lunes, 10 de diciembre de 2012

{XIV} EL FUTURO DEL ANTISEMITISMO


XIV


EL FUTURO DEL ANTISEMITISMO


Las causas del antisemitismo - El antisemitismo actual y el antijudaísmo de antes - La causa permanente - El judío extranjero y las manifestaciones del antisemitismo - El judío y la asimilación - El judío y los medios - Las modificaciones del tipo judío - La desaparición de las constantes exteriores - El estado religioso de la sinagoga contemporánea - La extinción y la ruina del talmudismo - El judío es un elemento absorbido - La desaparición del prejuicio religioso contra el judío - El debilitamiento del particularismo y del exclusivismo nacional - Los progresos del cosmopolitismo - El antisemitismo y las transformaciones económicas - La lucha contra el capital - La unión de los capitalistas - El capital y la revolución - Los antisemitas, auxiliares de la revolución - El fin del antisemitismo.

Tales como acabamos de estudiarlas, las causas del antisemitismo moderno son nacionales, religiosas, políticas y económicas. Son causas profundas que dependen no sólo de los judíos, no sólo de los que los rodean, sino también y sobre todo del estado social. Ignorando los verdaderos orígenes de sus sentimientos, los que profesan el antisemitismo basan su estado de espíritu en reproches que no concuerdan con las causas que hemos encontrado: reproches étnicos, reproches religiosos, reproches políticos y reproches económicos, todos estos decorados del antisemitismo son infundados.
Los unos, como los reproches étnicos, provienen de una falsa concepción de las razas; los otros, como los reproches religiosos y los reproches políticos, nacieron de una idea incompleta y estrecha de la evolución histórica; los últimos, por fin, como los reproches económicos, fueron producidos por la necesidad de disimular una de las luchas del capital.
Ni éstos ni aquéllos están justificados. No es exacto que el judío sea un puro semita, como tampoco que los pueblos europeos sean puros arios. La noción misma de semita y de ario, al implicar una desigualdad respectiva, en nada puede legitimarse. Vimos que, en el sentido que se atribuye a esta palabra, no hay raza, vale decir que no hay colectividad humana que descienda de dos antepasados primitivos y se haya desarrollado sin admitir la intrusión extranjera. La idea de pureza de sangre, como fundamento de la unidad en la asociación, si tuvo su razón de ser cuando la humanidad estaba compuesta de minúsculas hordas heterogéneas, ya no fue sostenible desde que esas hordas se han juntado para formar ciudades. Se ha perpetuado, sin embargo, y se ha convertido en una ficción etnológica, que las ciudades antiguas embellecieron con leyendas al narrar la vida de sus héroes fundadores; ficción ésta que se transformó cuando se federaron las ciudades y se formaron las naciones, pero que ha persistido a pesar de todo y ha dado nacimiento a esas genealogías interminables, cuyo propósito siempre era establecer una filiación común para todos los miembros de un mismo Estado.
Si no es cierto que los judíos sean una raza, tampoco es justo considerarlos como la causa de las transformaciones modernas. Esto es darles un lugar demasiado elevado, tan elevado que, en realidad, los antisemitas actúan más bien como filosemitas. Hacer de Israel el centro del mundo, el fermento de los pueblos y el agitador de las naciones es absurdo. Así proceden, sin embargo, los amigos y los enemigos de los judíos. Les atribuyen, llámense Bossuet o llámense Drumont, una importancia excesiva que la vanidad del judío – esta  vanidad salvaje que lo caracteriza – por lo demás ha aceptado. Sin embargo, hay que poner las cosas en su justo nivel. Si monarquías e imperios se han desmoronado, si la todopoderosa Iglesia ha visto decrecer su autoridad que todos los esfuerzos de la burguesía agonizante no revivirán y si la indiferencia religiosa se acrecienta al mismo tiempo que, por el contrario, avanza la revolución, la culpa no es de los hijos de Jacobo. Los judíos indudablemente no han creado por sí solos el estado actual: sólo están mejor adaptados a él, en virtud de calidades atávicas y seculares, que cualesquiera de los demás. No fundaron esta sociedad capitalista, financiera, agiotista, comercial e industrial, que tantas causas contribuyeron a establecer. Sin embargo, se han beneficiado con ella más que cualquiera. Han sacado de ella ventajas preciosísimas, numerosísimas y muy considerables, y esto, no por utilizar procedimientos particularmente desleales o deshonestos, como les reprochan sus adversarios, sino porque los siglos, las leyes restrictivas, las prescripciones religiosas y las condiciones políticas y sociales de su existencia anterior los habían preparado para el medio contemporáneo y los había provisto para la lucha diaria, de mejores armas.
