XII
EL ESPIRITU REVOLUCIONARIO EN EL JUDAISMO
Comunismo y revolución - La agitación judía - El optimismo y el eudemonismo de Israel - Las teorías sobre la vida y la muerte - La inmortalidad del alma y la resignación - El materialismo y el odio a la injusticia - La idea de contrato en la teología judía - La idea de justicia - Los profetas y la justicia - El retorno de Babilonia, los ebionim y los anavim - La concepción de la divinidad - Autoridad divina y gobierno terrenal - Los zelotes y el anarquismo - La igualdad humana - El Rico y el Mal - El Pobre y el Bien - El iahveismo y la Libertad - El libre albedrío, la razón humana y el poderío divino - El individualismo judío - La subjetividad judía y el sentimiento del yo - El idealismo hebraico - La idea de justicia, la idea de Igualdad, la idea de Libertad y su posible realización - Los tiempos mesiánicos - El Mesías y la revolución - El instinto revolucionario y el talmudismo - Los judíos modernos y la revolución.
Buscar las tendencias revolucionarias del judaísmo no es examinar el comunismo judío. Por lo demás, del hecho de que las instituciones llamadas mosaicas se inspiraron en principios socialistas no se deduce necesariamente que el espíritu revolucionario siempre haya guiado a Israel.
Comunismo y revolución no son términos inseparables y si, en nuestros días, no podemos pronunciar la primera de estas palabras sin evocar fatalmente la otra, esto se debe a las condiciones económicas que nos rigen y al hecho de que juzgamos imposible la transformación de las sociedades actuales, basadas en la propiedad individual, sin una ruptura violenta. En un Estado capitalista, el comunista se considera un revolucionario, pero nadie piensa que un partidario del capital privado se consideraría del mismo modo en un Estado comunista. En ambos casos, esta concepción sería exacta, pues tanto el comunista como el individualista manifestaría a la vez un descontento y un afán de cambio, lo cual caracteriza al espíritu revolucionario.
Si se pudo decir de los judíos, con el señor Renan, que fueron un factor de progreso o, por lo menos, de transformación y si se los ha podido considerar como fermentos de revolución, y esto en todos los tiempos, como veremos, no es por las leyes sobre cosechas de rastrojos, el salario de los obreros, la restitución de la ropa empeñada y los años sabáticos y jubilarios, que se encuentran en el Éxodo, los Números, el Levítico, etc., [1] sino porque siempre fueron unos descontentos.
No quiero sostener con eso que hayan sido simplemente unos rebeldes o unos opositores sistemáticos a cualquier gobierno – pues no estaban únicamente irritados contra un Ahab o un Ahazia – sino que el estado de las cosas no los satisfacía. Estaban perpetuamente inquietos, en espera de un mejoramiento que nunca encontraban realizado. Su ideal no era de los que basta esperar – no lo habían colocado bastante alto para esto – y no podían, por lo tanto, adormecer sus ambiciones con sueños y fantasmas. Se creían con derecho a pedir satisfacciones inmediatas y no promesas lejanas. De ahí la agitación constante de los judíos, que se manifestó no sólo en el profetismo, el mesianismo y el cristianismo, que fue su acabamiento supremo, sino también desde la dispersión, y entonces de modo individual.
Las causas que hicieron nacer esta agitación, y la alimentaron y la perpetuaron en el alma de algunos judíos modernos, no son causas exteriores, tales como la tiranía efectiva de un príncipe, un pueblo o un código severo, Son causas internas, vale decir que hacen a la esencia misma del espíritu hebraico. En la idea que los israelitas se hacían de Dios y en su concepción de la vida y de la muerte hay que buscar los motivos de los sentimientos de revuelta que los han animado.
Para Israel, la vida es una gracia. La existencia que Dios ha dado al hombre es buena. Vivir es en sí mismo una felicidad. Cuando el Eclesiastés, [2] en un breve instante, declaró que el día de la muerte era preferible al del nacimiento, lo perturbaba el pensamiento helénico y su aforismo no tenía sino un valor individual. La vida, según el hebreo, debe proporcionar al ser todas las alegrías y sólo de ella hay que esperarlas.
Por oposición, la muerte es el único mal que puede afligir al hombre. Es la máxima calamidad. Es tan horrible y tan espantosa que ser alcanzado por ella es el castigo más terrible. "Que la muerte me sirva de expiación", decía el moribundo, pues no podía concebir castigo más grave que el que consistía en morirse. El único premio que ambicionaban los piadosos era que Iahvé los hiciera morir colmados de días, después de años pasados en la abundancia y la alegría.
