lunes, 10 de diciembre de 2012

{III} EL ANTIJUDAISMO EN LA ANTIGÜEDAD CRISTIANA, DESDE LA FUNDACION DE LA IGLESIA HASTA CONSTANTINO


III

EL ANTIJUDAISMO EN LA ANTIGÜEDAD CRISTIANA, DESDE LA FUNDACION DE LA IGLESIA HASTA CONSTANTINO


La Iglesia y la Sinagoga - Los privilegios judíos y los primeros cristianos - La hostilidad judía - El patriotismo judaico - El proselitismo cristiano y los rabinos - Ataques contra el cristianismo - Los apóstatas y las maledicciones - Esteban y Santiago - Las influencias judías combatidas - Paganocristianismo y judeocristianismo - Pedro y Pablo - Las herejías judaizantes - Los ebionitas, los elkasaítas, los nazarenos y los cuartodecimanes - La gnosis y el alejandrinismo judío - Simón el Mago, los nicolaítas y Cerinta - Los primeros escritos apostólicos y las tendencias de los judaizantes - Las epístolas a los colosios y a los efesios, las pastorales, la II epístola de Pedro, la epístola de Juda y el Apocalipsis - La didaché, la epístola de Barnabeo y las siete epístolas de Ignacio de Antioquía - Los apologistas cristianos y la exégesis judía - La carta a Diogneta - El testamento de los doce patriarcas - Justino y el Diálogo con Trifón - Aristón de Pela y el Altercado de Jasón y Papisco - La expansión cristiana y el proselitismo judío - Las rivalidades y los odios; las persecuciones; el asunto de Policarpo - Las polémicas - La Biblia, los septantes, la versión de Aquila y los hexaplos - Orígenes y el rabino Simlai - Abbahu de Cesarca y el médico Jacobo el Mineo - El Contra Celso y las mofas judías - El antijudaísmo teológico - Tertuliano y el De adversas judaeos - Cipriano y los tres libros contra los judíos - Minucio Felix, Comodiano y Lactancio - Constantino y el triunfo de la Iglesia.

La Iglesia es hija de la Sinagoga. Nació de ella, Gracias a ella se desarrolló y creció a la sombra del templo. Pero, con sus primeros vagidos, se opuso a su madre. Lo cual era natural, pues principios demasiado disímiles las separaban.
En los primeros siglos de la era cristiana, en los tiempos apostólicos, las comunidades cristianas salieron de las comunidades judías, como un enjambre de abejas que se aleja de la colmena. Se implantaron en el mismo suelo.
Jesús no había nacido aún y los judíos ya habían levantado sus casas de oración en las ciudades del oriente y del occidente. Y ya vimos la expansión de éstos en el Asia menor, el Egipto, Cirenaica, Roma, Grecia y España. Por su incesante proselitismo, por sus predicaciones y por el ascendiente moral que ejercitaron sobre los pueblos en medio de los cuales vivían, abrieron el camino al cristianismo. Por cierto, ya antes que ellos, los filósofos habían llegado a la concepción del dios único, pero la enseñanza de los filósofos era limitada: no tenía acceso a ella el bajo pueblo, o sea la categoría de los humildes que los metafísicos más bien menospreciaban. Los judíos hablaron a los pequeños, a los débiles. Hicieron brotar en sus almas ideas que hasta entonces les habían sido extrañas. Llevaban consigo el espíritu de los profetas, el espíritu de fraternidad, de piedad y también de revuelta, este espíritu del que procedió la huraña y lastimera ira de los Jeremías y los Isaías y que desembocó en la tierna dulzura de Hilel, quien inspiró a Jesús.
Toda esta inmensa categoría de los proselitas de la Puerta conquistada por los judíos, esta masa de temerosos de Dios, estaba dispuesta a recibir la doctrina más amplia y más humanitaria de Jesús, esta doctrina que, desde sus orígenes, la Iglesia universal se dedicó a adulterar y desvirtuar. Estos conversos, cuyo número en el siglo I aumentaba sin cesar, no tenían los prejuicios nacionales de Israel; judaizaban, pero su mirada no estaba puesta en Jerusalén y hasta se puede decir que el patriotismo exaltado de los judíos detenía o más bien limitaba las conversiones. Los apóstoles, o por lo menos algunos de ellos, separaron completamente los preceptos judíos de la idea cerrada de nacionalidad. Pero se apoyaron en la obra judía ya realizada y atrajeron así las almas que habían recibido la simiente judaica.