No obstante, si los judíos no son una raza, han sido hasta nuestros días una nación. Se han perpetuado con sus caracteres propios, su tipo confesional y su código teológico que ha sido al mismo tiempo un código social. Si bien no han destruido al cristianismo ni organizaron una tenebrosa conspiración contra Jesús, han dado armas a los que lo han combatido y, en los asaltos sufridos por la Iglesia, siempre se han encontrado en primera fila.
Asimismo, si bien no han socavado los tronos monárquicos – formados en una vasta sociedad secreta que, durante siglos, hubiera proseguido con sus propósitos – han suministrado un aporte considerable a la revolución. Han sido, en el presente siglo, los más ardorosos sostenedores de los partidos liberales, revolucionarios y socialistas. Les han dado hombres como Lasker, Disraeli, Crémieux, Marx y Lassalle, [1] sin contar el rebaño oscuro de los propagandistas. Los han respaldado con sus capitales. En fin, acabamos de decirlo, si no han levantado, por sí solos, el trono de la burguesía capitalista triunfante sobre las ruinas del Antiguo Régimen, han ayudado a establecerlo.
Están así en los dos polos de las sociedades contemporáneas. Por un lado colaboran activamente a esta centralización extrema de los capitales, que facilitará indudablemente su socialización y, por otro, figuran entre los más ardientes adversarios del capital. Al judío acaparador de oro –  producto del exilio, el talmudismo, las legislaciones y las persecuciones – se opone el judío revolucionario, hijo de la tradición bíblica y profética, o sea de esa tradición que animó a los anabaptistas libertarios alemanes del siglo XVI y a los puritanos de Cromwell.
En medio de todas las transformaciones que han marcado el presente siglo, no han permanecido inactivos, pues. Antes al contrario, ha sido su actividad la que ha, no provocado, pero sí perpetuado el antisemitismo, pues el antisemitismo moderno es el heredero del antijudaísmo de la Edad Media. También en otras épocas, en España, al combatir a los moriscos y a los marranos, se intentó reducir los elementos extraños a la nación española. Otrora los judíos fueron considerados una tribu extranjera, una horda de deicidas que quería, por su proselitismo, imponer su espíritu a los cristianos y, además, buscaba apoderarse del oro, cuya importancia empezó a revelarse durante los primeros años de la Edad Media. Las manifestaciones del antisemitismo actual son, por lo menos en la Europa occidental, [2] diferentes de las manifestaciones de antes. Los reproches han cambiado, vale decir: se los ha expresado de otro modo y se los ha respaldado con teorías científicas, antropológicas y etnológicas, pero las causas no se han modificado apreciablemente y el antisemitismo contemporáneo sólo difiere del antijudaísmo de antes por ser menos inconsciente, más racional, más dogmático, menos impulsivo y más reflexionado. En la base del antisemitismo de nuestros días como del antijudaísmo del siglo XIII se encuentran el horror y el odio por el extranjero. Es ésta la causa fundamental de todo antisemitismo. Es éste su motivo permanente, el que se encuentra en Alejandría bajo los Ptolomeos, en Roma en tiempos de Cicerón, en las ciudades griegas de Jonia, en Antioquía, en la Cirenaica, en la Europa feudal y en los Estados contemporáneos que anima el principio de nacionalidades.