¿Por lo demás, qué otro premio que éste hubieran podido esperar? No creían en la vida futura y sólo tardíamente, tal vez bajo la influencia del parsismo, admitieron la inmortalidad del alma. Para ellos, el ser terminaba con la vida. Se adormecía hasta el día de la resurrección. No tenía nada que esperar sino de la existencia, y los castigos que amenazaban el vicio, como las satisfacciones que acompañaban la virtud, pertenecían exclusivamente a este mundo.
La filosofía del judío o, mejor dicho, su eudemonismo, fue sencillo. Dijo con el Eclesiastés: "He llegado a la conclusión de que no hay felicidad sino en alegrarse y en darse bienestar durante la vida". [3] Realista de este modo, buscó desarrollarse satisfaciendo sus deseos lo mejor que podía. No le correspondía sino un número limitado de años: quiso gozar de ellos, y no fueron las satisfacciones morales las que pidió sino los goces materiales, capaces de embellecer y suavizar su existencia. Puesto que el paraíso no existía, no podía esperar de Dios, como recompensa por su fidelidad y su piedad, sino favores tangibles: no promesas vagas, buenas para buscadores del más allá, sino realizaciones concretas, expresadas en forma de un acrecentamiento de fortuna y un aumento de bienestar. Si el judío se veía frustrado de las ventajas que pensaba que le eran debidas a su lealtad, su alma estaba profundamente perturbada. Con Job, prefería creer que había pecado sin saberlo y que, después de hacerle expiar sus culpas mediante la pobreza, Iahvé lo trataría como a este mismo Job, a quien fue otorgado "el doble de todo lo que había tenido" [4]
Por no tener esperanza alguna de compensación futura, el judío no podía resignarse ante las desgracias de la vida. Sólo muy tarde pudo consolarse de sus males soñando en las beatitudes celestiales. A los flagelos que lo alcanzaban, no contestaba ni con el fatalismo del musulmán ni con la resignación del cristiano: contestaba con la revuelta. Ya que estaba en posesión de un ideal concreto, lo quería realizar, y todo lo que demoraba su advenimiento provocaba su ira.
Los pueblos que han creído en el más allá, los que han alimentado dulces y consoladoras quimeras y se han dejado adormecer con el sueño de la eternidad y los que han tenido el dogma de la recompensa y el castigo, – del paraíso y el infierno – todos estos pueblos han aceptado la pobreza y la enfermedad agachando la cabeza. El sueño de la felicidad futura los ha sostenido y han aceptado, sin furor, sus úlceras y sus privaciones. Se han consolado de las injusticias de este mundo pensando en la alegría que les correspondería en el otro. Han consentido, en espera de las felicidades paradisíacas, doblegarse sin quejarse ante el fuerte que tiraniza.
"El odio de la injusticia es considerablemente disminuido por la certidumbre de las compensaciones de ultra tumba", dice Ernest Renan. ¿Qué importan, en efecto, para aquellos que creen en una supervivencia eterna durante la cual imperará la inmutable y soberana equidad, las tan breves iniquidades terrenales de que libera la muerte? La fe en la inmortalidad del alma aconseja la resignación. Esto es tan cierto que se ve la intransigencia judaica apaciguarse a medida que se afirma en Israel el dogma de la inmortalidad.
Pero esta idea de la continuidad y persistencia de la personalidad no contribuyó de ninguna manera a la formación del ser moral entre los judíos. Primitivamente, no compartieron las esperanzas de los fariseos posteriores: después de que Iahvé hubiera cerrado sus ojos, sólo esperaban el horror del scheol. Por eso, lo importante para ellos era la vida. Buscaban embellecerla con todas las felicidades, y estos encarnizados idealistas, que concibieron la pura idea del Dios uno, fueron, por un llamativo y explicable contraste, los sensualistas más inaguantables. Iahvé les había asignado en la tierra cierto número de años. Exigía de ellos, durante esta existencia siempre demasiado breve para el hebreo, un culto fiel y escrupuloso. En contrapartida, el hebreo reclamaba de su Señor ventajas positivas.
