont combate el anticlericalismo del judío y si el señor Stoecker, preocupado por merecer el nombre de segundo Lutero, se alza contra la religión judía destructora del Estado cristiano, otras preocupaciones los dominan. Atacan la riqueza judía y atribuyen a los judíos la transformación económica que es obra de este siglo. Aún siguen persiguiendo, en el israelita, al enemigo de Jesús, al matador de un dios, pero buscan sobre todo alcanzar al financista, y en eso se juntan con los que profesan el antisemitismo económico.
Este antisemitismo se manifiesta desde los comienzos de la finanza y el industrialismo judíos. Si se encuentra solamente rastros de él en Fourier [22] y Proudhon – que se limitaron a comprobar la acción del judío intermediario, agiotista e improductivo [23] – animó a hombres como Toussenel [24] y Capefigue. [25] Inspiró libros tales como Les Juifs rois de l'époque y la Histoire des grandes opérations financiéres y más tarde, en Alemania, los panfletos de Otto Glagau contra los banqueros y bolsistas judíos. [26]Ya he indicado, por lo demás, los orígenes de este antisemitismo económico: cómo, por un lado, los terratenientes hicieron al judío responsable de la preponderancia, para ellos desagradable, del capitalismo industrial y financiero y cómo, por otro, la burguesía cubierta de privilegios se dio vuelta contra el judío, otrora su aliado y ahora su competidor, y su competidor extranjero, pues ha sido a su carácter de extranjero, de no asimilado, que el israelita ha debido el exceso de animosidad que se le ha manifestado, y así el antisemitismo económico se vincula con el antisemitismo etnológico y nacional.
Esta última forma del antisemitismo es moderna. Nació en Alemania y fue a los alemanes a quienes los antisemitas franceses pidieron prestada la teoría.
Fue bajo la influencia de las doctrinas hegelianas que se elaboró en Alemania esta doctrina de las razas que Renan sostuvo en Francia. [27] En 1840 y, sobre todo, en 1848, se hizo dominante, no sólo porque la política alemana la puso a su servicio, sino porque concordó con el movimiento nacionalista y patriótico que impulsó a las naciones y con la tendencia a la unidad, que caracterizó a todos los pueblos de Europa. El Estado, se decía entonces, tiene que ser nacional. La nación debe ser una y abarcar a todos los individuos que hablan el idioma nacional y son de la misma raza. Más aún: conviene que este Estado nacional reduzca los elementos heterogéneos, vale decir los extranjeros. Ahora bien: el judío no es un ario. No tiene los mismos conceptos morales, sociales e intelectuales que el ario. Es irreductible. Hay que eliminarlo, pues. En caso contrario, arruinará a los pueblos que lo acogieron. Algunos entre los antisemitas nacionalistas y etnólogos afirman que la obra ya está realizada.
Estas ideas, retomadas posteriormente por los señores de Treitschke [28] y Adolf Wagner, en Alemania, por el señor de Schoenerer, en Austria, por el señor Pattai, en Hungría, y, mucho más tarde, por el señor Drumont, en Francia, [29] fueron sistematizadas por primera vez por W. Marr en un panfleto que tuvo cierta repercusión, inclusive en Francia: La Victoire du judaisme sur le germanisme. [30] Marr declara en él que Alemania era presa de una raza conquistadora, la de los judíos, raza ésta que lo poseía todo y quería judaizar a Alemania, como por otra parte a Francia, y concluía diciendo que Germania estaba perdida. Hasta mezclaba con su antisemitismo etnológico un antisemitismo metafísico, digámoslo así, que ya Schopenhauer había profesado, [31] antisemitismo éste que consistía en combatir el optimismo de la religión judía, que Schopenhauer encontraba vil y degradante y al cual oponía las concepciones religiosas griegas e indias.
Schopenhauer y Marr no eran los únicos representantes del antisemitismo filosófico. Toda la metafísica alemana combatió el espíritu judío que consideraba esencialmente diferente del espíritu germánico y que representaba para ella el pasado en oposición con las ideas del presente. Mientras que el Espíritu se va realizando en la historia del mundo y va avanzando, los judíos permanecen en un estadio inferior. Tal es el pensamiento hegeliano, el de Hegel y también de sus discípulos de la extrema izquierda, Feuerbach, Arnold Ruge y Bruno Bauer. [32] Max Stirner [33] desarrolló estas ideas con gran precisión. Para él, la historia universal ha recorrido hasta ahora dos edades. La primera, representada por la Antigüedad, en la cual teníamos que eliminar el estado de alma negro; la segunda, la del mongolismo, representada por la época cristiana. En la primera edad, el hombre dependía de las cosas; en la segunda lo subyugan las ideas mientras no las domine y no libere su yo. Ahora bien: los judíos "esos niños precozmente envejecidos y dóciles de la Antigüedad, no han superado el estado de alma negro. A pesar de toda su sutileza y de toda la fuerza de su sagacidad y su inteligencia que se adueña de las cosas con un fácil esfuerzo y las constriñe a servir al hombre, no pueden descubrir el espíritu que consiste en considerar las cosas como inexistentes". Encontramos otra forma del antisemitismo filosófico en Dühring, una forma más ética que metafísica. Dühring, en varios tratados, panfletos y libros, [34]ataca el espíritu semítico y la concepción semítica de lo divino y de lo ético, que opone a la concepción de los pueblos nórdicos. Llevando lógicamente hasta el final las consecuencias de sus premisas y siguiendo, por lo demás, la doctrina de Bruno Bauer; ataca el cristianismo que es la última manifestación del espíritu semítico. "El cristianismo, dice, carece sobre todo de toda moral práctica que, no susceptible de doble interpretación, fuera utilizable y sana. Por consiguiente, los pueblos sólo acabarán con el espíritu semítico cuando hayan sacado de su mente este segundo aspecto del hebraísmo".
