lunes, 10 de diciembre de 2012

{II} EL ANTIJUDAISMO EN LA ANTIGÜEDAD


II

EL ANTIJUDAISMO EN LA ANTIGÜEDAD


Los hyksos - Amán - El antisemitismo en la sociedad antigua - En el Egipto: Manetón, Cheremón y Lisímaco - El antisemitismo en Alejandría - Los estoicos: Posidonio, Apolonio, Molón - Apión, Josefo y Filón: el Tratado contra los judíos, el Contra Apión y la Misión ante Caio - Los judíos en Roma - El antisemitismo romano - Cicerón, alumno de Apión y el Pro Flacco - Perso, Ovidio y Petronio - Plinio, Suetonio y Juvenal - Séneca y los estoicos - Medidas gubernamentales - Antisemitismo en Antioquía y en Jonia - Antisemitismo y anticristianismo

Los antisemitas modernos, que se buscan antepasados, no vacilan en remontarse a los tiempos del antiguo Egipto para encontrar las primeras manifestaciones contra los judíos. Utilizan a menudo para ello un pasaje del Génesis [1] que dice: "Los egipcios no podían comer con los hebreos porque a sus ojos es una abominación" y algunos versículos del Éxodo [2], éste entre ellos: "Aquí están los hijos de Israel que forman un pueblo más numeroso y más poderoso que nosotros. Vamos, mostrémonos hábiles a su respecto: impidamos que se acreciente".
Es indudable que los hijos de Jacobo, entrados en la tierra de Goschén durante el reinado del faraón Afobis, fueron mirados por los egipcios con tanto desprecio como los hyksos, sus hermanos, los que los textos jeroglíficos llaman los leprosos y que son designados como plaga y peste por algunas inscripciones [3]. Llegaron en el preciso momento en que se manifestaba contra los invasores asiáticos, odiados por su crueldad, un agudísimo sentimiento nacional, que debía terminar en la guerra de independencia, con la victoria definitiva de Abmos I y el sometimiento de los hebreos. Sin embargo, nadie, salvo el más decidido de los antijudíos, puede ver en estas lejanas turbulencias otra cosa que los incidentes de una lucha entre conquistadores y conquistados.
Sólo hay antisemitismo real cuando los judíos abandonan su patria, se instalan como colonos en países extranjeros y se encuentran en contacto con pueblos autóctonos o radicados desde mucho tiempo atrás, pueblos éstos de costumbres, raza y religión opuestas a las de los hebreos.
En tales condiciones, y los antisemitas por lo demás no han dejado de hacerlo, habría que buscar el antisemitismo inicial en la historia de Amán y Mardoqueo. Esta concepción sería más exacta. Aunque sea difícil apoyarse en la realidad histórica del libro de Ester, corresponde hacer notar que el autor de dicho libro pone en boca de Amán algunos de los reproches que invocarán más tarde Tácito y los escritores latinos: "Hay” – dice Aman al rey – “en todas las provincias del reino un pueblo disperso y segregado entre los pueblos, que tiene leyes distintas de las de todos los pueblos y no observan las leyes del rey". [4] Los panfletarios de la Edad Media, los de los siglos XVI y XVII y los de nuestra época no dicen otra cosa. Si la historia de Amán es apócrifa, lo que es infinitamente probable, es incontestable que el autor del libro de Ester desentrañó muy hábilmente algunas de las causas que, durante largos siglos, provocaron contra las judíos el odio de las naciones.
Sin embargo, tenemos que llegar al tiempo de la expansión de los judíos en el exterior para poder observar con certeza esta hostilidad que se ha manifestado contra ellos y que se ha llamado en nuestros días, con singular abuso de las palabras, el antisemitismo.
Algunas tradiciones relatan, en la época del primer cautiverio, la entrada de los judíos en el mundo antiguo. Mientras que Nabu Kudur Usur llevaba a Babilonia parte del pueblo judío, muchos israelitas, para escapar del vencedor, huían al Egipto y a Tripolitana y alcanzaban las colonias griegas. Las leyendas hacen remontar este período hasta la llegada de los judíos a China y la India.