Fue la idea de contrato la que dominó toda la teología de Israel. Cuando el judío cumplía con sus compromisos para con Iahvé, exigía reciprocidad. Si se creía perjudicado y juzgaba que sus derechos no se respetaban, no tenía razón alguna para esperar, puesto que el minuto de felicidad que perdía era un minuto que se le robaba y que nunca se le podría devolver. Por ello se aferraba a la ejecución íntegra de las obligaciones recíprocas: quería que entre él y su Dios se colocaran balanzas precisas. Tenía una exacta contabilidad de sus obligaciones y de sus derechos. Esta contabilidad formaba parte de su religión y Spinoza pudo decir muy justamente: "Los dogmas de la religión, entre los hebreos, no eran enseñanzas sino derechos y proscripciones: la piedad era la justicia; la impiedad, la injusticia y el crimen". [5]
El hombre a quien alaba el judío no es el santo, ni el resignado, sino el justo. El hombre caritativo no existe para los de Judá. No puede ser cuestión de caridad en Israel, sino solamente de justicia: la limosna no pasa de una restitución. Por lo demás, ¿qué dijo Iahvé? Dijo: "Tendréis balanzas justas, pesas justas, epha justos e hin justos". [6] Y también dijo: "No tendrás consideraciones por la persona del pobre y no favorecerás la persona del grande, pero juzgarás a tu prójimo según la justicia". [7]
De esta concepción, en los tiempos primitivos de Israel, salió la ley del talión. Evidentemente, espíritus sencillos, penetrados de la idea de justicia, debían fatalmente llegar al "Ojo por ojo, diente por diente". Fue más tarde que se suavizó el rigor del código, cuando se tuvo una comprensión más exacta de lo que debía ser la equidad.
El iahveismo de los profetas refleja estos sentimientos. El Dios que alaban quiere "que la rectitud sea como una corriente de agua, y la justicia, como una corriente inacabable". [8] Dijo: "Porque yo, Iahvé, hago caridad, juzgamiento y justicia en la tierra; por ello siento alegría". [9] Conocer la justicia es conocer a Dios, [10] y la justicia se convierte en una emanación de la divinidad: adquiere el carácter de revelada. Para Isaías, Jeremías o Ezequiel, forma parte del dogma. Fue proclamada durante las teofanías sinaicas, y poco a poco nace esta idea: Israel debe realizar la justicia.
Es este deseo el que guía a todos los grandes vaticinadores, antes y después del cautiverio. Si el pueblo elegido no practica la justicia, se lo castigará por su idolatría. Si se lo lleva en esclavitud, no es solamente por haber adorado a Aschera y Kamosch, por haber sacrificado en lugares indebidos y por haber deshonrado el santuario, sino también por estar podrido de iniquidad.
Todas las escuelas proféticas estaban penetradas de tales pensamientos. Los profetas se creían enviados para luchar por el advenimiento de la justicia. Lo que más les llamaba la atención era evidentemente la desigualdad de las condiciones. Mientras hubiera pobres y ricos, no se podría esperar el reinado de la equidad. Según los nabis inspirados, los ricos eran el obstáculo para la justicia, y ésta no podría llegar sino por los pobres. Por ello, los anavim y los ebionim – los afligidos y los pobres – se juntaban alrededor de los profetas, sus defensores. Con ellos protestaban contra las exacciones. En contrapartida, los profetas los presentaban como modelos y, según ellos, trazaban el retrato del justo: "El justo es el que marcha derecho y habla con la verdad, el que desprecia una ganancia adquirida por extorsión, el que sacude las manos para rechazar los regalos, el que cierra los ojos para no ver el mal." [11] Indicaban a los ricos su deber y hablaban en nombre de Iahvé: "Este es el ayuno que me gusta: romper las cadenas de la injusticia, deshacer las ataduras de todos los yugos, devolver la libertad a los oprimidos y quebrar toda servidumbre; compartir su pan con el hambriento y dar una casa al desdichado sin asilo." [12]
A su vuelta de Babilonia, la población judía formó un núcleo considerable de pobres, justos, piadosos, humildes y santos. Gran parte de los Salmos salió de este medio. Estos salmos son, casi todos, diatribas violentas contra los ricos. Simbolizan la lucha de los ebionim contra los poderosos. Cuando los salmistas hablan a los poseedores – a los "llenos" – dicen con sumo gusto, con Amos: "Escuchadme, comedores de pobres, explotadores de los débiles del país," [13] y en todos estos poemas, escritos entre el exilio de Babilonia y los Macabeos (589 y 167), se glorifica el pobre: el amigo de Dios, su profeta y su ungido. El pobre es bueno y sus manos son puras. Es íntegro y justo. Forma parte del rebaño cuyo pastor es Dios.