Dejemos, ahora, el viejo antijudaísmo para ocuparnos únicamente del antisemitismo moderno. Producto de una acción del exclusivismo nacional y de una reacción del espíritu conservador contra las tendencias nacidas de la Revolución Francesa, todas las causas que lo han provocado o conservado se pueden reducir a una sola: los judíos aún no están asimilados, vale decir creen todavía en su nacionalidad. Continúan, por la circuncisión, normas profilácticas especiales y prescripciones alimentarias, diferenciándose de los que los rodean. Persisten como judíos, no por no ser capaces de patriotismo – en ciertos países como Alemania, los judíos han contribuido más que nadie a realizar la unidad nacional – sino por resolver el problema, que parece insoluble, de tener dos nacionalidades. Son franceses o alemanes, [3] pero también son judíos y, si se les agradece muy poco el ser franceses o alemanes, se les reprocha vivamente el ser judíos. Se los considera en todos los Estados como los norteamericanos consideran a los chinos: una tribu, de extranjeros que han conquistado los mismos privilegios que los autóctonos y se han negado a desaparecer. Se los siente aún distintos y, cuanto más las naciones se homogeneizan, tanto más estas diferencias se notan. En el gran movimiento que lleva a cada pueblo hacia la armonía de los elementos que lo componen, los judíos son unos refractarios. Siguen siendo la nación de cuello rígido, contra la cual el Legislador lanzaba sus anatemas. Siguen apegados a formas sociales abolidas y cuya autonomía desde hace tiempo está destruida. En cierta medida, son una nación que sobrevive a su nacionalidad y, desde hace siglos, resisten la muerte.
¿Por qué? Porque todo ha contribuido a mantener sus caracteres de pueblo. Porque han tenido una religión nacional que tuvo su plena razón de ser cuando formaban un pueblo, dejó de ser satisfactoria después de la dispersión, pero los mantuvo apartados. Porque han fundado en toda Europa colectividades celosas de sus prerrogativas y apegadas a sus costumbres, sus ritos y su modo de vivir. Porque han permanecido, durante años, bajo la dominación de un código teológico que los ha inmovilizado. Porque las leyes de los países múltiples donde se han instalado, los prejuicios y las persecuciones les impidieron mezclarse. Porque, desde el segundo éxodo – desde su partida de la tierra palestina – han alzado y se han alzado alrededor de ellos barreras rígidas e infranqueables. Tales como son, se los ha creado lentamente y se han creado. Diferenciándolos, se les ha dado un ser intelectual y moral, y ellos mismos han hecho todo lo posible en el mismo sentido. Ellos temían la mácula, y los demás temían ser manchado por ellos. Sus doctores se negaron a dejarlos unirse con cristianos, y los legisladores cristianos prohibieron toda unión con los judíos. Se dedicaron al tráfico del oro, y se les impidió ejercer otras profesiones. Se apartaron del mundo, y se los constriñó a permanecer en ghettos.
Así eran diferentes de los que vivían a su lado, pero, antes de su emancipación, escapaban de las miradas. Se mantenían apartados. Nadie tenía contactos con ellos. Se les había deslindado su campo y asignado su lote y vivían al margen de la sociedad sin perturbar en nada la marcha general, pues no formaron parte del cuerpo social. Cuando fueron liberados, se expandieron por todas partes y aparecieron tales como los habían hecho. Se tuvo ante ellos la impresión que se experimentaría si se viera de repente a todos los gitanos del mundo plegarse a la civilización y reclamar su lugar. Pues se habían modificado las condiciones en las cuales los judíos vivían desde hacía tanto tiempo, pero ellos mismos no habían cambiado, y hacía falta para lograrlo otra cosa que la decisión de la Asamblea Nacional. Producto de una religión y una ley, los israelitas sólo podían transformarse si esta religión y esta ley se transformaban.
Aquí tropezamos con una objeción capital. Los antisemitas se limitan a decir que el judío pertenece a una raza diferente y es un extranjero. Afirman que constituye un elemento inasimilable e irreductible, y si algunos admiten que el judío puede entrar en la composición de los pueblos, sostienen que es en detrimento de esos pueblos y que el semita mata y echa a perder al ario, lo que, por otro lado, está en contradicción con la teoría antisemita según la cual toda raza superior debe subyugar la raza inferior sin poder ser perjudicada por ella.