Sin embargo, históricamente, el éxodo de los judíos por el mundo empezó en el siglo IV antes de nuestra era. Ya en 331 AC, Alejandro transportó judíos a Alejandría. Tolomeo mandó a otros a Cirenaica y, más o menos al mismo tiempo, Seleucos condujo un grupo a Antioquía. Cuando Jesús nació, las colectividades judías estaban florecientes en todas partes, y fue en ellas que el cristianismo reclutó sus primeros adeptos. Los había en el Egipto, en Fenicia, en Siria, en Celesiria, en Panfilia, en Cilicia y hasta en Bitinia. En Europa, los judíos se habían establecido en Tesalia, en Beocia, en Macedonia, en el Ático y en el Peloponeso. Se los encontraba en las Grandes Islas, en Eubea, en Creta, en Chipre y en Roma. "No es fácil – decía Estrabón – encontrar un lugar de la tierra que no haya recibido esta raza".
¿Por qué en todas estas comarcas y en todas estas ciudades los judíos fueron odiados? Porque jamás entraron como ciudadanos sino como privilegiados. Querían ante todo, a pesar de haber abandonado Palestina, seguir siendo judíos y su patria seguía siendo Jerusalén, vale decir la única ciudad donde se podía adorar a Dios y sacrificar en su templo. En todas partes formaban especies de repúblicas, vinculadas con Judea y con Jerusalén y de todas partes enviaban dinero, pagando al gran sacerdote un impuesto especial, el didracma, para el mantenimiento del templo.
Además, se separaban de los habitantes por sus ritos y sus costumbres. Consideraban impuro el suelo de los pueblos extranjeros y buscaban en cada ciudad constituir una suerte de territorio sagrado. Vivían aparte, en barrios especiales, se encerraban en sí mismos, vivían aislados y se administraban en virtud de privilegios de los que eran celosos y que excitaban la envidia de quienes los rodeaban. Se casaban entre sí y no recibían a nadie en sus casas, por temor a la mácula. El misterio con que se rodeaban excitaba la curiosidad y, al mismo tiempo, la aversión. Sus ritos parecían extraños y la gente se reía de ellos. Ya que no se los conocía, se los desnaturalizaba y calumniaba,
En Alejandría, los judíos eran numerosísimos. Según Filón, [5] Alejandría estaba dividida en cinco barrios. Dos estaban habitados por los judíos. Los derechos que César les había otorgado y que cuidaban celosamente estaban grabados en una columna. Tenían un senado que se ocupaba exclusivamente de los asuntos judíos y los juzgaba un etnarca. Armadores, comerciantes y agricultores, la mayor parte era rica. La suntuosidad de sus monumentos y de sus sinagogas lo atestiguaba. Los Tolomeos les dieron el cargo de recaudador de los impuestos: fue ésta una de las causas del odio popular contra ellos. Además, habían obtenido el monopolio de la navegación en el Nilo, el comercio del trigo y el abastecimiento de Alejandría, y su tráfico se extendía a todas las provincias del litoral mediterráneo. Adquirieron así grandes riquezas. Entonces apareció la invidia auri judaici y la ira contra estos extranjeros acaparadores, que formaban una nación en la nación, fue creciendo. Siguieron movimientos populares: a menudo los judíos fueron atacados y Germánico, entre otros, tuvo dificultad para defenderlos.
Los egipcios se tomaban su venganza con burlas crueles sobre sus costumbres religiosas y su horror al cerdo. Una vez, pasearon por la ciudad a un loco, Carabas, coronado con una diadema de papiro y vestido con una túnica real, y lo saludaron con el nombre de rey de los judíos.
Ya en tiempos de los primeros Tolomeos, bajo el reinado de Filadelfo, el gran sacerdote del templo de Heliópolis, Manetón dio cuerpo a los odios populares. Consideraba a los judíos descendientes de los hyksos usurpadores y decía que, tribu de leprosos, fueron echados por sus sacrilegios y su impiedad. Cheremón y Lisómaco repitieron estas fábulas.
Pero los judíos no fueron solamente objeto de la animosidad popular. Tuvieron contra ellos a los estoicos y los sofistas. Los judíos, por su proselitismo, molestaban a los estoicos. Había lucha de influencia entre ellos y, a pesar de su creencia común en la unidad divina, se oponían los unos a los otros. Los estoicos acusaban a los judíos de irreligiosos. Es cierto, si nos referimos a los juicios de Posidonio y de Apolonio Molón, que conocían muy mal la religión judía. Los judíos, decían, se niegan a adorar a los dioses. Ni consienten siquiera a inclinarse ante la divinidad imperial. Tienen en su santuario una cabeza de burro y la honran. Son antropófagos: cada año engordan a un hombre, lo sacrifican en un bosque, se reparten su carne y, sobre ella, hacen el juramento de odiar a los extranjeros. "Los judíos, dice Apolonio Molón, son enemigos de todos los pueblos. No han inventado nada útil y son brutales". Y Posidonio agregaba: "Son los más malos de todos los hombres".
