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lunes, 19 de enero de 2026

Quienes son los Chuetas

 

Los chuetas son un grupo social mallorquín formado por descendientes de judíos conversos que, pese a convertirse al cristianismo, mantuvieron durante siglos una identidad diferenciada y sufrieron una fuerte discriminación. Su historia es única en España y está muy bien documentada en las fuentes consultadas.

🕍 Origen histórico

📜 ¿Quiénes eran considerados chuetas?

Según las fuentes, tradicionalmente se asociaban a quince linajes (Aguiló, Bonnín, Cortés, Forteza, Fuster, Martí, Miró, Picó, Piña/Pinya, Pomar, Segura, Tarongí, Valentí, Valleriola, Valls). Pero los historiadores aclaran que:

  • No todas las personas con esos apellidos son chuetas, porque muchos conversos adoptaron apellidos de cristianos viejos.

  • Ser chueta implica descender de familias que fueron perseguidas por “judaizar de forma reincidente”.

🚫 Discriminación y estigma

Durante siglos sufrieron:

🧬 Situación actual

Hoy:

  • Entre 18.000 y 20.000 mallorquines llevan alguno de los apellidos asociados.

  • La discriminación ha desaparecido, pero el grupo lucha contra la pérdida de memoria histórica y reivindica su legado cultural y familiar.

🗣️ Etimología del término

Las hipótesis principales son:

  • De juetó (diminutivo de “judío”), que habría evolucionado a xueta.

  • De xuia (tocino), usada de forma despectiva para referirse a conversos que comían cerdo para demostrar su “cristianidad”.


La historia de los chuetas está muy bien estudiada y existe una bibliografía sólida, tanto académica como divulgativa. Te dejo una selección organizada para que puedas orientarte según el tipo de lectura que busques.

📚 Estudios académicos fundamentales

Estas obras son consideradas referencias clave por historiadores y antropólogos:

🧬 Estudios recientes (historia social, genética, identidad)

🗄️ Fuentes primarias y documentos

🧭 Obras de contexto (judíos en España)

Ayudan a situar el caso mallorquín dentro de un marco más amplio.

📰 Divulgación y memoria

  • Artículos en Ara Balears, Diario de Mallorca y Última Hora sobre la recuperación de la memoria chueta.

  • Documentales como Xuetes: una història silenciada (IB3).


  • Los chuetas son un grupo social mallorquín formado por descendientes de judíos conversos que, pese a convertirse al cristianismo, mantuvieron durante siglos una identidad diferenciada y sufrieron una fuerte discriminación. Su historia es única en España y está muy bien documentada en las fuentes consultadas.

    🕍 Origen histórico

    • Proceden de los judíos mallorquines obligados a convertirse en 1435.

    • Muchos continuaron practicando el judaísmo en secreto (criptojudaísmo), lo que llevó a procesos inquisitoriales muy duros en 1675–1691, incluidos autos de fe públicos.

    • A partir de esos juicios, ciertos apellidos quedaron estigmatizados y asociados al grupo.

    📜 ¿Quiénes eran considerados chuetas?

    Según las fuentes, tradicionalmente se asociaban a quince linajes (Aguiló, Bonnín, Cortés, Forteza, Fuster, Martí, Miró, Picó, Piña/Pinya, Pomar, Segura, Tarongí, Valentí, Valleriola, Valls). Pero los historiadores aclaran que:

    • No todas las personas con esos apellidos son chuetas, porque muchos conversos adoptaron apellidos de cristianos viejos.

    • Ser chueta implica descender de familias que fueron perseguidas por “judaizar de forma reincidente”.

    🚫 Discriminación y estigma

    Durante siglos sufrieron:

    • Endogamia forzada (se casaban entre ellos para evitar rechazo social).

    • Prohibiciones legales hasta el siglo XVIII (no podían ejercer ciertos oficios ni vivir fuera de la antigua judería).

    • Antichuetismo, un antisemitismo local muy arraigado en Mallorca, que llegó hasta el siglo XX.