En las sinagogas predicaron los apóstoles. En las ciudades adonde llegaban, iban derecho a la casa de oración y allí hacían su propaganda y encontraban a sus primeros auxiliares. Luego, al lado de la colectividad judía, fundaban una comunidad cristiana, aumentando el primitivo núcleo judío con todos los gentiles que convencían.
Sin la existencia de las colectividades judías, el cristianismo habría tropezado con más obstáculos y para establecerse habría encontrado más dificultades. Ya lo dije: los privilegios de los judíos en la sociedad antigua eran considerables. Tenían estatutos protectores que les garantizaban una libre organización política y judicial y la facilidad del ejercicio de su culto. Gracias a estos privilegios, las Iglesias cristianas pudieron desarrollarse. Durante mucho tiempo, para las autoridades, las asociaciones de los cristianos no se diferenciaron de las asociaciones judías. El poder romano no conocía las diferencias que existían entre las dos religiones. Se consideraba el cristianismo como una secta judía. Por ello se beneficiaba con las mismas ventajas. Fue no sólo tolerado sino, de modo indirecto, protegido por los administradores imperiales.
Así pues, por un lado e involuntariamente, los judíos fueron auxiliares inconscientes del cristianismo mientras que, por otro, fueron sus enemigos: tanto más cuanto que las causas de enemistad eran numerosas. Se sabe que Jesús y su doctrina reclutaron a sus primeros adherentes entre los provincianos galileos que tanto despreciaban los jerosolimitas por haber sufrido, más que cualesquiera otros, influencias extranjeras. "¿Qué cosa buena puede venir de Nazareth?", decían. Esta gente menuda de Galilea, aunque muy apegada a las costumbres y los ritos judaicos – hasta el punto de que eran tal vez más rigoristas que los jerosolimitas – eran ignorantes de la Ley y, como tales, los orgullosos doctores de Judea los menospreciaban. Esta desconsideración alcanzó a los primeros discípulos de Jesús, algunos de los cuales, por lo demás, pertenecían a grupos detestados como el de los publicanos.
Sin embargo, este origen de los cristianos primitivos, si les valía la desconsideración de los judíos, no llegaba a excitar su odio. Fueron necesarias, para lograrlo, causas más graves, de las cuales una de las primeras fue el patriotismo judío.
El cristianismo llegaba, en efecto, o por lo menos empezaba a desarrollarse, en el momento en que la nacionalidad judaica trataba de sacudir el yugo de Roma. Ofendidos en su sentimiento religioso y maltratados por la administración romana, los judíos sentían crecer su deseo de libertad y su animosidad contra Roma. Bandas de zelotas y de sicarios recorrían las montañas de Judea, entraban en las aldeas y se vengaban de Roma sobre sus hermanos que se inclinaban ante la dominación imperial. Ahora bien: si los zelotas y los sicarios castigaban a los saduceos en razón de su complacencia por los procuradores romanos, no podían tratar con contemplación a los discípulos de aquél a quien se atribuía estas palabras: "Devolved al César lo que es del César".
Absorbidos en la espera del próximo reino mesiánico, los cristianos de aquel tiempo – hablo de los judeocristianos – eran unos "sin patria". Ya su alma no se conmovía ante la idea de la Judea libre. Si algunos, como el vidente del Apocalipsis, le tenían horror a Roma, no tenían el mismo grado de pasión por esta Jerusalén cautiva que los zelotas querían liberar: eran antipatriotas.
Cuando la Galilea entera se sublevó ante el llamado de Juan de Gischala, se quedaron tranquilos. Y cuando los jerosolomitas hubieron triunfado de Cestio Galo, los judeocristianos, sin interés en el final de esta lucha suprema, huyeron de Jerusalén, cruzaron el Jordán y se refugiaron en Pela. En los últimos combates que Bar Giora, Juan de Gischala y sus fieles libraron contra la potencia romana, contra las aguerridas legiones de Vespasiano y de Tito, los discípulos de Jesús no tomaron parte. Y cuando Sion se desmoronó en llamas, sepultando bajo sus ruinas la nación de Israel, ningún cristiano encontró la muerte en los escombros.