Tanto como los estoicos, los sofistas detestaban a los judíos. Pero las causas de su odio no eran religiosas. Más bien eran de orden literario, digámoslo así. Desde Tolomeo Filadelfo hasta mediados del siglo III, los judíos alejandrinos, con el propósito de sostener y fortalecer su propaganda, se dedicaron a una extraordinaria labor de falsificación de textos susceptibles de convertirse en apoyo para su causa. Versos de Esquilo, Sófocles y Eurípides, supuestos oráculos de Orfeo conservados en Aristóbulo y los Stromata de Clemente de Alejandría celebraban así al Dios único y el sábado. Se falseaban obras de historiadores. Más aún: se les atribuían obras enteras, y fue así como se publicó con el nombre de Hecateo de Bodera una Historia de los judíos. El más importante de estos inventos fue el de los oráculos sibilinos, fabricados íntegramente por los judíos alejandrinos, que anunciaban los tiempos venideros en que advendría el reinado del Dios único. Sin embargo, en eso encontraron a imitadores. Pues si la Sibila empezó a hablar en el siglo II antes de Cristo, también los primeros cristianos la hicieron hablar. Hasta los judíos pretendieron desviar para su lado la literatura y la filosofía griegas. En un comentario sobre el Pentateuco, que nos conservó Eusebio, [6] Aristóbulo se esforzaba en demostrar cómo Platón y Aristóteles habían encontrado sus ideas metafísicas y éticas en una antigua traducción griega del Pentateuco.
Esta manera de proceder con su literatura y su filosofía irritaba profundamente a los griegos que, por su lado, por venganza, difundían sobre los judíos las fantasías agraviantes de Manetón y, además, asimilaban sus leyendas a los relatos bíblicos, con gran furor de los judíos. Así la confusión de las lenguas y el mito de Zeus privando a los animales de su lenguaje único. Los sofistas, especialmente molestos por la conducta de los judíos, hablaban contra ellos en su enseñanza. Uno de ellos, Apión, hasta escribió un Tratado Contra los Judíos. Este Apión era un personaje singular: mentiroso y charlatán más de la cuenta, aun para un retor, e hinchado de vanidad a tal punto que Tiberio lo había llamado Cymbalun mundi. Sus cuentos eran célebres: afirmaba, dice Plinio, haber evocado a Homero por medio de hierbas mágicas.
Apión repetía, en su Tratado Contra los Judíos, las fábulas de Manetón que ya habían retomado Cheremón y Lisímaco. Agregaba lo que habían dicho Posidonio y Apolonio Molón. Según él, Moisés no era sino "un seductor y un encantador" y sus leyes no contenían nada que no fuera "malo y peligroso". [7] En cuanto al sábado, los judíos lo llamaban así por una enfermedad, suerte de úlcera, que los afectó en el desierto y que los egipcios llamaban sabbatosim, vale decir dolor de ingles.
Filón y Josefo asumieran la defensa de los judíos y combatieron a los sofistas y a Apión. En el Contra Apión, Josefo se muestra durísimo para con su adversario: "Apión” – dice – “tiene una estupidez de burro y una desfachatez de perro, que es uno de los dioses de su nación". En cuanto a Filón, si habla de Apión en la Misión ante Caio, es porque Apión había sido enviado a Roma para combatir a los judíos ante Calígula. Por lo demás, prefiere atacar a los sofistas en general. En su Tratado de Agricultura, hace de ellos un retrato sombrío e insinúa que Moisés comparó a los sofistas con cerdos. A pesar de ello, en sus otros escritos, recomienda a sus correligionarios no irritarlos para no provocar motines, y esperar pacientemente su castigo, que llegará el día en que el Imperio judío, el de la salvación, se establezca en el globo.