¿Los judíos son realmente incapaces de asimilarse? De ningún modo, y toda su historia prueba lo contrario. Hemos visto [4] cuántos judíos habían penetrado en las naciones por el bautismo, cuán numerosas habían sido las conversiones en la Edad Media y, por fin, cuántos judíos habían desaparecido, absorbidos por los que los rodeaban, llegando voluntariamente a Cristo o siendo bautizados por la fuerza por monjes o reyes fanáticos: judíos ésos cuyos rastros ya no pueden encontrarse hoy en día, como no se puede más hallar vestigios de los godos, los alamanes y los suevos, los que, amalgamados con otros pueblos más, contribuyeron a formar el francés. En todo tiempo, el judío, como todos los semitas, se ha unido al ario. En todo tiempo ha habido penetración recíproca de estas dos razas, y nada demuestra mejor cuán posible es la asimilación. Por lo demás, para demostrar que los judíos son inasimilables, habría que demostrar que no son modificables, pues todo ser incapaz de modificarse no puede fundirse en una aglomeración humana, así como todo alimento refractario no puede entrar en la economía del cuerpo. Ahora bien: han sido constantemente transformados por los diferentes medios. Si se encuentran semejanzas entre un judío español y un judío ruso, [5] también se encuentran diferencias, y estas diferencias no fueron producidas únicamente por mezcla con pueblos extranjeros atraídos y convertidos por los judíos. También fueron producidos por el medio natural, el medio social y el medio moral e intelectual.
El tipo judío no sólo ha variado en el espacio: también ha variado el tiempo. Es una perogrullada decir que el judío del ghetto de Roma no era el mismo que el judío de las tropas de Barkokeba, así como el judío de nuestras grandes capitales europeas no es semejante al judío de la Edad Media. Sin embargo, estas desemejanzas que señalo entre judíos de distintos países y de distintas épocas son menos notables que sus semejanzas. Esto prueba que el medio artificial en el cual se ha hecho vivir al judío ha sido más fuerte que el medio natural. Es esto lo que siempre sucede con el hombre, pues resulta menos sensible a los medios climáticos, contra los cuales acciona sin cesar, que a los medios sociales. El judío no ha podido escapar de esta norma humana, y no ha sido la nieve de Polonia ni el sol tórrido de España lo que lo han modelado principalmente. Ha sido amasado por las leyes políticas de las naciones y por la religión; religión ésta poderosa y temible, como todas las religiones rituales que sustituyen a la metafísica por una Suma legislativa. Estas leyes y esa religión siempre han sido las mismas para el judío. En todos los tiempos y en todos los lugares han sido, para él, constantes exteriores y constantes interiores.
Ahora bien: desde hace cien años, estas constantes han variado. [6] Las leyes exteriores que regían a los judíos han dejado de ser. La legislación especial y uniforme que sufrían ha sido abolida. Están sometidos ahora a las leyes de los países de los que son ciudadanos y estas leyes, diferentes según las latitudes, constituyen un factor de diferenciación. Con las leyes han desaparecido las costumbres. Los judíos ya no viven apartados. Participan en la vida común. Ya no son extraños a las civilizaciones que los han acogido. Ya no tienen una literatura especial ni modo de vida particular, singular y caracterizante. Han aceptado las costumbres de las diversas naciones entre las cuales están esparcidos. Por ser diferentes, estas costumbres contribuyen a diferenciar a los judíos, y desemejanzas cada vez mayores van surgiendo entre ellos. Se alejan más y más de ese tipo profesional y confesional que aún existe pero que, fatal y necesariamente, tiende a desaparecer y sólo está mantenido por las constantes interiores; vale decir por la religión, los ritos y los hábitos que dependen de ellas.