    • Incluso en la época franquista hubo intimidaciones por parte de militares italianos y alemanes en la isla.

    🧬 Situación actual

    Hoy:

    • Entre 18.000 y 20.000 mallorquines llevan alguno de los apellidos asociados.

    • La discriminación ha desaparecido, pero el grupo lucha contra la pérdida de memoria histórica y reivindica su legado cultural y familiar.

    🗣️ Etimología del término

    Las hipótesis principales son:

    • De juetó (diminutivo de “judío”), que habría evolucionado a xueta.

    • De xuia (tocino), usada de forma despectiva para referirse a conversos que comían cerdo para demostrar su “cristianidad”.

    Si quieres, Paya, puedo contarte:

    • Cómo vivían los chuetas en Palma.

    • Qué ocurrió exactamente en los autos de fe de 1691.

    • O incluso cómo se estudia hoy su genética y su historia familiar.


    📚 Estudios académicos fundamentales

    Estas obras son consideradas referencias clave por historiadores y antropólogos:

    • Gabriel Cortès, Els jueus i xuetes de Mallorca Un clásico que analiza la evolución histórica del grupo desde la Edad Media.

    • Antoni Picazo, Els xuetes: una història silenciada Muy útil para entender la discriminación y la memoria colectiva.

    • Josep Massot i Muntaner, Els xuetes i la Inquisició Estudia en detalle los procesos inquisitoriales de 1675–1691.

    • Bennassar, Bartolomé, Los cristianos de origen judío en Mallorca Una obra rigurosa que contextualiza el fenómeno dentro de la historia española.

    • Francesc Riera Montserrat, La Inquisició a Mallorca Imprescindible para comprender el marco represivo.

    🧬 Estudios recientes (historia social, genética, identidad)

    • Elena Romero, Los chuetas de Mallorca: identidad y memoria Enfoque contemporáneo sobre identidad, estigma y cambio social.

    • Investigaciones genéticas publicadas en revistas como American Journal of Human Genetics Analizan la continuidad biológica del grupo y su relación con poblaciones judías sefardíes.

    🗄️ Fuentes primarias y documentos

    • Autos de fe de 1675–1691 conservados en el Archivo del Reino de Mallorca.

    • Documentación inquisitorial (procesos, genealogías, confiscaciones).

    • Registros parroquiales de Santa Eulàlia y Sant Nicolau, donde se concentraban muchas familias chuetas.

    🧭 Obras de contexto (judíos en España)

    • Yitzhak Baer, Historia de los judíos en la España cristiana

    • Henry Kamen, La Inquisición española

    • Joseph Pérez, Los judíos en España

    Ayudan a situar el caso mallorquín dentro de un marco más amplio.

    📰 Divulgación y memoria

    • Artículos en Ara Balears, Diario de Mallorca y Última Hora sobre la recuperación de la memoria chueta.

    • Documentales como Xuetes: una història silenciada (IB3).


    Los chuetas de Mallorca: historia, identidad y memoria de un grupo singular

    Resumen

    Los chuetas constituyen uno de los casos más singulares de la historia social española: un grupo mallorquín formado por descendientes de judíos conversos que, pese a su conversión al cristianismo en el siglo XV, mantuvieron durante siglos una identidad diferenciada y fueron objeto de una discriminación persistente. Este artículo examina su origen, su evolución histórica, los mecanismos de estigmatización y su situación contemporánea, apoyándose en la bibliografía académica más relevante.

    1. Origen histórico: del judaísmo mallorquín al converso

    La presencia judía en Mallorca se remonta a época romana, pero fue durante la Baja Edad Media cuando la comunidad alcanzó mayor relevancia económica y cultural. Tras los pogromos de 1391 y la conversión forzada de 1435, la mayoría de los judíos mallorquines se integraron oficialmente en la sociedad cristiana. Sin embargo, numerosos testimonios inquisitoriales muestran que muchos continuaron practicando el judaísmo en secreto (criptojudaísmo), fenómeno que se prolongó durante generaciones.