El rico es el malo. Es un hombre de violencia y de sangre. Es hipócrita, pérfido y orgulloso. Hace el mal sin motivo. Es despreciable, pues oprime y devora al pobre. Pero su gran crimen es el de no respetar la justicia: tiene a jueces corruptos que condenan a priori al pobre. [14]
Excitados por las palabras de sus poetas, los ebionim no se adormecían en su miseria y no se complacían dé sus males. No se resignaban a la pobreza. Por el contrario, soñaban con el día que los vengaría de las iniquidades y oprobios, en el día en que el malo sería abatido y el justo, exaltado: el día del Mesías. La era mesiánica, para todos esos humildes, debía ser la era de la justicia. ¿No había dicho Isaías, hablando de este tiempo: "Como magistratura, te daré paz; como gobierno, justicia. No se oirá más el ruido de los llantos. El que construya una casa permanecerá en ella; el que plante un vergel comerá su fruta. Ya no se construirá para que otro goce; ya no se plantará para que otro consuma"? [15]
Cuando Jesús venga, repetirá lo que dijeron los ebionim salmistas: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues serán satisfechos". [16] Anatematizará a los ricos y exclamará: "Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de los cielos". [17] En este punto, la doctrina cristiana será puramente judía y nada helénica, y será entre los ebionim que Jesús encontrará a sus primeros partidarios.
Por lo tanto, la concepción que los judíos se hicieron de la vida y la muerte suministró el primer elemento de su espíritu revolucionario. Partiendo de la idea que el bien, vale decir lo justo, debía realizarse no ultratumba – puesto que ultratumba hay sueño hasta la resurrección del cuerpo – sino durante la vida, buscaron la justicia y, perpetuamente insatisfechos al no encontrarla nunca, se agitaron para tenerla.
Fue su concepción de la divinidad la que les dio el segundo elemento. Los llevó a concebir la igualdad de los hombres y hasta la anarquía: anarquía teórica y sentimental ésta, puesto que siempre tuvieron un gobierno, pero anarquía real, ya que este gobierno, cualquiera fuera, nunca lo aceptaron de buena gana.
Nunca los judíos elaboraron especulaciones sobre la esencia divina, ni cuando honraban a Iahvé como a su dios nacional, ni cuando se elevaron, con los profetas, hasta la creencia en el Dios uno y universal. El judaísmo no se planteó ninguno de los problemas metafísicos esenciales, ni sobre el más allá, ni sobre la naturaleza de Dios. "Las sublimes especulaciones no tienen relación alguna con las Escrituras, dice Spinoza; y, en lo que a mí atañe, ni aprendí, ni pude aprender, por las Santas Escrituras, ninguno de los atributos eternos de Dios". [18] Y Mendelssohn agrega: "El judaísmo no nos ha revelado ninguna de las verdades eternas". [19]
Los israelitas consideraban a Iahvé como un monarca que hubiera otorgado una carta a su pueblo y hubiera asumido compromisos para con él, exigiendo, en contrapartida, la obediencia a sus leyes y a sus prescripciones. Para los antiguos hebreos y, más tarde, para los talmudistas, sólo los Bené-Israél podían gozar de las prerrogativas conferidas por Iahvé. Para los profetas, todas las naciones tenían derecho a pretender a los privilegios, puesto que Iahvé era el Dios universal y no el igual de Dagón o de Baal Zebud.
Pero Iahvé era "el jefe supremo del pueblo hebreo". [20] Era el amo todopoderoso y temible. Era el rey único, celoso de su autoridad, que castigaba ferozmente a los que se rebelaban ante su poder omnímodo. A él debía siempre recurrir cualquier buen judío, en las buenas como en las malas. Era un crimen dirigirse a los hombres y no al dios Iahvé e Iehudá Makkabí, por haberse aliado con Roma y con Mitridates I, se mereció el anatema de Rabbi Iosé ben Iohanat: "¡Maldito sea el que busca apoyo en las escrituras de carne y aparta su corazón de Iahvé!" Iahvé es tu fuerza, tu escudo, tu ciudadela tu esperanza, dicen los Salmos.
Todos los judíos son súbditos de Iahvé. El mismo lo dijo: “Es de mí que los hijos de Israel son esclavos". [21] ¿Qué autoridad, en estas condiciones, puede prevalecer sobre la autoridad divina? Todo gobierno, cualquiera sea, es malo, puesto que tiende a sustituir el gobierno de Dios. Hay que combatirlo, ya que Iahvé es el único jefe de la republica judaica: el único al que el israelita debe obediencia.