Se entiende, pues, cómo en estos tiempos exaltados, antes y después de la insurrección como durante ella, podían ser tratados los judeocristianos y paganocristianos que decían con San Pablo: "Hay que someterse a la autoridad de Roma". Además, a los furores de patriotas que sublevaba la Iglesia naciente otros venían a agregarse: la ira de los rabinos contra el proselitismo cristiano.
Al principio, las relaciones de los judeocristianos y los judíos fueron bastante cordiales. Los partidarios de los apóstoles y los mismos apóstoles reconocían la santidad de la antigua ley. Practicaban los ritos del judaísmo y no habían colocado aún el culto de Jesús al lado del de Iahvé, el Dios uno. A medida que se fue formando el dogma de la divinidad de Cristo, la Iglesia y la Sinagoga fueron separándose. El judaísmo no podía admitir la divinización de un hombre: reconocer a alguien como hijo de Dios era blasfemar. Y puesto que los judeocristianos no habían abandonado la comunidad judía, estaban sometidos a su disciplina. Es esto lo que explica la flagelación de los Apóstoles y de los nuevos conversos, la lapidación de Esteban y la decapitación del Apóstol Santiago.
Después de la toma de Jerusalén – temporal que dejó a Judea despoblada – cuando los mejores de sus hijos hubieron perecido en los combates o en los circos donde se los había entregado a las fieras, o en las minas de plomo del Egipto durante este tercer cautiverio que los judíos llamaron el exilio romano, las relaciones entre judeocristianos y judíos desmejoraron más aún. Muerta la patria, Israel se agrupaba alrededor de sus doctores. Jabné, donde se reunía el Sanhedrín, reemplazaba a Sion sin hacerla olvidar, y los vencidos se apegaban más estrechamente aún a la Ley que comentaban los Sabios. De ahora en adelante, los que atacaban esta Ley, convertida en el más preciado patrimonio del judío, debían ser considerados por éste como enemigos más temibles todavía de lo que habían sido los romanos. Los doctores combatieron, por lo tanto, la doctrina cristiana que reclutaba a proselitas en su rebaño, y su actitud explica las palabras ásperas que los Evangelistas ponen en boca de Jesús contra los fariseos. Estos doctores – estos tanaim – defendían sin embargo su fe religiosa. Actuaban como actúan todos los partidarios de las religiones y gobiernos establecidos contra los que quieren darles el asalto, y se manejaban con tan poca lógica e inteligencia. "Los Evangelios deben ser quemados – dice Rabí Tarfón – pues el paganismo es menos peligroso para la fe judaica que las sectas judeocristianas. Preferiría buscar refugio en un templo pagano antes que en una asamblea judeocristiana". No era el único que pensaba así y todos los rabinos entendían en qué peligro el judeocristianismo ponía al judaísmo. Por ello su ira no se manifestó en un primer momento contra los que predicaban ante los gentiles sino contra los que venían a buscar las ovejas en su propio corral. Y si tomaron medidas, fue contra sus apóstatas.
Algunos modernos interpretadores del Talmud han ido a buscar en las discusiones y las decisiones rabínicas de aquella época, armas contra los judíos, acusándolos de odiar ciegamente todo lo que no llevaba el signo de Israel. Pero no parecen haber puesto en su búsqueda toda la ciencia ni, tal vez, toda la buena fe necesarias.
El Sanhedrín de Jabné reglamenta las relaciones entre los judíos y los mineos. Ahora bien: los mineos no son sino los judeocristianos, los judíos considerados apóstatas, traidores de su Dios y de su ley. Son ellos a quienes se los declara inferiores a los samaritanos y a los gentiles. Es con ellos que se prohíbe cualquier relación. Sólo más tarde, mucho más tarde, tales interdicciones se aplicaron a la generalidad de los cristianos, cuando los cristianos se convirtieron en perseguidores, así como algunos exaltados por los sufrimientos y las humillaciones les aplicaron lo que el Talmud había dicho de los goim, vale decir de los helenos de Cesarea y de Palestina, en lucha perpetua con los judíos.