    La Inquisición, reactivada en Mallorca en el siglo XVII, dirigió su atención hacia estos conversos. Entre 1675 y 1691 se celebraron varios procesos que culminaron en tres autos de fe públicos, con ejecuciones y confiscaciones masivas. Estos juicios marcaron el inicio del estigma social que daría lugar al término chueta.

    2. El término “chueta”: etimología y construcción social

    La palabra chueta tiene un origen debatido. Las dos hipótesis principales son:

    • Derivación de juetó, diminutivo de “judío”, que habría evolucionado fonéticamente hacia xueta.

    • Relación con xuia (tocino), usada de forma despectiva para referirse a conversos que comían cerdo para demostrar su “cristianidad”.

    Sea cual sea su origen, el término se consolidó como una categoría social que señalaba a los descendientes de los procesados por la Inquisición. A partir del siglo XVIII, la sociedad mallorquina identificó a los chuetas con quince linajes concretos, aunque la historiografía moderna subraya que esta asociación es simplificadora y no siempre exacta.

    3. Estigma, segregación y endogamia

    Durante más de dos siglos, los chuetas vivieron bajo un régimen de discriminación social que, aunque no siempre codificado en leyes, funcionó como un sistema de exclusión muy eficaz. Entre las prácticas más documentadas destacan:

    • Prohibiciones profesionales, especialmente en oficios vinculados al comercio, la administración o la Iglesia.

    • Restricciones de residencia, que los mantenían vinculados a la antigua judería de Palma.

    • Endogamia forzada, resultado del rechazo social a matrimonios mixtos.

    • Control genealógico, mediante el cual familias “cristianas viejas” evitaban cualquier vínculo con linajes considerados “manchados”.

    Este fenómeno, conocido como antichuetismo, persistió incluso después de la abolición de la Inquisición en 1834 y llegó, en algunos casos, hasta bien entrado el siglo XX.

    4. Los autos de fe de 1691: un punto de inflexión

    Los autos de fe de 1691 constituyen el episodio más dramático de la historia chueta. En ellos fueron ejecutadas varias personas acusadas de judaizar, entre ellas Rafael Valls, Catalina Tarongí y Rafel Benet. Las crónicas describen la enorme afluencia de público y el impacto social del evento.

    Estos autos no solo castigaron a individuos, sino que condenaron simbólicamente a sus descendientes, fijando para siempre la asociación entre ciertos apellidos y la “culpa” heredada. La memoria de estos hechos se transmitió durante generaciones y se convirtió en un elemento central de la identidad chueta.

    5. Transformaciones contemporáneas: del estigma a la reivindicación

    A partir del siglo XX, especialmente tras la Guerra Civil y la apertura turística de Mallorca, el estigma social comenzó a diluirse. La modernización económica, la movilidad social y el debilitamiento de las estructuras tradicionales favorecieron la integración de los chuetas en todos los ámbitos de la vida pública.

    En las últimas décadas, el grupo ha impulsado un proceso de recuperación de la memoria histórica, reivindicando su legado cultural y su conexión con el judaísmo sefardí. Investigaciones genéticas recientes han mostrado afinidades con poblaciones judías mediterráneas, aunque los especialistas insisten en que la identidad chueta es ante todo histórica y social, no biológica.

    6. Bibliografía esencial

    A continuación, una selección de obras académicas que sustentan este artículo:

    • Bennassar, Bartolomé. Los cristianos de origen judío en Mallorca.

    • Cortès, Gabriel. Els jueus i xuetes de Mallorca.

    • Massot i Muntaner, Josep. Els xuetes i la Inquisició.

    • Picazo, Antoni. Els xuetes: una història silenciada.

    • Riera Montserrat, Francesc. La Inquisició a Mallorca.

    • Romero, Elena. Los chuetas de Mallorca: identidad y memoria.

    • Estudios genéticos en American Journal of Human Genetics sobre poblaciones mallorquinas.