Cuando los profetas insultaban a los reyes, expresaban el sentimiento de Israel. Daban forma a los pensamientos de los pobres, de los humildes y de todos aquellos que, más directamente maltratados por el poderío de los reyes o el de los ricos, estaban más dispuestos, por eso mismo, a criticar o negar la validez de esta tiranía. Puesto que los anavim, y los ebionim no tenían como amo sino a Iahvé, estaban inclinados a rebelarse contra la magistratura humana. No la podían aceptar y, en las épocas de sublevación, se vio a Zadok y a Juda el Galileo arrastrar con ellos a los zelotes gritando: "No llaméis a nadie vuestro amo". Zadok y Juda eran lógicos: cuando se ubica a un tirano en los cielos, no hay motivo para aguantar a otro en la tierra.
Ya que ninguna autoridad era compatible con la de Iahvé, se deducía fatalmente que ningún hombre podía elevarse encima de los demás. El duro amo celestial traía la igualdad terrenal, y ya el mosaísmo primitivo llevaba en sí esta igualdad social. Ante Dios, todos los hombres son iguales. Son iguales ante la ley, ya que la ley es emanación divina. Y los desgraciados, al hablar de los ricos, tienen razón de decir a Nehemías: "Nuestra carne es como la carne de nuestros hermanos; nuestros hijos son como sus hijos". [22]
Es Dios mismo quien manda esta igualdad, y son todavía los poderosos quienes constituyen el obstáculo para su realización. Los humildes, que viven en común, la practican. Siguen los preceptos comunistas del Levítico, del Éxodo y de los Números, preceptos éstos inspirados en preocupaciones igualitarias. En cuanto a los ricos, se olvidan de que Iahvé sacó a todos los hombres del mismo barro y desconocen la igualdad proclamada por Dios. Por ello, oprimen al pueblo, llenan sus casas con los despojos del pobre, deshojan sus vides; hacen de las viudas su presa y de los huérfanos, su botín, [23] y es por sus iniquidades que la desigualdad subsiste.
Contra ellos – contra estos poseedores y estos grandes – los profetas lanzan el anatema. Los salmistas fulminan: "¡Dios de venganza, Eterno, Dios de venganza, aparece!",[24] gritan. Reprochan al rico la abundancia de sus tesoros, su lujo, su amor por las voluptuosidades: todo lo que contribuye a elevarlo materialmente encima de sus hermanos; todo lo que puede darle el orgullo impío de creerse hecho de otro polvo que el pastor de la montaña, que apacienta sus ovejas, y teme a Dios; todo lo que le hace olvidar esta verdad divina: los hombres son iguales entre sí, puesto que son los hijos de Iahvé quien ha querido dar a cada uno de sus súbditos una parte igual de la tierra que pisan y una parte igual de los goces y las felicidades.
Al odio del israelita por el rico, creador de injusticia, se agregaba el odio contra el rico que negaba las prescripciones igualitarias. Ya que no podía atribuir un origen divino a la riqueza, por no poder creer que Iahvé la distribuía, rompiendo así el pacto que lo comprometía para con la nación, el hebreo decretaba que toda fortuna venía del mal, o sea del pecado. Decía que todo bien estaba mal adquirido. Para poner sus ideas de justicia e igualdad de acuerdo con la realidad que le mostraban David cuando tomaba la mujer de Uri y Ahab cuando expoliaba a Naboth, declaraba que la prosperidad del malo era un simple espejismo y duraba poco; que tarde o temprano el temible Sabaoth extendía su diestra sobre los que violaban su ley y los devolvía a la nada.
Sin embargo, los pobres – los anavim – no veían cumplirse sus deseos. Siempre, ante ellos, mofándose de su miseria, los ricos prosperaban. Entonces, atribuían a sus propios pecados la angustia que los afligía. Trasladaban sus esperanzas al tiempo del Mesías, a ese tiempo en que todos los hombres serían juzgados con equidad, en que todos serían iguales y en que todos serían libres, pues tenían amor por la libertad.
Esta pasión también contribuyó a la formación del espíritu revolucionario de los judíos, y al hablar de libertad, no me refiero a la libertad política. La idea de la libertad política nació en Israel sobre todo en tiempos de los Antiokhos y en la época de la dominación romana, cuando, sea Epifanio o Sidetes, sea Aulo Gabinio o demás procónsules, fomentaron las persecuciones religiosas y provocaron así los grandes movimientos nacionalistas de los zelotes y los sicarios.