Al principio, todas las prohibiciones talmúdicas conciernen al contagio cristiano. Los tanaim querían preservar a sus fieles del contagio cristiano. Por ello se asimilan los Evangelios a los libros de magia. Por ello Samuel el joven, por orden del patriarca Gamaliel, insertó en las plegarias diarias una maldición contra los judeocristianos, Birkat Haminim, que hizo decir, y todavía hace decir a algunos, que los judíos maldicen a Jesús tres veces por día.
Pero, mientras los judíos buscaban separarse de los judeocristianos, el gran movimiento que llevaba a la Iglesia la obligaba, por su lado, a empujar al judaísmo lejos de ella. Para conquistar el mundo y convertirse en la fe universal, el cristianismo debía abandonar el particularismo judío y romper las cadenas demasiado apretadas de la antigua ley para difundir mejor la nueva. Fue ésta la obra de San Pablo, el verdadero fundador de la Iglesia, el que opuso a la limitada doctrina judeocristiana el principio de la catolicidad.
Las luchas, lo sabemos, fueron largas y ardientes entre las dos tendencias del cristianismo naciente que Pedro y Pablo simbolizan. Toda la predicación apostólica de Pablo fue un largo combate contra los judaizantes. Pero el día en que el Apóstol declaró que para llegar a Jesús no era necesario pasar por la sinagoga ni aceptar el signo de la antigua alianza, la circuncisión, ese día todos los vínculos que ataban la Iglesia cristiana a su madre fueron rotos y Jesús ganó a las naciones.
La resistencia de los judaizantes, que querían ser de Jesús y al mismo tiempo guardar el sábado y la Pascua fue vana, y vana también su repugnancia por la conversión de los gentiles. Después de los viajes de Pablo en el Asia Menor, el catolicismo tuvo la partida ganada. Detrás del Apóstol hubo un ejército, y este ejército, al espíritu judío le opuso el espíritu heleno y a Jerusalén, Antioquía,
La gran masa de los judeocristianos se apartó de la estrecha doctrina de la pequeña comunidad de Jerusalén y la ruina de la ciudad santa la llevó a dudar de la eficacia de la antigua ley. Fue esto un bien para la Iglesia, desde el punto de vista de su desarrollo ulterior. El ebionismo hubiera sido su muerte. Si hubiera escuchado a los jerosolomitas, el cristianismo se habría convertido en una pequeña secta judía. Para ser la fe del mundo, hacía falta que el cristianismo dejara a un lado el particularismo judío. En efecto, los nuevos fieles – los gentiles – no no podían practicar la religión judía y seguir siendo griegos o romanos. Liberándose de los ebionitas y de los judeocristianos y rompiendo los vínculos que lo ataban a su madre, el cristianismo permitió a los pueblos llegar hacia él y permanecer siendo ellos mismos. Mientras que Pedro y los judaizantes, adoptando las costumbres de Israel, los hubieran obligado a perder algo de su nacionalidad y a aceptar la de sus convertidores.
Por ello, de lo que fue en el principio una rama de la Iglesia católica se ve nacer, ya al final del siglo I, dos herejías: el ebionismo y el elkasaísmo. Se formaron muy naturalmente, porque la gran masa de los judeocristianos aceptó las ideas de Pablo y se sumó a los paganocristianos. No quedó sino un pequeño grupo de judaizantes tercos, y los que habían en el origen representado estrictamente la ortodoxia se convirtieron en herejes. Sin embargo, su espíritu persistió y lo encontramos de nuevo más tarde en los nazarenos y los cuartodecimanes pero ya se trataba de enemigos de la catolicidad y catolicidad se volvió contra ellos o, más bien, contra el judaísmo del que sacaban su fuerza.
El espíritu judío, en sus dos formas, hasta tuvo que combatir, para asegurarse la supremacía, La primera es la que acabamos de señalar: el positivismo judaico, hostil al antropomorfismo y a la divinización de los héroes; positivismo éste que, a pesar de todo, ha perdurado a lo largo de los siglos, hasta el punto que se podría escribir la historia de la corriente judía en la historia cristiana, historia ésta que iría del ebionismo primitivo hasta el protestantismo pasando por los unitarianos y los arrianos, entre otros.