    Conclusión

    La historia de los chuetas es un ejemplo extraordinario de cómo la memoria, la religión, la genealogía y la estructura social pueden entrelazarse para crear identidades duraderas. Su trayectoria, marcada por la resistencia y la transformación, constituye un capítulo imprescindible para comprender la historia de Mallorca y, en un sentido más amplio, los mecanismos de exclusión y pertenencia en la Europa moderna.

lunes, 5 de enero de 2026

El dúo de la tos

 

El dúo de la tos

[Cuento - Texto completo.]

Leopoldo Alas “Clarín”

El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de la víspera.

«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la oscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar.

«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.

«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante».

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.

«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.»

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la oscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza.

El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme.

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del silencio y las sombras.

De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!»

Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal.

«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía… compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden.

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.

Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.

Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta.

Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes.

«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa.

En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.

«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.

Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban estas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público.

-El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!

Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos… Un eco… en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era… ¿Cómo se diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.

Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.

La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos.

La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36.

La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico!, no es esta la palabra. ¡Eros! El amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar.

«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen… ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.»

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba:

«Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú solo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy… si me deja la tos… ¡esta tos!… ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos…»

Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre… ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle… ¿para qué?

Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura solo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto… como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.

La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

FIN


Cuentos Morales, 1896

El arte de leer

 


En la clínica del arte de leer, no
siempre el que tiene mejor vista lee mejor. 

lunes, 22 de diciembre de 2025

La reticencia de lady Anne

 


[Cuento - Texto completo.]

Saki

Egbert entró en la amplia sala oscura con el aire de quien no sabe si entra a un palomar o a un polvorín y viene preparado para ambas contingencias. No habían rematado la pequeña disputa doméstica sostenida durante el almuerzo, y ahora la cuestión era tantear hasta qué punto lady Anne estaba de humor para renovar o abandonar las hostilidades. Su postura en el sillón junto a la mesa de té era más bien elaborada y tiesa; y en la penumbra de la tarde decembrina los anteojos de Egbert no ayudaban gran cosa a discernir la expresión de su cara.

Para romper el hielo superficial que pudiera existir, Egbert dijo algo sobre lo tenue y místico de la poca luz. Alguno de los dos solía hacer esta observación entre las 4:30 y las 6 en las tardes de invierno y finales de otoño; hacía parte de su vida conyugal. Carecía de respuesta fija, y lady Anne no adelantó ninguna.

Don Tarquinio se encontraba tendido sobre la alfombra persa, calentándose a la lumbre del hogar con majestuosa indiferencia por el posible mal humor de lady Anne. Su pedigrí era tan intachablemente persa como la alfombra, y su pelaje entraba ya en el esplendor de un segundo invierno. El criado, que tenía inclinaciones renacentistas, lo había bautizado don Tarquinio. De ser por ellos, Egbert y lady Anne de seguro le habrían puesto Pelusa; pero no eran personas obstinadas.

Egbert se sirvió el té. Como nada indicaba que el silencio fuera a ser roto por iniciativa de lady Anne, se dispuso a realizar otro esfuerzo heroico.

-Lo que dije al almuerzo tenía intenciones puramente académicas -anunció-; pero parece que le das un sentido innecesariamente personal.

Lady Anne continuó atrincherada en el silencio. El pinzón real llenó aquel vacío con una perezosa melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert la reconoció al punto, puesto que era la única tonada que el pinzón sabía silbar, y les había llegado con fama de silbarla. Tanto Egbert como lady Anne habrían preferido algo salido de Terrateniente de la Guardia, la ópera favorita de ambos. En cuestiones artísticas tenían gustos similares. Se inclinaban por lo honesto y explícito en el arte: una lámina, por ejemplo, que pusiera una historia delante de los ojos, con la ayuda generosa del título. Un corcel de guerra sin jinete y con los arreos en patente desorden, que entra trastabillando a un patio lleno de pálidas mujeres al borde del desmayo, y con la anotación marginal de “Malas Nuevas”, les sugería la clara lectura de algún desastre militar. No les costaba ver lo que quería comunicar y podían explicarlo a otros amigos de inteligencias más obtusas.