Las recomendaciones de Filón no se escucharon y, a menudo, la exasperación de ambas partes fue tal que estallaron terribles sediciones en Alejandría, marcadas por la matanza de judíos que, por lo demás, se defendían vigorosamente. [8]
En Roma, los judíos fundaron una colectividad poderosa y rica, en los primeros años de la era cristiana. Habían llegado a la ciudad hacía 139 AC bajo el consulado de Popilio Loeno y de Caio Calpurnio, si hay que creer a Valerio Máximo. [9] Lo que es seguro, es que en 160 a. J.C. llegó a Roma una embajada de Juda Macabeo para concertar con la República un tratado de alianza contra los sirios. En 143 y 139 AC, hubo otras embajadas. [10] Desde este momento, judíos debieron de establecerse en Roma. Bajo Pompeyo, vinieron en gran número y, en 58 AC, su aglomeración ya era considerable. Turbulentísimos y muy temibles, desempeñaron un papel político importante. César se apoyó en ellos durante las guerras civiles y los colmó de favores. Hasta los eximió del servicio militar. Bajo Augusto, se hizo postergar para ellos las distribuciones de trigo cuando caían en sábado. El Emperador les dio el derecho de levantar la didracma para enviarla a Palestina e instituyó en el templo de Jerusalén un sacrificio perpetuo de un toro y dos corderitos. Cuando Tiberio llegó al trono, los judíos eran 20.000 en Roma, organizados en colegios y en sodalitates.
Excepto los judíos de gran familia, como los Herodes y los Agripa, que se mezclaban en la vida pública, la masa judía vivía muy apartada. El mayor número vivía en la parte más sucia y también más comerciante de Roma: el Transtevere. Se los veía cerca de la vía Portuensis, del Emporium y del Gran Circo; en el Campo de Marte y en Suburo; más allá de la puerta Capena; en la orilla del arroyo de Egeria y cerca del Bosque Sagrado. Los de la puerta Capena predecían el porvenir. Ya está el judío del ghetto.
Las mismas causas que habían actuado en Alejandría actuaron en Roma. Allá también los privilegios excesivos de los judíos y las riquezas de algunos de ellos, como igualmente su lujo inaudito y su ostentación provocaron el odio del pueblo. Sin embargo, otras razones agravaron estos conflictos, razones éstas más profundas y más importantes, puesto que se trataba de razones religiosas. Hasta se puede afirmar, por extraño qué esto parezca, que el motivo del antijudaísmo romano fue un motivo religioso.
La religión romana no se parecía en nada al politeísmo admirable y profundamente simbólico de los griegos. Era menos mística que ritual. Consistía en costumbres íntimamente vinculadas, no sólo con la vida de todos los días, sino también con los distintos actos de la vida pública. Roma hacía cuerpo con sus dioses. Su grandeza parecía ligada a la observancia rigurosa de las prácticas de la religión nacional. Su gloria dependía de la piedad de sus ciudadanos, y hasta parece que el romano tenía, como el judío, la noción de un pacto sellado entre las divinidades y él, pacto éste que debía, por ambas partes, ser escrupulosamente cumplido. De cualquier modo, el romano siempre estaba frente a sus dioses. Sólo dejaba su hogar, donde ellos vivían, para reencontrarlos en el Foro, en las vías públicas, en el senado y hasta en los cuarteles, donde cuidaban del poderío de Roma. Se sacrificaba en toda época y en toda oportunidad. Los guerreros y los diplomáticos seguían los augurios, y cualquier magistratura, civil o militar, participaba del sacerdocio, pues el magistrado sólo podía desempeñar su cargo si conocía los ritos y observancias del culto.
Fue este culto el que, durante siglos, sostuvo la República y el Imperio, y sus prescripciones fueron celosamente respetadas. Cuando se alteraron, cuando las tradiciones se adulteraron y cuando las normas fueron violadas, Roma vio palidecer su gloria y empezó su agonía.
Por ello la religión romana se conservó inalterada durante mucho tiempo. Por cierto, Roma conoció cultos extranjeros. Vio a los adoradores de Isis y Osiris, los de la Gran Madre y los de Sabazios. Pero si bien admitió a estos dioses en su Panteón, no les dio lugar en la religión nacional. Todos estos orientales estaban tolerados. Se permitía a los ciudadanos aceptar las supersticiones que les correspondía, pero con tal de que no fueran nocivas. Y cuando Roma se dio cuenta de que una mueva fe podía pervertir el espíritu romano, actuó sin piedad: así cuando la conspiración de las bacanales o la expulsión de los sacerdotes egipcios. Roma se defendía contra el espíritu extranjero. Temía a los afiliados de las sociedades religiosas. Hasta se inquietaba por la prédica de los filósofos griegos y el senado, en 161, les prohibió entrar en la ciudad.