La segunda forma no es sino la forma mística representada por la gnosis alejandrina y asiática. Los judíos alejandrinos, se sabe, habían recibido la influencia del platonismo y el pitagorismo. Hasta Filón fue el precursor de Plotino y de Porfirio en la renovación del espíritu metafísico. Con ayuda de las doctrinas helenas, los judíos interpretaban la Biblia: escrutaban los misterios en ella contenidos. Los alegorizaban y los desarrollaban.
En el terreno religioso, partiendo del monoteísmo y de la idea del Dios personal, los judíos de Alejandría debían, en metafísica, llegar al panteísmo, a la idea de la sustancia divina y a la doctrina de los intermediarios entre el absoluto y el hombre, vale decir a las emanaciones, a los eones de Valentín o a los sephiroth de la Cábala. A este fondo judaico se superpusieron los aportes de las religiones caldeas, persas y egipcias que existían en Alejandría. Y entonces se elaboraron estas extraordinarias cosmogonías gnósticas, tan múltiples, tan variadas y tan locamente místicas.
Cuando nació el cristianismo, la gnosis ya había nacido. Los Evangelios le trajeron nuevos elementos. Especuló con la vida y la palabra de Jesús como ya había especulado con el Antiguo Testamento. Y cuando los Apóstoles se dirigieron a los gentiles, desde el inicio de sus predicaciones, encontraron a gnósticos frente a ellos y, en primer lugar, a gnósticos judíos. Fueron ellos los que Pedro encontró en Samaria con los rasgos de Simón el Mago. Pablo se enfrentó con ellos en Colosa, Efeso y Antioquía, en todos los lugares donde llevó su prédica y tal vez haya estado en lucha con Cerinto. [1] El mismo Juan los combatió y, en las Epístolas del Apocalipsis, se oponía a los nicolaítas que "son de la sinagoga de Satanás".
Después    de escapar del peligro de cristalizarse en una estéril comunidad judía, la Iglesia iba, por lo tanto a estar expuesta al nuevo peligro del gnosticismo que hubiera tenido por resultado, de triunfar, despedazarla en pequeñas sectas y quebrar su unidad.
Ahora bien: si más tarde el cristianismo vio llegar la gnosis helénica, sólo se encontró al principio en presencia de la gnosis judía, vale decir de la de los nicolaítas y de Cerinto, o de sistemas semejantes que se edificaban en en bases judaicas.
Todos los propagadores de la religión cristiana tuvieron, por lo tanto, que luchar con esta gnosis y se encuentran rastros de esta lucha en las Epístolas de San Pablo a los colosios y a los efesios, en la Epístola de Juda y en el Apocalipsis. [2] Pero el combate no fue solamente contra el espíritu judío de la gnosis, sino también contra las tendencias  que se manifestaban dentro de la Iglesia y contra los judíos mismos, tan pronto como el espíritu pauliniano hubo triunfado sobre Pedro.
Ya en 182, después de la insurrección de Barkokeba, la separación de los judíos y los cristianos era definitiva. En 70, los judeocristianos se habían mostrad indiferentes al des tino de la nación judía. Bajo Adriano fue peor. Mientras que quinientos mil judíos respondían al Hijo de la Estrella y las legiones retrocedían ante él; mientras que hacía falta el mejor general del Imperio para combatir a este puñado de judíos que reivindicaban su libertad de Roma  y la última y débil esperanza de Israel perecía con su última ciudadela, Bethar, y su último libertador, Barkokeba; mientras que atroces medidas de represión se tomaban contra los judíos y se prohibíe el ejercicio de su culto y se pasaba el arado por el suelo donde se alzaba Jerusalén, cuyo nombre desaparecía; mientras tanto los judeocristianos denunciaban ante los gobernadores de las provincias a los judíos que clandestinamente practicaban su rito o se entregaban al estudio de la ley.
Por otro lado, para prevenir las posibles traiciones, Barkokeba y sus soldados habían hecho ejecutar bastantes judeocristianos y hasta se habían tomado medidas para distinguir a los cristianos de los judíos. Por ambas partes pues, la animosidad era aguda, y el día en que, después de 131, la Iglesia de Jerusalén se hubo convertido en helenocristiana, la ruptura fue definitiva: judíos y cristianos por siglos serían enemigos.