Después de Dühring, Nietzsche, [35] a su vez, ha combatido la moral judía y cristiana que, según él, es la moral de los esclavos en oposición con la moral de los amos. Los judíos y los cristianos, por los profetas y por Jesús, han fomentado "la rebeldía de los esclavos en la moral". Han hecho predominar concepciones bajas y nocivas, que consisten en endiosar al débil, al humilde y al miserable y en sacrificar al fuerte, al orgulloso y al poderoso.
En Francia, algunos revolucionarios ateos, entre otros Gustave Tridom [36] y Regnard [37] han practicado este antisemitismo anticristiano que se reduce, en último análisis, al antisemitismo etnológico, así como el antisemitismo metafísico propiamente ficho.
Podemos, pues, reducir a tres las distintas variedades de antisemitismo: el antisemitismo cristiano, el antisemitismo económico y el antisemitismo etnológico. En el examen que acabamos de hacer de ellos, hemos comprobado que los reproches de los antisemitas eran reproches religiosos, reproches sociales, reproches etnológicos, reproches nacionales y reproches intelectuales y morales. Para el antisemita, el judío es un individuo de raza extranjera, incapaz de adaptarse, hostil con respecto a la civilización y la fe cristiana, inmoral, antisocial, provisto de un intelecto diferente del intelecto ario y, además, depredador y dañino.
Ahora vamos a estudiar sucesivamente estos reproches. Veremos si están fundados, vale decir si las causas reales del antisemitismo contemporáneo les corresponden, o si sólo se trata de prejuicios. Estudiamos en primer lugar los reproches etnológicos.
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[1] )- El siglo XIX (N. del T.)
[2] )- Saint-Simon, Du systéme industriel (París, 1821).
[3] )- Saint-Simon, Catéchisme des índustriels, 1er. Cuaderno (París 123).
[4] )- París, 1869.
[5] )- Chiarini, Théorie du judaisme (París, 1830).
[6] )- Esta preocupación por el papel futuro de los judíos se expresa en un libro singular del señor León Bloy: Le salut par les Juifs (París, 1892). En el volumen de documentos y notas que escribió a consecuencia de la obra de Dom Deschamps sobre Les sociétés secrétes, el señor Claudio Jannet formula la opinión de que los judíos están destinados probablemente a devolver el mundo a Dios. Es ésta exactamente la antigua creencia teológica.
[7] )- Rohling, A., Le Juif selon le Talmud (París, 1888), traducido del alemán.
[8] )- En el siglo XIX, en Francia, sólo tenían derecho de voto los ciudadanos que pagaban determinada suma de impuestos – el censo – vale decir, los miembros de las reducidas minorías burguesas que se habían apoderado del Estado en 1789 (N. del T.).
[9] )- No quiero decir con esto que los judíos fueron los únicos que especularon de este modo. Por el contrario, entre los especuladores fueron una ínfima minoría.
[10] )- Blanc, Louis, Histoire de la Révolution Franpaise, t. II, p. 74.
[11] )- Recherches historiques et politiques qui prouvent l'existence d'une secte révolutionnaire, son antique origine, son organisation, ses moyens ainsi que son but; et dévoilent entiérement l'unique cause de la Révolution Francaise, por el Caballero de Malet, París, 1817.
[12] )- Barruel, Mémoires sur le jacobinisme (1797-1813). El Padre Barruel fue el primero en exponer sus ideas, y los que lo siguieron no han hecho en realidad sino imitarlo y continuarlo.
[13] )- Eckert, La Franc-Maconnerie dans sa véritabie signification (traducción Cyr, Lieja, 1854). La Franc-Maconnerie en elle-méme (traducción Gyr, Lieja, 1859).
[14] )- Dom Deschamps, Les sociétés secrétes et la société, con introducción, notas y documentos de Jannet, Claudio, París, 1883.