Ahora bien: hoy en día, las prácticas religiosas de los judíos varían con los distintos países. Mientras que en Galitzia, por ejemplo, se practican las observancias del culto más minuciosas, en Francia, Inglaterra y Alemania se reducen al mínimo. Si el estudio del Talmud perdura en Polonia, en Rusia y en ciertas partes de Alemania y del imperio austro-húngaro, desapareció totalmente en los demás países. Entre el judío francés emancipado y el judío galitziano talmudista la zanja se ahonda cada vez más y, de este modo, se van creando diferencias en Israel, diferencias éstas que se pueden también observar entre los judíos de las sinagogas reformadas y los de las sinagogas ortodoxas. Pero, lo que es más importante, el espíritu talmudista va desapareciendo lentamente. Las escuelas talmudistas que aún persisten se cierran día tras día en la Europa occidental. El judío contemporáneo ya ni siquiera sabe leer el hebreo. Desembarazado de las ataduras rabanitas, la sinagoga ya no profesa sino una especie de deísmo ceremonial. En el judío moderno, este deísmo va debilitándose cada vez más. Todo judío emancipado está preparado para el racionalismo, y no es solamente el talmudismo el que se muere: es la religión judía la que está agonizando. Es la más antigua de las religiones existentes. Parece normal, pues, que sea la primera en desaparecer. En contacto directo con la sociedad cristiana, se ha disgregado. Durante largo tiempo había subsistido, como subsisten esos cuerpos que se sustraen a la luz y el aire. Se abrieron las ventanas de la bóveda en la cual dormía, el sol y el viento entraron y ella se disolvió.
Con la religión judía se desvanece el espíritu judío. Este espíritu aún animaba a Heine y Boerne, a Marx y a Lassalle, pero ellos habían sido educados a lo judío. Habían recibido ya en la cuna tradiciones que los jóvenes judíos de hoy ignoran desprecian y ahora ya no hay o, por lo menos, tiende a no haber más personalidad judía.
Así, esos judíos compuestos de varias capas disímiles, a quienes condiciones semejantes de vida exterior, preocupaciones intelectuales semejantes y formas religiosas, morales y sociales semejantes habían unificado, esos judíos vuelven a la heterogeneidad. Convirtiéndose en variables las constantes que los habían formado, la uniformidad artificial desaparece por desaparecer la fe judía, las prácticas judías y el espíritu judío. Con este espíritu, estas prácticas y esta fe los israelitas mismos se desvanecen. Lo que las persecuciones no pudieron conseguir, el debilitamiento de las creencias religiosas y, por lo tanto, de las creencias nacionales lo ha logrado. Sustraído á los códigos excepcionales y al talmudismo anquilosante, el judío liberado, muy lejos de ser un elemento absorbente, es un elemento absorbido. En ciertos países, como los Estados Unidos, "la diferencia entre judíos y cristianos se va borrando rápidamente". [7] Se borrará cada vez más, pues cada vez más los judíos abandonarán sus antiguos prejuicios, sus ritos separatistas y sus prescripciones profilácticas y alimentarias. Ya no se creerán destinados a perdurar en cuanto pueblo. Ya no se imaginarán – imaginación conmovedora, tal vez, pero absurda – que tienen un papel eterno que desempeñar. Llegará el tiempo en que estén completamente eliminados, disueltos en el seno de los pueblos; como los fenicios que, después de haber sembrado Europa con sus colonias, desaparecieron sin dejar rastros. En ese tiempo también el antisemitismo habrá desaparecido, pero el momento no es cercano. El número de los judíos judaizantes es aún considerable y, mientras subsistan, parece que el antisemitismo deberá perdurar. Sin embargo, el antisemitismo no está provocado únicamente por Israel. Es el producto de causas religiosas, nacionales y económicas, que son independientes de los judíos. Estas causas son, también ellas, susceptibles de modificaciones y podemos, hoy en día, comprobar su debilitamiento.