Resulta fácil, pues, entender los sentimientos de los romanos con respecto a los judíos. Los griegos, asiáticos, egipcios, germanos o galos traían consigo sus ritos y sus creencias, pero no se resistían a inclinarse ante el Marte del Palatino, ni siquiera ante Júpiter Latiaris. Se conformaban a las exigencias de la ciudad y a sus costumbres religiosas, hasta cierto punto. De cualquier modo, no se oponían a ellas. El caso de los judíos era distinto. Aportaban una religión tan rígida, tan ritualista y tan intolerante como la religión romana. Su adoración de Iahvé excluía cualquiera otra adoración. Por ello se niegan a prestar juramento a las águilas, siendo el águila el numen de la legión, y así escandalizaban a los demás ciudadanos. Puesto que su fe religiosa se confundía con la observancia de ciertas leyes sociales, esta fe, por su adopción, debía acarrear un cambio en el orden social. Así inquietaba a los romanos cuando se introducía entre ellos, pues los judíos trataban insistentemente de hacer proselitas.
Todos los historiadores atestiguan el espíritu proselístico de los judíos, y Filón tuvo razón al decir: "Nuestras costumbres ganan terreno y atraen a bárbaros y helenos, el continente y las islas, el oriente y el occidente, Europa y el Asia: la tierra entera, de un extremo al otro".
Por lo demás, los pueblos de la Antigüedad, en su declinación, estaban profundamente seducidos por el judaísmo, su dogma de la unidad divina y su moral. También los privilegios otorgados a los judíos atraían a numerosos pobres. Estos proselitas se dividían en dos grandes categorías: los proselitas de la justicia, que aceptaban hasta la circuncisión y entraban así en la sociedad judía; y los proselitas de la puerta que, sin someterse a las prácticas necesarias para incorporarse a la colectividad, se agrupaban sin embargo alrededor de ella.
Tal reclutamiento, que se lograba por persuasión y a veces por violencia – los judíos ricos convertían a sus esclavos – debía provocar una reacción. Fue la causa principal, agregada a las causas secundarias ya mencionadas – riqueza de los judíos, su importancia política y su situación privilegiada – de las manifestaciones antijudaicas en Roma. La mayor parte de los escritores latinos, desde Cicerón, atestiguan este estado de espíritu.
Cicerón, que había sido alumno de Apolonio Molón, había heredado sus prejuicios. Encontró a judíos en su camino: actuaban en el partido popular, contra el partido del senado al que él pertenecía. Los temía y, por ciertos pasajes del Pro Flacco, vemos que apenas si se atrevía a hablar de ellos, por lo numeroso que eran alrededor de él y en la plaza pública. Sin embargo un día estalla: "Hay que combatir sus supersticiones bárbaras", dice. Los acusa de ser una nación "llevada a la suspicacia y a la calumnia" y agrega que "demuestran desprecio por los esplendores del poderío romano. [11] Según él, eran de temer estos hombres que, apartándose de Roma, tenían la mirada puesta sobre la ciudad lejana, Jerusalén, y la mantenían con los denarios que sacaban de la República. Además, les reprochaba conquistar a ciudadanos para sus ritos sabáticos.
Esta última acusación reaparece muy a menudo en los escritos de los polemistas, los poetas y los historiadores. Además, esta religión judía, que encantaba a los que habían aprehendido su esencia, chocaba a los demás, los que la conocían mal y la consideraban un montón de ritos absurdos y tristes. Los judíos no son más que una nación supersticiosa, dice Perso. [12] Su sábado es un día lúgubre, agrega Ovidio. [13] Adoran el cerdo y el burro, afirma Petronio. [14]
Tácito, tan bien informado, repite sobre el judaísmo las fábulas de Manetón y de Posidonio. Los judíos, dice, descienden de los leprosos, honran una cabeza de burro y tienen ritos infame. Luego precisa sus acusaciones, y son las de los nacionalistas, digámoslo así: "Todos los que adhieren a su culto, afirma, se hacen circuncidar y la primera instrucción que reciben es la de despreciar a los dioses, renegar de la patria y olvidar a padre, madre e hijos". Y se enoja agregando: "Los judíos consideran profano todo lo que entre nosotros se considera sagrado". [15] Suetonio y Juvenal repiten la misma cosa, y es éste el reproche fundamental: "Tienen un culto particular y leyes particulares. Desprecian las leyes romanas". [16] Es ésta también la acusación de Plinio: "Menosprecian a los dioses". [17] Y es la de Séneca. Pero, en el filósofo, otros motivos intervienen.