Pero, si la concepción de la libertad política fue tardía, la de la libertad individual siempre existió entre los israelitas, pues fue el corolario ineludible de su dogma sobre la divinidad y provino de su teoría sobre la creación del hombre.
Según esta teoría, todo poder pertenece a Dios, y el judío sólo podía ser dirigido por Iahvé. Sólo rendía cuentas de sus actos al Adonai que gobierna los cielos y la tierra. Ninguno de sus semejantes tenía el derecho de limitar su acción ni de imponerle su voluntad. Frente a las criaturas de carne, era libre y debía ser libre. Esta convicción hacía al hebreo incapaz de disciplina y de subordinación. Lo llevaba a rechazar todas las trabas que reyes y patricios hubieran querido imponerle, y los príncipes de Judea nunca reinaron sino sobre un pueblo de revoltosos, inepto para sufrir cualquier yugo y cualquier constreñimiento.
Se podría creer que, pensando así, los judíos depositaban su libertad en manos del amo a quien reconocían. Nada de eso. Nunca fueron fatalistas como los musulmanes. Reivindicaban ante Iahvé su libre albedrío y, sin preocuparse por la contradicción, al mismo tiempo que se inclinaban ante la voluntad de su Señor, se alzaban frente a él para afirmar, la realidad e inviolabilidad de su yo.
¿No habían sido creados a imagen y semejanza de Dios, y no participaba su ser de este Dios? Era por haber sido modelados ellos sobre su Creador que sus hermanos humanos no debían cometer el sacrilegio de oprimirlos. Pero Iahvé, que había otorgado a los hombres el don de la inteligencia, no era libre de impedirles dirigir esta inteligencia como les daba la gana. La historia de la disputa de Rabbi Eliezer y de los rabinos, sus colegas, nos da un ejemplo bastante ilustrativo y merece ser contada.
En el curso de una discusión doctrinal, la voz divina se hizo oír e, interviniendo en el debate, dio la razón a Rabbi Eliezer. Los colegas del favorecido no aceptaron la decisión celeste. Uno de ellos, Rabbi Josué, se levantó y declaró: "No son voces misteriosas las que deben, en adelante, decidir en cuestiones de doctrina, sino la mayoría de los sabios. La razón no está más escondida en el cielo y la Ley no está en los cielos. Fue dada a la tierra, y a la razón humana corresponde comprenderla y explicarla". [25]
¡Si las palabras divinas se acogían de este modo cuando se permitían violentar a los individuos y buscaban imponer a la razón humana una voluntad extraña a su voluntad propia, cómo se aceptarían las palabras humanas! El señor Renan tuvo razón cuando dijo de los semitas: "Nada cuenta en estas almas ante el sentimiento indómito del yo",[26] y esto es más especialmente cierto para los judíos.
Después de Iahvé, no creyeron sino en el yo. A la unidad de Dios correspondió la unidad del ser; al Dios absoluto, el ser absoluto. Así la subjetividad siempre fue el rasgo fundamental del carácter semítico. A menudo llevó a los judíos al egoísmo y, al exagerarse este egoísmo en algunos talmudistas, acabaron por no conocer; en cuanto a obligaciones, sino las obligaciones del individuo para consigo mismo. Es esta subjetividad la que, tanto como el monoteísmo, explica la incapacidad que evidenciaron los judíos en todas las artes plásticas. En cuanto a su literatura, fue puramente subjetiva. Los profetas judíos, como los salmistas, los poetas de Job y del Cantar de los Cantares y los moralistas del Eclesiastés y de la Sabiduría, no conocieron sino a sí mismos y generalizaron sus sentimientos o sus sensaciones personales. Esta subjetividad también permite entender por qué en todos los tiempos, y todavía hoy, los judíos han mostrado tantas aptitudes por la música, la más subjetiva de todas las artes.
Así, indudablemente, fueron unos individualistas, y estos hombres; tan apasionados por la búsqueda de las ventajas terrenales, nos aparecen, gracias a su intransigente concepción del ser, como indomables idealistas. Ahora bien: el individualista, imbuido de idealismo, es y será siempre, en todas partes, un revoltoso. Nunca permitirá a quienquiera violar su yo sagrado, y ninguna voluntad podrá prevalecer sobre la suya.