Si el judaísmo se debilita, ni el catolicismo ni el protestantismo se fortalecen, y se puede decir que toda forma positiva de la religión va perdiendo poderío. Se cree poder afirmar lo contrario para la religión cristiana, pero los que lo hacen son víctimas de una ilusión y los guían intereses particulares. Como dijo Cuyau: [8] "La religión ha encontrado a defensores escépticos que la apoyan a veces en nombre de la poesía y de la belleza estética de las leyendas y a veces en nombre de su utilidad práctica". El neomisticismo es un resultado de esta necesidad de poesía y de belleza estética, que cree poder satisfacerse sólo por la ilusión religiosa. En cuanto a la utilidad práctica de la religión, la vemos ahora apoyada por la burguesía capitalista que atacó las creencias religiosas cuando éstas respaldaban a los partidarios de los regímenes antiguos y que, ahora, llama la fe en auxilio de su poder y sus privilegios. Pero éstas sólo son manifestaciones artificiales; el sentimiento religioso positivo, determinado y limitado va apagándose cada día más. Se camina por un lado hacia una especie de antirreligiosismo materialista estrecho y tonto y, por el otro, se llega a esta irreligión filosófica y moral que será “un grado superior de la religión y de la civilización misma". [9] Al mismo tiempo que estas tendencias se afirman, los prejuicios religiosos tienden a apagarse, y el prejuicio contra el judío, prejuicio éste tan persistente como el prejuicio del católico contra el protestante y del judío contra el cristiano, no puede ser el único en permanecer. Va disminuyendo de intensidad y pronto, verosímilmente, no se considerará más a todo israelita como responsable de los sufrimientos de Jesús en el Calvario. Con la extinción progresiva de las prevenciones religiosas, una e las causas del antisemitismo se desvanecerá y así el antisemitismo perderá algo de su violencia y sólo perdurará en cuanto perduren las causas nacionales y las causas económicas.
El particularismo y el egoísmo nacionales, por fuertes y poderosos que sean todavía, presentan signos de decadencia. Otras ideas han nacido, que adquieren cada vez más fuerza: impregnan las mentes, se graban en los cerebros y engendran nuevas concepciones y nuevas formas de pensamiento. Si bien el principio de nacionalidades sigue siendo un principio rector de la política, no se hace más del odio contra el extranjero un dogma brutal e irrazonado. [10] Se crea una cultura común para todos los pueblos civilizados: una cultura humana por encima de la cultura francesa, la cultura alemana y la cultura inglesa. La ciencia, la literatura y las artes se hacen internacionales, no por perder esas características que les dan encanto y valía y orientarse así hacia una uniformidad desagradable, sino por estar animados por un mismo espíritu. La fraternidad de los pueblos, que otrora era una quimera inalcanzable, puede ser soñada sin locura. El sentimiento de la solidaridad humana va fortaleciéndose y el número de pensadores y escritores que trabajan para reforzarlo aumenta día tras día. Las naciones van acercándose unas a otras y pueden conocerse mejor, amarse mejor y estimarse mejor. La facilidad de las relaciones y las comunicaciones favorece el desarrollo del cosmopolitismo, y el cosmopolitismo unirá algún día las razas más diversas, permitiéndoles federarse en pacíficas uniones. El egoísmo patriótico será reemplazado por el altruismo internacional. Con esta disminución del exclusivismo nacional, los judíos se beneficiarán también, tanto más cuanto que coincidirá con el debilitamiento de sus caracteres distintivos, y los progresos del internacionalismo acarrearán la decadencia del antisemitismo. Al mismo tiempo que los judíos verán decrecer las prevenciones nacionalistas, las causas económicas del antisemitismo verán perder poderío. Se combate a los judíos porque representan un capital que se dice extranjero. Se puede suponer, pues, que el día en que haya desaparecido la animosidad para con el extranjero, el capital judío ya no sufrirá los ataques del capital cristiano. Con todo, la competencia no dejará por ello de subsistir y, siempre, los judíos que se hayan mantenido tendrán que padecer los sentimientos hostiles que esta competencia fomentará contra ellos.
Otros acontecimientos, sin embargo, y otras transformaciones pueden producir la desaparición de estas causas económicas. En la lucha que está trabada entre el proletariado y la sociedad industrial y financiera, tal vez se vea a los capitalistas judíos y cristianos olvidarse de su antagonismo y unirse contra el enemigo común. Sin embargo, si las condiciones sociales actuales debieran perdurar, no se produciría sino una tregua. Pero del combate que se desarrolla presentemente no parece que el capital salga vencedor. Fundado en la mentira, el interés, el egoísmo, la injusticia y el dolo, la sociedad actual está destinada a perecer. Por brillante que parezca y por resplandeciente, refinada y soberbia que sea, la muerte la espera. Moralmente, está condenada. La burguesía detenta la fuerza política por detentar la fuerza económica vanamente empleará sus poderes y llamará a todos los ejércitos que la defienden, a todos los tribunales que la amparan y a todos los códigos que la protegen. No podrá resistir las leyes inflexibles que, día tras día, tienden a sustituir la propiedad capitalista por la propiedad común.