Por un lado, los gentiles, al entrar en la cristiandad, aportaban con ellos todos los odios y prejuicios griegos y romanos contra los judíos. Por otro, los judeocristianos, tan pronto como hubieron abandonado la comunidad judaica, se hicieron más encarnizados aún que los gentiles contra sus hermanos de Israel.
En los escritos de los Padres apostólicos encontramos reflejados estos varios sentimientos al mismo tiempo que aparece el deseo de separar cada vez más el cristianismo del judaísmo. A medida que se desarrolla el dogma de la divinidad de Jesús, los judíos se van convirtiendo en el pueblo abominable de los deicidas, lo que no había sido en el principio. La Sinagoga ya no es sino la mujer otrora fecunda, según los términos de la II° Homilía clementina. Y se considera que " la ley de Moisés no fue hecha para los judíos, que no la entendieron". Así se expresa la Epístola de Barnabé, escrita durante el reinado de Nerva (96) y que reproducía en gran parte las ideas contenidas en el más antiguo de los escritos apostólicos, vale decir la Didaché o Doctrina de los doce Apóstoles, que se puede fechar en el año 90. En cuanto a las tradiciones paulinianas, se repercuten a principios del siglo II en las siete Epístolas de Ignacio de Antioquía, dirigidas a las Iglesias de Roma, Magnesia, Filadelfia, Efeso, Esmirna, Trales, y al obispo Policarpo. Estas siete Epístolas combaten duramente a los docetistas judaizantes y tratan de preservar a los fieles de sus doctrinas.
Pero, frente a tales demostraciones hostiles, los judíos no quedaban inactivos y eran para el cristianismo adversarios temibles. Fue bajo su crítica que el dogma se constituyó. Fueron ellos los que, por la sutileza de su exégesis y la firmeza de su lógica obligaron a los doctores cristianos a precisar sus argumentos. Su hostilidad, por lo demás, atormentaba a los teólogos: a pesar de que se separaban del judaísmo, querían atraer a los judíos. Creían que el triunfo de Jesús sólo estaría asegurado el día en que Israel reconociera el poderío del Hijo de Dios, creencia ésta que, por otra parte, se ha perpetuado en distintas formas. Parece, en el curso del tiempo, que la Iglesia sólo estará tranquilizada respecto de la legitimidad de su fe el día en que el pueblo del que salió su Dios se convierta al Galileo. Este sentimiento era aun más vivaz en el corazón de los primeros Padres de lo que pudo serlo en Bossuet y los figuristas del siglo XVII, que discutían acerca de la conversión de los judíos. Por lo tanto, había que vencer la exégesis judía y, para ello, tomarle prestadas sus armas, vale decir la Biblia. Se trató de demostrar a los judíos que las profecías estaban cumplidas y que Jesús era realmente el que habían anunciado Isaías y David. Hasta se buscó probar que la doctrina cristiana se encontraba en el Antiguo Testamento y se sacaron conclusiones a favor de la Trinidad de las primeras palabras del Génesis o del encuentro de Abrahán con tres ángeles. En el curso de los siglos, los defensores de Cristo y los enemigos de los judíos no emplearon otro método.
A esta obra se dedicaron los apologistas – los defensores del cristianismo – y a sus preocupaciones apologéticas se mezclaron violentas antipatías. Así la Carta a Diogneta, que nos conservó las obras de San Justino y que fue escrita para refutar los errores de los adversarios de los cristianos, puede considerarse como uno de los primeros escritos antijudíos. El autor desconocido de esta breve epístola, al combatir duramente las ideas milenarias, llama supersticiones a los ritos judíos. No fueron los mismos motivos los que llevaron al autor ignorado del Testamento de los XII Patriarcas, pues éste quería, y lo proclamó, convertir a los judíos y convencerlos de la excelencia de la palabra de Cristo.