Hemos desgajado todos los elementos con los cuales está formado el espíritu revolucionario en el judaísmo: la idea de justicia, la de igualdad y la de libertad. No obstante, si, entre las naciones, Israel fue la primera que pregonó estas ideas, otros pueblos, en distintos momentos de la historia, las sostuvieron y no fueron por ello pueblos de revoltosos como el pueblo judío. ¿Por qué? Porque, si bien esos pueblos estuvieron convencidos de la excelencia de la justicia, la igualdad y la fraternidad, no consideraron su realización total como posible, por lo menos en este mundo, y por lo tanto no trabajaron únicamente para su advenimiento.
Por el contrario, los judíos creyeron, no solamente en que la justicia, la igualdad y la libertad podían ser las soberanas del mundo, sino que se creyeron especialmente comisionados para elaborar su reinado. Todos los deseos y esperanzas que estas tres ideas hacían nacer acabaron por cristalizarse alrededor de una idea central: la de los tiempos mesiánicos, la de la llegada del Mesías que Iahvé iba a enviar para asentar el poderío de los reinos terrenales.
Los profetas mantuvieron a Israel en este sueño de una era de felicidad y prosperidad, y los salmos de después del exilio contribuyeron a aumentar más aún la creencia en la época bendita en la cual el malo ya no estaría y "los pobres poseerán la tierra y se regocijarán en la paz". Desde la salida de Babilonia hasta la agonía de la nación judía, este sueño mesiánico imperó en Judea. La tiranía de los Antiokhos y la opresión romana sólo hicieron estas esperanzas más indispensables para los judíos. Se consolaron de los padecimientos soñando en el día de la liberación. La imagen del libertador se formó poco a poco para ellos y estaba toda vibrante en el alma de los que oyeron la vez de Iohanán el Bautista gritar: "El reino de los cielos va a llegar" y estuvo en el corazón de los que siguieron a Jesús.
De estas esperanzas, que en el siglo I antes y después de la era cristiana tantos hombres cultivaron, nació toda una literatura. Me limito a mencionar aquí el Libro de Daniel, los Salmos de Salomón, la Asunción de Moisés, el Libro de Enoch, el 4° Libro de Ezra y los Oráculos Sibilinos. Me es imposible analizar estas apocalipsis y estos oráculos. Casi todos predicen la hora que verá abrirse el tiempo mesiánico. Describen los síntomas que anunciarán al Mesías. Están de acuerdo, también, en decir que ese momento traerá la muerte del mal, y la Sibila los resume a todos cuando vaticina: "De los cielos estrellados el Mesías descenderá sobre los hombres, y con él la santa concordia, la fe, el amor y la hospitalidad. De este mundo echará la iniquidad, el reproche, la envidia, la ira y la locura. Ya no habrá más pobreza, homicidios, malas contestaciones, tristes querellas ni robos nocturnos: nada de lo que es perverso . . . Los hombres piadosos vivirán felizmente en las ciudades y en las ricas campiñas.” [27]La tierra estará librada de la injusticia, no se conocerán más desigualdades y todos los hombres serán libres.
Israel no quiso creer en ninguno de los que se presentaron como el Mesías. Rechazó a todos aquellos que se dijeron enviados de Dios. Se negó a escuchar a Jesús, Barkokeba, Theudas, Alroy, Serenus, Moisés de Creta y Sabbatai Zevi. Jamás, en efecto, Israel vio su ideal convertirse en realidad. Ninguno de los profetas que vinieron hacia él trajo en los pliegos de su vestido la divina justicia, ni la triunfante igualdad, ni la indestructible libertad. Los judíos no vieron, al hablar esos ungidos, caer las cadenas, desmoronarse las paredes de las cárceles, podrirse el látigo de la autoridad ni hacerse humo los tesoros mal adquiridos de los ricos y los explotadores.
A pesar de su larga esclavitud y de los años de martirio que les tocó en suerte y a pesar de los siglos de humillaciones que envilecieron su carácter, deprimieron su cerebro, encogieron su inteligencia y transformaron sus gustos, sus costumbres y sus aptitudes, los restos de Judá no renunciaron a su sueño, a este sueño tan vivaz que había sido, durante las guerras de independencia, su sostén y su inspirador.