Séneca, estoico, estaba en rivalidad con los judíos, como lo habían estado los estoicos de Alejandría. Les reprochaba menos su desprecio por los dioses que su proselitismo que trababa la propagación de la doctrina estoica. Por ello manifiesta su ira: "Los romanos – dice con tristeza – han adoptado el sábado". [18] Y, hablando de los judíos: "Esta nación abominable” –  concluye – “ha logrado difundir sus costumbres en el mundo entero. Los vencidos han dado leyes a los vencedores". [19]
La República y el Imperio pensaron como Séneca. En varias oportunidades tomaron medidas para detener el proselitismo judío. En el año 22, un senadoconsulto fue promulgado por Tiberio contra las supersticiones egipcias y judaicas. Y cuatro mil judíos, nos dice Tácito, fueron trasportados a Cerdeña. Calígula les infligió vejámenes. Respaldó las actuaciones de Flacco en el Egipto, y Flacco, apoyado por el Emperador, quitó a los judíos los privilegios que les había otorgado César. Se apoderó de su sinagoga y decretó que se los podía tratar como a habitantes de una ciudad conquistada. Domiciano impuso un impuesto a los judíos y a los que llevaban una vida judaica, con la esperanza de trabar las conversiones mediante la aplicación de esta tasa. Antonino el Piadoso prohibió a los judíos circuncidar a otros que no fueran sus hijos.
El antijudaísmo no se manifestó solamente en Roma y Alejandría. Dondequiera hubo judíos se los vio surgir: en Antioquía, donde se produjeron grandes matanzas; en la Libia pentapolitana donde, bajo Vespasiano, el gobernador Catulo excitó a la población contra ellos; en Jonia donde, bajo Augusto, las ciudades griegas se pusieron de acuerdo para obligar a los judíos, sea a renegar de su fe, sea a soportar, sólo ellos, las cargas públicas.
Pero es imposible hablar de las persecuciones judías sin hablar de las persecuciones cristianas. Durante mucho tiempo; judíos y cristianos – hermanos enemigos – estuvieron unidos en el mismo desprecio y las mismas causas que habían hecho odiar a los judíos hicieron odiar a los cristianos. Los discípulos del Nazareno aportaban en el mundo antiguo los mismos principios de muerte. Si los judíos hablaban de alejarse de los dioses y de abandonar a esposo, padre, hijo y mujer para acercarse a Jehováh, también decía Jesús: "No he venido para unir sino para separar". Los cristianos no se inclinaban más que los judíos ante el águila ni se prosternaban ante los ídolos. Como los judíos, los cristianos conocían otra patria que Roma. Como ellos, se olvidaban de sus obligaciones cívicas más bien que de sus deberes religiosos.
Por ello, en los primeros años de la era cristiana, se abarcaba a la Sinagoga y la Iglesia naciente en la misma reprobación. Al mismo tiempo que se echaba de Roma a algunos judíos, se expulsaba a "un tal Chrestus" [20] y sus partidarios. Pero ellos se encargaron mutuamente de demostrar a los hombres que no había que confundirles. Apenas el cristianismo pudo hacerse oír, rechazó a su vez la descendencia de Abrahán.




[1] )- 1 Génesis, XLIII, 32.
[2] )- Exodo, I, 8, 10.
[3] )- Inscripción de Aahmes, jefe de los boteros, citada por Ledrain, Hist. du peuple d'Israel, I, p. 53.
[4] )- Ester, 111, 8.
[5] )- In Flaccum.
[6] )- Préparation évangélique.
[7] )- Josefo, Contra Apión, 1, II, cap. VI.
[8] )- Filón, In Flaccum.
[9] )- Valerio Máximo, 1, 3, 2.
[10] )- Macab. VIII, 11, 17-32; XII, 1-3; XIV, 16-19, 24, Josefo, Antiquités Judaiques, XII, 10, XIII, 5, 7, 9, Mai., Script. vet., t. III, 31, parte, p. 9, 98.
[11] )- Pro Flacco.
[12] )- Sat., V.
[13] )- Arte de amar, 1, 75, 76.
[14] )- Fragmento poético.
[15] )- Tácito, Historias, V, 4, 5.
[16] )- Juvenal, Sat., XIV, 96, 104.
[17] )- Hist. nat., XIII, 4.
[18] )- Epístola, XCV.
[19] )- De la superstición, Fragm. XXXVI,
[20] )- Suetonio, Claudio, 25

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