Todo concurre a acarrear este resultado. Con sus propias manos, la clase de los poseedores se está desgarrando. Si una categoría de poseedores quiere egoístamente defenderse, combate inconscientemente contra sí misma y por el advenimiento sus enemigos. Toda lucha intestina de los detentadores del capital no puede ser útil sino a la revolución. Al denunciar capitales judíos, los capitalistas cristianos se denuncian a sí mismos y contribuyen a zapar los cimientos de este Estado del que son los más ardientes defensores. Ironía de las cosas: el antisemitismo, sobre todo profesado por los conservadores que reprochan a los judíos haber sido los auxiliares de los jacobinos de 1789 y de los liberales y revolucionarios del presente siglo, el antisemitismo se hace aliado de estos mismos revolucionarios. El señor Drumont en Francia, el señor Pattai en Hungría y los señores Stoecker y de Boeckel en Alemania obran para estos demagogos y revoltosos que pretenden combatir. El movimiento, reaccionario en su origen, se transforma en provecho de la revolución. El antisemitismo excita la clase media, al pequeño burgués y, a veces, al campesino contra los capitalistas judíos, pero así los lleva suavemente al socialismo, los prepara para la anarquía y suscita en ellos el odio a todos los capitalistas y, sobre todo, al capital.
Así, inconscientemente, el antisemitismo prepara su propia ruina. Lleva en sí el germen de su destrucción, y esto ineludiblemente, puesto que, al abrir el camino para el socialismo y el comunismo, trabaja para eliminar no sólo las causas económicas sino también las causas religiosas y nacionales que lo engendraron y que desaparecerán con la sociedad actual de la que son productos.
Tal es el destino probable del antisemitismo contemporáneo. He intentado mostrar cómo se vinculaba con el antiguo antijudaísmo, cómo había crecido y cuáles habían sido sus manifestaciones. He tratado de determinar sus motivos y, después de haberlos establecido, he querido prever su porvenir. Desde todo punto de vista, me parece destinado a perecer y perecerá por todas las razones que he indicado: porque el judío va transformándose, porque las condiciones religiosas, políticas, sociales y económicas van cambiando y, sobre todo, porque es una de las manifestaciones persistentes y últimas del viejo espíritu de reacción y estrecho conservadorismo, que trata vanamente de detener la evolución revolucionaria.

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[1] )- No se trata aquí de discutir acerca del valor personal de hombres tan diversos, sino simplemente de recordar su acción.
[2] )- En la Europa oriental, en Persia o en Marruecos, tenemos un cuadro aproximado del antisemitismo de la Edad Media. Prejuicios, legislaciones restrictivas, agravios, humillaciones, matanzas, motines y expulsiones, nada falta. Pienso, por lo demás, haberlo mostrado para Rumania y Rusia en el capítulo VIII de esta obra.
[3] )- Los antisemitas alemanes reprochan a los judíos alimentar sentimientos hostiles para con Alemania y favorecer los intereses franceses, pero los antisemitas franceses reprochan a su vez a los judíos su supuesta ternura por Alemania. Es éste un modo de afirmar que los judíos son extranjeros o, mejor dicho, inasimilados.
[4] )- Cap. X.
[5] )- Hablo de los judíos practicantes, por supuesto.
[6] )- Recuerdo una vez más que sólo considero a los judíos de la Europa occidental, los que han recibido los derechos de ciudadanía en los distintos Estados donde viven, y no a los judíos orientales que están todavía bajo el régimen de las leyes de excepción, en Rumania y Rusia como en Marruecos y Persia.
[7] )- George, Henry, Progrés et pauvreté, traducción francesa, París, 1887.
[8] )- Guyau, M., L'irreligion de l'avenir, París, 1893, p. XIX.
[9] )- Guyau, M., ob. cit., p. XV.
[10] )- Salvo, sin embargo, los patriotas exaltados, los que, en Francia, son anglófobos y germanófobos por principio más que por razonamiento.

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