Las hogueras, las matanzas, las confiscaciones y los insultos, todo contribuyó a hacerles más cara esta justicia, esta igualdad y esta libertad que no fueron, para ellos, durante tantos años, sino las más vanas de las palabras. La gran voz de los profetas anunciando que el malo un día sería castigado siempre encontró eco en esas almas tenaces que no querían doblegarse y que despreciaban la tan miserable realidad para ilusionarse con la idea del tiempo venidero: ese tiempo venidero de que habían hablado Amos e Isaías, Jeremías y Ezequiel, y todos aquellos que, acompañándose con instrumentos de cuerdas, habían cantado los mizmorin. Por negro que tuvieron el presente, Israel no dejó nunca de creer en el porvenir.
Se decía a los judíos: "¿Cómo podéis esperar al Mesias? Obstinados, ¿no sabéis que ya vino?" Los judíos contestaban con un sarcasmo. Se alzaban de hombros y replicaban: "¡El Mesías no ha venido, puesto que sufrimos, puesto que la hambruna asola al país, puesto que la peste negra y el noble agobian a los pobres diablos!" Pero si se les daba a entender que su Mashiah no vendría nunca, enderezaban su cabeza agachada, y tercos, decían: "Mashiah vendrá algún día y, ese día, se entenderá la palabra del salmista: «He visto al malo con todo su poderío. Se extendía como un árbol reverdeciente. Ha pasado y esto es. Ya no es. Lo busco y ya no lo encuentro, y serán los pobres – los justos – los que poseerán la tierra".
Las prácticas estrechas en las cuales los doctores insertaron a los judíos adormecieron sus instintos de revuelta. Con las ataduras de las leyes talmúdicas, sintieron vacilar en ellos las ideas que siempre los habían sostenido, y se puede decir que Israel sólo pudo ser vencido por sí mismo. Sin embargo, el Talmud no rebajó a todos los judíos. Entre los que lo rechazaron, hubo muchos que persistieron en la creencia de que la justicia, la libertad y la igualdad debían venir a este mundo. Hubo muchos que creyeron que el pueblo de Iahvé estaba encargado de trabajar para este advenimiento. Es esto lo que hace entender por qué los judíos estuvieron mezclados en todos los movimientos revolucionarios, pues tomaron en todas las revoluciones una parte activa, como veremos al estudiar su papel en los períodos de perturbación y cambio. [28]
Ahora nos queda por saber cómo el judío ha manifestado sus tendencias revolucionarias y si ha sido realmente, como se le acusa, un elemento de perturbación en las sociedades modernas. Lo cual nos lleva a examinar las causas religiosas, políticas y económicas del antisemitismo.
Continuar -->
[1] )- Levítico, XIX, XXV; Exodo, XXII; Números, XXV.
[2] )- Eclesiastés, XVII, 1.
[3] )- Eclesiastés, III, 12.
[4] )- Job, XLII, 10
[5] )- Tratado de teología política, cap. XVII.
[6] )- Levítico, XIX, 36.
[7] )- Levítico, XIX, 15.
[8] )- Amos, V, 23, 24.
[9] )- Jeremías, IX, 24.
[10] )- Jeremías, XXII, 15, 16.
[11] )- Isaías, XXXIII, 15.
[12] )- Isaías, LVIII, 6, 7.
[13] )- Amos, VIII, 4.
[14] )- Salmos, XXVI, 10; LXXXII, 2, 3; LVIII, 2; XXII; XXXXVIII; XIX; CII, 1, 12; CVII, etcétera.
[15] )- Isaías, 1, 17.
[16] )- Isaías, I, 17
[17] )- Marcos, X, 25.
[18] )- Spinoza, Cartas, XXXIV.
[19] )- Mendelssohn, Jérusalem.
[20] )- Münk, Palestine.
[21] )- Levítico, XXV, 55.
[22] )- Nehemías, V, 5.
[23] )- Isaías, III; X.
[24] )- Salmos, XCIV.
[25] )- Talmud, Baba Mezia, 59 a.
[26] )- Renan, Ernest, Histoire générale des langues sémitiques.
[27] )- Oráculos sibilinos, III, 573, 585.
[28] )- Es un largo estudio el que haría falta para mostrar el papel de los judíos en las revoluciones. Este estudio, esperamos emprenderlo y ya estamos juntando sus elementos. Formará parte de un libro en el cual pensamos retomar todo el presente capítulo así como parte del próximo. En él haremos una crítica más profundizada de las ideas que hemos expresado y examinaremos si los judíos de todos los tiempos o, por lo menos, algunos judíos en todos los tiempos han tratado de realizarlas. – N. del T.: La nueva obra que anuncia Bernard Lazare nunca fue escrita o, si lo fue, no se publicó.
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