Persistía el silencio. Por regla general, los disgustos de lady Anne se volvían verbales y pronunciadamente desbocados tras cinco minutos de mutismo introductorio. Egbert tomó la jarra de leche y vertió parte de su contenido en el platillo de don Tarquinio. Como el platillo estaba lleno hasta el borde, el resultado fue un feo derrame. Don Tarquinio lo miró con sorprendido interés, que se desvaneció en una esmerada indiferencia cuando Egbert lo llamó a que lamiera algo del líquido rebosado. Don Tarquinio estaba dispuesto a desempeñar muchos papeles en la vida, pero el de aspiradora de alfombras no era uno de ellos.

-¿No crees que nos estamos comportando como un par de tontos? -dijo él de buen humor.

Si lady Anne pensaba igual, no lo expresó.

-Supongo que yo en parte he tenido la culpa -prosiguió Egbert, mientras se le iba evaporando el buen humor-. Mira, después de todo soy humano. Pareces olvidar que soy un ser humano.

Insistía en ello como si corrieran rumores infundados de que tuviese contextura de sátiro, con prolongaciones cabrunas donde la parte humana terminaba.

El pinzón volvió a entonar la melodía de Iphigénie en Tauride. Egbert se iba sintiendo deprimido. Lady Anne no bebía su té. Tal vez se sentía indispuesta. Pero cuando lady Anne se sentía indispuesta no solía ser reservada al respecto. “Nadie sabe lo que me hace sufrir la mala digestión” era una de sus afirmaciones favoritas. Ahora bien, esta ignorancia sólo podía deberse a oídos defectuosos: la información disponible sobre el tema habría suministrado material suficiente para una monografía.

Era evidente que lady Anne no se sentía indispuesta.

Egbert empezaba a creer que recibía un trato irracional; y, naturalmente, comenzó a hacer concesiones.

-Tal vez -observó, centrándose en la alfombra hasta donde se dignó permitirle don Tarquinio- toda la culpa ha sido mía. Estoy dispuesto a emprender una vida mejor, si con eso las cosas recuperan las buenas perspectivas.

Se preguntó vagamente cómo podría lograrlo. Ya entrado en años, las tentaciones le llegaban de modo vacilante y sin mucha insistencia, como un recadero de la carnicería que pide un aguinaldo en febrero con la débil excusa de que olvidaron dárselo en diciembre. No tenía más planes de sucumbir a ellas que de comprar las boas de piel y los cubiertos de pescado que algunas damas se ven forzadas a ofrecer con pérdida, mediante el expediente de las columnas de avisos, durante el año entero. Con todo, había algo impresionante en aquella espontánea renuncia a posibles monstruosidades soterradas.

Lady Anne no dio señas de estar impresionada.

Egbert la miró con inquietud a través de los espejuelos. Llevar la peor parte en una discusión con ella no era nada nuevo. Llevar la peor parte en un monólogo era una humillante novedad.

-Voy a cambiarme para la cena -anunció, con voz a la que pretendió dar una sombra de dureza.

En la puerta, un ataque postrero de debilidad lo impulsó a hacer un nuevo intento.

-¿No estamos siendo muy absurdos?

“¡Qué idiota!” fue el comentario mental de don Tarquinio cuando la puerta se cerró tras la retirada de Egbert; y luego alzó en el aire las aterciopeladas zarpas delanteras y saltó ágilmente a una estantería que estaba justo bajo la jaula del pinzón. Por vez primera parecía notar la existencia del pájaro, pero en realidad llevaba a efecto un viejo plan de ataque, madurado hasta la precisión. El ave, que se había creído una especie de déspota, se comprimió de súbito a un tercio de su porte normal, y echó a batir las alas desesperadamente y a emitir chirridos estridentes. Aunque había costado veintisiete chelines sin la jaula, lady Anne no dio señal de intervenir.

Hacía dos horas que estaba muerta.

FIN


“The Reticence of Lady Anne”,
Reginald in Russia and Other Sketches, 1910