El más completo de los apologistas de esa época es seguramente Justino el Filósofo. Su Diálogo con Trifón constituye el modelo de este género de polémica dialogada, del que tenemos otro ejemplo de la misma época en el Altercado de Jasón y Papisco, del griego Aristón de Pela, diálogo éste que fue reproducido en el siglo V por Evagrio en su Altercado de Simón y Teófilo. Justino, que era de Samaria y conocía muy bien a los habitantes de Judea, pone en boca de Trifón, que no es otro que el Rabino Tarfón que luchó tan duramente contra la evangelización apostólica, todos los reproches de los exegetas judíos e intenta persuadirlo del acuerdo del Antiguo Testamento y el Nuevo, tratando de conciliar el monoteísmo con la teoría del Mesías Verbo encarnado. Al mismo tiempo, contestando los reproches de Trifón que acusaba a los cristianos de abandonar la ley mosaica, afirma que esta ley sólo fue una ley preparatoria. Justino, por lo demás, atacaba las tendencias judaizantes en sus dos formas: por un lado el judeocristianismo; por otro el alejandrismo que sólo quería admitir al Verbo como una irradiación temporaria del ser único. A estas observaciones, Justino mezclaba advertencias: "No blasfeméis al hijo de Dios, decía. No escuchéis dócilmente a los fariseos. No os moféis del rey de Israel, como lo hacéis cada día". [3] Y contestaban las ironías de los judíos con sarcasmos contra los rabinos: "En lugar de exponeros el sentido de las profecías, vuestros maestros se rebajan a tonterías. Se inquietan por saber por qué se alude a camellos machos en tal o cual lugar y por qué tal cantidad de harina para vuestras oblaciones. Se inquietan religiosamente por saber por qué se agrega un alfa al nombre primitivo de Abrahán, un rho al de Sara. Este es el objeto de sus estudios. En cuanto a las demás cosas esenciales y dignas de meditaciones, no se atreven a hablaros de ellas ni tratan de explicarlas. Os prohíben escucharnos cuando las interpretamos". [4]
Este último reproche es importante, pues indica qué carácter tenía la lucha por la conquista de las almas, conquista ésta que casi hizo el judaísmo y en la cual fue suplantado. Este siglo II es uno de los momentos más considerables de la historia de la Iglesia. El dogma, vacilante en el siglo I, se precisa, Jesús marcha hacia la divinidad y la alcanza. Su metafísica, su culto y su concepción se confunden con las doctrinas judeoalejandrinas, las teorías de Filón sobre la palabra de Dios, la magia caldea y el logos griego. El Verbo nace. Se ha identificado con el Galileo. Las apologías de Justino y el cuarto Evangelio nos muestran la obra acabada. El cristianismo se ha hecho alejandrino y sus más ardientes sostenedores, sus defensores y hasta sus oradores ya son filósofos cristianos de la escuela de Alejandría: Justino, el autor del cuarto Evangelio y Clemente.
Al mismo tiempo que se efectuaba esta transformación dogmática, la idea de Iglesia universal se fortalecía. Las pequeñas comunidades cristianas, segregadas de las colectividades judías, se vinculaban entre sí. Cuanto más crecía su número, más aumentaba la fuerza de este vínculo, y la concepción unitaria – católica – coincidía con la expansión cada vez mayor del cristianismo.
Esta expansión no podía realizarse en una perfecta quietud. La predicación cristiana se dirigía a todas las juderías del Asia Menor, el Egipto, Cirenaica e Italia, en las cuales existía un elemento poco ortodoxo, el elemento judío helenizado, que los doctores cristianos trataban de conquistar. Asimismo, los propagandistas hablaban a esta masa ansiosa de las poblaciones que ya habían prestado el oído a la palabra judía. Los judíos asistían a la ruina de su influencia y tal vez de sus esperanzas. De cualquier modo, veían sus creencias – su fe – atacada y combatidas por neófitos. Experimentaban contra los cristianos una ira que éstos sentían cuando comprobaban las trabas que los doctores judíos ponían a su obra. Odio y furor eran, por lo tanto, recíprocos, y nadie se limitaba a odios y furores platónicos. Ahora bien: al principio, los judíos estaban en una mejor situación que los cristianos. Las comunidades cristianas no se beneficiaban, como los grupos judíos, con el reconocimiento legal. Se las consideraba como en oposición con la ley, como un peligro para el imperio. De ahí a maltratarlos, no había sino un paso, y así se explica el período de sufrimiento que la Iglesia tuvo que atravesar. No podía, en los días difíciles, contar con la ayuda de su rival, la sinagoga, y hasta en ciertos lugares en que las luchas entre judíos y cristianos habían alcanzado un carácter agudo, los judíos reconocidos por la legislación romana y en posesión de derechos adquiridos pudieron mezclarse con los ciudadanos de las ciudades que arrastraban a los cristianos ante los tribunales. En Antioquía, por ejemplo, donde siempre la animadversión había sido violentísima entre fieles de ambas confesiones, es infinitamente probable que los judíos reclamaron, como los paganos, el juicio y ejecución de Policarpo. Se aseguró aun, posteriormente, que se habían mostrado los más encarnizados en alimentar la hoguera del obispo.