[15] )- Crétineau-Joly, L'Eglise romaine avant la Révolution, París, 1863
[16] )- Sobre las tradiciones hebraicas en la masonería y sobre las reaciones de similitud de los masones y los antiguos esenios, véase Clavel, Histoire pittoresque de la Franc-Maconnerie (París, 1843). Kauffmann y Cherpin, Histoire philosophíque de la Franc-Maconnerie (Lyon, 1856), y un artículo del señor Moise Schwab sobre los judíos y la masonería, publicado en el Annuaire des Archives Israélites pour l’an 5650 (1889-1890). Véase también las distintas obras de Ragon, J.M., sobre la masonería (París, Dentu).
[17] )- Gougenot des Mousseaux, ob. citada.
[18] )- Rupert, L'Eglise et la synagogue (París, 1859).
[19] )- Saint-André, Francs-Macons et Juifs (París, 1880).
[20] )- Chabaudy, A., Les Juifs nos maitres (París, 1883).
[21] )- Es de notar que en La France juive (quiero decir en los primeros capítulos), el señor Drumont no cita ni una sola vez a Gougenot des Mousseaux ni a Barruel. Cita tres veces a Dom Deschamps, al pasar, y una vez a La Vendée militaire de Crétineau-Joly. Sin embargo, utilizó mucho a esos escritores, salvo que sus documentos históricos le hayan sido suministrados por discípulos de los que acabo de citar, lo que es muy posible. Sólo se trata aquí, por supuesto, del señor Drumont historiador y no del señor Drumont polemista.
[22] )- Fourier, Le nouveau monde industriel et sociétaire (París, 1848).
[23] )- Se encuentran en Carlos Marx (Annales franco-allemandes, 1844, p. 211) y en Lasalle las mismas apreciaciones sobre el judío parásito que en Fourier y Proudhon.
[24] )- Toussenel, Les Juifs rois de l'époque (París, 1847). Toussenel corroboró este libro con una violenta campaña en el periódico La Démocratie Pacifique. Bajo la Monarquía de julio, el movimiento antisemita fue violentísimo y se publicaron numerosos panfletos contra los financistas judíos.
[25] )- Capefigue, Histoire des grandes opérations financiéres (París, 1855).
[26] )- Glagau, Otto, Der Börsen und Gründersschwindel in Berlín (Leipzig, 1876) Les besoins de l'Empire et le nouveau Kulturkampf (Osnabrück, 1879).
[27] )- En los últimos años de su vida, Renan había abandonado la doctrina de las razas, de su desigualdad y de su superioridad o inferioridad recíproca. Se encontrarán estas teorías muy neta y claramente expuestas en el libro, notable desde muchos puntos de vista, de Gobineau: Essai sur l'inégalité des races humaines (París, 1884). N. del T.: La primera edición del Essai data de 1853.
[28] )- von Treitschke, H., Ein Wort über unser Judenthum (Berlín, 1888).
[29] )- El señor Drumont es el tipo del antisemita asimilador que ha florecido en los últimos años en Francia y más aún en Alemania. Polemista de talento, periodista vigoroso y satírico lleno de recursos, el señor Drumont es un historiador mal documentado y un sociólogo – y, sobre todo, un filósofo – mediocre. No se lo puede comparar desde ningún punto de vista con hombres del valor de H. de Treitschke, Adolf Wagner y Eugen Dühring. Ha desempeñado, no obstante, en el desarrollo del antisemitismo en Francia y hasta en Alemania un papel considerable y tuvo una gran influencia en la propaganda.
[30] )- Marr, W., Der Sieg des Judenthums über das Germanthum (Berna, 1879). El señor Bourdeau dedicó a este folleto un estudio en el Journal des Débats del 5 de noviembre de 1879.
[31] )- "Un Dios como ese Jehováh – dice Schopenhauer – que animi causa, por su mero placer y fríamente produce este mundo de miseria y lamentaciones y que además se complace con ello y se aplaude (...) esto es demasiado. Consideremos, pues, la religión judía, desde este punto de vista, como la última entre las doctrinas religiosas de los pueblos civilizados. Lo cual concuerda perfectamente con el hecho de que es la única que no tiene absolutamente ningún rastro de inmortalidad". (Parerga und Parelipomena, t. II, cap. XII, p. 112, Leipsig, 1874).
[32] )- Volveremos detalladamente sobre este punto en nuestra Historia económica de los judíos, cuando hablemos del papel de los judíos en Alemania en el siglo XIX. Véase al respecto Hegel, Filosofía del Derecho; Ruge, Arnold, Zwei Jahre in Paris; Bauer, Bruno, Die Judenfrage, Feuerbach, L., La esencia del cristianismo.
[33] )- Stirner, Max, Der Einzige und sein Eigenthum, Leipsig, 1882, ps. 22, 25, 31 y 69.
[34] )- En especial en Los partidos y la cuestión judía y Die Judenfrage als Frage der Rassenschädlichkeit.
[35] )- Nietzsche, Federico; Humano, demasiado humano. Más allá del bien y del mal. La genealogía de la moral.
[36] )- Tridon, Gustave, Du molochisme juif (Bruselas, 1884).
[37] )- Regnard, A., Aryens et Sémites (París, 1890).
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