Sin embargo, el combate no se manifestaba en todas partes de modo tan sangriento.
Siempre se polemizaba con vivacidad y, hay que decirlo, no con armas iguales. El arsenal era la Biblia, pero los doctores cristianos la conocían mal. Ignoraban el hebreo y utilizaban la versión de los Septantes, que interpretaban de un modo muy libre, llegando hasta invocar en respaldo de su dogma pasajes introducidos en los Septantes por falsarios, para este fin. Los judíos de habla griega no vacilaban en hacer otro tanto, de tal suerte que esta traducción de los Septantes, ya mala y llena de contrasentidos, servía para cualquier cosa. Al principio, los judíos quisieron poner en manos de sus fieles un  texto depurado, lo que dio origen a la traducción griega, escrupulosa y literal, del proselita Aquilas, amigo y discípulo de Rabí Akiba. Sólo más tarde los cristianos experimentaron la misma necesidad y Orígenes dio sus Hexaples, en los cuales se encontraba, por lo demás, la versión de Aquilas.
Era ésta una necesidad para los apologistas cristianos que se hallaban frente a los rabanitas en un serio estado de inferioridad, y Orígenes lo había sentido en su discusión sobre la Trinidad con Rabí Simlai. Tales discusiones entre doctores judíos y doctores cristianos no eran pocas y se vio, entre otros, en Cesarea, al rabino Abbahu polemizar con el médico Jacobo el Mineo sobre la Ascensión.
Estas controversias, que se perpetuaron durante largos siglos, no siempre eran corteses. Al lado de las leyendas conmovedoras sobre Jesús se habían elaborado leyendas escandalosas. Para rebajar a sus enemigos, los judíos habían atacado a aquél a quien éstos consideraban su dios y oponían a la deificación de Jesús los cuentos del soldado Panthero y de María repudiada, cuentos de los que se apoderaban los filósofos hostiles al cristianismo y que Orígenes refutó, en el Contra Celso, contestando los insultos con insultos.
Nacía en medio de estas batallas lo que llamaré un antijudaísmo puramente ideológico que consistía en rechazar como malo o sin valor todo lo que venía de Israel. De este sentimiento Tertuliano, en su De adversus judaeos, nos da testimonio. En esta obra, el fogoso africano ataca la circuncisión que, dice, no confiere la salvación y sólo fue un mero signo para que Israel, que siempre va hacia la idolatría, esté marcado cuando llegue el Mesías que sustituirá la circuncisión carnal por la circuncisión espiritual. Combate el sábado: el sábado temporal al que opone el sábado eterno.
Pero con este antijudaísmo especial, que volvemos a encontrar en el Octavius de Minucio Felix, en el De Catholica unitate de Cipriano de Cartago, en las instrucciones adversus gentium deos del poeta Comodiano y en las Divinas institutiones de Lactancia, se mezclaban el deseo de convencer a los judíos de la verdad de la religión cristiana, de la realidad de sus creencias, sus dogmas y sus principios, y por lo tanto la ambición de hacer proselitas entre ellos. Se confundía con los esfuerzos que hacía la Iglesia para llegar a la universalidad y sólo podía, durante los primeros siglos, ser teórico. Con Constantino y el triunfo de la Iglesia, vamos a ver cómo se transforma y se precisa este antijudaísmo.




[1] )- S. Ireneo, II, 26.
[2] )- Apocalipsis, II y III.
[3] )- Diálogo con Trifón, Migne, Patrologie
[4] )- Diálogo con Trifón.

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